Un Papa que vino del fin del mundo

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Bergoglio

Por Esther-Marie Merz y Mathilde Schwabeneder.
«Podría suceder esta tarde», me susurró mi camarógrafo. El cónclave no dura ni veinticuatro horas, pero el evento histórico que aguardamos aviva la hoguera de los rumores. Una elección papal tras la dimisión de un papa: es algo que el mundo nunca antes había presenciado -como tampoco tantos periodistas juntos al mismo tiempo en Roma-. Ha transcurrido un mes desde la impactante decisión del papa Benedicto XVI. Desde entonces, la ciudad se encuentra sitiada por reporteros de los cinco continentes. Todos esperamos el humo blanco.
Reacomodo mi relación personal de favoritos. De mis originalmente veinte minibiografías, selecciono diez. El perfil del papa a ser elegido parece estar claramente delineado -sobre eso existe un consenso entre la mayoría de los colegas alrededor del globo: un hombre lo suficientemente fuerte como para lidiar con los vatileaks y otros escándalos, un padre espiritual, un buen organizador, no europeo y, lo que es muy importante, no mayor de setenta años-.
Una mirada a mi lista y un breve intercambio con un vaticanista romano ratifican un dato: podría ser el arzobispo de Buenos Aires, si su fecha de nacimiento no fuese el 17 de diciembre de 1936. No, el cardenal Jorge Mario Bergoglio pasa a los últimos lugares de nuestra columna. Unas horas más tarde, la historia se encarga de desmentir este cálculo.
No es la tarde, es la noche del 13 de marzo de 2013. El anochecer de un día frío y lluvioso. A más tardar a las 7:00 pm debería salir humo de la chimenea ardiente de la Capilla Sixtina en cualquier elección, asegura en sus comunicados de prensa a diarios el vocero del Vaticano, Federico Lombardi. Humo negro o blanco, dependiendo del resultado.
Me ubico en el lugar que me corresponde para la transmisión en vivo. La Plaza de San Pedro lleva horas abarrotada de gente y el suspenso es enorme. Las miradas de todos los presentes se dirigen bajo sus paraguas tercamente hacia arriba. A las siete y seis minutos sucede finalmente: un grito resuena por encima de la plaza y se introduce en los techos y terrazas desde los cuales los periodistas arrancamos con la transmisión en vivo. Una señal contundente, ya que el humo es blanco: habemus papam. Pero, ¿a quién han elegido los 115 cardenales en quinta ronda de votación para que sea el jefe supremo de la Iglesia?
El nombre del sucesor 265 de San Pedro que se da a conocer unos instantes después deja un tanto desorientada a mucha gente. Es un nombre muy poco conocido y acústicamente difícil de entender. Y, sin embargo, la decisión del nuevo hombre del Vaticano de llamarse Francisco, que anuncia el protodiácono, el cardenal Jean-Louis Tauran, desata una reacción de júbilo y entusiasmo en la Plaza de San Pedro. Los comentaristas se agolpan en el lugar.
Incluso en el Twitter, Francisco se convierte de inmediato en el tema dominante. Más de siete millones de tuits en total circulan al respecto el día del cónclave. Inmediatamente después de que el nuevo papa, Francisco, es presentado, la actividad de los tuiteros alcanza su punto más alto: 130 000 tuits por minuto.
Ningún papa se había atrevido a elegir el nombre del gran reformador de Asís hasta ahora, comenta el experto en el Vaticano de TV 2000, la emisora de la Conferencia Episcopal Italiana, totalmente sorprendido. Además, apenas unos meses antes, el gurú del Movimiento Cinco Estrellas italiano, Roberto Casaleggio, había escrito en el libro Il grillo canta sempre al tramonto: «No puede ser casualidad que hasta ahora no haya habido ningún papa que se llame Francisco. Nosotros creamos el Movimiento Cinco Estrellas de manera deliberada el día de San Francisco. La política no financiada con fondos públicos. El respeto por la naturaleza y el medio ambiente».
Pero de pronto ahora todo es diferente. Ahora, es el arzobispo de Buenos Aires -el primer jesuita en ocupar el trono de San Pedro- quien eleva los ideales del revolucionario cristiano a la categoría de máxima prioridad de la Iglesia Católica Romana. «Un nombre, un programa», escriben unos días después periodistas de todo el mundo.
El pobrecito, como solía ser llamado San Francisco de Asís, actualmente uno de los santos más queridos, fue un renovador en vida. El «loco de Dios» aplicó el Evangelio radicalmente. Hijo de un rico comerciante de telas, nacido en 1182, le puso un espejo al frente a un clero signado por la decadencia moral. Renunció a una vida de privilegio, fundó la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos y reformó con ello la Iglesia desde adentro, la misma que a la sazón -como ahora- enfrentaba una profunda crisis de credibilidad.
¿Y la Iglesia? Durante mucho tiempo le costó aceptar a quien hoy es el santo patrón de Italia, para muchos el santo más importante de la Iglesia Católica Romana.
En su audiencia con los cerca de 6000 periodistas que se encontraban en Roma para cubrir la renuncia del papa Benedicto y la elección del nuevo papa, Francisco se enfrasca unos días después en una conversación franca y abierta con ellos desde el cónclave. Cuando el conteo de los votos «se ponía peligroso» a su favor, el -en las palabras de Francisco- «gran amigo» que estaba sentado a su lado, el cardenal Claudio Hummes, arzobispo emérito de Sao Paulo, alumno de los jesuitas y franciscano, «me confortaba». Y, cuando salieron los dos tercios de los votos, los cardenales aplaudieron, como es habitual, porque ya había papa. «Hummes me abrazó y me dijo: ‘No te olvides de los pobres’. Y aquello se me grabó: los pobres, los pobres». De inmediato pensó en San Francisco de Asís, comenta. «Francisco, el hombre de la pobreza, de la paz, el hombre que ama todo lo creado», explicó el flamante papa su muy aplaudida decisión, para finalmente compartir con nosotros, los representantes de los medios, su principal objetivo: «¡Cómo me gustaría tener una Iglesia pobre y para los pobres!».
Ya desde su primera aparición pública se puede apreciar cuán en serio se toma Jorge Mario Bergoglio la humildad y la modestia: enfundado en una sotana blanca pero sin estola, se asoma al balcón de las bendiciones de la Basílica de San Pedro. Lleva en el pecho un sencillo crucifijo de hierro, que ya usaba como arzobispo de Buenos Aires. Con un «buonasera», Francisco saluda a los jubilosos creyentes en la Plaza de San Pedro y describe en términos sencillos el trabajo de los cardenales. «Sabéis que el deber de un cónclave es dar un obispo a Roma y parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo al fin del mundo». Ni una sola vez se escucha la palabra «papa» esa noche. Francisco habla más bien del camino de obispo y pueblo juntos, un camino «en hermandad, amor y confianza recíproca». Y les pide a los fieles «un favor». Antes de darles la bendición, «os pido que vosotros recéis al Señor para que me bendiga: la oración del pueblo, pidiendo la bendición para su obispo». Cuando al final les desea las buenas noches y que descansen, ha conquistado ya el corazón de las romanas y los romanos.
Las escenas que presenciamos por todas partes en la Plaza de San Pedro son increíbles. Mujeres y hombres ríen, resplandecientes, se abrazan y emprenden felices la vuelta al hogar. La mayoría de los presentes coincide en que es el inicio de una nueva era.
El punto fuerte de Francisco es su autenticidad. En cada palabra de Francisco afora la esencia de Jorge Mario Bergoglio. Ni su elección al papado habría de cambiar eso. Lo que en los días siguientes deja estupefacto al conjunto de la prensa internacional, para el exarzobispo de 76 años no es más que la continuación lógica de su vida hasta ahora. Así, para el trayecto a la cena la noche de la elección se niega a tomar una lujosa limusina papal y se sube como hasta ahora en una buseta junto con los demás prelados. 14 Francisco: de hijo de inmigrantes a papa Sentido del humor y dinamismo, refieren luego algunos, serían otras dos cualidades del argentino. Mientras que Joseph Ratzinger, debido a la carga de su mandato, hablaba de una «guillotina», su sucesor irradia una especie de levedad del ser muy propia del sur. Con un «¡Que Dios los perdone por lo que han hecho!» agradece a los cardenales un relajado Francisco durante la cena.
No acaba de instalarse Francisco en el cargo y ya se observa un cambio de estilo en el Vaticano. Benedicto XVI también era un hombre modesto, pero como papa proyectaba externamente la imagen de una Iglesia del siglo diecinueve. Vestía zapatos rojos, ropajes suntuosos e incluso el camauro -un gorro de terciopelo forrado en piel-. El armiño y las telas refinadas no son santos de la devoción de Francisco, sin embargo. Incluso rechazará los zapatos rojos. En un encuentro con seminaristas y novicias en ocasión del «año de la fe», describe una vez más lo que para él significa ser sacerdote. Los hombres de la Iglesia deben ser coherentes con la pobreza, afirma. «A mí me hace mal cuando veo un cura o una monja con un auto último modelo. ¡Eso no está bien!». No es que el papa quiera que se movilicen a pie. «Creo que el auto es necesario, pero tengan uno más humilde. Piensen cuántos niños mueren de hambre». El júbilo no nace de las cosas que se tienen, «del último modelo de los teléfonos inteligentes o del automóvil que se hace notar».
Francisco pone acentos, entonces, desde el principio. Cuando los cardenales presentan sus respetos al flamante papa en la Capilla Sixtina, Francisco no toma asiento en el trono papal, como suele ser la costumbre. Recibe las adhesiones de pie. «Ponerse en el centro a uno mismo, es el mayor peligro para la Iglesia». Esta frase la escucharemos de sus labios en adelante muchas veces.
Francisco mantiene los pies sobre la tierra. Entre tanto, es legendaria su partida de la residencia sacerdotal que habitara en Roma hasta el inicio del cónclave. Empaca sus pertenencias él mismo y cancela su cuenta en la recepción del hotel. Con ello pretendería dar un buen ejemplo a otros sacerdotes y obispos, revela el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi. Un huésped del hotel recuerda: «No te dabas cuenta de que era un cardenal. No pedía un auto nunca; tomaba el transporte público o se desplazaba a pie». Era un pasajero normal.
Tan normalmente como sea posible desea seguir viviendo detrás de los muros del Vaticano igualmente. El protocolo establece que debe mudarse a la residencia Domus Sanctae Marthae (también conocida como Casa Marta). Cuánto tiempo permanecerá en la habitación 201 depende de cuándo concluyan las obras de restauración de los aposentos pontificios. Estas están listas muy pronto, pero Francisco no hace ningún ademán de abandonar la residencia de Santa Marta. En ella se instalan nuevamente, después del cónclave, sus residentes originales: unos cincuenta prelados que trabajan en la curia de manera permanente. «El papa desea intentar una forma normal de convivencia con otros», reza un comunicado oficial del Vaticano a fines de marzo. A principios de junio, el propio papa Francisco se pronuncia al respecto en un encuentro con 9000 escolares en el Vaticano. A la pregunta de una alumna, «¿Por qué has renunciado a la riqueza, por ejemplo, a vivir en el apartamento apostólico más grande?», Francisco responde: «No es solamente una cuestión de pobreza; para mí es un problema de personalidad. Tengo necesidad de vivir entre la gente. Si viviese solo, estaría un poco aislado y no me haría bien. Esa pregunta me la hizo también un profesor y le dije: es por motivos psicológicos. No puedo vivir solo». Francisco vuelve luego sobre el tema de la pobreza y la riqueza: «La pobreza en el mundo es un escándalo. En el mundo, donde hay tanta riqueza, tantos recursos para dar de comer a todos, no se puede entender cómo hay tantos niños hambrientos, sin educación, ¡tan pobres! La pobreza hoy es un grito. Y debemos pensar si podemos volvernos un poco más pobres».
Francisco permanece entonces en Casa Marta. Toma sus comidas como cualquier persona en el comedor grande, se sienta a la mesa con los otros huéspedes de la residencia, toma el ascensor junto con ellos, habla por teléfono cuando quiere y con quien quiere. Felicita a los viejos amigos por sus cumpleaños, llama a su dentista en Buenos Aires o a las entidades públicas en Roma. Él decide a quién ver o con quién hablar y no sus secretarios, confía a un amigo. Las prerrogativas de los secretarios papales con frecuencia reducían a los papas a la condición de rehenes. A los encargados de la seguridad les tomará mucho tiempo aún acostumbrarse a este estilo directo y poco curial.
Francisco ocupa las primeras planas casi a todas horas desde un inicio. La mañana siguiente de la elección, abandona el perímetro del Vaticano y se dirige a la Basílica de Santa María la Mayor (Santa Maria Maggiore), la iglesia marianista más grande de Roma. Una vez dentro, el obispo de Roma reza frente a la imagen de la Virgen María venerada por las romanas y los romanos, Salus Populi Romani (Protectora del Pueblo Romano), y deposita una sencilla ofrenda floral en señal de agradecimiento. Regresará a la Basílica, apodada también Nuestra Señora de las Nieves, muchas veces: en ella se prepara para su visita a la Jornada Mundial de la Juventud en lo que será su primer viaje al extranjero. A ella acude a su retorno para dar las gracias. El «papa de los pobres» es, como Juan Pablo II, un gran devoto de la Virgen María, lo cual saldrá a flote especialmente en Brasil.
La primera actividad oficial de Francisco tiene que ver, sin embargo, con la colectividad judía de Roma -la mayor comunidad de la diáspora en el mundo-, a la que le escribe una carta tras su elección. «Espero poder contribuir al progreso que las relaciones entre judíos y católicos conocieron a partir del Concilio Vaticano II, en un espíritu de renovada colaboración y al servicio de un mundo que pueda estar cada vez más en armonía con la voluntad del Creador», escribe en la carta personal que le hace llegar al rabino jefe, Riccardo Di Segni, y que es publicada en la página web de la comunidad judía. La carta contiene, además, una invitación a la inauguración de su pontificado. En una entrevista concedida al matutino Corriere della Sera, Di Segni se muestra optimista. Dice estar esperanzado y curioso. Señala que los nudos a deshacer en las relaciones entre católicos y judíos son difíciles, algunos quizás imposibles de desatar, pero que lo que cuenta es la buena voluntad del papa. «Están dadas todas las condiciones para un camino de diálogo común». El rabino jefe acepta la invitación, no sin antes agregar que también Benedicto XVI los había invitado. En aquella ocasión, sin embargo, en 2005, «celebrábamos el pesaj» -una de las festividades judías más importantes- y le fue imposible aceptar. Riccardo Di Segni se convierte con ello en el primer rabino jefe de Roma en asistir a la consagración del pontificado de un papa católico romano. Inmediatamente después de la elección papal, el presidente de Israel, Shimon Peres, invita a Francisco «a visitar Tierra Santa en la primera oportunidad que se presente». Según Peres, la relación entre el Vaticano y los judíos no habría sido muy auspiciosa «en los últimos 2000 años». Espera, sin embargo, que la relación se fortalezca. Peres realizará una visita a Francisco a fines de abril, la misma que genera una gran expectativa.
Ninguna otra persona recibe en estos días una atención mundial como la que concita Francisco. Noticias felices en todos los canales. Modesto, jovial, cercano al pueblo -así lo describen-. Su estilo hace mella incluso en el nuevo gobierno italiano. La presidenta de la cámara de diputados de Italia, la defensora de los derechos humanos Laura Boldrini, rechaza un auto oficial y se traslada a la juramentación a pie y sin protección policial. Su correligionario político, el presidente del senado electo Piero Grasso, una figura clave en la lucha contra la mafia, se aparece en jeans y zapatillas de deporte. El diario romano La Repubblica habla de una nueva sencillez, un nuevo «estilo franciscano» en los centros de poder romanos. Un estilo de la Santa Sede que ha calado en las instituciones romanas.
En medio del entusiasmo general, sin embargo, aparecen noticias sobre la conducta de Jorge Mario Bergoglio durante la dictadura militar argentina (1976-1983). Francisco cae en el fuego cruzado de la crítica. Es acusado de no haber asumido una posición claramente contraria al régimen brutal del general Jorge Rafael Videla en la década de los años setenta. Unas 30,000 personas desaparecieron o fueron asesinadas durante el gobierno del dictador, que se mantuvo en el poder entre 1976 y 1981. Más allá de ello, Bergoglio, a la sazón provincial de la Compañía de Jesús en Argentina, habría estado implicado en el secuestro de dos sacerdotes de su congregación, Franz Jalics y Orlando Yorio, que trabajaban en las villas miseria del sector porteño de Bajo Flores. Ambos fueron secuestrados por los militares en 1976 y liberados recién cinco meses después. El nóvel papa recibe el respaldo de figuras absolutamente prominentes. El Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, que viaja a Roma en marzo, sale en defensa del pontífice. «Hubo obispos cómplices, pero no Bergoglio», subraya el activista de los derechos humanos, arrestado él mismo en 1977 y víctima de crueles torturas. En términos similares se pronuncia el teólogo de la liberación brasileño, Leonardo Boff. El religioso no encuentra asidero en las acusaciones de una supuesta cercanía del nuevo papa con la otrora dictadura militar argentina. «Al contrario: [él] salvó y escondió a muchos perseguidos por la dictadura militar», declara Boff a la agencia de prensa DPA en Río de Janeiro.
En defensa de Francisco sale también un ex enemigo del régimen dictatorial uruguayo. Gonzalo Mosca fue, según confesión propia, «miembro de un grupo de izquierda» que a menudo se enfrentaba a la dictadura, y su vida corría peligro. Su hermano, un cura jesuita, recurrió al padre Bergoglio en busca de ayuda. Según este recuento, Francisco le prometió ayuda a un Mosca en aquel entonces de veintiocho años y facilitó su huida a la Argentina, para escapar desde ahí a través de Brasil a Europa.
De los dos sacerdotes jesuitas secuestrados en Argentina en 1976, únicamente Franz Jalics estaba vivo cuando Bergoglio fue elegido al pontificado. Orlando Yorio falleció el 9 de agosto de 2000 en Montevideo. Dos días después de la elección, el padre Jalics escribe una carta en la que exculpa al papa.
Viví en Buenos Aires a partir de 1957. En 1974, movido por el íntimo deseo de vivir el Evangelio y de llamar la atención sobre la tragedia de los pobres, con el permiso del arzobispo y del entonces provincial Jorge Mario Bergoglio, y junto con otro hermano de mi congregación, fuimos a habitar en una favela, en un barrio marginal de la ciudad. Desde ahí, proseguimos con nuestra actividad docente en la universidad. En la situación de entonces, o sea, de guerra civil, fueron muertos por la junta militar, en el espacio de uno a dos años, cerca de 30 000 personas, guerrilleros de izquierda y civiles inocentes. Nosotros dos, en el asentamiento marginal, no teníamos ningún contacto ni con la junta ni con la guerrilla. A causa de la falta de información, y de informaciones falsas y tendenciosas, nuestra situación fue interpretada mal, aún dentro de la vertiente intereclesial. En aquel tiempo habíamos perdido contacto con uno de nuestros colaboradores laicos porque se había unido a la guerrilla. Nueve meses después, cuando fue arrestado ese señor, interrogado por los militares, tuvieron conocimiento de que estaba en contacto con nosotros. En la hipótesis de que nosotros también hubiésemos tenido algo que ver con la guerrilla, fuimos arrestados. Después de un interrogatorio de cinco días, el oficial que había dirigido el interrogatorio nos dijo que nos iba a liberar. En sus palabras, «Padres, ustedes de ninguna manera son culpables. Ya les buscaré el modo de que vuelvan a trabajar por los pobres». A pesar del apoyo de esa afirmación, de un modo para nosotros incomprensible nos retuvieron en la cárcel durante cinco meses, encadenados y con los ojos vendados. No puedo tomar ninguna posición con respecto al papel que el padre Bergoglio cumplió en esos acontecimientos. Después de ser liberados, abandoné Argentina. Recién al cabo de varios años tuvimos la oportunidad de hablar con el padre Bergoglio, quien entre tanto había sido nombrado arzobispo de Buenos Aires, sobre lo que había sucedido. Después de ello, celebramos una misa pública y nos dimos un abrazo fraterno. Estoy reconciliado en relación con los hechos y por mi parte lo considero un asunto cerrado. Le deseo al papa Francisco las bendiciones del Señor en el desempeño de su cargo.
Padre Franz Jalics (1)
15 de marzo de 2013  
El 19 de marzo de 2013, el día de la inauguración del pontificado de Francisco, las sombras del pasado se encuentran nuevamente muy lejos. Francisco ha pedido a sus compatriotas que no viajen a Roma, que donen a obras de caridad el dinero; sin embargo, muchos han viajado. Por todas partes se distinguen banderas argentinas entre la multitud.
Incluso en esta fecha, el día de San José, el santo patrono de la Iglesia universal, Francisco viste su sencilla sotana blanca. 132 delegaciones han llegado a Roma desde todos los rincones del mundo. Francisco pide un favor a los jefes de Estado y de gobierno reunidos, en memoria de «José, a quien Dios confió la misión de ser custodio de María y Jesús»:
Seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; ¡no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro! Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad; más aún, ni siquiera de la ternura.
Y dirige su mensaje central a los cientos de miles de fieles que celebran con él: «Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio». Se trata de servir «al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado. ¡Solo el que sirve con amor sabe custodiar!».
A la inauguración del papado del obispo de Roma asisten también representantes de muchas iglesias y colectividades religiosas. Por primera vez en la historia -desde el Gran Cisma de 1054- participa en la ceremonia el patriarca ecuménico de Constantinopla. Bartolomeo I, quien detenta esta investidura desde 1991, hace hincapié en la mejora de las relaciones entre católicos y ortodoxos. El propio patriarca califica de «desarrollo histórico» su decisión de viajar a Roma para el evento. 22 Francisco: de hijo de inmigrantes a papa El cálido abrazo en que se estrechan es interpretado como una importante señal de unión entre las iglesias.
Con la misa empieza el pontificado oficialmente. El primer papa latinoamericano, el primer jesuita en ocupar este cargo en la historia, es a estas alturas poco menos que un desconocido en el Vaticano. El vocero de la Santa Sede, Federico Lombardi, jesuita como Francisco, admite en una conversación haber visto a Jorge Mario Bergoglio una sola vez antes del cónclave.
Ser un extraño en el Vaticano supone para Francisco a la vez un riesgo y una oportunidad.
Nota:
1 Carta extraída de www.jesuiten.org.

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