Viernes Santo 2016

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Por la Sierva de Dios Luisa Piccarreta
Me encuentro solo y sin compañía
todos me han abandonado
un hijo amado me ha entregado
y aun así su beso no lo he rechazado
Me conducen hasta Pilato
quien me somete a ser flagelado
mis carnes van cayendo a pedazos
se pueden ver mis huesos, estoy todo llagado
Déjame atarte con las cadenas de mi amor,
no ves que lloran mis ojos y me sangra el corazón por ti.

Soy coronado pero con espinas
soy objetos de burlas y despreciado
me dicen “adivina quién te ha golpeado”
¡Qué dolor yo siento! ¡No soy amado!
Me llevan por caminos pedregosos
me empujan y siento los latigazos
la cruz es pesada y tres veces caigo
y me levanto por ti, porque te amo
Déjame atarte con las cadenas de mi amor,
no ves que lloran mis ojos y me sangra el corazón por ti.

Me han clavado las manos y pies
tengo el rostro hinchado y ensangretado
y no hay nadie que me lo limpie
ya no parezco un hombre, sino un gusano
Mi corazón lo han traspasado
ya no queda más sangre, toda la he entregado
Ven a mis brazos, que te he salvado
levanta tus ojos, yo siempre te he amado.
Ven a saciar en mi sangre la sed de tantas pasiones
La sed de tantos placeres y de tantas ambiciones
En ella encontrarás el remedio para tus males
Aprende del heroísmo de mi amor
Déjame atarte con las cadenas de mi amor,
no ves que lloran mis ojos y me sangra el corazón por ti.Reflexiones en Semana Santa, por Edwin Vásquez Ghersi S.J.

Reflexiones en Semana Santa

Por Edwin Vásquez Ghersi SJ
La celebración de la Semana Santa en el Perú va acompañada de variadas tradiciones. Entre nosotros aún se conservan prácticas y ritos que nos vienen de antaño. Sin lugar a dudas, el Viernes Santo es el día más tradicional. El ayuno que manda la religión católica y la prohibición de comer carnes rojas en esta fecha ha dado lugar a comidas típicas para la ocasión: picadillo de paiche en pueblos de la selva, sopa de viernes en Ayacucho, los siete potajes en el norte (por las siete palabras de Cristo en la cruz), entre otros.
En Ayacucho, la Semana Santa comienza con las procesiones del Señor de la Agonía, la Virgen Dolorosa y San Juan; en Catacaos, Piura, la gente viste de negro en señal de luto por la muerte de Jesús; en Mollendo, Arequipa, se celebra la procesión del Santo Sepulcro; en Surco, Lima, grupos de varones vestidos de blanco con cucuruchos en la cabeza pasan la noche del Jueves Santo en vigilia acompañando a Cristo en su Pasión. Asimismo, en varios lugares de nuestro país se celebra el Sermón de las Tres Horas, tradición comenzada por el padre Francisco del Castillo, jesuita limeño del siglo XVII, cuya causa de beatificación se encuentra en marcha.
A pesar de los cambios de época y la creciente secularización, podríamos decir que en general hay en estos días un clima religioso que invita a la reflexión. En efecto, las tradiciones religiosas propias de la Semana Santa, lejos de dejarnos en la exterioridad de estas prácticas, deben ser motivo para detenernos a pensar y meditar. La conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Cristo durante el triduo pascual es una invitación a reflexionar en torno al sentido profundo de nuestra existencia. San Ignacio de Loyola fue un maestro espiritual en el arte de saber detenerse a pensar. El discernimiento ignaciano es, ante todo, un ejercicio cordial que lleva a la persona a examinar con agudeza el rumbo de la propia vida. A través de la pregunta “¿a dónde voy y a qué?”, Ignacio enseña a evitar las trampas que solemos ponernos a nosotros mismos y, en consecuencia, a actuar con recta intención.  Pero el examen de nuestro modo de actuar no es una mirada intimista que busca una suerte de perfección moral. El discernimiento espiritual va más allá porque contrasta nuestra vida con el modelo que es la vida de Jesús y nos lleva a preguntarnos qué debemos hacer por Cristo. En otras palabras, ¿es el evangelio y la vida de Jesús el criterio central de mi modo de estar en el mundo?
El examen personal debe llevarnos, en un segundo momento, al examen de nuestra relación con los demás. Comencemos por revisar la calidad de nuestras relaciones familiares; no seamos luz de la calle y oscuridad de la casa. Conozcamos y saludemos a nuestros vecinos y vecinas, no para inmiscuirnos en sus vidas, sino para hacer la convivencia más agradable. Respetemos al otro evitando tocar innecesariamente la bocina; ruidos molestos como este causan estrés y ponen en evidencia nuestra mala educación. Esforcémonos por ser personas de paz; la inseguridad ciudadana es un problema de todos y su solución exige cambios en nosotros y la sociedad.
La fe que se renueva en la Semana Santa lleva, finalmente, a comprometerse en la tarea de construir una sociedad más justa y fraterna. El mensaje de la Conferencia Episcopal Peruana con ocasión de las próximas elecciones invita a todos los peruanos y peruanas a un proceso de reflexión que nos permita mirar el largo plazo: “La pregunta clave en este momento es qué sociedad queremos construir para que los hombres y mujeres, los jóvenes y niños puedan crecer y vivir en paz y con igualdad de oportunidades, sintiéndose seguros y respetados en su dignidad, sin discriminaciones, y habiendo desterrado los persistentes índices de pobreza, informalidad y desigualdad educativa que frenan nuestro desarrollo”. Esta preocupación por el bien común y el compromiso político debe ser tarea de todos. Una pena que una ley electoral defectuosa nos haya distraído de las preguntas de fondo. Que mientras saboreamos un rico pescado en Viernes Santo no estén ausentes de nuestra reflexión estos y otros temas.

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