SEMANA SANTA EN TIEMPOS DE COVID-19. ¿CÓMO FUNCIONA EL CEREBRO ENTRE LA ESPIRITUALIDAD Y EL MIEDO?

SEMANA SANTA EN TIEMPOS DE COVID-19. ¿CÓMO FUNCIONA EL CEREBRO ENTRE LA ESPIRITUALIDAD Y EL MIEDO?

Categoría : Neurociencia

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El coronavirus nos hace vivir tiempos excepcionales. Una misa oficiada por el Papa Francisco en la Plaza San Pedro completamente vacía de fieles es una imagen que impresiona y sobrecoge, ya que hasta la fe tiene que ceder ante el temor a la muerte, aun cuando quien la ocasione sea un enemigo completamente invisible. Hoy y mañana en el Perú, los católicos celebraremos Jueves y Viernes Santo en aislamiento absoluto, sin poder salir ni un momento siquiera a persignarse a la iglesia de la localidad. Desde la perspectiva de la neurociencia queremos intentar una respuesta a la interrogante del título.

Neurología de la espiritualidad y el miedo. ¿Puede el cerebro humano explicar la espiritualidad? Sí. El cerebro humano está dividido en dos hemisferios, el izquierdo y el derecho. Está unido por el llamado cuerpo calloso que a través de las fibras comisurales los conecta y transfiere información en doble sentido vía impulsos nerviosos. Ambas mitades se complementan, cada una ha desarrollado su propia especialización en algunas competencias, y un hemisferio puede ser dominante en una forma única según cada persona. Dentro de cada hemisferio, el lóbulo frontal (el área del cerebro más “reciente” evolutivamente hablando) parece concentrar las principales funciones complejas. El cerebro actúa como una orquesta sinfónica, si un área falla otra puede reemplazar parcialmente sus funciones, y está probado que el hemisferio izquierdo controla el lado derecho del cuerpo y viceversa. Una teoría sostiene que el hemisferio izquierdo procesa la información como una “secuencia lineal” mientras que el derecho la procesa en el modo “simultaneidad visual”. Esto significa que el izquierdo procesa paso a paso, dato por dato, tiene que procesar el anterior para seguir con el siguiente. En cambio el derecho procesa varios datos en simultáneo, es multitarea, ve la totalidad, el conjunto. Esto tiene importantes consecuencias en la conducta del individuo: el izquierdo regula el lenguaje, la numeración y la memoria. Procesa la información mediante el análisis, examinando una por una las partes de un problema. En cambio, el hemisferio derecho integra, articula holísticamente los sonidos, imágenes, olores y sensaciones. Es el que desarrolla las habilidades artísticas, emocionales, visoespaciales y espirituales, entre otras. Procesa la información mediante la síntesis, desde las partes forma un conjunto. Así, el impulso espiritual parece darse por una interacción del hemisferio derecho (más holístico que analítico) con una mayor actividad del sistema límbico y una elevación de la producción de dopamina. Todas las religiones intentan responder a los grandes dilemas existenciales, por ejemplo, nuestra fragilidad ante la muerte. Una pandemia nos pone cara a cara ante ella, y sin duda, el cerebro activa el bagaje espiritual de nuestra memoria para reducir la ansiedad que ella nos produce.

¿Qué sucede con el miedo? Este es un recurso fisiológico de los seres vivos para preservar su supervivencia. El miedo puede hacerte huir, luchar o paralizarte. El sistema límbico del cerebro, compuesto por varias de sus estructuras, es el regulador de la respuesta fisiológica frente a los instintos y emociones humanas, una de ellas el miedo. Es la parte más primitiva del cerebro y activa tres impulsos integradores esenciales para la vida humana: motivar la preservación del individuo y la especie, integrar nuestra información genética con la del medio ambiente en el que estamos, y preparar nuestra respuesta interna ante los estímulos externos. El otro sistema que entra en acción es el sistema nervioso simpático que es el que prepara la reacción automática de todo el organismo con una activación masiva de varios órganos: se dilatan la pupila y los bronquios, aumenta la frecuencia respiratoria y cardiaca, se contrae el aparato digestivo y aumenta la adrenalina y el sudor. El miedo, al hacer visible nuestra vulnerabilidad, multiplica el deseo instintivo de que “algo o alguien” más fuerte que la amenaza pueda detenerla. Con frecuencia, el primer concepto que aparece en nuestra mente es “Dios mío”.

Un gran dilema existencial. Las pandemias han sido parte de la historia de la humanidad. De ellas el cerebro humano recogió enfermedad, dolor y muerte. Las conductas que vemos hoy (barcos con infectados que los puertos no aceptan, vecinos que repudian a afectados pese a que ya sanaron, dejar a los muertos en las calles, etc.) ya han sucedido antes, de otras formas pero en el mismo sentido: el pánico se apodera de la mente de las personas, las reacciones son instintivas y básicamente es la lucha pura y dura por la supervivencia. No obstante, toda pandemia también ha ofrecido las pruebas más excelsas de solidaridad y amor al prójimo que la humanidad es capaz de ofrecerse a sí misma. Instinto de supervivencia y sentimiento de solidaridad han sido los dos grandes impulsos que las pandemias nos dejan como grandes lecciones humanas. De ello emerge uno de los grandes dilemas que las personas nos hemos hecho siempre: somos la especie animal más poderosa de la naturaleza, la que ha subordinado a ésta (muchas veces de la peor forma) para nuestro beneficio aún a costa de la extinción de otras especies, incluso más antiguas que la nuestra. Y sin embargo, una pandemia (como un terremoto, un tsunami o un tornado), desnuda nuestra absoluta vulnerabilidad. Somos tan poderosos como increíblemente débiles. Y entonces, en ese momento de fragilidad, nos preguntamos por qué la divinidad a la que respetamos o adoramos se vuelve tan hostil contra nosotros. Es propio del ser humano el pecado de orgullo y su antropocentrismo desmedido, y sin embargo, es su mayor debilidad. Destruimos la naturaleza pero nos parece una insolencia que ella nos responda. Y entonces le pedimos a Dios, en condición de víctimas (sin ningún reconocimiento de nuestra culpa como agresores) que cese la pandemia, que se acabe el sufrimiento, que ya no sucedan más muertes. ¿Cómo resuelve nuestro cerebro el dilema de no respetar la Creación pero invocar de inmediato al Creador para que nos salve ante el peligro de morir? En plena Semana Santa y en plena cuarentena por el coronavirus, resulta oportunísimo reflexionar sobre ello. Es evidente que no hay una respuesta única, que cada persona tiene que responderse a sí mismo. También es evidente que está inscrito en nuestro ADN que somos parte de la Naturaleza (aunque muchos crean que ya no somos parte de ella), y por lo tanto, es esencial el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad, no sólo individual, sino como especie. Por algo las pandemias han sido recurrentes en la historia humana, y no desgracias pasajeras.

Espiritualidad y Prójimo. Existe una extensa literatura sobre la intensa cohesión que alcanzan los integrantes de unidades militares durante una guerra. Al estar juntos con riesgo de muerte, la supervivencia colectiva depende de la máxima cooperación y coordinación entre los miembros del grupo ya que un error puede costar la vida a uno o a todos. El mismo proceso puede aplicarse a los profesionales de la salud que están en primera línea en la lucha contra el Covid-19. El cerebro procesa el miedo mediante la frecuencia de ondas gamma (ondas de alta frecuencia que dispara la acción neuronal), y éstas parecen sincronizar entre varios individuos cuando el peligro es común. Una amenaza puede dar lugar al sálvese quien pueda, pero individuos agrupados en algún sentido (una familia, una comunidad, una nación) pueden generar una interacción social que vía la sincronización cerebral ayuda a tomar decisiones mutua y dinámicamente entre los miembros del grupo. Lo curioso es que una investigación a monjes budistas registró también lectura de ondas gamma de mayor frecuencia y amplitud, lo que se relaciona con una alta activación emocional y procesos cognitivos superiores en situaciones místicas o espirituales. Karen Armstrong, una autoridad mundial en el estudio de las religiones, señala que no es la religión la que separa a las personas, sino nuestra naturaleza, ya que somos una especie violenta. Pero es nuestra capacidad de poder tratarnos como iguales lo que permite superar ese atavismo: “Todas las religiones sin excepción nos dicen que la espiritualidad no es un fin en sí mismo. No tiene valor a menos que se exprese en la regla de oro de la compasión: nunca trates a los demás como no quieres que te traten. La espiritualidad es innata en los humanos, todos buscamos experiencias trascendentes”.

Religiones y Naturaleza. Partiendo del concepto recientemente confirmado que el coronavirus tiene origen natural y no de laboratorio, no faltamos a la verdad al sostener que la humanidad es hoy una especie absolutamente depredadora del planeta que la acoge, incluyendo la extinción de especies animales y vegetales sólo por el valor económico de alguna de sus partes. Costumbres ancestrales de comer animales silvestres o salvajes van en ese sentido, y los gobiernos no las han combatido o sancionado. También es un hecho cierto que las religiones no han tenido la fuerza suficiente para impedir esa depredación. Pero sin duda su fuerza moral sería inspiradora para cambiar las cosas. El día de hoy el Papa Francisco expresó su consideración de que la pandemia del Covid-19 sería una respuesta de la naturaleza a la humanidad para poder reflexionar cómo utilizamos sus recursos, y que le llamaba la atención cómo la sociedad humana permite que la economía sea la primera consideración antes que la vida de las personas. La referida escritora británica Karen Armstrong dice sobre la actual crisis del coronavirus: “Las escrituras orientales, especialmente las chinas, siempre han estado muy preocupadas por el entorno natural, que consideran frágil. En cambio, en las escrituras budistas, la naturaleza puede ser feroz y aterradora. Ahora estamos encerrados, y sabemos qué son el miedo, la ansiedad y la pérdida de libertad. Las escrituras nos dicen que debemos sanar el dolor del mundo y que esta experiencia debe cambiar nuestra cortedad de miras (respecto a la naturaleza).

Epílogo. En esta Semana Santa nuestra espiritualidad debe expresarse en el respeto a quienes exponen su vida por cuidar la nuestra, en pensar nuestra responsabilidad personal en adelante frente a la Naturaleza, y en quedarse en casa como expresión de amor y humildad ante Dios, la Naturaleza y la Humanidad.

#YoMeQuedoenCasa


EL DISCURSO PRESIDENCIAL. SU FUNCIÓN SOCIAL Y COMUNICACIONAL DURANTE LA PANDEMIA DEL CORONAVIRUS

Categoría : Política

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Decía el semiólogo argentino Eliseo Verón, que para el desarrollo fecundo de las ciencias de la comunicación, los procesos de la personalidad, la sociedad y la cultura, deben ser vistos como procesos de comunicación. Esta idea es pertinente para un hecho que puede caracterizarse como insólito para los peruanos: el Presidente Martin Vizcarra aparece día a día en las pantallas de televisión a mediodía para informar cotidianamente las medidas que va disponiendo su gobierno para enfrentar la pandemia del coronavirus. No pretendo centrarme en lo que dice en cada uno de sus discursos, pues millones los escuchamos a diario. Sí es interesante abordar todo lo que “no dice” su discurso, es decir, lo que es contextual o está implícito; tanto por sus decisiones personales, por lo que espera la sociedad, y por los signos culturales con los que transmite sus iniciativas, ya que todas esas cosas “comunican” tanto como lo que dice a diario.

El discurso presidencial como centro y espacio único de la política nacional. Quien conoce el Perú sabe la diversidad de rostros y opiniones políticas que pasan a diario por los programas de televisión. Entonces es una sorpresa mayúscula ver al Presidente Vizcarra como el único centro de interés político desde la declaratoria de inmovilización obligatoria. Prácticamente todos los demás actores políticos han desaparecido. Además del Presidente, aparecen los ministros de Salud, Interior y Defensa, por razones obvias. Casi nadie más llega a los sets de televisión como estábamos acostumbrados por tanto tiempo. No hay duda de que la evolución de la pandemia y sobre todo, el temor que recorre a toda la sociedad peruana, ha dado lugar a que no importe otra opinión sino la del Presidente para conocer las medidas que va tomando y ejecutando. En tiempos excepcionales como éste, parece dispararse la relación emocional entre las grandes masas y el jefe del Estado, porque se le otorga inconscientemente la condición de protector, y ya no importa ninguna intermediación. En la ciencia política este fenómeno es llamado “to rally around the flag“. Es sorprendente que hasta el propio Presidente del Consejo de Ministros no tenga casi protagonismo alguno. Menos el Presidente del Congreso. El discurso presidencial ya no sólo es el eje central diario sobre el que gira la política nacional, sino también su espacio casi exclusivo. Por supuesto, el Presidente ha captado esta doble energía: la necesidad de informar a diario lo que se hace y el deseo de la población que sea él quien lo haga (no un subalterno). Y sin dudarlo, se ha entregado a la tarea con ahínco. No sorprende entonces que su aprobación alcance más del 80%. En medio del mayor desafío para su Presidencia, Vizcarra sabe que tiene firme en sus manos las riendas de la nación, y que la nación está con él. Su mayor reto será -así como acertó el momento preciso de meter a todos a sus casas-, determinar el momento exacto de levantar la cuarentena para que la economía no se desplome por su propia parálisis o para evitar que la gente salga a saquear por hambre.

La pandemia como fenómeno comunicacional global. Cuando la información inicial del coronavirus procedía de China, no se veía el tema sino como un lejano asunto asiático. Cuando saltó a Italia la situación cambió por completo. En días, el coronavirus ya era información monopólica en toda Europa, Estados Unidos, América Latina y Asia. Las informaciones de fallecidos en Italia y luego en España estremecieron al mundo entero. El tercer escalón, ya como fenómeno global, han sido las escenas de la televisión ecuatoriana quemando los cadáveres en las calles porque las autoridades no se daban abasto en recogerlos. Ello desató en muchos países de América Latina la condición de pánico social, y la exigencia de mayores restricciones a la movilidad social, que por ejemplo los Presidentes de México y Brasil se han resistido a tomar. Este contexto externo ha dado lugar a que las posturas negacionistas de la pandemia (los dos mencionados y Donald Trump como su ejemplo emblemático) se hayan desacreditado no sólo en sus propios países, sino en la comunidad internacional. Es un fenómeno nunca antes visto que la información sobre la pandemia sea simultánea en decenas de países, tanto sobre sus realidades nacionales como lo que pasa a nivel internacional. El ataque del virus es a escala global, sin importar el desarrollo de las naciones ni las clases sociales, pero sin embargo, las respuestas son nacionales, no hay una estrategia mundial anti-coronavirus. Cada país reacciona como una tribu aislándose de otras, aunque todos sabemos que estamos pasando por el mismo miedo y dolor. La solidaridad internacional ha sido hasta ahora, simbólica en algunos casos. Puede decirse que los peruanos, como nunca antes, somos hoy conscientes de que no sólo se trata de una crisis nacional, pero en lo que estamos unidos con el resto de la humanidad es en reconocer que, pese al más grande desarrollo científico y tecnológico logrado por dos o tres generaciones humanas, no dejamos de ser absolutamente vulnerables ante la naturaleza. Y viendo los problemas políticos que viven otros países respecto a cómo enfrentar el coronavirus, el Perú es una tribu que ha podido enfrentarlo mucho más unida que otras. Parece una paradoja pero el coronavirus reforzará nuestra identidad y sentimiento nacional.

La comunicación no verbal del Presidente. Rafaella León, autora del libro “Vizcarra, retrato de un poder en construcción”, refiere la relación conflictuada del Presidente con la política, expresada en el muro materno entre sus hijos y el padre (un connotado político regional aprista) a quien culpaba de las muchas puertas cerradas a la familia, en la relación de su propia esposa con la política (una profesora que debe acompañar al cónyuge extrañando ella estar en su escuela de niños), y en el estilo cíclico de su forma de hacer política entre trayectos erráticos y de incertidumbre y picos de decisiones radicales y arriesgadas (actitud “kamikaze” fue la frase de León). Esto es lo que puede explicar, además de su perfil profesional de ingeniero, su dificultad para ser un animal mediático, para sumergirse en las aguas, siempre tempestuosas, del vínculo emocional con las masas. Digámoslo así: su vínculo es más racional, más matemático. Parece estar más a gusto demostrando su capacidad para resolver los problemas inmediatos de la gente, el mundo de la eficiencia y eficacia del poder. Lo curioso es que ello no ha limitado sus niveles de popularidad al saber recoger las demandas ciudadanas en cada coyuntura. Tiene un perfil que también puede ser muy útil para conectar con la gente: cuando tuvo que anunciar nuevas medidas restrictivas el 02 de abril, se levantó de la mesa, fue a la pizarra y se veían datos y líneas que seguramente pocos entendían. Pero lo que seguro todos entendimos fue la frase “el segundo martillazo” para achatar la curva de transmisión del virus. No hay duda de que Martín Vizcarra sigue siendo un líder en construcción, y ha ido mejorando en el camino tanto su comunicación verbal como no verbal, aunque en ésta última pueda tener mucho camino por hacer. Creo no equivocarme al decir que su gestión en esta crisis ya le ha dado el oxígeno suficiente para terminar su mandato (recordarán que hace poco hasta eso estaba en duda), y para, en comparación con otros actuales presidentes, ser ubicado como uno de los líderes más resilientes de la actual crisis. Falta saber si logrará ingresar a la historia política nacional como él quisiera que lo recuerden, anhelo que muy pocos políticos alcanzan.

La épica como parte esencial del discurso político. La vida cotidiana la sentimos a veces tan brutal e insignificante que trascender de ella y hacernos parte de propósitos extraordinarios o hazañas legendarias nos conecta con los demás, con nuestra historia humana, con el universo o con su Creador. Por eso el discurso político tienen la capacidad de convocar multitudes diversas, porque conecta nuestro accionar diario con fines loables que individualmente nos es imposible alcanzar. Conectar la rutina con la épica es el secreto del éxito del discurso político. En esta coyuntura del coronavirus, los ejemplos de lo que decimos no se han hecho esperar. El mandatario que apeló a la épica militar fue el Presidente chino Xi Jinping, al denominarla como “la guerra del pueblo contra el coronavirus”. El primer ministro italiano Giuseppe Conte tocó la sensibilidad de los italianos con una frase que han repetido otros gobernantes: “Mantengámonos alejados hoy para poder abrazarnos mañana”. Ese discurso (del 11/03/20) lo inició así: “He hecho un pacto con mi conciencia: en primer lugar, está la salud de los italianos”, marcando su opción en la disyuntiva entre salud o economía, debate que ha recorrido varios países. La canciller Angela Merkel, en su discurso para exhortar a los alemanes a cumplir las normas para combatir la pandemia (18/03/20), dijo: “desde la Segunda Guerra Mundial nuestro país no ha afrontado un desafío que dependa tanto de nuestra solidaridad colectiva. Estamos ante un desafío histórico y solo juntos podremos superarlo”. La invocación a la unidad máxima entre el pueblo y su liderazgo para lograr objetivos extraordinarios está en la esencia del discurso político. Y el Presidente Martin Vizcarra tampoco ha sido ajeno a esta postura. En su mensaje a la Nación del 15 de marzo, declarando el estado de emergencia, expresó: “Lo he dicho hoy y lo repito: no escatimaremos ningún esfuerzo porque la salud es el bien más preciado que tenemos todos. Estamos seguros que lograremos superar esta circunstancia difícil y pronto reiniciaremos el crecimiento del país, y retomaremos el rumbo de desarrollo y progreso de nuestra Patria.” Obviamente, para no caer en la retórica, sus hechos tienen que confirmar sus dichos.

Héroes y villanos. Toda guerra, y esta naturalmente lo es, tiene sus villanos. En un primer momento, por su carácter exógeno, fueron los extranjeros que llegaban al país los que alguna sospecha levantaban. Incluso en los primeros días, los turistas asiáticos tuvieron rechazo en varios países. Trump contribuyó con el desaguisado al llamarlo el “virus chino”. Pero cuando la epidemia ya estaba instalada en cada país, los villanos pasaron a ser los que incumplían las normas de restricción que daban las autoridades. Esto no es un problema exclusivamente peruano. Ha sucedido en casi todos los países: algunos con la idea que el problema no era con ellos, otros dando cualquier otra justificación, y los demás tal vez porque su gen solidario es mínimo. El hecho es que en muchos países las normas penales se han elevado para enfrentar esas inconductas. El caso mayor fue el de Filipinas, país en que su presidente Duterte ordenó disparar a matar a los que se resistan a policías y militares. La opinión pública exige medidas más drásticas contra esos villanos porque siente que el esfuerzo que la mayoría hace se va al desagüe por estos incumplidos. Del mismo modo pero en sentido inverso puede decirse de los héroes: el personal de salud y policías y militares, entre otros, aparecen en primera fila en la lucha, y ello genera un amplio reconocimiento social. En sus últimos discursos, Vizcarra ha sido más sistemático en atacar a los villanos e insistir en el reconocimiento a los héroes.

En resumen, el discurso presidencial tiene una finalidad informativa pero además comunicacional en un sentido integral, y del que se desprenden consecuencias a nivel político y social. En tiempos de coronavirus, el discurso presidencial puede convertirse, por dinámica política, en el centro y el espacio privilegiado de la acción política. Al vivirla como un fenómeno comunicacional global, la pandemia patentiza nuestra absoluta vulnerabilidad como humanidad y nuestras reacciones tribales ante el miedo y la muerte. Y ya propiamente en el análisis del discurso presidencial, existe una comunicación no verbal de doble vía, tan intensa y extensa como la oral, con sus dimensiones épicas para intensificar la unidad pueblo-líder, y con la presencia de héroes y villanos, como corresponde a la cualidad antagónica que tiene la política para llegar a las grandes mayorías.


RITMO CIRCADIANO. ¿CAMBIA NUESTRO RELOJ BIOLÓGICO SI ESTAMOS EN AISLAMIENTO EXTREMO TODO EL DÍA?

Categoría : Neurociencia

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Todos los seres vivos desarrollan adaptaciones fisiológicas cíclicas en consonancia a los cambios rítmicos ambientales. La biología los llama ritmos circadianos, y los seres humanos también los tienen. Se les llama “el reloj interior” porque son propios del ser vivo, y si bien pueden modificarse por factores ambientales exógenos, funcionan básicamente desde adentro intentando adecuarse al ciclo ambiental. En los humanos el ciclo circadiano endógeno es de 24 horas, y se rige por los ciclos de la luz y la temperatura exterior. Los ciclos pueden variar según las estaciones, el lugar, la edad y la salud. El ritmo circadiano regula el patrón de alimentación, la actividad hormonal, la regeneración celular y la actividad cerebral incluyendo el sueño, entre otras funciones. Está gobernado por el núcleo supraquiasmático (NSQ), un grupo de neuronas del hipotálamo medial que recibe la información de la luz solar captada por fotoreceptores de la retina, la procesa y la redirige a la glándula pineal que es la que produce la neurohormona melatonina, la cual es baja durante el día y alta en la noche. Por eso cabe hacerse la pregunta si ese “reloj interior” se desincroniza cuando estamos en cuarentena obligados a permanecer en casa todo el día por un mes. Desde el punto de vista de la neurociencia, hay cambios, tanto físicos como psicológicos, que afectan al individuo y al grupo familiar. Veamos qué cambios pueden darse.

  1. Somos seres de día completo. El cuerpo humano vive ciclos completos de 24 horas, es decir, vive y actúa en el día y en la noche, no sólo cuando estamos despiertos. Existe un mito extendido en casi todas las culturas del planeta que somos o existimos mientras estamos despiertos, y que la etapa del sueño es tiempo muerto o tiempo perdido. Esto es completamente inexacto y la ciencia se ha encargado de explicar el enorme valor (sí, valor) del sueño en nuestras vidas. Este concepto nos obliga a entender que también es importante gestionar el sueño, tanto de la persona como del núcleo familiar, tanto más en una circunstancia excepcional como es una cuarentena, con la singularidad (y ventaja) de que es en nuestro propio hogar. La inmensa mayoría de personas hace una organización de su día en forma mental, sin una agenda escrita o digital, pero sólo de su período de vigilia, es decir, despierto. Pero el cerebro sigue funcionando durante el sueño y hace sus propias tareas, como veremos más adelante. En resumen, nuestro ciclo vital más básico es de 24 horas completas, y así lo debemos entender.
  2. El valor del día. El inicio del día y la aparición de la luz solar conlleva una serie de procesos biológicos y neurológicos en el cuerpo humano para hacer la transición del descanso nocturno al activismo diurno. Aproximadamente a las seis de la mañana empieza la producción de cortisol, a las siete de la mañana se incrementa la presión sanguínea, por su parte la glándula pineal a eso de las siete y treinta a.m. deja de producir melatonina (hormona que induce al sueño), a las ocho y treinta se dan los primeros movimientos intestinales, a las nueve a.m. hay un pico en la liberación de testosterona, y a las diez a.m. se alcanza el estado de máximo despertar y es el momento de mayor atención y capacidad cognitiva. A las catorce horas es el mejor momento de coordinación motora, y a las diecisiete la hora de mayor eficiencia muscular y cardiovascular. A las dieciocho y treinta hay un pico de presión arterial, y a las diecinueve el cuerpo alcanza el mayor nivel de temperatura. A las veintiún horas, se reinicia la secreción de melatonina y a las veintidós se suprime el movimiento intestinal. Por supuesto que cada persona tiene su propio horario, pero conocer el funcionamiento periódico del cuerpo y adecuar nuestras actividades a esa secuencia diaria, puede permitirnos mejorar la salud y la calidad de vida. Entonces, ¿cómo hay que pasar el día si estamos en cuarentena? Básicamente se recomienda organizar los horarios de las comidas, de la actividad mental y de la actividad física de los miembros de la casa. La situación actual nos genera la idea de que estamos seguros en nuestra casa a la vez que se siente inseguridad sobre el futuro inmediato. El hogar es el espacio de seguridad frente a un enemigo viral que no se sabe cuándo, dónde ni cómo nos infectará, pero al mismo tiempo vivimos una intensa incertidumbre tanto por evitar el contagio como por el tema económico, que es el más sensible y de mayor urgencia para millones de personas y que puede disparar reacciones sociales inusitadas.
  3. El valor del sueño. El sueño es esencial para que el cuerpo actúe y funcione sanamente. Pero hay un enorme desconocimiento sobre este estado. Creemos que nos quedamos dormidos y ya. Falso. El sueño es un proceso de microciclos (unos 4 a 6 desde que empezamos a dormir hasta que nos despertamos), y cada microciclo pasa por dos fases: sueño No REM y sueño REM. A su vez la fase No REM tiene 4 etapas: adormecimiento, sueño ligero, transición al sueño profundo y el sueño profundo (también llamado sueño delta). Este último es el que determina la buena o mala calidad del sueño, si ha sido reparador. En la fase REM (llamada así por el rápido movimiento de los ojos) el cerebro está muy activo, casi como el estado de vigilia (despierto). El total del sueño no REM es 75% aproximadamente, y el REM el 25%. ¿Qué consecuencias tiene esto? El descanso en horas suficientes es esencial para la persona, tanto para restaurar la energía corporal como para el grado adecuado de vigilia y atención al día siguiente. Una pobre calidad del sueño puede acarrear depresión, irritabilidad, desorientación existencial, etc. Un concepto con un desarrollo reciente es la “higiene del sueño”, que requiere la acción consciente de la persona que sufre alguna forma de alteración o trastorno del sueño, cuyo número es sorprendentemente alto en las sociedades actuales. Los trastornos del sueño alteran el ritmo circadiano, con efectos negativos a corto plazo, con síntomas de fatiga, baja concentración y predisposición al conflicto. A largo plazo, tienen consecuencias adversas en varios sistemas, pero especialmente en enfermedades cardiovasculares. En conclusión, no por estar en casa sin ninguna obligación de salir en la mañana siguiente, signifique que los niños, jóvenes y adultos puedan dormir cada uno a cualquier hora. Hay que organizar y gestionar el sueño en el hogar, lo que también implica prácticas profilácticas previas adecuadas: no consumir bebidas o productos estimulantes antes de acostarse, comer ligero en la cena, no hacer ejercicios antes de dormir, reducir la luz y el ruido, evitar temperaturas extremas en los dormitorios, e intentar una regularidad de los horarios de sueño.
  4. Dinámica individuo-grupo. Decíamos en un artículo anterior, que en confinamiento, más si es en espacios pequeños y con un pequeño número de personas, el día parece durar una eternidad y la ansiedad se dispara. Una investigación del MIT en EEUU estableció que en la mayoría de las personas, cuando están en grupo, se reduce la actividad neuronal de la corteza prefrontal medial, área del cerebro vinculada al estado de alerta y el control emocional. En el hogar, la familia es el grupo básico de la sociedad, y donde además los vínculos emocionales son muy fuertes, por lo tanto, dependiendo de la interacción entre quienes la integran, puede establecerse tanto un comportamiento individual como un comportamiento de manada, y por otro lado, pueden darse dinámicas de conductas positivas y negativas. Para explicarnos mejor, al estar en cuarentena en casa, tenemos cierta “desconexión de uno mismo”, además tenemos la “desconexión de los otros” (de todos aquellos fuera de nuestra casa), y se vuelven más intensas y continuas las interacciones personales de los miembros de la familia, para bien o para mal. Si no se logra armonizar los intereses y conductas de sus integrantes, ese hogar puede ser un polvorín diario. Dicho de otro modo, las personas podemos hacer de nuestro hogar un paraíso o un infierno. De todos modos, por ser una situación anómala, sobre todo en la última quincena de la cuarentena, el aislamiento afectará hasta el ser humano más racional y calmado. El psiquiatra inglés Simon Wessely dice sobre la actual cuarentena mundial: “El aislamiento no es la forma como funcionamos los seres humanos. La gente necesita alguna forma real de contacto humano. No es necesario ser psiquiatra para saber que las emociones (que se sentirán día a día) son aburrimiento, frustración, ira, irritabilidad, así como una tensión en las relaciones”. Cada día será un reto vivirlo. En suma, es recomendable organizar nuestro “reloj interior personal” tanto como el “reloj familiar” en esta cuarentena.
  5. Relación hombremujer. La ciencia ha logrado detallar las diferencias entre el cerebro masculino y el femenino, por lo que conocerlas nos puede ayudar a comprender parte de nuestra convivencia diaria. De manera resumida y por mencionar sólo algunas: el cerebro en la mujer madura entre 2 a 4 años antes que el del hombre (puede ayudar a entender el comportamiento adolescente); en los centros de lenguaje del cerebro, la mujer tiene 10% más de neuronas que el hombre, lo que explica que muchas de ellas usen 20,000 palabras al día mientras que los varones usan 7,000 en promedio (sino menos); en cuanto a las conexiones entre el hemisferio derecho e izquierdo, las mujeres tienen 4 veces más que el hombre, lo cual permite que puedan realizar varias actividades a la vez, así como tomar decisiones simultáneamente (lo cual derrumba el mito de la supuesta inteligencia inferior de la mujer). En contraste, el centro cerebral de la sexualidad es dos y medio veces más grande en el hombre, por eso la mayor atención varonil en este tema. Por último, el miedo y la agresión son emociones que se producen más en los hombres que en las mujeres. Dejo claro que no sostengo que las diferencias neurológicas determinen roles sociales diferentes, pero sin duda la convivencia diaria en un hogar, más intensa en períodos de aislamiento e inmovilización social como el actual, va a estar marcada por las características fisiológicas y psicológicas de cada individuo del grupo. Por eso conocerlas puede ayudar a organizar nuestro reloj interior individual y grupal.

El gobierno peruano ha aumentado a trece días más la inmovilización obligatoria, hasta el domingo 12 de abril. Las dos semanas que faltan serán críticas porque pondrán a prueba el temple y la fortaleza emocional de las familias y las personas, y es clave evitar sumergirse en conflictos intrafamiliares que hagan explotar la cohesión y unidad familiar con heridas que a veces duran demasiado tiempo. Quedarse en casa será un reto inmenso. Pero podremos salir adelante. Conocer nuestro reloj interior puede ayudar a lograrlo.

#YoMeQuedoenCasa


NEUROCIENCIA Y CORONAVIRUS ¿CÓMO ACTÚA NUESTRO CEREBRO EN UNA CUARENTENA OBLIGATORIA? SEIS IDEAS PARA EXPLICARLO.

Categoría : Neurociencia

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La pandemia del coronavirus ha tenido como una de sus primeras víctimas a nuestra mente. En pocos días tuvimos que pasar del distanciamiento social al aislamiento social obligatorio y luego a la inmovilización social obligatoria, conceptos además desconocidos para millones de personas. Este virus ha cambiado por completo al mundo y a nuestro mundo personal, y avizoramos que no serán sólo 15 días de cuarentena, sino tal vez más. Así, el número de muertes que provoca, y luego, las medidas coercitivas que toman los gobiernos enclaustrando a millones de personas en sus casas, nos genera a todos variados estados psicológicos como ansiedad, irritación, impulsividad, depresión, etc., las cuales hasta cierto punto son respuestas lógicas del organismo, pero que puede terminar afectándonos si no nos preparamos para afrontarla. La neurociencia puede ofrecernos algunas luces al respecto.

  1. Asimilar el cambio. Un miedo natural en las personas es el temor a un cambio radical en tu modo de vida. La posibilidad de una medida extrema (una cuarentena) nos causa temor a perder el control de nuestras vidas. Para algunas personas, no perder ese control en el nuevo escenario significa reactivamente adquirir o acopiar bienes, algunos realmente en exceso. Eso es lo que explica que muchas personas se lancen a los supermercados a vaciar los estantes empezando por el papel higiénico. Para otras, no perder el control significa la percepción de que todo es una exageración (y hasta una conspiración) del gobierno y de los medios, y que todo sigue normal, que no hay razón para modificar su modus vivendi, y por consiguiente, seguir su vida saliendo a la calle, intentando ir a trabajar, o en general, realizando actividades fuera del hogar o en horario prohibido que la mayoría percibe ya como riesgosas. Por supuesto, también hay las que creen estar por encima de la ley (alguna incluso llamando a un General del Aire para que la saque del apuro). No es fácil asimilar un cambio drástico, cada ser humano lo procesa a su modo, vemos que por la irresponsabilidad de otros se puede prolongar la medida, y eso nos enoja. Lo importante es aceptar la nueva realidad, ser consciente de sus características (fenómeno mundial, temporalidad, vulnerabilidad de ciertos sectores, prevención en el hogar), y planificar la nueva etapa.
  2. Selecciona la información. Otro efecto psicológico que se produce es la ansiedad de saber absolutamente todo acerca del coronavirus ante la sospecha y el temor de padecerla o tener síntomas de ella, primer paso hacia la hipocondría, que es la preocupación obsesiva de padecer una enfermedad grave. Esta obsesión por la información del virus debe regularse y seleccionarse, buscando la calidad informativa (especialmente en las redes sociales) para saber cómo actuar. Es cierto que se trata de un virus desconocido, que aún no tiene vacuna, y si los medios de comunicación informan que, por ejemplo, Italia tuvo ayer 24 de marzo más de 740 muertes, pues es difícil no alarmarse. Una situación como esta pandemia nos genera ansiedad y dispara el sistema nervioso simpático, que nos pone en modo huida o lucha frente a cualquier estímulo intenso externo (eso explica que nadie quisiera atender a la canadiense presumiblemente con coronavirus que tuvo que dormir a la intemperie en el parque Larcomar de Miraflores). Pero el cerebro puede pasar de la respuesta instintiva (del sistema límbico) a la racional (a cargo de la corteza cerebral) en poco tiempo, por lo que puede prevalecer el juicio adecuado y la decisión racional. Lo esencial aquí es el autocontrol de la información, y eso lo puede decidir cada uno.
  3. Organiza tu tiempo. En confinamiento, más si es en espacios pequeños y con un pequeño número de personas, el día parece durar una eternidad y la ansiedad se dispara. La principal estructura de tiempo es la hora de las comidas. Ahora al estar todos en casa sí puede establecerse un horario fijo para cada una de ellas. En todo lo demás, cabe hacer referencias temporales, no horarios rígidos como en un establecimiento militar o penitenciario. Por supuesto, no cabe que unos hagan todo y otros se la pasen de príncipes o princesas: eso solamente producirá conflictos y aumentará tensiones innecesariamente. La reclusión forzada puede generar comportamientos egoístas o negacionistas en algunas personas porque les cuesta sentirse vulnerables y les eleva la ansiedad. Como respuesta, asumen que no son parte del grupo afectado, es decir, toda la sociedad. En otras, la reacción puede ser la conducta depresiva. Por ello, es clave alguna forma de integración en casa, que es el único espacio social que tenemos en estos 15 días de cuarentena. El modo colaborativo y el buen uso del tiempo siempre tendrán efectos positivos en el grupo humano.
  4. Canalizar la mayor actividad cerebral. Sucede que cuando estamos obligados a una menor movilidad, es muy frecuente que el cerebro trabaje más focalizándose en los temas de nuestra mayor preocupación o interés, y casi primordialmente en los primeros, lo que los expertos denominan rumiación psicológica. En tiempos de coronavirus, evitar contagiarse puede derivar en una obsesión, o simplemente generarse todo tipo de ideas angustiantes de lo que puede pasar. La respuesta cerebral al miedo es un estado de alerta mayor al normal, por lo que la solución no es desactivar la mente, sino orientarla a actividades estimulantes como bailar, jugar con la familia, dibujar, arreglar cosas o lugares, crear, leer, etc.
  5. Disfruta este tiempo. Puede parecer un contrasentido pero la historia de las pandemias revela como reacción humana la interiorización del individuo en micro-sociedades, sean sectas, comunidades o familias, sin necesidad de normas punitivas del gobierno. Tal vez la idea intuitiva es reducir el riesgo de contagio minimizando la interacción social. Por otro lado, una de las cosas que debe entenderse del cerebro es su plasticidad, su sentido de adaptabilidad a una situación extrema pero que sabemos temporal, por lo que no se trata de hacer un sinnúmero de cosas para llenar el tiempo, agotarse en el día y tratar de descansar sin sobresaltos en la noche. Al contrario, vale la pena asumir que es una situación excepcional en la cual podemos realizar experiencias satisfactorias con nuestra familia, incluyendo las mascotas. Disfrutar de la compañía de nuestros seres queridos, proponerse realizar actividades que pueden hacerse en casa sin la exigencia del tiempo, programar alguna lista de objetivos realizables, o simplemente mejorar nuestro espacio vital (mejor si es en grupo), pueden ser formas resilientes de invertir los efectos nocivos del aislamiento.
  6. Lo nuevo: la cohesión y solidaridad social. Frente al peligro compartido, los individuos sienten temor a tomar decisiones y tienden de manera instintiva a refugiarse en el grupo. Aparece el gregarismo pero también la despersonalización, lo que eleva la sugestionabilidad del grupo y la necesidad de un liderazgo fuerte para afrontar la amenaza. En las sociedades nacionales actuales, toma mayor importancia la actuación del Presidente o líder ejecutivo y las disensiones o los críticos son infravalorados o atacados. Se valorará del líder su permanente información sobre cómo gestiona la crisis. Es significativo que el Presidente Martin Vizcarra haya saltado al 85% de aprobación mientras que el Presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (un líder con cuotas regulares de popularidad de hasta 80%) se ha desplomado al 51% de aprobación. En el primer caso, los peruanos (y en otros países) valoran muy positivamente su gestión, mientras que los mexicanos le reprochan a AMLO su desinterés en reaccionar asertivamente a la crisis de la pandemia. El otro elemento importante es la reacción espontánea de la gente con expresiones de cohesión social: entrega de alimentos a los policías y militares que patrullan las calles, los aplausos a las 8 de cada noche agradeciendo al personal de la salud y todos los que siguen trabajando en los servicios esenciales, y la exigencia de castigar con más severidad a los que infringen las disposiciones del gobierno. En otros países, se ha aceptado la participación del voluntariado social.

En suma, nuestro cerebro es un poderoso aliado para enfrentar una circunstancia tan excepcional como la que vivimos ahora. Superemos esta cuarentena con aquellos seres humanos que son lo más importante para cada uno. Y sobre todo, quedémonos en casa hasta que se diga lo contrario. Ojalá sea lo más pronto posible.

#YoMeQuedoenCasa


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