EL INDÍGENA Y SU TERRITORIO

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El siguiente es un extracto del trabajo del reconocido Sociolingüista Peruano Luis Enrique López que publicamos por la coyuntura actual del país .López estudio Literatura en la Pontificia Universidad Católica y obtuvo el grado de Profesor de Lengua y Sociolingüista en la Universidad de Lancaster. Cuenta con amplia experiencia habiendo trabajado en Universidades de Ecuador y Guatemala, en este país trabaja actualmente como Coordinador de Apoyo a la EducaciónGianna

EL INDÍGENA Y SU TERRITORIO

Desde tiempos inmemoriales, el territorio ha tenido una importancia singular para los pueblos indígenas y para sus propios miembros. Además de constituir la base de su reproducción cultural y de ser un elemento constitutivo de su condición de pueblo, los indígenas latinoamericanos mantienen una especial relación con la tierra y el territorio.
El territorio no sólo posibilita su supervivencia en tanto que ofrece la tierra en la que cultivan sus productos y crían sus animales, o los bosques, la fauna y los ríos necesarios para la vida y la supervivencia; es también y sobre todo la base de su organización social y el lugar en el que interactúan y construyen redes sociales, el espacio físico y psicosocial donde nacieron y crecieron sus ancestros, donde están enterrados sus mayores y donde se encuentran sus dioses tutelares. Constituye además el espacio en el que surgieron y con el que están relacionados sus mitos de origen y es la cuna de su historia. De allí que la noción de territorio esté estrechamente ligada a la de identidad y que la naturaleza y la tierra sean consideradas como la madre de donde los seres humanos venimos –la Pachamama o madre tierra o espacio-tiempo, madre de las sociedades andinas— y a la que, por ende, los hombres y mujeres deben cuidar e incluso criar. Por tanto, no está permitido enajenarla sino que es un deber conservarla para las generaciones venideras como su legado más preciado. El territorio vincula a los indígenas con el pasado y también con el futuro; les otorga sentido de continuidad y supervivencia como también de arraigo y pertenencia.

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Pese a las diferencias históricas que es posible encontrar entre un pueblo indígena y otro y a las obvias formas distintas de asentamiento, modos de vida, patrones de manejo del medio ambiente e instituciones socioculturales que hoy caracterizan a los distintos pueblos indígenas que habitan la región, cabe recordar que antes de la invasión europea, los indígenas ejercían jurisdicción sobre el suelo que habitaban, había una relación estrecha entre sus dioses tutelares y este territorio y sus autoridades tenían potestades jurídicas, políticas y militares sobre el mismo. Como ha sido ya acertadamente señalado:
La tierra para los indígenas tenía un significado amplio, comprendiendo no sólo la superficie, sino los recursos naturales –flora, fauna, ríos, lagos, etc.- que habían en ella. En contraste con el concepto de propiedad individual propio de la cultura occidental, la tierra y los recursos eran generalmente poseídos y utilizados en forma comunitaria por los indígenas. Ello sin perjuicio del usufructo que se entregaba a los grupos familiares, en particular en las sociedades agrícolas. (Aylwin, 2002:3)
A diferencia de la visión antropocéntrica occidental, en las sociedades indígenas los seres humanos forman parte de la naturaleza, junto a otras especies y a otros seres, y esta no puede ser objeto de uso desmedido y menos aún de explotación. A la tierra se le debe la propia existencia y por eso hay que cuidarla, honrarla, venerarla e incluso mimarla, como cuando en época de carnavales, en algunas sociedades se la adorna y se le entregan ofrendas. Tal vez a ello se debe el carácter de su propiedad 6: la tierra como bien colectivo, que pertenece a todos los miembros de la familia ampliada, a la propia comunidad en la cual todos, de una forma u otra, son parientes por los lazos no sólo sanguíneos sino sobre todo espirituales y afectivos que los unen. Así, en las comunidades guaraníes, un individuo, incluido el foráneo, puede hacer uso de un terreno que nadie ocupa, e inclusive construir su casa sobre él, pero eso no le da el derecho a la propiedad individual sobre la tierra. Esta pertenece a toda la comunidad, a esa comunidad que acoge al foráneo y le permite vivir y trabajar en su territorio, siempre y cuando esté dispuesto a aceptar las reglas sociales y de propiedad colectiva de la tierra que rigen la convivencia en comunidad.

Visiones como las aquí brevemente descritas persisten, pese a que por cinco siglos el orden ancestral fue trastocado con la evangelización y la colonización y que el capitalismo haya penetrado ya muchas comunidades. Esta relación tan estrecha con la naturaleza hace que hasta hoy las demandas principales de los indígenas y sus organizaciones tengan que ver con la tierra y con el territorio. Aun cuando los procesos de reforma agraria implementados desde la década de los cincuenta y sesenta han reconocido el derecho individual sobre la tierra, en rigor, como mucho indígenas explícitamente lo manifiestan, tierra no es sinónimo de territorio. Tales demandas nos remiten a los primeros tiempos de la invasión europea y han sido objeto de reclamos, protestas e incluso enfrentamientos entre indígenas y no-indígenas. Y es que, desde la perspectiva indígena, sin territorio no es posible pensar ni en salud ni en educación:
La pérdida de sus tierras (esenciales para su modo de vida) ha sido una constante en la historia indígena de América Latina, y la lucha por la preservación o restitución de sus derechos agrarios está en la base de muchos de los intentos recientes de los indígenas por organizarse. La tierra y sus diversos recursos (los bosques, el agua, los animales, incluso los minerales) se ven principalmente como bienes colectivos, comunales, aunque la noción de los derechos de propiedad individual ha penetrado en los indígenas después de décadas de expansión capitalista […] La cuestión de la tierra no está aún resuelta para el campesinado indígena en América Latina, y su descuido por parte de los gobiernos –después de la ola de reformas agrarias durante los años sesenta como parte del programa de la Alianza para el Progreso—impone severas cargas a los indígenas. (Stavenhagen, 1997:71) (7).
De hecho, es menester reconocer que el propio movimiento indígena surgió en América Latina ante la necesidad de emprender acciones de defensa de sus territorios, en unos casos, por la expoliación que supuso la constitución y continuidad de la hacienda o la invasión de madereros, cazadores, mineros y colonos, entre otros, que no sólo invadían el territorio ancestral comunitario sino que además, por medio de argucias diversas, endeudaban de por vida a los hombres y mujeres de una comunidad. Pero tal vez la fuerza que el territorio cobra en la reivindicación indígena no sólo se deba a la necesidad de contar con el espacio y los recursos materiales necesarios para asegurar la supervivencia indígena, sino al hecho de que “el territorio es […] la base del mundo espiritual que soporta y da vitalidad a la vida” (cf. Huertas, 2002:165).
Así lo expresan los ngöbe panameños cuando reivindican la necesidad de que se respete y valore la integridad cultural del pueblo y que se protejan las pocas y malas tierras que hoy habitan, porque es el único medio legal que les puede garantizar las condiciones mínimas para su sobrevivencia física y cultural como pueblo indígena (INRENAR-GTZ, 1993). Tal como ellos lo plantean:
Queremos definir claramente los límites territoriales. ¡Ya no queremos límites imaginarios ni convencionales! Queremos una Comarca con propiedad colectiva de la tierra y rechazamos el espíritu individualista de la propiedad privada. La propiedad colectiva constituye uno de los valores de nuestra cultura porque nos une. La propiedad privada destruye nuestra cohesión como grupo étnico y cercena nuestro territorio. Queremos una Comarca sin terratenientes ni ganaderos dentro. Queremos una Comarca en donde nuestras autoridades sean elegidas por nuestros pueblos mediante los mecanismos democráticos que poseemos. Rechazamos las autoridades nombradas de a dedo.

Queremos una comarca en donde podamos discutir con el Gobierno o con cualquier multinacional la exploración y explotación de cualquier recurso natural que exista en nuestra tierra y el derecho de negociar los beneficios que de ellos se deriven (Ibíd.: 57). (8)
Así también lo plantea un líder coconuco colombiano, cuando con suma claridad afirma que: “Lo central es el territorio; lo demás es agua tibia. Eso está ligado a la autosubsistencia” (J.D. Landón, comunicación personal).
Y es que, en rigor, a diferencia de la percepción occidental de las cosas, la visión indígena del territorio no considera únicamente lo fisicogeográfico, ni tampoco los aspectos sociales inherentes a la vida sobre ese suelo, sino que, entre otras dimensiones, incluye también lo histórico espiritual. Ejemplo de esa visión integral es lo que destaca un líder kogui de la Sierra Nevada de Santa Marta, de Colombia, cuando afirma la imposibilidad de parcelar los aspectos físicos y espirituales del territorio, al referirse al saneamiento territorial:
Para ordenar el territorio, hay que ordenar el pensamiento. Lo que nosotros entendemos por ordenamiento territorial no es sólo demarcar o delimitar un pedazo de tierra. Es mucho más profundo: se trata de ordenar el pensamiento para poder vivir bien sobre ese pedazo de tierra. O sea que el ordenamiento territorial tiene dos partes: lo espiritual, que se refiere al pensamiento, y lo físico, que se refiere a la tierra. Para nosotros, esas dos partes no se pueden separar, siempre están unidas, pues el territorio es uno solo. (Mamas Kággaba, 1994. En contratapa de Jimeno, G. y otros, comps. 1996.)
Así lo ven también Chirif, García y Smith (1991:27-28) (9), cuando para el caso de los pueblos que habitan en las selvas amazónicas precisan que desde la visión indígena el territorio incluye:
Los montes, valles, ríos y lagunas que se identifican con la existencia de un pueblo indígena y que lo han provisto de sus medios de vida; la riqueza heredada de sus antepasados y el legado que están obligados a entregar a sus descendientes; un espacio en el que cada pequeña parte, cada manifestación de la vida, cada expresión de la naturaleza es sagrada en la memoria y en la experiencia colectiva de ese pueblo y que se comparte en la íntima interrelación con el resto de seres vivos respetando su natural evolución como única garantía del mutuo desenvolvimiento; [así como] el ámbito de libertad sobre el que dicho pueblo ejerce su dominio permitiéndole desarrollar sus elementos nacionales esenciales.
Desde una perspectiva tal, es comprensible que hoy las organizaciones indígenas, en particular, y los pueblos indígenas, en general, consideren que un pueblo sin territorio está condenado a la extinción, y que durante las últimas décadas reivindiquen el territorio a través de movilizaciones y reclamaciones de distinta clase. Y es que, como hemos podido apreciar, el reconocimiento de los derechos indígenas implica reconocer que los indígenas tienen derecho a recursos de distinta índole que garanticen su continuidad, así como el ejercicio, aun cuando fuere relativo, de su autonomía:
La idea indígena de territorio implica más que el reconocimiento de la propiedad de la tierra; significa la aceptación de un uso cultural. Se trata del territorio en el cual el pueblo indígena ejerce poder y un derecho a la autonomía en relación con el uso y desarrollo de su territorio. (10) (Jimeno, 1996:66) Cabe destacar, sin embargo, que tales reconocimientos ocurren en un contexto de creciente conflicto ocasionado por la diversidad de intereses presentes en la cuestión territorial y que reflejan una virtual lucha de visiones diferentes respecto de la relación del ser humano con la naturaleza. Los indígenas, como hemos visto, reivindican su derecho a la tierra como condición sine qua non de su supervivencia y del ejercicio de su libertad. Por su parte, los sectores dominantes de la sociedad, que coinciden con la visión que al respecto tienen los latifundistas vinculados con la agroindustria y la actividad agropecuaria en general, los madereros, los mineros y las petroleras, entre otros, ven los recursos naturales y el territorio sólo desde una perspectiva de uso y explotación. De ahí que todos ellos vean en las reivindicaciones indígenas y en los reconocimientos territoriales indígenas por parte de los Estados un obstáculo para el crecimiento económico y para el desarrollo de un país. Entran en conflicto así dos visiones contrapuestas: la del hombre como un miembro más y parte integral de la naturaleza y la del hombre como amo y señor de la misma.
Frente a ello, Ángel Yandura, un líder guaraní, al establecer deslindes con la manera de actuar de los blancos, precisa que:
Mientras el karay (o blanco) piensa que se deben explotar los recursos naturales, los indígenas estamos pensando que debemos más bien desarrollar y no explotar […]. Cuando los blancos dicen que hay que aprovechar los recursos naturales, los indígenas dicen que no hay que aprovechar, sino hay que compartir los recursos naturales. […] Todo lo que existe en la naturaleza es un bien común. Es un bien de todos. Por tanto, tenemos que preservar, tenemos que hacer un uso sostenible, un uso adecuado de lo que ahora nos toca utilizar, pensando en lo que viene después.
También hay que tomar en cuenta que cuando los indígenas reivindican el derecho a su territorio no siempre piensan en una relación directa entre aquel espacio en el cual sus ancestros vivieron y que ellos ahora habitan. Se da el caso, por ejemplo, de comunidades amazónicas que, debido a la fortaleza de su conciencia étnica y a las malas experiencias que han tenido con la población blancomestiza, han optado por autoaislarse, internándose en las selvas y evitando todo contacto con el blanco. Reafirmándose en su etnicidad, pueblos enteros de la región amazónica de Madre de Dios del Perú han decidido volver a etapas anteriores de su historia en las cuales
no tenían contacto con la población criolla (Huertas, 2002) y para ello, quién sabe si apelando a una visión distinta de la tierra y del mundo, se han asentado en espacios lejanos que constituyen también parte de su territorio, o mejor dicho de esa naturaleza de la que ellos también se sienten parte.

Convivir con la naturaleza y formar parte de ella exige un comportamiento humano diferente y un manejo igualmente distinto de los recursos que ella contiene. Por ello, en el caso de las áreas de floresta tropical, y particularmente en la Amazonía, no es posible establecer una relación definida entre número de habitantes y cantidad de tierra requerida. Siendo otros los parámetros que rigen está relación, es menester echar mano de herramientas distintas que se basen en los patrones históricos o periódicos de asentamiento de un determinado pueblo indígena. Como lo decía el jefe tradicional Mammas kogui (11) la demarcación o el saneamiento territorial tienen que comenzar con el saneamiento de nuestra propia lectura de la relación hombre-naturaleza-territorio.
Pero las demandas territoriales no caracterizan únicamente a los indígenas que aún habitan en los territorios ancestrales o en el campo. También constituyen un reclamo creciente de quienes, por diversos motivos, han debido desplazarse hacia lugares distintos al ancestral originario, llegando a ocupar incluso espacios en centros poblados y ciudades de la región. Pareciera estar en construcción una noción de territorio discontinuo vivido o imaginado pero igualmente importante y necesario para poder considerarse indígena. Sentimientos como estos contribuyen actualmente a la construcción cognitivo-afectiva de las sociedades indígenas como transterritoriales o translocales, y también a la constitución de una identidad indígena territorializada, que trascendiendo la comunidad indígena clásica, se construye y reconstruye en una relación permanente o periódica con los lugares de origen y que se retroalimenta con viajes y visitas tanto propias como de parientes y vecinos, así como a través de la reedición en las ciudades de las celebraciones principales del lugar de origen y de otras prácticas socioculturales que, apelando al trabajo comunitario y a la reciprocidad, buscan resolver problemas cotidianos propios de las ciudades. Ello hace, por ejemplo, que hoy se postule incluso la posibilidad de ciudades multiculturales en las que se reconozca no sólo la existencia de migrantes provenientes de otros lugares, sino también el derecho que tienen los indígenas urbanos, originarios de otras comunidades o ya nacidos en las ciudades, de contar con una base mínima de derechos que garanticen su continuidad sociocultural y el respeto a su identidad.
En este contexto, es menester destacar el papel que a menudo cumplen los adolescentes y jóvenes en procesos urbanos de reconstitución étnica y de revaloración de las manifestaciones culturales ancestrales y de virtual construcción de la multiculturalidad urbana. Por ejemplo, la participación juvenil en procesos de recuperación de danzas tradicionales indígenas se ha convertido en Bolivia, desde hace casi tres décadas, en un espacio importante no sólo de demostración folclórica sino de convivencia interétnica. El afán de lograr la mayor autenticidad posible de estas demostraciones artísticas convoca a miles de jóvenes universitarios de varias de las ciudades principales del país. En otros contextos, como el guatemalteco, jóvenes movidos por reencontrar sus raíces recurren a las prácticas religiosas ancestrales, y en espacios suburbanos de Lima, la búsqueda de nuevas formas identitarias que den cuenta del cruce de fronteras en los que se ubican los jóvenes migrantes andinos, los puede llevar incluso a hacer música rock en quechua apelando también a distintos rasgos de la cultura andina que se reproduce en las ciudades.

De hecho es menester recordar que las organizaciones indígenas, por lo general, surgieron en las ciudades y fueron creadas por jóvenes indígenas letrados que tuvieron que dejar la comunidad ancestral para salir a estudiar. La apropiación de la lengua escrita y el acceso a otros elementos de la cultura hegemónica les permitieron imaginar procesos político reivindicativos para defender principalmente los derechos de sus parientes y hermanos que permanecían en sus territorios de origen. Ello determinó que la lucha por el territorio ancestral se abordase también en las ciudades y en particular en las propias capitales latinoamericanas, en muchos casos sedes de las más importantes organizaciones étnicas y políticas del continente.

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