Misioneros de la Resurrección

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El Papa anima a los padres resurreccionistas a ser “hombres en camino hacia las periferias humanas”

“Déjense alcanzar por el Resucitado a lo largo de los senderos de la desilusión y del abandono”. “Que en una sociedad que tiende a nivelar y a masificar, donde la injusticia contrapone y divide, en un mundo lacerado y agresivo, no falte el testimonio de la vida fraterna en comunidad”.

Les propone como ejemplo a María Magdalena, mujer “en salida”

María Magdalena y las otras mujeres que buscaban a Jesús muerto abandonaron su “nido” y se pusieron en camino: supieron arriesgar. Este es el modelo que el Papa ha propuesto hoy a los padres resurreccionistas, con el fin de que ellos también se conviertan en personas que, movidas por su fe en Dios, sepan anunciar “la llegada del alba también en plena noche”.
La mañana de este sábado el Papa Francisco recibió en audiencia a los participantes en el Capítulo General de la Congregación de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, los padres resurreccionistas.
Dirigiéndose a estos hijos espirituales de Bogdan Janski, apóstol de los polacos emigrados a Francia durante el siglo XIX, el obispo de Roma les recordó que “han nacido para testimoniar que la Resurrección de Cristo está en la base de la vida cristiana, para anunciar la exigencia de la resurrección personal y apoyar a la comunidad en su misión al servicio del Reino de Dios”.
Refiriéndose al tema de este Capítulo: “Testimonios de la presencia del Señor Resucitado: de la comunidad al mundo”, el Papa notó que está estrechamente relacionado con el carisma del Instituto, de ahí que el Santo Padre se detuviese en tres expresiones.
Primero: Testimonios de la presencia del Señor Resucitado: es decir misioneros, apóstoles del Viviente. Por esto Francisco propuso como ícono a María Magdalena, apóstol entre los apóstoles, que la mañana de Pascua, después de encontrar a Jesús Resucitado, lo anuncia a los otros discípulos. “Ella buscaba a Jesús muerto y lo encuentra vivo. Y esta es la gozosa Buena Noticia que lleva a los demás: Cristo está vivo y tiene el poder de vencer a la muerte y darnos la vida eterna”.
“No sean hombres nostálgicos, sino hombres que, movidos por la fe en el Dios de la historia y de la vida, anuncian la llegada del alba también en plena noche. Hombres contemplativos que, con la mirada del corazón fijo en el Señor, saben ver aquello que no ven los demás, impedidos por las preocupaciones de este mundo; hombres que sepan proclamar, con la audacia que viene del Espíritu, que Cristo está vivo y es el Señor”.
“Una segunda reflexión es esta: María Magdalena y las otras mujeres que van al sepulcro son mujeres ‘en salida’: abandonan su ‘nido’ y se ponen en camino, saben arriesgar. El Espíritu los llama también a ustedes, hermanos de la Resurrección, a ser hombres en camino, un Instituto ‘en salida’, hacia las periferias humanas, allí donde es necesario llevar la luz del Evangelio”.
De la comunidad al mundo continuó reflexionando el Papa. “Como los discípulos de Emaús, déjense alcanzar por el Resucitado, ya sea individualmente que comunitariamente, de manera particular a lo largo de los senderos de la desilusión y del abandono”, puntualizó, exhortándolos luego a ser constructores de comunidades evangélicas y no meros ‘consumidores’ de ellas; a asumir la vida fraterna en comunidad como la primera forma de evangelización.
“Que las comunidades estén abiertas a la misión y escapen de la referencia a sí mismos, que conduce a la muerte. Que en una sociedad que tiende a nivelar y a masificar, donde la injusticia contrapone y divide, en un mundo lacerado y agresivo, no falte el testimonio de la vida fraterna en comunidad”.
El Papa concluyó recordando a los padres resurreccionistas aquello que tantas veces ha dicho a los consagrados, especialmente durante el Año de la Vida Consagrada:
“Hacer memoria grata del pasado, vivir el presente con pasión, abrazar el futuro con esperanza. Memoria grata del pasado: no arqueología, porque el carisma es siempre una fuente de agua viva, no una botella de agua destilada. Pasión para mantener siempre vivo y joven el primer amor, que es Jesús. Esperanza: sabiendo que Jesús está con nosotros y guía nuestros pasos así como ha guiado los pasos de nuestros fundadores”.
Fuente: www.periodistadigital.com

Audiencia con el Papa Francisco
Publicamos a continuación el discurso que el Santo Padre ha pronunciado en el curso del encuentro: «Queridos  hermanos, Os acojo con alegría con ocasión de vuestro capítulo general. Doy las  gracias al Superior General por sus palabras; y, a través de vosotros, saludo a todos los hermanos presentes en quince países de cuatro continentes.
Hijos espirituales de Bogdan Janski, apóstol de los emigrados polacos en Francia durante el siglo XIX, habéis  nacido para dar testimonio de que la resurrección de Cristo es el fundamento de la vida cristiana, para anunciar la necesidad de una resurrección personal y apoyar a la comunidad en su misión al servicio del Reino de Dios. En estrecha relación con el carisma del Instituto,  habéis elegido para este capítulo el tema “Testigos de la presencia del Señor resucitado: de la comunidad al mundo”. Me gustaría reflexionar sobre tres expresiones:
1. Testigos de la presencia del Señor resucitado: Es decir, misioneros, apóstoles del Viviente. Por eso os propongo como modelo a María Magdalena, que en la mañana de Pascua, después de encontrar a Jesús resucitado, lo anuncia a los otros discípulos. Buscaba a Jesús muerto y lo encuentra vivo. Y esa es la alegre Buena Nueva  que lleva a los demás: Cristo está vivo y tiene el poder para vencer la muerte y darnos la vida eterna.
A partir de aquí se deriva una primera reflexión: La nostalgia de un pasado que ha podido ser fructífero en vocaciones y obras grandiosas no os debe impedir ver la vida que el Señor hace brotar  a vuestro lado en el momento presente. No seáis hombres nostálgicos, sino hombres que, movidos por la fe en el Dios de la historia y de la vida, anuncian la llegada del alba, incluso en la oscuridad de la noche (Isaías 21.11 a 12).
Hombres contemplativos que, con los ojos del corazón fijos en el Señor, saben ver lo que otros no ven, impedidos por las preocupaciones de este mundo; hombres que saben cómo proclamar, con la audacia que viene del Espíritu, que Cristo está vivo y es el Señor.
Una segunda consideración es la siguiente: María Magdalena y las otras van al sepulcro (cf. Lucas 24.1 a 8) son mujeres “en salida”: abandonan su “nido” y se ponen en camino, saben arriesgarse. El Espíritu os llama, también a vosotros, Hermanos de la Resurrección  a ser hombres en camino, un Instituto “en salida” hacia las periferias humanas, allí donde es necesario llevar la luz del Evangelio.
Les llama a ser buscadores del rostro de Dios allí donde se encuentra: no en las tumbas -“¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” (V. 5)-, sino donde Él vive: en la comunidad y en la misión.
2. De la comunidad al mundo. Como los discípulos de Emaús, dejad que os alcance el Resucitado, sea individualmente que como comunidad, especialmente a lo largo de los caminos de la decepción y el abandono (cf. Lucas 24,11ss). Y este encuentro os hará correr de nuevo, llenos de alegría y sin demora, a la comunidad, y de ella a todo el mundo para anunciar: “¡Verdaderamente el Señor ha resucitado!” (V. 34).
Los que creen en el Resucitado tienen el coraje de “salir” a llevar la Buena Nueva de la Resurrección, asumiendo los riesgos del testimonio, como hicieron los apóstoles. ¡Cuántos esperan esta alegre noticia! No podemos privarles de ella. Si la resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza y el tesoro más preciado, ¿Cómo no podemos correr a anunciarlo a los demás?
Y una forma concreta de expresarla es la vida fraterna en comunidad. Se trata de acoger a los hermanos que  Señor nos da: no a los que elegimos nosotros, a los que el Señor nos da. Puesto que Cristo ha resucitado ya no se nos permite, como dice el Apóstol Pablo, mirar a los otros  a la manera humana (cf. 2 Co 5:16). Los vemos y los acogemos como un regalo del Señor. El otro es un regalo que no puede ser manipulado o despreciado; un regalo para recibirlo con respeto, porque en él, sobre todo si es débil y frágil, sale a mi encuentro Cristo.
Os exhorto a ser constructores de “comunidades” evangélicas y no meros “consumidores” de ellas; a asumir la vida fraterna en la comunidad como la primera forma de evangelización. Las comunidades estén abiertas a la misión y huyan de la referencia a sí mismas, que lleva a la muerte. Que los problemas -siempre  los hay- no os ahoguen; cultivad, en cambio,  “la mística del encuentro” y buscad, junto con los hermanos que el Señor os  ha dado e iluminados ”por la relación de amor que recorre las tres Personas Divinas” el camino y el método para ir adelante (cf. Carta apostólica A todos los consagrados, 21 de noviembre de 2014, I, 2). En una sociedad que tiende a nivelar y uniformar, donde la injusticia contrapone y divide, en un mundo desgarrado y agresivo, ¡no dejéis que falte el testimonio de la vida fraterna en comunidad!
3. Profetas de la alegría y la esperanza pascual. El Señor resucitado ha derramado sobre sus discípulos dos formas de consuelo: la alegría interior y la luz del misterio pascual. La alegría de reconocer la presencia del Resucitado os introduce en su Persona y en su voluntad: por eso lleva a la misión.
Por otro lado, la luz del misterio pascual  devuelve la esperanza, una “esperanza fiable”, como dijo el Papa Benedicto XVI (Encíclica Spe salvi, 2). Resucitados para  resucitar, liberados para liberar, generados a nueva vida para generar nueva vida en todos los que encontramos en nuestro camino. Esta es vuestra vocación y la misión de los Hermanos de la Resurrección.
“¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” (Lucas 24,5). Que en vuestros corazones resuene constantemente esta palabra. Os ayudará a salir de los momentos de tristeza y os abrirá a horizontes de alegría y esperanza.
Hará revertir las piedras de los sepulcros y os dará las fuerzas para anunciar la Buena Noticia en esta cultura tantas veces marcada por la muerte. Si tenemos el valor de bajar a nuestros sepulcros  personales y comunitarios, veremos cómo Jesús es capaz de resucitarnos de ellos. Y redescubriremos así  la alegría, la felicidad y la pasión de los primeros momentos de nuestro darnos.
Queridos hermanos, concluyo recordando lo que tantas veces he dicho a los  consagrados  especialmente durante el Año de la Vida Consagrada: mirar al pasado con gratitud, vivir el presente con pasión, abrazar el futuro con esperanza. Recuerdo grato del pasado: no arqueología, porque el carisma es siempre una fuente de agua viva, no una botella de agua destilada. Pasión para mantener siempre vivo y joven el primer amor, que es Jesús. Esperanza: sabiendo que Jesús está con nosotros y guía nuestros pasos como ha guiado los pasos de nuestros fundadores.
María, que de manera singular  vivió y vive el misterio de  la resurrección de su Hijo, vele como una madre vuestro camino. Os  acompañe también mi bendición. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Gracias».
Fuente: Zenit.

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