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Artículos con la etiqueta Carlos Hurtado Ames
agosto 07, 2008
Carlos H. Hurtado Ames*
El Colegio de México
Jauja es un asunto complejo. Más compleja aún es la visión que de ella tenemos, la manera como la percibimos y pensamos su realidad y su problemática. Ésta involucra la visión personal que cada uno tiene de ella y que tiene que ver con lo que somos como personas. ¿Qué es lo que pensamos que es Jauja? En definitiva, es un asunto que involucra la percepción de la ciudad y la provincia como un ser social en construcción, una construcción que tiene que ver con lo que somos como sociedad, con nuestra historia y nuestra cultura. ¿Hay relación entre lo que somos (o pensamos que somos) como personas y lo que somos como cultura?
Hay muchas maneras de percibir a Jauja porque no es una cosa integrada, es decir, hay muchos tipos de jaujinos (me refiero a la manera como cada actor social se reclama como jaujino). Así, hay varias versiones de Jauja, aunque parezca extraño. Pero cada versión tiene sentido dentro de una lógica interna propia. Son pocos los que son concientes de la grandeza de Jauja, de lo grande de su historia y su cultura, de su entorno geográfico y de su propia realidad social, por lo mismo del verdadero sentido de su potencial futuro. Mayoritariamente existe la visión de lo inmediato y material, es decir la de una ciudad desordenada, de calles sucias y en mal estado, de autoridades mediocres y corruptas, que se traduce en aquellas frases nefastas de “mientras Jauja danza, Huancayo avanza” o “Jauja es una aldea”.
Me pregunto si con esta visión llegaremos a algún sitio. ¿Es posible pensar en un proyecto de desarrollo con esta “ideología”? El asunto preocupa, y mucho, porque esta manera de ver las cosas está bastante difundida en la más temprana juventud, lamentablemente. Una juventud desencantada de su realidad presente y que tampoco tiene muchas expectativas en el futuro y para los cuales “todo esta mal”. No es el caso de decir ahora porque una visión de esta naturaleza está equivocada. A mí jamás en la vida se me ocurriría compararme con un huancaíno, por ejemplo (sin atisbo de encono hacía nuestros buenos vecinos); no es que seamos mejores ni peores, simplemente somos diferentes. Al menos para mi está claro que los jaujinos tienen una sensibilidad social más que nada reflexiva, artística, intelectual; contraria a la de los huancaínos que es netamente mercantil y comercial. En el fondo es un problema educativo y de medios de comunicación. Me explicaré.

Juventud jaujina en un preámbulo de una fiesta tunantera
Esta juventud a la que hice referencia, es hija de una generación que ha sido gobernada por dos sujetos que han tenido, puedo estar seguro, las peores gestiones en cuanto a gobierno edil en la historia de Jauja, sobre todo uno de apellido Balvín. Exactamente es eso, el crear sentido de identidad en una realidad local pasa por una decisión política. Me refiero a conocer lo que es Jauja. Esta visión que he comentado tiene como único fundamento la ignorancia. La ignorancia que es la peor de todas las pobrezas. No se sabe lo que es Jauja. ¿La situación está cambiando? Me parece que no, y sospecho que con este gobierno edil ello no va suceder. Podrán tener buenas intenciones, pero, seamos honestos, nada más. Las serias acusaciones sobre actos de corrupción en el Concejo Provincial que han surgido últimamente, que muestran vulgares falsificaciones de boletas para obtener unos cuantos soles, reafirman esta suposición.
El otro aspecto son los medios de comunicación existentes en Jauja. No todos, pero en su gran mayoría se trata de gente increíblemente inculta. Hasta donde tengo entendido, verbigracia, el periodismo es un constante ejercicio de honestidad y cultura. Al menos yo, no observo esto. Veo, más bien, acomodamiento de acuerdo a las circunstancias, pésimo manejo del lenguaje y, por supuesto, nada parecido a “cultura”. El asunto es que son los principales difusores de esta “visión” de Jauja. Ganaríamos mucho si abandonáramos a gente más preparada y capacitada la tarea de “abrir la boca” sobre los diferentes aspectos de la problemática nuestra. Esto es un cáncer que hace mucho daño y destruye el imaginario de las generaciones que comienzan a ver la vida social. Enferman el alma.
Hablamos siempre de la educación como la panacea que va solucionar todos nuestros males. Pero en realidad ello tiene mucho de razón. Nadie puede hacer nada por que lo que no conoce, ni menos por lo que no quiere. Esto es la identidad. Y esto se puede observar desde lo más mínimos aspectos. Trabajar en la forja de un sólido jaujinismo es la meta, donde se explique lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos.
Hace años, revisando los archivos de El Porvenir, el mítico periódico jaujino que se editó desde principios de siglo y por mas de sesenta años, leí un artículo de Víctor Modesto Villavicencio y que, entre otras cosas, decía algo que memoricé de inmediato: “Jauja es la creación de un artista de la inmensidad”. En uno de los tantos recorridos que hiciéramos por alguno de los distritos de Jauja en sus maravillosas fiestas, mi gran amigo Julio Dávila me dijo una frase sobre Jauja cargada de tanto lirismo que aún ahora después de tanto tiempo me emociona al evocarla: “Ser jaujino es saber como piensan las estrellas”. Otra vez, mientras contemplábamos el cielo infinito de Jauja por la noche con varios amigos jaujinos, Karim Flores, otra gran amiga, dijo “¡Mira!, ¿ves?/a lo lejos…aquella estrella,/no importa si no logras verla/ahí voy a llegar … ¡eso es Jauja!/”; y así hay muchos ejemplos más. Qué cosa es lo que hay dentro de ellos para ver cosas que mayoritariamente nadie ve, me pregunto. Cuál es la esencia de su versión de Jauja. No creo que sea el sueño ni la fantasía, ni menos el distanciamiento de la realidad. Creo que básicamente es la unión de lo que somos como personas y lo que Jauja es como cultura e historia, como filosofía y entendimiento de la vida. Hay un dicho antiguo que dice que uno no ve las cosas como son, sino como uno es. ¿Qué somos los jaujinos? Siempre he creído que no somos lo que dicen esa cafíla de infelices que comparan a Jauja con una aldea. Somos mucho más, y creo que eso lo que esencialmente falta por dar a conocer a todos; pero particularmente a los jaujinos de esta circunstancia y este tiempo.

Fantástico y vistoso cielo jaujino en la entrada a Jauja (altura del Puente Mariscal Cáceres, donde antes se encontraba el Puente Stuart)
En un contexto general donde un grupo de políticos locos pretenden implantar su propia versión de la supremacía mundial, de los efectos de una globalización que acentúa las disparidades y la preeminencia de la mediocridad de un pensamiento único que nos invade. En estas circunstancias, mirar en el fondo de lo que somos, de explorar y pensar correctamente nuestra “particularidad” es la mejor alternativa. Conocernos en suma.
*Historiador, graduado en la UNMSM; con estudios concluídos de Maestría en Antropología en la Pontificia Universidad Católica del Perú con una beca especial del Consorcio de Universidades de la Comunidad Francesa de Bélgica; con estudios en Maestría en Historia en la UNMSM; ex-Catedrático de la Universidad Nacional del Centro del Perú y la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga; ex-Director del INC de Jauja. Actualmente viene estudiando el Doctorado en Historia en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México con una beca de la Secretaría de Relaciones Exteriores del mismo país.
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junio 18, 2008
Por: Carlos H. Hurtado Ames
La ciudad y la provincia de Huancayo en la sierra central del Perú, ha asumido de manera oficial, desde hace no mucho tiempo, un escudo de armas, el mismo que se le denomina como “Escudo Huanca”. Si bien se trata de una circunstancia que principalmente obedece a intereses políticos, el hecho es parte de un proceso más amplio y que debe ser mirado con cuidado.
En este pequeño ensayo me interesa discutir, en principio, la validez histórica del mismo escudo como símbolo de un proceso y que resume o aglutina una cierta identidad. En segunda instancia quiero resaltar, a través de este caso, un hecho característico a ciertos espacios regionales como el que ahora nos ocupa, y es la readaptación, acomodamiento o incluso invención del pasado en función de las necesidades presentes.
Historia de un escudo
La historia del escudo que ahora nos ocupa, se remonta al siglo XVI, cuando el 18 de marzo de 1564, el rey Felipe II, mediante Real Cédula, concedió un Escudo de Armas a don Felipe Guacrapaucar, noble indígena de la principal familia curacal del repartimiento de Lurin Huanca durante el periodo colonial.
Este escudo se le concedió como uno de los tantos privilegios que dio el Rey Felipe II al mencionado don Felipe, quien había viajado a España solicitando mercedes en virtud de los servicios que, afirmaba, habían brindado los curacas de los tres repartimientos del valle de Jauja, Hanan Huanca, Lurin Huanca y Hatun Xauxa, en diferentes momentos a los españoles, durante los primeros años de la conquista. Para demostrar ello, el curaca llevó consigo unos Memoriales e Informaciones donde se detallaban estos servicios con precisión matemática, ya que eran transcripciones de quipus. Estos Memoriales e Informaciones, fueron publicados en 1971 por Waldemar Espinoza Soriano (“Los huancas aliados de la conquista”), quien a la vez les hizo un amplio estudio introductorio donde planteó su conocida tesis de que el grupo étnico que generaliza como “huancas”, se habrían aliado con los españoles para la destrucción del Tahuantinsuyo (sobre este punto volveré más adelante).
Ahora bien, el caso del escudo para el curaca de Lurin Huanca no es el único ni mucho menos. Desde un principio la Corona reconoció la nobleza indígena y procuró reproducir dentro de la república de indios una sociedad jerarquizada acorde a la visión estamental del mundo medieval y moderno. Para ello mantuvo ciertos privilegios y atributos tradicionales de la sociedad indígena siempre que no fuesen contrarios al rey, ni al cristianismo, y otorgó también nuevos privilegios propios de la tradición occidental. El concepto de nobleza en España estaba asociado al ideal de guerrero, quien luchaba en defensa de la religión, de su rey y de los más débiles. La nobleza se adquiría por linaje, mérito o sabiduría. A los indígenas se les reconoció su linaje antiguo, pero quizás más importante fue la concesión de nuevos privilegios con base en sus méritos. Desde fechas tempranas se concedieron numerosos escudos de armas, blasones distintivos de la nobleza. Este privilegio fue dado a aquellos naturales que acompañaron y colaboraron con los españoles en la conquista, pacificación y evangelización de otros pueblos.
El blasón era privativo de un linaje y servía para identificar a la persona y su condición, por lo cual estos emblemas no solo se llevaban en la casaca, sino que se esculpían en las casas o se reproducían en cualquier objeto personal. Esto debió ser el caso del escudo de los Guacrapaucar y fue como se pudo haber transmitido hasta que fue registrado en el siglo XIX.
De esta manera, la Real Cédula donde se le concedía el Escudo de Armas a don Felipe Guacrapaucar, inicialmente fue publicada por el español Paz y Melia en 1892 en su trabajo Nobiliario de Conquistadores de Indias. Paz y Melia, fue también el primero en haber coloreado y dibujado el Escudo, de acuerdo a las instrucciones dadas en la Real Cédula, el mismo que fue incluido en su citado trabajo. En 1925, Rómulo Cúneo Vidal volvió a publicar la Real Cédula, aunque aparentemente desconocía la publicación de Paz y Melia. Finalmente, difusión amplia en nuestro medio, le dio Waldemar Espinoza, en su citado trabajo.
Precisamente ha sido Espinoza Soriano, quien ha identificado el escudo de armas de don Felipe Guacrapaucar como escudo Huanca: “¡Un escudo de armas para Felipe Guacrapaucar y para la saya de Lurinhuanca! Pero nosotros, en realidad, consideramos el Escudo de toda la Nación huanca porque allí está bien resumida y brillantemente representada la alianza y la confederación hispano-huanca”; sobre este concepto, Espinoza Soriano adjudica una serie de interpretaciones a los figurines del Escudo, según el cual se resume lo que él denomina como alianza: el broquel representaría al escudo de cuero con que los huancas defendieron con sus cuerpos en su lucha contra los Incas de Quito y Cusco. La porra significa el arma poderosa con la que los huancas defendieron a los españoles. Las tres cabezas pertenecen a los tres orejones cusqueños que fueron muertos en las batallas contra Manco Inca. El color verde significa la más pura fidelidad profesada por los huancas a los Españoles. El castillo de plata perenniza la confederación con el Reino de Castilla. El brazo desnudo no es más que uno de los miles de brazos huancas que arrojaron armas a diestra y siniestra contra los enemigos de los aliados. Y finalmente, los jaguares en pleno salto y pelea representa el enfrentamiento valiente y decisivo de los huancas contra los enemigos del Rey: Quisquis, Manco Inca, Almagro el Mozo, Gonzalo Pizarro y Hernández Girón.
Al menos está claro que la interpretación de Espinoza es más cercana al dominio de la fantasía y la ficción que a la objetividad histórica.
La mitificación de la historia
En este mismo texto (que fue publicado con el nombre de La Destrucción del Imperio de los Incas (1973 y otras ediciones más) y es la base de buena parte de Enciclopedia Departamental de Junín (1973) del mismo autor), Espinoza Soriano realizó, además, una serie de afirmaciones que han sido asumidas a pie juntillas en la región desde esa época hasta la actualidad. Entre ellas, la más importantes, por las repercusiones que tuvo en la manera de pensar la historia o el proceso histórico en la región a partir de ese momento, es el hecho considerar la existencia de un solo grupo étnico, en este caso los huancas, que tendrían unidad cultural y política traducida en un reino, el “reino huanca”, cuya capital habría sido, afirma, Siquillapucara o Siqllapampa (Tunanmarca) y que abarcó el territorio que comprende las actuales provincias de Huancayo, Chupaca, Concepción y Jauja.
Sin embargo, casi todas las evidencias que hay tanto en el plano arqueológico, lingüístico, antropológico e histórico, llevan a refutar categóricamente estas afirmaciones. No hay ninguna señal de la existencia de este “reino” fuera de la cabeza de Espinoza Soriano. Las fuentes hablan más bien de diversos grupos étnicos en constante pugna, entre los que destacan los Xauxa y los Huanca, que es el origen de una cierta dicotomía que hasta ahora existe y que es posible de ser percibida en diferencias dialectales de la variante del quechua que existió en el valle y de muchas formas de comportamiento social. En muchos sentidos, lo “huanca” tal como lo postuló Espinoza Soriano y como lo entienden la mayoría de huancaínos no existe (por ejemplo baste con decir que ningún jaujino se siente “huanca”). Por lo mismo, desde esta perspectiva, la misma categoría de “Escudo Huanca” es una falacia.
Pero este es solo una arista del asunto. La tesis de alianza hispano huanca es también muy discutible. Además del aspecto ya señalado en el párrafo anterior, el problema de la interpretación de Espinoza Soriano reside en que ignora en su trabajo la norma redistributiva que era la característica de los grupos integrados al Tahuantinsuyo de los Incas. Es decir, la pauta que normaba las relaciones de éste con los grupos étnicos. De acuerdo a esto, si los curacas del valle de Jauja pusieron a disposición de los españoles cierta cantidad de gente y mantenimientos, es porque esperaban a cambio una situación similar a la mantenida durante el Tahuantinsuyo: la condición de mediador entre la gente y el nuevo poder.
Lo que hasta aquí vengo señalando es una evidencia de lo mucho que hay por investigar sobre el proceso histórico de la región, y que muchas de las ideas que se tienen por ciertas no lo son. Más bien se trata de situaciones que se han ido repitiendo a lo largo de unas tres décadas aproximadamente, pero sin someterlas a ningún tipo de análisis ni revisión crítica. Esto ha repercutido en la necesidad de una construcción de una memoria histórica que tienen ciertos espacios en la región y que se traducen en la perfecta adecuación de los postulados de Espinoza Soriano y que se traducen en la frase “Construyendo el futuro de la nación Huanca” o en el mismo hecho de la transformación del escudo de los Guacrapáucar de Lurin Huanca a un “Escudo de la nación Huanca”.
La invención del pasado
El presentismo actual en el que vivimos tiende a despreciar el pasado y el futuro, y vive enfocado en el presente. Sin embargo, la importancia y el peso del pasado esta presente en todos los aspectos de nuestras vidas. Esto aún es más importante en el plano de las colectividades que necesitan de la reafirmación de un pasado para reafirmar una cierta identidad.
Como he tratado de mostrar en estas breves líneas, el llamado “escudo Huanca” es básicamente una invención y una apropiación y es un símbolo que, estrictamente hablando, no le corresponde a la ciudad ni la provincia de Huancayo. Sin embargo, este asunto debe ser resuelto entre los mismos huancaínos, lógicamente. Lo importante en todo caso, es que no prime la politiquería barata que lo impuso como símbolo de la provincia, sino una correcta lectura de la historia
Este último aspecto es de suma importancia de resaltarlo. Hay una gran responsabilidad cuando se habla del pasado. En resumidas cuentas, pienso que la historia que quiere construir Huancayo, y en la cual basa su identidad y legitimidad, no tiene fundamentos reales y esta llena de mitos e irrealidades, que no hacen otra cosa que crear sentimientos de chauvinismo y revancha, extremadamente peligrosos en un contexto como el que ahora vivimos.
En efecto, hay una urgencia por saber lo que hemos sido, y por lo tanto de lo que somos. Esto no sólo es privativo de Huancayo o Jauja, es una realidad presente en muchos espacios regionales no sólo del Perú. La correcta lectura de la historia que mencionamos líneas arriba solo puede establecerse con fundamentos sólidos basados en la investigación rigurosa y objetiva. Esta sería la tarea pendiente. (Ciudad de México, junio del 2008)
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junio 18, 2008
Por: Julio C. Dávila-Mendiola W.
e-mail: elhalckon@gmail.com
Curacas, industria y revuelta en el valle del Mantaro (Siglo XVIII):
Este es el título del nuevo libro del historiador Carlos H. Hurtado Ames, un intenso trabajo de investigación del periodo colonial en el siglo XVIII y que fue premiado en el Concurso Nacional de Subvenciones del Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Concytec), aventura editorial compartida con Halckon Editores, sello editorial que tuvo a su cargo la edición e impresión.
Dicho libro contiene valiosa información fruto de una tenaz investigación en diferentes archivos tanto particulares como estatales, así como también de la mano de una valiosa y sustancial bibliografía, y por varios años. A partir de su lectura podemos establecer con claridad un importante panorama del periodo colonial, exactamente del siglo XVIII, vemos aquí la compleja relación de los obrajes y chorrillos, instalaciones dedicadas a la manufactura textil, es decir a la producción de telas, con la nobleza indígena, esta élite vigorizaba su poder político, económico y social, comprando, administrando y vendiendo los obrajes y chorrillos, todos ellos establecidos geográficamente en el antiguo valle de Jauja.
Veamos lo que Francisco Quiroz Chueca, Magister y profesor de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y candidato a PhD. en la City University of New York , expresa con singular entusiasmo en el prólogo al libro; sobre el contenido y su valioso aporte a la historia colonial del valle de Jauja:
“ (...) Carlos Hurtado es parte de la saga de estudiosos de la economía que tienen en la sociedad una variable enriquecedora del análisis histórico. El estudio tiene en la dinámica social un factor que le permite un mejor acercamiento a la realidad económica de la historia de la Sierra Central en el siglo XVIII, durante el apogeo de la producción textil de las comunidades, instituciones y particulares en el Valle del Mantaro. Hurtado presenta las características de la producción obrajera íntimamente relacionada a la nobleza indígena. Muestra cómo la nobleza indígena basaba su poderío en los obrajes y chorrillos de su propiedad y cómo competía con éxito con los advenedizos (instituciones religiosas y particulares) en el manejo de la producción y el mercado. En este campo, el trabajo de Hurtado continúa la tradición de los estudios de Miriam Salas para Huamanga, Neus Escandell-Tur para el Cusco y es paralelo al de Miguel León para Huánuco. Discute con ellos las coincidencias y diferencias que encuentra en el Valle del Mantaro colonial.”
Por otro lado, sobre su condición académica como Historiador:
“Este libro es el resultado de un gran esfuerzo personal de un novel historiador jaujino, Carlos Hurtado Ames, quien ha sabido superar las innumerables restricciones que en nuestro medio hay para el ejercicio de la investigación histórica, acumulando una enorme cantidad de información documental y sintetizándola en este estudio que es un importante aporte a la historiografía peruana actual. El profesor Hurtado ha combinado la labor de erudición con la del analista social para brindarnos un libro que innova en el tema y en su planteamiento.
He sido testigo de excepción de la forma de trabajo de Carlos Hurtado en sus etapas iniciales, cuando fui el asesor de su tesis de Licenciatura en Historia en la Universidad de San Marcos; tesis que es la base de este libro. A su capacidad de trabajo, Carlos Hurtado añade el entusiasmo y el orgullo de quien está trabajando a gusto sabiendo que su esfuerzo será de gran utilidad y aceptación en su “patria chica”, Jauja y el Valle del Mantaro y en general en todo el mundo académico. En efecto, su dedicación de años se ve hoy compensada por un estudio que ha de recibir la aceptación de la comunidad académica al igual que de la población de la Sierra Central a la que va dedicado.”
Sobre una contribución particular:
“ (...) Un aporte especial del trabajo de Hurtado es el estudio, en base a nueva información documental, de la “revuelta” de Nicolás Dávila Astocuri de 1781. Si bien es cierto se trató de una manifestación social de dimensiones limitadas por su composición social, duración y trascendencia territorial, el “movimiento” fue liderado por un miembro de las familias curacales más representativas del valle y se realiza durante la gran rebelión de 1780-1783, que afectó a todo el sur andino en el mayor intento separatista luego de las guerras civiles luego de la conquista.”
En palabras del mismo Carlos Hurtado este suceso requiere de mayor atención, como también de un exhaustivo estudio aparte. El “insurgente” Nicolás Dávila Astocuri, fue hijo de don Francisco de Dávila Cancho Huamán, corregidor de la provincia de Huarochirí y de doña Josepha Astocuri Apoalaya, ella fue hija de don Blas Astocuri de Apoalaya, quien regentaba el poder de los tres curacazgos y de doña Josepha Gabriela Limaylla. Los Apoalaya son descendientes por linea directa de Carlos de Apoalaya, último curaca titulado del repartimiento de Hanan Huanca (1657-1698). Según un comentario del antropólogo José Luis Álvarez Ramos, dicho análisis de la revuelta de Nicolás Dávila Astocuri, rompe con la imagen de una sociedad jaujina apacible que fue construída por la historiografía tradicional.
Finalmente, aquí en el prólogo hay algo que considero de suma importancia y que Francisco Quiroz deja contundentemente asentado, y es sobre algo que ya se escuchaba a media voz y que nadie tenía la valentía de expresarlo por escrito; Quiroz lo hace con mucho orgullo en la antesala de este vital libro:
“ (...) Ya no se trata hoy en día de romper la tendencia limeño-centrista de la historiografía, como esto era una tarea real hasta unas décadas atrás. Acaso, en medio de un verdadero auge de los estudios regionales y locales, la tarea hoy consiste en dejar de pensar que un estudio sobre Lima es “nacional” mientras que otro sobre el Cusco, Trujillo, Arequipa o Jauja es “local” o, cuando más, “regional”. Los estudios de los últimos años han demostrado la importancia de las regiones en el devenir histórico nacional peruano al mostrar que los hechos y procesos provincianos han incidido en el desenvolvimiento del país. Esto es más evidente cuando vemos que hasta mediados del siglo XIX Lima era, hasta cierto punto, “periférica” en el contexto peruano y el enorme, rico y poblado sur andino el verdadero centro del país.”
Y es este libro el que cierra con broche de oro el año 2006 la actividad editorial de HALCKON EDITORES, creemos firmemente que la edición tiene un futuro brillante, estimulante y repleto de impulsos para avanzar. O miremos a los alemanes y su poderosa industria editorial, son los primeros a nivel global, no porque exportan a todo el mundo, sino que en un 97% ellos mismos leen lo que producen; y que no darían por tener un idioma tan potente y feroz con infinitas posibilidades como el nuestro. Indudablemente es una lengua que contiene una gran civilización. Evidentemente, editar es avanzar. Es forjar ciudadanos más conscientes, críticos, autónomos, sensibles y libres. En suma editar es una gran tarea con alta dosis de responsabilidad social. (28 de diciembre del año 2006)
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