Domingo de Ramos 2018

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Evangelio según San Marcos 14,1-72.15,1-47.
Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes Acimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte.
Porque decían: “No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo”.
Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús.
Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: “¿Para qué este derroche de perfume?
Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres”. Y la criticaban.
Pero Jesús dijo: “Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una buena obra conmigo.
A los pobres los tendrán siempre con ustedes y podrán hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre.
Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura.
Les aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo”.
Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús.
Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”.
El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo,
y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: ‘¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?’.
El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”.
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Al atardecer, Jesús llegó con los Doce.
Y mientras estaban comiendo, dijo: “Les aseguro que uno de ustedes me entregará, uno que come conmigo”.
Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro: “¿Seré yo?”.
El les respondió: “Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!”.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”.
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella.
Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.
Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Y Jesús les dijo: “Todos ustedes se van a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas.
Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea”.
Pedro le dijo: “Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré”.
Jesús le respondió: “Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces”.
Pero él insistía: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”. Y todos decían lo mismo.
Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: “Quédense aquí, mientras yo voy a orar”.
Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse.
Entonces les dijo: “Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando”.
Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora.
Y decía: “Abba -Padre- todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora?
Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”.
Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras.
Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle.
Volvió por tercera vez y les dijo: “Ahora pueden dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar”.
Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.
El traidor les había dado esta señal: “Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo y llévenlo bien custodiado”.
Apenas llegó, se le acercó y le dijo: “Maestro”, y lo besó.
Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron.
Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús les dijo: “Como si fuera un bandido, han salido a arrestarme con espadas y palos.
Todos los días estaba entre ustedes enseñando en el Templo y no me arrestaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras”.
Entonces todos lo abandonaron y huyeron.
Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron;
pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.
Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas.
Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban.
Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban.
Algunos declaraban falsamente contra Jesús:
“Nosotros lo hemos oído decir: ‘Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre'”.
Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones.
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús: “¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti?”.
El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente: “¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?”.
Jesús respondió: “Sí, yo lo soy: y ustedes verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo”.
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?
Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?”. Y todos sentenciaron que merecía la muerte.
Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían: “¡Profetiza!”. Y también los servidores le daban bofetadas.
Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote
y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: “Tú también estabas con Jesús, el Nazareno”.
El lo negó, diciendo: “No sé nada; no entiendo de qué estás hablando”. Luego salió al vestíbulo.
La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes: “Este es uno de ellos”.
Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: “Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo”.
Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando.
En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: “Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces”. Y se puso a llorar.
En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Este lo interrogó: “¿Tú eres el rey de los judíos?”. Jesús le respondió: “Tú lo dices”.
Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él.
Pilato lo interrogó nuevamente: “¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!”.
Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato.
En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo.
Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición.
La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado.
Pilato les dijo: “¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?”.
El sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás.
Pilato continuó diciendo: “¿Qué debo hacer, entonces, con el que ustedes llaman rey de los judíos?”.
Ellos gritaron de nuevo: “¡Crucifícalo!”.
Pilato les dijo: “¿Qué mal ha hecho?”. Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: “¡Crucifícalo!”.
Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia.
Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron.
Y comenzaron a saludarlo: “¡Salud, rey de los judíos!”.
Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.
Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.
Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: “lugar del Cráneo”.
Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó.
Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno.
Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron.
La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: “El rey de los judíos”.
Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: “¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar,
sálvate a ti mismo y baja de la cruz!”.
De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: “¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo!
Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!”. También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.
Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde;
y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: “Eloi, Eloi, lamá sabactani”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: “Está llamando a Elías”.
Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo: “Vamos a ver si Elías viene a bajarlo”.
Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.
El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: “¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!”.
Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé,
que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.
Era día de Preparación, es decir, víspera de sábado. Por eso, al atardecer,
José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto.
Informado por el centurión, entregó el cadáver a José.
Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después, hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto.

JAIME BENDER CPPS

El Padre Jaime fue nuestro párroco muy querido de la provincia de Yauli-La Oroya; fundador y creador del comedor y casa “San Gaspar” que atiende a ancianos y personas de bajos recursos.
El Padre James Bender CPPS, de 90 años, falleció el 21 de marzo de 2017 en la enfermería en Saint Charles Center en Carthagena, Ohio.
Nació el 10 de febrero de 1927, en Grass Creek, Indiana, hijo de Robert y Ethel (Layman) Bousman. Posteriormente fue adoptado por Marion y Mary Jo Bender y criado en Monterrey, Indiana.
En 1940, entró en los Misioneros de la Preciosa Sangre en Brunnerdale, el seminario menor de los Misioneros cerca de Canton, Ohio. Fue ordenado el 18 de mayo de 1952.
Después de la ordenación, sirvió durante cuatro años como asistente en la Iglesia St. Agnes en Detroit. En 1955 se ofreció como voluntario para la misión de los misioneros en Chile, donde sirvió primero como capellán de hospital en Santiago y más tarde en una escuela y en Precious Blood Parish, en Valdivia, Chile.
El Padre Bender regresó a los Estados Unidos en 1982. Luego fue nombrado párroco asociado de la Iglesia de Santa María en Garden City, Kansas. Posteriormente se trasladó a Cleveland, donde fue activo en el ministerio hispano.
Volvió a América del Sur en 1987, esta vez a la misión de los misioneros en Perú. Él sirvió en su parroquia en La Oroya, donde fundó el Hogar San Gaspar donando todos sus ingresos para el sostenimiento de dicho Hogar para ancianos, y también en la Parroquia Nuestra Señora de la Luz en Lima. El Padre Bender permaneció en el Perú hasta que su estado de salud lo obligó a su regreso a los Estados Unidos en 2010. Pasó los últimos siete años en su retiro en St. Charles.
El Padre Bender “vive en la memoria de muchas, muchas personas”, dijo el padre James Gaynor CPPS, que sirvió con él en Perú. En La Oroya, el Padre Bender fundó un centro para personas de la tercera edad, donde podían reunirse para una comida y compañía cada día. También era un músico dotado que compuso su propia música y la tocó en su guitarra para la gente que él sirvió, especialmente niños. “Los ancianos y los solitarios tenían un lugar especial en su corazón”, dijo el Padre Gaynor, “que descanse en paz y disfrute de una vida nueva entre personas bondadosas y santos como él”.
A Jaime Bender le sobreviven numerosas sobrinas y sobrinos, sobrinas nieta y sobrinos de su familia natal y adoptiva, muchos de los cuales lo consideraban un ancla espiritual. A pesar de que vivía lejos, su apoyo a su familia, en todos sus esfuerzos, triunfos y problemas, era constante y sus cartas en casa siguen siendo un tesoro para ellos.
Fue precedido en la muerte por sus hermanas, Helen Crowe (y su esposo, Guillermo Crowe), Janet Tverelle, Ireta (Patsie) Wilson, Shirley, Maria Jo Swartzell (y su esposo, Marion); y un hermano, Leroy Bousman.
Su misa de entierro se celebró en St. Charles Center, Carthagena, Ohio, concelebrada por el Padre Larry Hemmelgarn CPPS y el Padre Thomas Hemm CPPS.
Las donaciones conmemorativas pueden hacerse a los Misioneros de la Preciosa Sangre, Provincia de Cincinnati.

Fuente: Radio Cinética La Oroya.

Trèbes: Arnaud Beltrame, el héroe que dio su vida por los rehenes

Se entregó al secuestrador a cambio de la liberación de los rehenes. El teniente coronel gendarmerie Arnaud Beltrame pagó con su vida el heroísmo que mostró durante la toma de rehenes de Trèbes

Poco después del comienzo de la crisis de los rehenes, Arnaud Beltrame se ofreció voluntario para tomar el lugar de una mujer detenida por el terrorista Radouane Lakdim en el supermercado Trèbes.
Su historia, su valentía impresiona. Él es Arnaud Beltrame, un teniente coronel de 45 años del grupo de la gendarmería Aude, un ex miembro de GIGN.
Mientras que el atacante había disparado a dos personas a riesgo de su vida, tomó la decisión de tomar el lugar de los rehenes retenidos dentro del supermercado. El policía “había dejado su teléfono sobre la mesa abierta (…) y es entonces cuando oímos los disparos, el GIGN intervino” y fue derribado el autor del ataque, miembro del grupo yihadista Estado Islámico, detalló el Ministro del Interior Gérard Collomb al recordar el “coraje” de este policía.
Arnaud Beltrame recibió dos disparos y el atacante lo apuñaló varias veces. Sucumbió a su lesión el sábado 24 de marzo al amanecer. “Francia nunca olvidará su heroísmo, su valentía, su sacrificio”, tuiteó el Ministro del Interior, Gérard Collomb.
El Presidente de la República le rindió homenaje en una declaración conmovedora pocos minutos después, declarando que el oficial había “caído como un héroe” y merecía “respeto y admiración de toda la nación”. El jefe de Estado enfatizó que había “demostrado una valentía y sacrificio excepcionales”.

¿Quién fue Arnaud Beltrame?

Después de graduarse de la Escuela Militar Saint-Cyr Coëtquidan en 1999, Arnaud Beltrame también fue “importante” en 2001 de la Escuela de Oficiales de la Gendarmería Nacional. En 2003, se unió al GIGN antes de ser enviado a Irak en 2005, donde fue condecorado con la cruz del valor militar.
Comandante de la compañía en la Guardia Republicana, estuvo vinculado durante cuatro años a la seguridad del Palacio Elíseo. En 2010, Arnaud Beltrame tomó el mando de la compañía de Avranches (Manche), hasta 2014, donde se convirtió en asesor del Secretario General del Ministerio de Ecología. Había sido nombrado comandante adjunto del grupo de gendarmería de Aude en 2017. Casado sin hijos, está condecorado con la Orden Nacional del Mérito.
Testimonio del sacerdote Jean-Baptiste, canónigo de la abadía de Lagrasse (Aude):
“Conocí por casualidad mientras visitaban nuestra abadía, Monumento Histórico, al teniente coronel Arnaud Beltrame y a Marielle, con quien acababa de casarse por lo civil el 27 de agosto de 2016. Congeniamos muy rápido y me pidieron que les preparase para su matrimonio religioso, que yo debía celebrar cerca de Vannes el próximo 9 de junio. Así pues, durante dos años pasamos muchas horas trabajando los fundamentos de la vida conyugal. Yo acababa de bendecir su hogar el 16 de diciembre y habíamos finalizado su expediente canónico de matrimonio. La hermosísima declaración de intenciones de Arnaud me llegó 4 días antes de su heroica muerte.
La joven pareja venía con regularidad a la abadía a participar en las misas, oficios y enseñanzas, y en particular a un grupo de acogida, Nuestra Señora de Caná. Formaban parte del equipo de Narbona. Vinieron incluso el pasado domingo.
Inteligente, deportista, hablador y resuelto, a Arnaud le gustaba hablar de su conversión. Nacido en una familia poco practicante, vivió una auténtica conversión hacia 2008, cerca de los 33 años. Recibió la primera comunión y la confirmación tras dos años de catecumenado, en 2010.
Después de una peregrinación a Sainte-Anne-d’Auray en 2015, donde pidió a la Virgen María encontrar a la mujer de su vida, empezó a salir con Marielle, cuya fe es profunda y discreta. La petición de mano se celebró en la abadía bretona de Timadeuc en la Pascua de 2016.
Apasionado de la Gendarmería, alimentaba desde siempre una gran pasión por Francia, por su grandeza, por su historia, por sus raíces cristianas, que había redescubierto con su conversión. Cuando se ofreció en lugar de los rehenes, probablemente lo motivó la pasión de su heroísmo de oficial, porque para él ser gendarme significaba proteger. Pero él conocía el riesgo inaudito que asumía.
Sabía también de la promesa de matrimonio religioso que había hecho a Marielle, que ya era civilmente su esposa y a quien amaba con ternura, de eso soy testigo. ¿Entonces? ¿Tenía derecho a asumir tal riesgo? Me parece que solo su fe puede explicar la locura de ese sacrificio que es hoy la admiración de todos. Él sabía que, como nos dijo Jesús, “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). Él sabía que, aunque su vida empezaba a pertenecer a Marielle, también pertenecía a Dios, a Francia, a sus hermanos en peligro de muerte. Creo que solo una fe cristiana animada por la caridad podía pedirle ese sacrificio sobrehumano.
Pude reunirme con él en el hospital de Carcasona, hacia las 21h de la noche de ayer. Los gendarmes y los médicos o enfermeras me abrieron el camino con una extraordinaria delicadeza. Él estaba vivo, pero inconsciente. Pude darle el sacramento de los enfermos y la bendición apostólica a las puertas de la muerte. Marielle respondía a esas bellas fórmulas litúrgicas.
Era Viernes de Dolores, justo al inicio de la Semana Santa. Acababa de rezar el oficio de nona y el viacrucis por su intención. Pedí al personal que cuidaba de él si podría tener una medalla mariana, la de [Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa de] la Rue du Bac, de París, junto a él.
Comprensiva y profesional, una enfermera la sujetó a su hombro. No pude casarle, como ha dicho erróneamente un artículo, porque estaba inconsciente. Arnaud no tendrá jamás hijos carnales. Sin embargo, su heroísmo sobrecogedor va a suscitar, según creo, numerosos imitadores, dispuestos entregarse a sí mismos por Francia y por su dicha cristiana”.
Fuente: www.es.aleteia.org

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