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Artículos con la etiqueta cuentos perdidos

"Antes de llegar a su primer libro, Ribeyro empezó a publicar sus textos en diarios y revistas, o a leerlos en las reuniones literarias que entonces se acostumbraban en San Marcos, en la Anea, en Ínsula o en alguna casa acogedora. Algunos los recogió, después, en sus libros Los gallinazos sin plumas o Cuentos de circunstancias; otros han quedado olvidados en periódicos o revistas, como por ejemplo "La huella" y "El campeón" publicados en Letras Peruanas, la revista dirigida por Jorge Puccinelli en la que aparecen casi todos los escritores del 50. Pero otros cuentos se perdieron para siempre. Yo recuerdo uno de un hombre que criaba arañitas, que Ribeyro leyó en Ínsula y que me pareció excelente. Trataba de un hombre que, buscando unos papeles en su escritorio encontró una arañita; su primer impulso fue matarla, pero luego, por desidia, por curiosidad o diversión, la dejó corretear un poco y finalmente la guardó en una cajita de fósforos. Al otro día abrió la cajita, la araña estaba allí, la dejó corretear de nuevo, le dio de comer unas miguitas de pan y la volvió a guardar; lo mismo pasó en los días sucesivos, hasta que en uno de ellos encontró una segunda arañita en la caja; quiso matar a la intrusa, pero no pudo decidir cuál era y decidió criar a las dos. Pronto las arañas se multiplicaron, el hombre se obsesionó con ellas, abandonó el trabajo, taponó las aberturas de su habitación, recibía sus comidas por un ventanuco abierto en la puerta, y las compartía con las arañas. Llegó un momento en que no podía caminar sin pisar arañas, las arañas lo devoraban todo, pero a él lo respetaban, era como su dios, para ellas. Por el encierro o por lo que fuere, el hombre se enfermó, permanecía casi todo el tiempo en cama, las arañas caminaban sobre su cuerpo, sobre su cara, respetándolo siempre. Una mañana al despertar, no pudo levantarse, sintió que iba a morir. Pensó en sus arañas: ¿Qué pasaría con ellas, encerradas en una habitación taponada? Haciendo un esfuerzo supremo, se arrastró hacía la puerta, consiguió abrirla y cayó exánime, pero antes de morir percibió el rumor de las arañas que bajaban por la escalera. (...) Volviendo al cuento de las arañas, le hablé de él a un amigo quien, a su vez, le preguntó a Ribeyro si lo conservaba y Ribeyro le contestó: "Ese cuento ya solo existe en la cabeza de Washington". No sé si lo diría como un elogio o burlándose de mí."
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