Diario de prisión

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MI TIEMPO EN PRISIÓN

Por George Pell, cardenal prefecto emérito de la Secretaría de Economía del Vaticano.
También hay mucha bondad en las cárceles. A veces, estoy seguro, éstas pueden ser el infierno en la tierra. Yo tuve la suerte de ser mantenido a salvo y de ser bien tratado. Me impresionó la profesionalidad de los agentes penitenciarios, la fe de los reclusos, y la existencia de un sentido de la moral incluso en los lugares más sombríos.
Estuve en régimen de aislamiento durante trece meses, diez en la prisión de evaluación de Melbourne, y tres en la prisión de Barwon. En Melbourne, el color del uniforme de la prisión era verde, pero en Barwon se me asignó el color rojo brillante de los cardenales. Fui condenado en diciembre de 2018 por abusos sexuales a menores, a pesar de mi inocencia, y a pesar de la incoherencia del caso del Fiscal de la Corona contra mi. Finalmente (en abril de este año), la Corte Suprema Australiana anuló mi condena por unanimidad. Mientras tanto, había empezado a cumplir mi sentencia de seis años.
En Melbourne viví en la Célula 11, Unidad 8 de la quinta planta. Mi celda tenía unos siete metros de largo y unos dos de ancho, lo suficiente para mi cama, que tenía una base dura, un colchón no demasiado grueso, y dos mantas. A la izquierda de la entrada había unos estantes bajos con un hervidor de agua, una televisión, y espacio para comer. Enfrente del pasillo estrecho había un lavabo con agua caliente y fría y una ducha con agua caliente. A diferencia de muchos hoteles lujosos, tenía una buena lámpara de lectura sobre mi cama. Ya que un par de meses antes de entrar en prisión me habían puesto prótesis en ambas rodillas, usaba un bastón y me proporcionaron una silla de hospital más alta, que fue una bendición. Las regulaciones sanitarias requieren que cada recluso pase una hora fuera al aire libre cada día, así que me permitieron pasar dos horas y media en Melbourne. En ningún lugar de la Unidad 8 había cristales transparentes, así que sólo podía saber si era de día o de noche, pero no mucho más desde mi celda. Nunca vi a los otros once reclusos.
Ciertamente los escuché. La Unidad 8 tenía doce pequeñas celdas a lo largo de una pared exterior, con los reclusos «ruidosos» en un extremo. Mi celda estaba en el extremo «Toorak», llamado así por el barrio rico de Melbourne, exactamente igual al extremo «ruidoso» pero generalmente sin los golpes ni los gritos, sin los angustiados y enfadados, que eran con frecuencia drogadictos, especialmente adictos a la metanfetamina. Solía sorprenderme la cantidad de tiempo que aguantaban golpeando con sus puños, pero un agente me explicó que daban patadas en el suelo como caballos. Algunos inundaban sus celdas o las ensuciaban. De vez en cuando llamaban a los perros policía o tenían que usar gases contra ellos. Durante mi primera noche creí escuchar a una mujer llorar; otro prisionero estaba llamando a su madre.
Estuve en aislamiento por mi propia seguridad, ya que los convictos por abusos sexuales a menores, especialmente los clérigos, pueden ser objeto de ataques físicos o maltrato en prisión. Sólo una vez fui amenazado de esta forma, cuando estaba en una de las dos áreas adyacentes para ejercicios, separadas por una pared alta, con una abertura a la altura de la cabeza. Mientra paseaba por el perímetro, alguien me escupió a través del alambre de la abertura y empezó a insultarme. Fue algo inesperado, así que volví furioso a la ventana a enfrentarme con el que me insultaba y le reprendí. Se quitó de mi vista pero continuó ofendiéndome, llamándome «araña negra» y otros términos poco agradables. Tras mi reprimenda inicial, permanecí en silencio, aunque dije después que no saldría a ejercitarme si ese individuo iba a estar en el área contigua. Un día o dos más tarde, el supervisor de la unidad me dijo que el joven que me había ofendido había sido cambiado de sitio, porque había hecho «algo peor» a otro recluso.
En unas cuantas ocasiones durante el largo confinamiento entre las 4:30 de la tarde hasta las 7:15 de la mañana, fui acusado e insultado por otros reclusos de la Unidad 8. Una tarde oí una acalorada discusión sobre mi culpabilidad. El que me defendía dijo que estaba preparado para apoyar a un hombre que había sido públicamente apoyado por dos Primeros Ministros. La opinión sobre mi culpabilidad o inocencia estaba dividida entre los reclusos, como en la mayoría de los sectores de la sociedad australiana, aunque los medios de comunicación, salvo honrosas excepciones, eran claramente hostiles. Un periodista que había pasado décadas en prisión escribió que yo era el primer sacerdote condenado del que había oído que tenía algún apoyo entre los prisioneros. Y recibí sólo amabilidad y amistad de mis tres compañeros reclusos en la Unidad 3 de Barwon. La mayoría de los agentes en ambas prisiones reconocieron que yo era inocente.
Entre los reclusos el rechazo hacia los perpetradores de abuso sexual juvenil es común en todo el mundo angloparlante, un interesante ejemplo de la ley natural que emerge a través de la oscuridad. Todos nosotros estamos tentados de despreciar a aquéllos que pensamos que son peores que nosotros. Incluso los asesinos comparten el desprecio hacia aquéllos que han violado a un joven. Sin embargo, irónicamente, este desprecio no es malo del todo, ya que expresa una creencia en lo correcto y lo erróneo, en el bien y el mal, que a menudo surge en las cárceles de formas sorprendentes.
Muchas mañanas en la Unidad 8 podía escuchar los cánticos de los musulmanes. Otras veces se relajaban un poco y no cantaban, aunque quizás rezaban en silencio. El lenguaje en la cárcel es áspero y repetitivo, pero rara vez oí maldiciones o blasfemias. El recluso al que le consulté pensaba que este hecho era un signo de fe, más que una prueba de la ausencia de Dios. Sospecho que los prisioneros musulmanes, por su parte, no toleran la blasfemia.
Me escribían reclusos de muchas cárceles, algunos regularmente. Uno de ellos era un hombre que había montado el altar cuando celebré la última misa de Navidad en la prisión Pentridge en 1996, antes de que la cerraran. Otro simplemente dijo que estaba perdido y en la oscuridad. ¿Podría sugerirle algún libro?. Le recomendé que leyese el evangelio de San Lucas y empezara con la Primera Carta de San Juan. Otro era un hombre de fe profunda y devoto del Padre Pío de Pietrelcina. Soñó que yo iba a ser liberado. Resultó acertado. Otro me dijo que entre los delincuentes profesionales, la opinión generalizada era que yo era inocente y todo había sido «amañado», añadiendo que era raro que los delincuentes reconocieran la verdad, pero no los jueces.
Como la mayoría de sacerdotes, mi trabajo me había puesto en contacto con una amplia variedad de personas, así que no me sorprendieron los reclusos. Los agentes fueron en cambio una agradable sorpresa. Algunos eran amables, uno o dos casi hostiles, pero todos se comportaban de forma profesional. Si hubiesen permanecido en silencio durante meses, como los que vigilaron al cardenal Van Thuan cuando estuvo en aislamiento en Vietnam, la vida habría sido mucho más dura. La hermana Mary O’Shannassy, la principal encargada de la pastoral católica penitenciaria en Melbourne con 25 años de experiencia, que hace un gran trabajo -¡un hombre condenado por asesinato me dijo que le daba un poco de miedo!- reconoció que la Unidad 8 tenía un buen personal y estaba bien dirigida. Después de que mi apelación a la Corte Suprema de Victoria fue rechazada, consideré no apelar a la Corte Suprema de Australia, dando como razón el hecho de que si los jueces iban simplemente a cerrar filas, no necesitaba cooperar en una farsa tan cara. El jefe de la prisión de Melbourne, un hombre más grande que yo y bastante directo, me animó a perseverar. Me animé y le estoy agradecido.
En la mañana del 7 de abril, la televisión nacional retransmitió el anuncio del veredicto de la Corte Suprema. Vi desde mi celda, en el canal 7, cómo un sorprendido joven reportero informaba a Australia de mi absolución y se mostró aún más perplejo ante el hecho de que hubiese sido por unanimidad de los siete jueces. Los otros tres reclusos de mi unidad me felicitaron, y pronto fui liberado en un mundo confinado por el coronavirus. Mi viaje fue extraño. Dos helicópteros de la prensa me siguieron desde Barwon hasta el convento de carmelitas de Melbourne, y al día siguiente, dos coches de la prensa me acompañaron los 880 kilómetros hasta Sydney.
Para muchos, el tiempo en prisión es una oportunidad de ponderar y hacer frente a las verdades elementales. La vida en prisión eliminó cualquier excusa de que estaba demasiado ocupado para rezar, y mi horario regular de oración me sostenía. Desde la primera noche, siempre tenía un breviario (incluso de otro tiempo litúrgico), y recibía la sagrada comunión cada semana. En cinco ocasiones asistí a misa, aunque no pude celebrarla, un hecho que lamenté especialmente en Navidad y en Pascua de Resurrección.
Mi fe católica me sostuvo, especialmente el comprender que mi sufrimiento no era inútil sino que lo podía unir al de Cristo Nuestro Señor. Nunca me sentí abandonado, sabiendo que el Señor estaba conmigo, incluso cuando no entendía lo que Él estaba haciendo durante la mayor parte de esos trece meses. Durante muchos años, yo les había dicho a los que sufrían y a los que estaban agobiados que el Hijo de Dios, también pasó por pruebas en esta tierra, y ahora yo mismo era consolado por este hecho. Así que recé por mis amigos y enemigos, por los que me apoyaban y por mi familia, por las víctimas de abuso sexual, y por mis compañeros de prisión y agentes penitenciarios.

Publican el diario de prisión del cardenal Pell

El voluminoso diario de prisión escrito durante su régimen de aislamiento por el cardenal australiano George Pell, condenado por pedofilia en diciembre de 2018 y finalmente exonerado en abril pasado por el Tribunal Superior de Australia, será publicado en Estados Unidos.
Lo pondrá en el mercado la editorial católica Ignatius Press, que solicita donaciones para ayudar a financiar los honorarios legales pendientes del prelado.
En una carta a los suscriptores publicada en el sitio web de la editorial, el padre director Joseph Fessio SJ dijo que había leído la primera mitad del tomo y predice que “se convertirá en un texto clásico de la espiritualidad”. “El diario completo tiene aproximadamente mil páginas, por lo que lo imprimiremos en tres o cuatro volúmenes”, dijo. El padre Fessio agregó que su “buen amigo”, el cardenal Pell, aún enfrenta el “desafío de hacer frente a los altos honorarios legales necesarios para remediar la terrible injusticia que se ha cometido”. La narración no es solo sobre el cardenal Pell, dice Fessio en la carta. “Su victoria no fue solo una victoria para un hombre. Fue una victoria para la Iglesia” porque “él reveló al mundo entero cuán lejos van los enemigos de la Iglesia y cuán engañosos pueden ser para desacreditarla”, sostuvo Fessio.
Pell, de 79 años, fue sentenciado en diciembre de 2018 bajo la acusación de abusar de dos coristas de 13 años en 1996 en la sacristía de la Catedral de Melbourne, cuando era arzobispo de la diócesis. Siempre negó enérgicamente las acusaciones y el Tribunal Superior finalmente anuló su condena después de revisar la segunda apelación. Sin embargo, Pell aún enfrenta una demanda civil presentada por el padre de uno de los dos coristas, después de que este último murió de una sobredosis en 2014.
Fuente: Agencia de Noticias ANSA.

UNA IGLESIA ENFERMA

Cuando la Iglesia se cierra, se enferma. Pensad en una habitación cerrada durante un año; cuando vas huele a humedad, muchas cosas no marchan. Una Iglesia cerrada es lo mismo: es una Iglesia enferma. Papa Francisco
Por Luciano Revoredo– LaAbeja.pe
El 30 de junio pasado el Arzobispado de Lima publicó un pronunciamiento que causó la perplejidad de un gran número de fieles católicos. En este documento se manifestaba que “… debido al peligro del contagio que todavía acecha, en todo nuestro territorio arquidiocesano se mantendrán cerrados los templos hasta nuevo aviso. Se tendrá preparado un protocolo adecuado para cuando no haya peligro para la vida, no solo de los católicos sino de todos. Esto se decidirá de acuerdo con la autoridad civil nacional.”
Ante esto miles sumaron su firma a una carta promovida desde este portal en la cual dirigiéndonos al señor arzobispo de Lima le solicitábamos que inste al gobierno a que, así como ha autorizado la apertura de establecimientos comerciales, mercados y otros, se autorice la reapertura de los templos para la celebración del Santo Sacrificio de la Misa, bajo el protocolo respectivo, por cuanto es bien sabido que en las iglesias las personas son mucho más disciplinadas que en los mercados, careciendo de sentido su permanencia cerradas.
Nuestra carta tuvo gran repercusión en los medios, incluso la primera plana de un diario, pero no mereció la respuesta del arzobispo Castillo que ha de estar ocupado en otros menesteres y no tiene tiempo para escuchar a los fieles y menos aún para responderles.
Hubo si un intento de respuesta. El padre Carlos Cardó SJ párroco de Nuestra Señora de Fátima en Miraflores, al final de su misa dominical por internet, se refirió a nuestra carta como el recurso de gente comprensiblemente angustiada por el deseo de asistir a misa presencialmente. Añadiendo que esto se dará tan luego se pueda en armonía con las autoridades. Al respecto señaló que la iglesia debía dar el ejemplo de prudencia, sensatez, prevención y cuidado. Soltando una frase de antología: “Los templos, ya está demostrado, pueden convertirse muy fácilmente en focos de infección”. Y concluir diciendo “…estamos absolutamente convencidos que ustedes que están en la eucaristía que reciben de manera virtual, están con nosotros los sacerdotes celebrando la cena del Señor de manera auténtica y plena, ustedes están comulgando al Señor mediante su comunión espiritual …”.
En todo esto hay una serie de falacias o como se solían llamar antiguamente en los medios clericales “jesuitadas”. En primer lugar, ya existen protocolos para la apertura de restaurantes y centros comerciales, las actividades religiosas como la Santa Misa no están prohibidas, se trata simplemente que la iglesia proponga los protocolos necesarios de seguridad y abran las puertas. No se necesita más armonía con las autoridades que esta.
Pero lo que si supera todo es aquella sentencia que da por demostrado casi científicamente que los templos pueden fácilmente ser focos de infección. Con todo respeto me permitiría preguntarle al padre Cardó ¿quién lo ha demostrado? ¿No es algo que se puede evitar con buena planificación y disciplina?
Habría que recordarle al padre Cardó las palabras del papa Francisco cuando en entrevista con el diario La Stampa del 16 de diciembre de 2013 manifestó “Dios siempre abre las puertas, no las cierra nunca. Es el papá que nos abre las puertas”.
Así estaban las cosas. El arzobispo de Lima hizo oídos sordos y el Padre Cardó intentó dar una respuesta. Y cuando pensábamos que el tema quedaba ahí y que habría que buscar otras formas de exigir la Santa Misa y la apertura de las iglesias, entró en escena el arzobispo de Huancayo, a través de una entrevista en Radio Exitosa, para aumentar nuestra incertidumbre.
Ante la pregunta sobre la discrepancia que hay en cuanto a volver a las misas presenciales, monseñor Pedro Barreto, arzobispo de Huancayo responde: “No, ni pensarlo. Mire, la Iglesia católica – y aquí yo hablo como arzobispo de Huancayo – quiere dar un ejemplo de respeto a la vida y la salud de las personas. No hay ninguna iglesia que abra hasta que las condiciones sanitarias hagan posible las misas presenciales. Creo que ahora discutir esto es perder el tiempo. Tenemos urgente que atender esta necesidad y no hay un segundo que perder en discusiones estériles. Dios es el primero que comprende (…)”.
Nos preguntamos a qué se refiere con que las condiciones sanitarias hagan posible las misas presenciales. ¿Qué condiciones se tienen que cumplir? ¿Cuál es la diferencia entre los restaurantes, las tiendas por departamentos o los centros comerciales con relación a las iglesias en cuanto a establecer medidas de seguridad? ¿No puede la Conferencia Episcopal Peruana, al igual que las tiendas, disponer que se establezca un protocolo que permita abrir los templos? ¿Por qué el monseñor Barreto considera estéril o que es perder el tiempo discutir el tema? ¿Se ha olvidado que su principal obligación es la salvación de las almas y no la corrección política? ¿Ha leído el monseñor Barreto en un momento de ocio entre sus diversas ocupaciones, la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium del Santo Padre Francisco?
En este documento el Papa advierte que “La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. Uno de los signos concretos de esa apertura es tener templos con las puertas abiertas en todas partes. De ese modo, si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas”.

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