Ernesto Cardenal

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Ernesto Cardenal. Foto: Wikipedia / dominio público (CC BY-SA 3.0)

Emblema de la liberación

Por ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ- Vatican Insider.
Una fotografía histórica. Él, anciano y enfermo, con su inconfundible cabello cano, en la cama de un hospital y vistiendo de nuevo una estola verde. Es la imagen de Ernesto Cardenal celebrando de nuevo una misa, 35 años después de haber sido suspendido del sacerdocio por el Papa Juan Pablo II a causa de su militancia en las filas de la teología de la liberación y su expresa participación política en el gobierno revolucionario sandinista en Nicaragua. Una reconciliación hecha posible por el Papa Francisco, quien decidió levantar “todas las censuras canónicas” que pesaban sobre él.
La estampa fue publicada por el Vatican News, el órgano informativo oficial de la Santa Sede. Junto con la noticia de que el pontífice argentino decidió conceder “con benevolencia” el perdón al también poeta y artista Cardenal. Una foto impensable, apenas pocos años atrás cuando aún su nombre y el de otros teólogos centroamericanos censurados eran impronunciables en la Curia Romana.
El nuncio apostólico en Managua, Waldemar Stanislaw Sommertag, explicó en una nota los detalles de la decisión papal. Recordó que el clérigo “estuvo 35 años bajo suspensión del ejercicio del ministerio a causa de su militancia política”, a causa de su participación como ministro de Cultura en el gobierno revolucionario guiado por Daniel Ortega, tras la dictadura de Anastasio Somoza.
Según precisó el diplomático vaticano, el religioso aceptó la pena canónica impuesta en esa época y se atuvo a ella siempre, “sin llevar adelante alguna actividad pastoral” e incluso después de haber abandonado cualquier compromiso político, “desde hace muchos años”.
Fue el propio nuncio quien se apresuró a comunicar la histórica determinación del Papa, precipitándose personalmente el pasado fin de semana al Hospital de Managua, donde Cardenal se encuentra internado en precarias condiciones de salud desde los primeros días de febrero. A sus 94 años, son pocas sus fuerzas.
Stanislaw Sommertag no sólo comunicó la noticia de su plena reintegración al sacerdocio, también le transmitió la bendición de Francisco para que pueda vivir este último tramo de su vida en paz con el señor y con la Iglesia. En esa misma cama de convalecencia, el embajador papal concelebró la misa con Cardenal, como atestiguan no sólo la fotografía mencionada, sino también algunas imágenes de video que han circulado a través de internet en las últimas horas.
La concesión del Papa Francisco tuvo un antecedente. En realidad, el nuncio apostólico visitó a Cardenal numerosas veces en las últimas semanas. El mismo diplomático reveló que el 2 de febrero pasado, todavía en su casa y tras un coloquio privado de media hora (definido como profundo, abierto y amigable), llegó la solicitud del propio poeta de “ser readmitido al ministerio presbiterial”.
Este personaje se convirtió en el emblema de un tiempo borrascoso y difícil para América Latina. Su imagen arrodillado ante un joven Juan Pablo II que lo amonesta con el dedo índice, el 4 de marzo de 1983 en el aeropuerto de Managua, lo entregó a la fama mundial. Aquella primera visita apostólica a Nicaragua no fue fácil para Karol Wojtyla. Entre otras cosas, el Papa llegó a ser hostigado por una masa de casi medio millón de personas, en una misa al aire libre en la cual prácticamente no pudo pronunciar su homilía.
Un viaje que no iniciaría ni acabaría bien. Apenas aterrizado en el aeropuerto, lo primero que vio el pontífice fue una pancarta con la frase: “Bienvenido a la Nicaragua libre gracias a Dios y a la revolución”. Una vez abajo del avión, acompañado por el presidente Ortega, quiso saludar a los ministros. Ya desde Roma, él había pedido no ver a ningún sacerdote de los involucrados en el gobierno. Para entonces, Cardenal no era el único clérigo y funcionario, pero sí era el único con el rango de ministro.
De manera improvisada se dio el saludo papal al gabinete y, claro, el cruce indeseado con el ministro de Cultura. Cuando Wojtyla llegó frente al joven sacerdote, este sólo atinó a arrodillarse e intentó besarle el anillo. Ante las cámaras de la televisión, el Papa evitó el beso y con mirada penetrante dijo: “¡Usted debe regularizar su situación!”. Repitió dos veces la advertencia, ante el embarazoso silencio de su interlocutor.
Teóricamente, Ernesto Cardenal no debía estar allí o el Papa no debía saludar a los funcionarios. Pero ni las negociaciones, ni los acuerdos previos (encabezados por los cardenales Agostino Casaroli y Achille Silvestrini) surtieron efecto. Por su experiencia polaca, Juan Pablo II era alérgico a toda influencia socialista, en Europa y en cualquier parte del mundo. Miraba preocupado la experiencia de la “Iglesia popular”, que había vinculado a las comunidades católicas con las bases revolucionarias nicaragüenses. Con este contexto, era bastante previsible lo ocurrido después.
En los siguientes meses llegó la suspensión ad divinis para el sacerdote-ministro Cardenal. Una pena que, en la práctica, constituyó su separación forzada del ministerio. La misma suerte corrieron su hermano Fernando, quien entonces era dirigente de la Juventud Sandinista y después fue ministro de Educación; Miguel D’Escoto, canciller y Edgard Parrales, con cargo diplomático en Washington.
Eran otros tiempos. Un choque ideológico abierto contaminaba el escenario mundial y Latinoamérica era arena de confrontación. Un fenómeno que también penetró a la Iglesia católica. Con ese telón de fondo, un episodio hoy olvidado condicionó el pensamiento de Juan Pablo II.
En la primera visita apostólica de su pontificado, en enero de 1979, el Papa visitó México y se trasladó hasta la ciudad de Puebla para la conferencia general del Episcopado Latinoamericano. En su discurso inaugural de esa reunión, advirtió contra las desviaciones ideológicas en el seno de la Iglesia. Luego continuó su viaje por otras ciudades mexicanas y por Bahamas, como estaba previsto, mientras los obispos de la región continuaban sesionando.
Pero algo grave pasó antes de concluir la asamblea: la prensa mexicana publicó un sorprendente reportaje sobre un boicot secreto al documento final. Un grupo organizado había logrado cooptar y modificar subrepticiamente el texto, operando en las sombras de una casa ubicada en la calle Washington número 14. La investigación periodística se convirtió en una bomba que finalmente detuvo los pretendidos cambios al escrito episcopal. Según reportó aquel informe, en esa vivienda de la ciudad de Puebla, por los días de la cumbre continental, entraban y salían conocidos militantes sandinistas.
Con base en episodios como ese y otros tantos, el ambiente en Roma era por demás negativo hacia todo aquello que se identificase con el Frente Sandinista de Liberación Nacional, incluidos sacerdotes y catequistas. Juan Pablo II nunca concibió legítima la mezcla entre revolución y catolicismo. En esos términos, las suspensiones contra los presbíteros que se involucraron activamente en movimientos políticos eran poco menos que inevitables. Más de tres décadas después, la decisión del Papa Francisco de reconciliarle con la Iglesia es tan histórica como emblemática, destinada a cosechar consensos y críticas por igual.

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