LA HISTORIA DE LA RECLUSA DE POITIERS. OTRO TIPO DE ENCIERRO.

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Las neurociencias viven un desarrollo extraordinario. El conocimiento del cerebro ha alcanzado en pocas décadas avances que no se lograron en siglos. Y, sin embargo, el conocimiento completo de la mente seguirá siendo un camino intrincado e inacabado. La historia de la reclusa de Poitiers nos puede revelar la fragilidad y el misterio de la conducta humana.

Contada en breve, es así: por una denuncia anónima en marzo de 1901, la policía francesa ingresa al domicilio de una acomodada y prestigiosa familia constatando la pulcritud de toda la casa excepto la hediondez proveniente de una estancia en el segundo piso cerrada con candado, y luego de abrirla por la fuerza, ven en total oscuridad la presencia de una infortunada mujer desnuda de 52 años, de apenas 25 kilos de peso, que llevaba… 25 años viviendo en la peor pestilencia, abandono y malnutrición inimaginable.

Blanche Monnier, cuando desapareció, era una hermosa joven como su fotografía lo demuestra. Luego de su liberación y en el hospital es fotografiada y es poco menos que un estropicio humano. Su encierro no fue culpa de una pandemia, sino de su propia familia. Avergonzados al parecer de su temprana esquizofrenia, sus padres no tuvieron mejor idea que tenerla encerrada de por vida en medio de sus propias heces e inmundicia. El prolongado encierro agravó, qué duda cabe, la salud de la mujer: los médicos refirieron una conducta coprofílica (gusto por sus heces) y exhibicionista. Fallecería 12 años después de su liberación.

Analizado desde una perspectiva neurocientífica, este caso nos plantea las siguientes ideas.

Enfermedad mental y conducta familiar. Al parecer fue la vergüenza de una enfermedad mental, el motor que explicó la reclusión de su propia hija. En la mente de sus padres, la reputación de la familia merecía estar por encima del amor paterno y materno. No temo decir que aun hoy muchas familias se avergüenzan indebidamente de un descendiente con discapacidad. Esa dinámica familiar continuó pese a la muerte del patriarca (varios años antes). La madre murió poco después de ingresar a prisión sin llegar a ser juzgada. Su hermano Marcel fue condenado como cómplice a 15 meses de prisión. No me queda la menor duda que Blanche no era la única en la familia con algún desorden mental.

Casa impecable y cuarto inmundo. Llama la atención lo prolija en higiene que era el resto de la casa y la extrema inmundicia y oscuridad del cuarto de castigo. Mientras para el resto del mundo todo esto sucedió en la casa de los Monnier, para ellos ese cuarto era su no-casa, la parte oculta y negada de su casa, de la cual no valía ocuparse, ni de ese espacio ni de quien estaba allí. La funcionalidad física y territorial de esa casa provenía de la representación mental de su hogar: una hija, parte de su núcleo, era un riesgo para la dignidad de la familia; al mismo tiempo, no era apropiado tenerla en otro lugar sino en la misma vivienda: era la mejor forma de guardar “ese secreto”.

Razón e irracionalidad. El cineasta Luis Buñuel, al comentar el libro “La secuestrada de Poitiers” del escritor André Gide, diría esta frase brutal: “Lo atrayente de este libro es cómo, viviendo en un mundo llevado, según dicen, por la razón, aparecen de pronto esos casos de pura irracionalidad que desmienten o rectifican esta asertación”. Hay que decir que eran tiempos en que Sigmund Freud ya sorprendía con sus obras sobre el psicoanálisis, y Albert Einstein ya vislumbraba su teoría de la relatividad que publicaría cuatro años después en 1905. Era una Europa pletórica de racionalidad. El caso tuvo una enorme repercusión en la sociedad francesa y europea por esa combinación de intelecto y brutalidad que transmitía, y el juicio posterior fue tan mediático como el juicio a O.J. Simpson en EE.UU.

Vivencia material y plasticidad cerebral. Uno de los conceptos claves en la neurología es el de plasticidad sináptica: una propiedad de las neuronas de modular la percepción de los estímulos del entorno (la capacidad del cerebro de adaptar el cuerpo al medio en que se vive), incluso los que pueden ser terriblemente negativos para la persona. Pareciera imposible que Blanche Monnier pudiera sobrevivir por 25 años a tan terrible modus vivendi. Pero su mente, en modo supervivencia extrema, resistió un cuarto de siglo a la desnutrición, a la falta de luz solar y a la absoluta inactividad y abandono. Tuvo que adaptarse a la insalubridad total -lo que pudo dar origen a su coprofilia-, y su exhibicionismo (andar desnuda) se explica simplemente porque todos esos años estuvo así.

El Bien y el Mal. Nunca se aclaró que motivó a los Monnier a encerrar así a Blanche. Lo curioso era que el padre Charles-Émile había sido decano de la Facultad de Letras de la Universidad de Poitiers, era una familia acomodada y respetada, eran muy católicos y políticamente pro-monárquicos. Las privaciones materiales no eran algo parte de esa familia. Blanche era muy bella y tenía incluso varios pretendientes. No obstante, tenía ya 27 años cuando empezó su suplicio. Hay que recordar que en esa época los padres autorizaban el matrimonio de sus hijas y a veces desde temprana edad. Tal vez habría otros secretos más que guardaba la familia Monnier.

Epílogo. Hay encierros peores que los de una pandemia. Este no sólo fue absolutamente injusto para Blanche, sino además propiciado por las personas que supuestamente más la amaban y la debieran proteger. A la vez el encierro revela que, en su “normalidad” esa familia asumía ideas absolutamente infames respecto a la condición humana. Tampoco creo que era exclusividad de los Monnier. Trece años después se iniciaría uno de los conflictos humanos más despiadados y brutales que Europa sufrió: la Primera Guerra Mundial. Conocer el cerebro humano puede ser muy útil para mejorar la calidad de vida de la humanidad, pero no evitará la inclinación humana hacia el mal. Por lo menos, permitirá reconocer lo poderoso que es ese impulso primario básico llamado instinto de supervivencia.

Link: https://elpais.com/politica/2020/05/26/cronica_negra/1590479681_579023.html.

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Acerca del autor

Vicente Sánchez Vásquez

Experto en Neurociencias y Liderazgo. Abogado. Magister en Gerencia Pública.

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