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Artículos con la etiqueta cerro


“Igual que los comuneros de Tinki llamé a la pampa; como potrillo, relinché desde el morro Santa Bárbara; fuerte grité, para hacerme oí por los mak’tas utek’. ¡Pero mentira! Viendo lo alegre de la pampa, de los caminos que bajan y suben del pueblito más todavía creció el amargo en mi corazón. (…) Solito, en ese morro seco, esa tarde, lloré por los comuneros, por sus chacritas quemadas con el sol, por sus animalitos hambrientos”. (J.M. Arguedas. Agua, en: Breve Antología didáctica. Lima: Horizonte, 2005:30)

Los espacios abiertos son escenario para la reflexión de los personajes de Arguedas. En este fragmento podemos percibir la contradicción y la indignación. La pampa y lo abierto que invitan al protagonista a sentir la pertenencia, a sentirse un comunero más, no pueden provocarle sino una profunda tristeza, un sentimiento de amargura por la injusticia, evocando a un mundo que se cierra y no guarda esperanzas para los comuneros que se han quedado sin agua por el monopolio del patrón. La pampa, que podría asociarse a libertad, se convierte en un espacio para sentir la fatalidad.




“Contempló, entonces, el paisaje como si la compañía tan reverente de los comuneros le infundiera un sentimiento nuevo, un modo diferente de apreciar el aspecto tumultuoso y silente de ese mundo; la faz desnuda del oscuro Pukasira en cuya cima nevaba y especialmente en sus paredes de roca, parecía que latía el eco de sus palpitaciones, del ritmo con que corría su sangre.”
(José María Arguedas, Todas las Sangres, Ediciones PEISA: Lima, 1973:212)


La descripción del paisaje es sin duda una forma reconocerse dentro de los lugares narrativos de Arguedas. Sobretodo en Todas Las Sangres, es importante ubicar la belleza e importancia del paisaje, pero más que ello el autor decide resaltar un elemento característico del paisaje serrano: la montaña, el cerro, finalmente el Apu
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“Tomó la iniciativa Demetrio. Pidió permiso a don Fermín para levantarse; se dirigió a paso lento y solemne junto a la fogata:
- ¡Poderoso Apukintu!... –exclamó en quechua, cerca de las llamaradas bajas que no quemaban mucho.
Don Adrián se arrodilló. La masa de indios de hacienda también se puso de rodillas, cuidándose de no hacer ruido, en la sombra de los corredores.
- Sagrado Pukasira –continuó invocando Rendón, y nombró al poderoso wamani, al dios de los colonos; señor K’oropuna; más sagrado señor Salk’antay…
Pronunciaba los nombres de las lejanas, de las inalcanzables montañas nevadas, dioses de toda la tierra, y esparció con los dedos gotas de aguardiente en el aire.
- Padre nuestro, río Lahuaymarca; dios barranco negro de La Providencia; cascada de plata donde miran su destino los fuertes, los valientes colonos de los Aragón de Peralta; dioses grandes y menos grandes, cerro de Apark’ora también; aquí estamos tus hijos. Vamos a comenzar mañana otro destino. ¡Danos tu aliento, extiende tu sombra a nuestro corazón apacible!”

(Todas las Sangres 2001. p: 121)

Era necesario hacer petición a los dioses, sagradamente y ante todos. Porque todos los indios eran sus hijos y porque hasta los señores miraban “su destino” en ellos. Dioses presentes e inalcanzables que dan protección y dan hálito, de cuya voluntad depende la vida. Eran todos lo que eran, siempre grandes, unos más pero todos siempre en la vida de los indios. Era necesario orar para poder trabajar en la mina, en nombre de los cerros de donde vivían los indios, en nombre de los cerros más grandes, de aquel a donde se cree van los indios a trabajar después de morir, de aquel también donde está la mina.
“Tras de la iglesia, el cerro protector del pueblo aparecía rojo, cubierto a mantos por las flores del k’antu…El viejo miró hacia la alta montaña.
- ¡Yo te prefiero, Apukintu! Te han robado flores – dijo.”

(Todas las Sangres 2001. p: 8)
La primera mención de alguno de los cerros, en la primera escena de todo el libro. El viejo se encuentra en el campanario, antes de sorprender a todos los que saldrán de la iglesia. El “gran señor” Aragón de Peralta prefiere al Apukintu, que está detrás; pues sus hijos son para él caínes y parricidas, el cura es anticristo. El viejo se reclama desde una altura que “no es solo de Dios”, desde su altura de caballero, de noble, cuya sangre se encuentra en la fundición y en la materia de las campanas. El viejo anuncia y repica su muerte, su voluntad de entregar todo a los indios, a aquellos que dependían de él, y que eran limpios. El viejo dejará para entregarse. Dicen que se ha vuelto como indio, cree en los cerros, pero no deja de ser señor por Dios y no deja de juzgar en su nombre. Dios se encuentra más alto, el Apukintu detrás; los hombres libres son caínes y anticristos, los indios son hijos de Dios y del Apukintu. El “gran señor” se hace hijo del Apukintu porque los hablan de Dios atentan contra él.
“Me fui hacia el molino viejo; el blanqueo de la pared parecía moverse, como las nubes que correteaban en las laderas del Chawala. Los eucaliptos de la huerta sonaban con ruido largo e intenso; sus sombras se tendían hasta el otro lado del río. Llegué al pie del molino, subí a la pared más alta y miré desde allí la cabeza del Chawala: el cerro, medio negro, recto, amenazaba caerse sobre los alfalfares de la hacienda. Daba miedo por las noches; los indios nunca lo miraban a esas horas y en las noches claras conversaban siempre dando las espaldas al cerro”. (J. M. Arguedas, Warma kuyay, en: Breve Antología didáctica. Lima: Horizonte, 2005:33)

Casi siempre Arguedas menciona en sus obras que las casas, molinos y paredes parecieran moverse, sobretodo en las noches, en las que los sentidos se agudizan para percibir hasta la sonoridad de las plantas. Como si el mundo fuera distinto de día y de noche: un molino, que de día es espacio de luz y de trabajo para el sustento, en la noche adquiere movimiento y conduce, como las tantas otras paredes y casas, a la presencia imponente del cerro o apu, un personaje principal en la narrativa de Arguedas. Éste infunde temor y respeto pues es una divinidad cargada de misterio.
- “Ya se patrón. Conozco al indio. Voy a inventar que en la mina hay un Amaru grande que come indios
- ¿Amaru?
- Si patrón, culebra grueso como el cuerpo de un toro padrillo, largo que no se llena con diez hombres. Voy a decir que es hijo del cerro, del Apark´ora que no quiere que saquen su mineral (…)”


(José María Arguedas, Todas las Sangres. Lima: PEISA, 2001:116)


Como ya se ha mencionado con anterioridad existencia de elementos animados esta muy presente en la obra de Arguedas, sin embargo, muchas veces parece ser un recurso literario (no imaginario) que pretende resaltar la conexión y relación horizontal con la naturaleza.
En esta cita vemos otro tipo de ser animado, el Amaru, hijo del cerro Apark´ora. Esta es la creación del cerro para defender sus intereses, como podemos ver este se comporta como ser humano y tiene entendimiento como cualquiera, sin embargo no es como los dioses o imágenes cristianas: genéricamente buenas. Estas son capaces de hacer daño si es que es necesario.
Arguedas, introduce entonces a su relato diferentes voces que le dan ambiente a la historia de este modo estos seres sobrenaturales del panteón andino no podían quedar de lado, los pagos a la tierra, las ceremonias a los wamanis, así como la organización de las comunidades andinas, entre otros, se acercan al lector, a través de la creación literaria. Los cerros aquí son seres que generan respeto, la intrusión como lo es la exploración minera, se ve como una posible ofensa, por lo que la figura del Amaru es algo para temer y tener cuidado.