Se analizarán las particularidades de la traducción literaria y los métodos de trabajo más eficaces, así como la situación actual de esta disciplina y las habilidades y aptitudes que se exigen de todo buen traductor. Se tratarán textos de distintos géneros (poesía, cuento, novela, ensayo), a fin de que el participante tenga nociones generales bastante amplias, así como una idea cabal de los múltiples problemas y desafíos que plantea este tipo de trabajo. Requisito fundamental: aparte del español, dominio de una segunda lengua y, de preferencia, con experiencia previa en traducción literaria.
Renato Sandoval
Estudió Lingüística y Literaturas Hispánicas en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Siguió estudios doctorales en Filología Románica en la Universidad de Helsinki de Finlandia. Ha publicado, en poesía, Singladuras, Pértigas, Luces de talud, Nostos, El revés y la fuga y Suzuki Blues. Tiene en prensa: 24 x 1. Sus poemas han sido traducidos al francés, alemán, italiano, danés y finlandés. En el campo de la traducción, son conocidas, entre otras, sus versiones de Pavese, Quasimodo, Tabucchi, Arnaut Daniel, Tieck, Rilke, Kafka, Södergran, Ågren, Haavikko, Saarikoski, Dinesen, Boberg, Drummond de Andrade, Sylvia Plath, así como un par de piezas de teatro escritas en francés por César Vallejo y una antología de cuentos de Quebec (Canadá) bajo el título La mano de Dios. En 1988 obtuvo el primer premio de “El cuento de las mil palabras”, del semanario Caretas. Dirige la editorial Nido de Cuervos y las revistas Evohé y Fórnix.
En la Universidad Antonio Ruiz de Montoya
www.unarm.edu.pe
Fecha: Del 14 de octubre al 18 de noviembre
Hora: Miércoles de 6:30 a 9:00 p.m.
Enlace: http://www.uarm.edu.pe/?K=4126
Las historias de
doppelgängers fascinaron a los románticos: Hoffmann le dedica muchas páginas. Shelley creyó ver el suyo antes de morir. También su esposa Mary, soñó un moderno Prometeo.
Cortázar, hijo de la modernidad, afirma que Baudelaire y Poe fueron
doppelgängers.
No existe mayor mérito previo para una traducción que el ser hecha por un escritor consagrado. Por ello, es gratificante para muchos lectores hispanos de Edgar A. Poe lucir el prolijo subtítulo poco usual (pues el nombre del traductor siempre por tradición figura en la página legal) que adorna la portada de las Obras Completas de Poe: «Traducción de Julio Cortázar».
La Universidad de Puerto Rico encargó a Cortázar, traductor de profesión y oficio, la famosa traducción de la obra completa de Poe que se publicó en 1956, antes de su consagración con "Rayuela". Décadas antes, un joven Charles Baudelaire, por admiración a Poe, tradujo sus cuentos al francés. Octavio Paz con mucho acierto dice que Baudelaire introdujo la modernidad a la literatura; quizá también porque tradujo a Poe, figura inequívoca de la modernidad.
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En ese enrevesado camino que llevará a la oportuna mención de un ilustrísimo traductor peruano que fue Víctor Llona, es necesario hacer referencia a una obra intraducible que él defendió por el genio expreso y escondido de sus páginas, y por su entrañable amistad con James Joyce.
No es descabellado hacer eco de las opiniones que aseguran que el monumental
Finnegans Wake (1939), por tantos años
Work in Progress, no tendría una sino muchas lenguas de partida. Esta afirmación resume con acierto por qué fue traducida apenas por fragmentos, siempre admirada desde lejos por escritores y lectores de varias generaciones: por qué junto a
Ulysses (1922) es uno de los libros más reverenciados y menos leídos de la literatura contemporánea. Las versiones castellanas del
Finnegans que circulan en las ediciones de Lumen y Cátedra (aunque esta solo presenta
Anna Livia Plurabelle) de Victor Pozanco y Francisco García Tortosa, respectivamente, parecen no satisfacer a los lectores. El poeta peruano Ricardo Silva-Santisteban realizó una versión de
Anna Livia Plurabelle y otros fragmentos que intitula con mucha probidad “recreación” antes que traducción. Y es que las traducciones castellanas son más bien una guía para la lectura del texto en inglés, antes que versiones autorizadas con toda la solemnidad que la denominación de “traducciones” puedan representar.
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Es probable que los alumnos de filosofía sepan más sobre Fernando Tola Mendoza (1915) que los alumnos de traducción. Así lo pude comprobar una vez haciendo encuestas discretas a mis compañeros y cuando tuve la suerte de encontrar a un alumno que aparte de estudiar traducción estudiaba filosofía en San Marcos. Y esto no me parece extraño. El nombre de Fernando Tola Mendoza ha estado ligado desde que dejó el Perú, a los estudios orientales, pasión que ha compartido con su esposa Carmen Dragonetti. Juntos han escrito libros sobre filosofía oriental y son unos de los estudiosos, sino los estudiosos más versados en Latinoamérica sobre filosofía hindú. Sin embargo, se hace muy poca mención del importante rol que Fernando Tola Mendoza cumplió en el fomento de la traducción literaria en el Perú, así lo pude comprobar al ver la poca o nula información sobre él que hay en la red y en algunos compendios sobre literatura peruana.
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El controvertido y genial Oscar Wilde publicó a los 34 años
The Happy Prince, narración de corta extensión, algún tono moral y fina prosa, que se ha convertido en uno de sus cuentos más conocidos, en especial por la gran llegada que ha tenido en el público infantil.
Entre las versiones castellanas con las que contamos y que probablemente circulan en ediciones tan descuidadas donde apenas si se hace alusión a Oscar Wilde como autor de “El príncipe feliz” destaca la versión de los traductores Julio Gómez de la Serna y E.P. Garduño. Julio Gómez de la Serna en especial, tradujo las piezas de teatro más logradas de Wilde, como
Lady Windermere’s Fan, The Importance of Being Earnest y A Woman of No Importance; su trabajo con Garduño se limitó más bien a los relatos infantiles. La leyenda cuenta que incluso el precoz Jorge Luis Borges, con tan sólo nueve años, publicó en el diario “El País” de Buenos Aires una versión castellana de The Happy Prince, pero aún si esto resulta de lo más interesante, no es motivo de la nota de hoy, pues como todo lo que se desprenda de la ominosa figura de Borges, merece reflexión aparte.
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Cuando el gallardo vizcaíno y nuestro manchego Don Quijote, en el capítulo VIII de la primera parte, se entregan a una furiosa disputa y Don Quijote se encomienda a la memoria de su amada Dulcinea, la narración se ve interrumpida como si de pronto el rollo de esta filmación se hubiera roto. Cervantes, con mucho tino, nos dice que la primera parte termina acá, en medio de la pelea entre el vizcaíno y Don Quijote porque no cuenta con la documentación necesaria para proseguir con la narración. La segunda parte entonces comienza con el capítulo IX, con una gentil explicación de Cervantes, donde nos detalla cómo y cuándo consiguió los manuscritos que permitirán continuar con el relato y que fueron escritos, nos dice, por el “historiador arábigo” Cide Hamete Benengeli. Historia ya conocida: en Alcaná de Toledo paga medio real por todos los cartapacios que contenian la historia de Don Quijote y que estaban escritos en árabe.
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San Jerónimo, por el Greco
Babel Fish y otros tantos traductores virtuales automáticos prometen a miles de internautas la posibilidad de verter a la lengua que quieran sendas oraciones con sólo presionar “Enter”. Reciben miles y miles de visitas diarias e incluso sus bancos de datos son actualizados varias veces al día. Sin embargo, la incompetencia de estos programas hace que ninguna persona cuerda se fíe de sus resultados o se muestre satisfecha de sus versiones. Con oraciones carentes de alguna lógica en el significado, los resultados de los traductores virtuales parecen chistes mal hechos que hubieran hartado la paciencia del frío Hal de Space Odyssey, referente obligatorio de la audaz “tecnología inteligente”.
El traductor San Jerónimo, responsable de la Vulgata Latina, patrón de los traductores y entre otras cosas, teórico de la traducción, afirma en su célebre Ad pammachium de optimo genere interpretandi, que él cuando traduce, lo hace, “non verbum e verbo, sed sensum exprimere de sensu”, es decir, no expresando palabra por palabra sino sentido por sentido. Y es justamente el sentido, lo que las máquinas no podrán descifrar jamás, porque la traducción raya incluso lo comprensible y pretende lo inefable. Solo la humanidad del hombre es capaz de revelar los productos de otro ser humano.
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