La era del populismo (1). Breves definiciones

“Today, the voice of populist infantile politics is amplified by social media allowing the ignorant to claim equality with the informed.” Ece Temelkuran

Entre la decisión del Ejecutivo en el caso Tía María y las elecciones primarias en argentina existe un término que se usa a diestra y siniestra en tan distintos contextos: populismo. El populismo es una de esas palabras que se emplean de manera flexible en cualquier escenario que afecta la manera en cómo este se interpreta. Definir a un político o una postura como populista se ha convertido en casi una frase cliché de la oposición del momento. El término populismo ha sido tan mal usado durante tanto tiempo y por tantas personas que a veces es fácil olvidar su verdadero significado.

¿Qué es entonces el populismo? En simple, el populismo se presenta como una estrategia política, una alternativa que es hostil a los principios e instituciones liberales. De esta forma, el populismo amenaza y daña a la democracia liberal contemporánea despreciando sus resultados y procesos. Por ello, así como las dictaduras o autocracias, el populismo no es una característica única de un partido o ideología política. Al contrario, desde Velasco a Fujimori, tanto la derecha como izquierda han usado esta estrategia política.

Es posible identificar también ciertas características de líderes populistas y la forma en que estos gobiernan. Siguiendo el estudio de Pappas (2019), los gobernantes populistas son líderes carismáticos con el uso de prácticas clientelares, polarización política y la destrucción y desprecio por las instituciones y el control que estas puedan ejercer sobre este. Entonces, ¿todo líder carismático es populista? Indudablemente no. Es la combinación de estos factores lo que constituye y define un régimen como populista.

Extraído del artículo de T. Pappas, T. (2019). Populists in Power. Journal of Democracy, 30(2), 70–84.

Bajo este punto, es posible cuestionarse si el populismo es negativo per se. Algunos autores argumentan que el populismo también supone la participación de grupos que no se sienten representados por las élites políticas y su integración al sistema político. Sin embargo, el populismo tiende a una polarización peligrosa; contrario a la polarización ideológica que supone divisiones de ideas (izquierda derecha), la polarización populista puede ser fabricada por el líder o partido en cuestión. Así, en el populismo se exacerban los conflictos entre el “pueblo” y los “otros”.

Esa lucha contra “los otros” es la que aprovecha el político populista. Los “otros” usualmente son minorías que en lugar de encontrarse protegidas ven sus derechos básicos peligrar. La política populista es inherentemente hostil e intolerante, propensa a formular un enemigo que pueda atacar de manera constante. Así, el estado de derecho, las instituciones y las minorías son apartadas, lo que le importa al líder populista es la satisfacción de una mayoría al margen de las leyes y el consenso.

Sin lugar a dudas, el populismo, como estrategia política, ha crecido en relación al descontento ciudadano con los partidos y la democracia. Pero, el aumento y normalización de los discursos en contra de minorías preocupa a quienes aún creemos en la institucionalidad y la democracia liberal. Pero, aunque en algunos casos la política se ha enlazado al populismo de forma inseparable, existen también otros en donde esta propuesta ha sido rechazada. Al final, el populismo y la democracia se separa solo por la voluntad del ciudadano y su elección en las urnas.

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Acerca del autor

Cristhian Jaramillo

Licenciado en Ciencia Política y Gobierno por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Investigador en la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE). Tópicos de interes: estudios comparados sobre democracias, procesos electorales y políticas públicas vinculadas al crimen organizado.

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