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Por: Rubén Villasante

Capitulada mi adolescencia a fuerza de desventuras, desarmada mi juventud en estado puro de sobrevivencia, mis devaneos con la locura persistieron. Asentado en Lima, atraído por su odioso centralismo, conocí a muchos locos que convivían en medio de la indiferencia y el abandono. En las primeras cuadras del jirón Moquegua, en el Cercado de Lima, en una antigua casona abandonada, sobre sus muros a punto de derrumbarse, se sentaba un loco. Vestía con una indumentaria exuberante: varios pantalones haraposos superpuestos, diversas camisas raídas, un conglomerado de fajines deshilachados, una levita estrecha y una súper capa que se extendía por debajo de sus pies. Engalanado como un poderoso emperador. Tenía también un gran báculo, más alto que él. Sentado sobre su trono, con la cabeza ligeramente levantada contemplaba el horizonte de su imperio. Luego de comprobar y disponer en sus dominios, bajaba y caminaba entre el vulgo de ésta profana vida, cayado en mano, avanzaba por las calles. Lo veía ir y venir en un recorrido sinsentido.

En una de esas caminatas, me animé a hablarle:

  • ¡Buenos días! ¿Con quién tengo el honor? –saludé respetuoso.
  • Muy buenos días. Está usted hablando con el Ave Rock –dijo, con notable dicción.
  • Y, ¿podría contarme quién es el Ave Rock?
  • Por supuesto. Tome asiento, póngase cómodo. ¿Sabe usted algo del Ave Fénix?
  • ¿El ave Fénix…? Sólo sé que era un ser que revivió de sus cenizas…
  • El Ave Rock es una transmutación genética del Ave Fénix. No solo puedo volver de mis cenizas sino que me puedo transformar en lo que deseo. Esta mañana, luego del incendio de anoche, fui urgido de parar este desquiciado mundo. Esta mañana fui Pegaso y volando di la vuelta al mundo. He visto el amanecer desde todos los horizontes, buscando, al revés de Arquímedes, un punto de apoyo, para frenar el mundo.

Extasiado disfrutaba esa extraordinaria conversación sin percatarme que había varios curiosos a mi lado. Una señora observaba con una expresión de profunda tristeza, con su mano se cubría la boca y entre dientes, me dijo: – Así cosas hablaba. Era mi pensionista. Era estudiante de la uni… Estudiaba mucho, pero no tenía para comer. De lo poco que teníamos le convidábamos, pero poquito comía, se había acostumbrado a no comer, a veces ni un pan acababa.

El Ave Rock era la antítesis de otro loco que andaba cerca de ahí. A unas ocho cuadras, un loco calato, se paraba en el centro de la Av. La Colmena, frente a la Plaza San Martín, absolutamente desnudo, con las manos en la cintura, las piernas abiertas, balanceando el badajo. La postura dominante que adoptaba se reforzaba con su gran estatura, pero no se condecía con la delgadez de su cuerpo. Tenía la cara redonda, los ojos achinados y el cabello aleonado. Siempre se le veía risueño y sonriente, mostrando una dentadura completa. Se masturbaba seguido. La gente huía de sus chisguetazos. Luego de masturbarse algo hablaba. Me acerqué lo más posible para escuchar lo que decía, pero era imposible identificar una palabra, ni una sílaba. Mascullaba otro idioma, un idioma extraño, ininteligible, de difusa sintaxis.[1]

No eran los únicos. Lima estaba poblada de locos, personajes que vagabundeaban solitarios en medio del trajín esquizofrénico de la ciudad, ignorados hasta la invisibilidad. Deambulaban trazando garabatos por las calles; mujeres y varones dementes sumergidas en los basurales, cerca de los mercados; otros que disponían de artilugios, exhibiendo malabares y maromas en parques y avenidas; o, aquellos subsumidos en un mundo de silencio y de quietud, sentados o echados, catatónicos, en los pórticos de edificios antiguos. Indumentaria andrajosa, cuerpos emaciados, extravíos mentales.

Lima no solo tenía locos sueltos por las calles. Están también los locos enclaustrados en el vetusto y estigmatizado nosocomio de salud mental. Mucho antes de llegar a Lima, precavido, había buscado información sobre su existencia, pero lo mantenía en secreto, no hablaba con nadie, más aún, bloqueaba cualquier pensamiento que me venía sobre este locaterio. Ahora, sentía que había llegado el momento, pensé prepararme para ello, pero de manera inesperada conocí su ubicación. Un día buscando la dirección de una oficina, me dieron como referencia “a dos cuadras del Larco Herrera”. La mención me estremeció pero disimulé mi ofuscación. Descubrí que había construido una imagen entre sagrada, peligrosa y prohibida de dicho recinto. Y no me sentía preparado para acceder sin una previa formación iniciática. Ahora no iba al hospital, iba a sus alrededores, cerca de él. Pero esta cercanía acicateaba mi impulso por acceder a su interior. Caminar por los alrededores no era para quedar contagiado de locura. No era para que me señalen. No tenía por qué padecer el estigma. Pero, había un impulso muy fuerte, como una suerte de designio religioso que me conducía para ingresar, que debía caminar en su interior, interactuar con sus habitantes. Sé que era una locura, pero no tenía forma de evitarlo, debía cumplir cierta loca predestinación.

Me dediqué a merodear varias veces por sus alrededores, estudié el movimiento del personal a las horas de entrada y de salida. El tipo de personas que accedían, cómo iban vestidos, las cosas que llevaban y hasta lo que hablaban. Los familiares de los pacientes eran personas agresivas, parecían estar siempre muy irritados, inclusive locos, más locos que sus propios parientes internados. Los psiquiatras pasaban altivos, siempre apurados, sin mirar a nadie, dando órdenes, soberbios, distantes. Imposible hablar con ellos. Las enfermeras y técnicas de salud, mujeres mayores, gordas, renegonas, abúlicas, siempre en grupos de tres o cuatro, hablando y riéndose ruidosamente, con ropas y aspectos desaseados. Pero en ciertos días ingresaban unas jovencitas que divergían del conjunto. La frescura de sus rostros y sus ropas, eran como un oasis de oportunidad. Eran estudiantes de psicología que hacían sus prácticas en el hospital. Planee un enamoramiento, con mucho cuidado, con mucho detalle: visitas a su facultad, cartas, chocolates, flores y como cereza de la torta, la proscrita frase: “Te amo con locura”. Funcionó. Un día gris, húmedo, luctuoso, estaba ingresando al hospital, como ayudante de huertos y jardinería. Era lo que hacían como practicantes, era su propuesta de terapias que querían validar.

Avanzamos hasta el fondo del inmenso local, el abandono y la desidia resaltaban en todo el trayecto, hasta detrás del último pabellón, donde estaban los huertos, donde trataban de hacer participar a los “enfermitos”. Los locos que estaban dispersos, al verme se arremolinaron en torno mío, hasta el contacto directo, podíamos tocarnos, sentirnos, olernos. Podía percibir intensamente olores peculiares, una mixtura de transpiración, de urea, frotaciones y remedios, que brotaban de sus cuerpos. Una de las mujeres me compartía explícitamente sus piojos, se los extraía de su cabeza y los ponía en la mía. Me tocaban, me hablaban, me pedían cosas, me informaban hechos. Trataba de interactuar y responder a todos. Les daba la mano, les miraba a los ojos, le devolvía sus piojos. Luego de un tiempo imponderable dejé de ser el centro de su atención. Cada quien volvió a sus afanes y tertulias.

Vi a un hombre de unos treinta años que, ansioso revolvía las cosas, buscando algo. Me acerqué y le dije:

  • Hola ¿Has perdido algo?
  • Sí, la razón. Me trajeron acá, porque me dijeron que acá puedo encontrarlo.

En un extremo, un padre visita a su hijo, éste le pide: –Comida, comida, comida. El padre, hablando bajito le dice: –No hay. Acá no venden. No hay quioscos de comida. El muchacho, aferrado fuertemente de la chompa del papá, con la mirada en el vacío, repite: –Comida, comida, comida. El padre, exasperado le responde casi gritando: –Ya te dije que no hay. Los enfermos comen y comen y no se sanan, porque comen cosas del diablo nada más.

Otra mujer, vestida como una monja, recorre el pasadizo, una y otra vez, se va repitiendo como una letanía: -Yo ya estoy bien, yo ya estoy bien. Yo ya no escucho esas voces. Yo ya estoy bien. Me acerco. Ella acelera el paso hacia mí y me dice:

  • Ya me he curado. Ya no escucho esas voces.
  • Qué bueno, Maritza. Muy bien. No escuches más esas voces –le digo. Sus manos en su pecho, los apretaba con fuerza, las frotaba, trataba de trenzar sus dedos. Las gotitas de sudor empezaba a escurrir por su frente, y prosiguió:
  • Sí, esas voces me obligaron a matar a mi hijita, yo no quería hacerlo, con una cucharita… pero me decían que era hija del demonio… con una cucharita le iba sacando las manchas del demonio, pero las manchas crecían y crecían… No, no, ya no, ya no escucho… Pero tengo miedo, ya no quiero tener otro hijito. Vete, vete, ¡VETE!

Conmovido, asustado, dolido empecé a alejarme rápido. Otro loco que había estado mirando se me acerca, tiene la mano derecha en el bolsillo que visiblemente se coge el pene, con la otra me tomó de la mano, y con prisa, me dice:

  • Venga por acá, venga por acá–. Me conduce al último pasadizo: –Por aquí puede salir sin problemas, este es un atajo seguro, por aquí yo me escapo cuando aparece esa doctora, la Olga Castro–. Se detiene y voltea a mirar si alguien nos sigue.
  • ¿Qué pasa con la doctora Castro?–, le pregunto.
  • A esa doctora la han traído para vengarse de mí. Ellos creen que no me he dado cuenta. Pero ya me di cuenta, el primer día que ha venido me di cuenta–. Le hago un gesto como preguntándole ¿qué pasó? Le noto que se pone ansioso y empieza a tartamudear.
  • Yo,… yo,… yo no lo he,… yo no le he,… yo no le he violado a esa vieja. Sólo a sus gallinas. Eso sí. Pero por eso no me van a capar, pe. Olga Castro Ulloa dice que se llama. O sea, pa´cortarme el ullo le han traído. Yo me llamo Galo, Galo Chipana. Ella se llama Olga, yo Galo, Galo / Olga–. Al mencionar los nombres, hace un gesto con sus manos como de girar, de voltear algo. Luego simula unas tijeras con sus dedos y se lo lleva al pene, se me acerca bastante y en el oído me dice bien bajito:
  • Olga Castro Ulloa, o sea, castro ullo a Galo. ¿Te das cuenta? Me quieren… me quieren joder, me quieren cortar todo, todo me quieren cortar–. Dirige varias miradas furtivas hacia el pasadizo, donde están los consultorios y con ambas manos se cubría los genitales.
  • ¿Creen que me voy dejar? No, yo no me voy a dejar. Por eso apenas le veo, yo me escapo.

Los locos encerrados en el manicomio tienen mejor apariencia en su vestimenta, que los locos de las calles, no en su aspecto físico ni mucho menos en su estado mental. Los del hospital son de movimientos torpes, algunos caminan arrastrando los pies, otros tienen tics que les hace gesticular de manera exagerada, hacen movimientos espasmódicos, temblores en partes de su cuerpo. No he visto convulsionar a nadie, pero me dicen que son muy frecuentes. Los locos de las calles conservan gran parte de su dignidad humana. Los del hospital son espectros, seres enajenados, fantasmagóricos.

  • Son efectos secundarios de la aplicación de electroshocks –me explica uno de los médicos psiquiatras.
  • ¿En qué les mejora esos terribles electroshocks, doctor?–,
  • Lo que conocemos como locura en realidad es un conjunto de enfermedades mentales, de disociaciones psíquicas como las alucinaciones, la depresión, las adicciones, el desdoblamiento de la personalidad, inclusive las carencias afectivas. El electroshock tiene efectos diferentes en cada caso. En general lo que hace es reducir ostensiblemente los pensamientos obsesivos y los movimientos convulsivos.

Claro, si los idiotizan, como no van a reducir pensamientos y movimientos. Me quedo pensando. El médico advierte mi desconcierto y me dice:

  • La mente es aún un gran misterio, jovencito–.

Se me alborotaba la mente de preguntas, pero me invade un terror inmenso de quedar encerrado en ese lugar. Me despedí solo con un gesto y salí casi corriendo, huyendo. Afuera tomé aire, me contuve. Bajé caminando al mar, solo. Me senté horas frente a las olas. Lloré. Lloré amargamente, inconsolablemente. Suspiraba sin control, suspiros largos, lentos, con agitaciones del pecho. La experiencia fue catastrófica, me dejó la mente embotada. No podía pensar en nada. Sólo tenía sensaciones, sensaciones indescifrables, ubicuas. No sé si estaban dentro de mí o fuera de mí, sentí que me oprimían y me dilataban. Me asfixiaban. En el límite del desasosiego, desesperado, agradecí sentir la picazón de los piojos en mi cabeza. Era lo más real y concreto que podía percibir. Con la sangre de mi cabeza los piojos van a enloquecer, logré pensar y sonreír.

 

[1] Ave Rock y Loco Calato fueron inmortalizados en el libro: Los Peruanos, gracias al ojo avizor de Carlos “Chino” Domínguez, quien siempre mantenía su cámara fotográfica en ristre, listo para disparar. El placer de la vista no se saborea solo, se comparte.

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