La nana invisible

Por César Hildebrandt

Son las 5 y 30 de la tarde y estoy en la cafetería del “Fármax” de Salaverry.

Al entrar he visto, parada en la puerta, mirando hacia la calle, a una nana vestida entera de blanco. ¿Es una nana o es una enfermera? ¿Y qué hace allí en la puerta, disciplinadamente inmóvil?

En el café hay mucha gente. En una de las mesas conversan dos mujeres. Una de ellas tendrá sesenta años. La otra, que parece su madre, debe andar por los noventa.

La sexagenaria le dice cosas con cierto aire de desgano. La anciana la mira con esos ojos acuosos de quienes han emprendido la tarea de vivir hasta el extremo. Es imposible saber si asiente o se desagrada y si lo que escucha es una amonestación o alguna anécdota. Se diría que ni la boca ni la mirada la obedecen.

Toman té las dos mujeres. Té y pastelitos. Unos suntuosos para la más joven. Un trozo de algo indefinidamente inglés para la madre. Sí, es la madre. La otra le ha dicho hace unos instantes y en voz alta:

-Pero mamá, eso no es así…

Piden la cuenta mientras yo bebo el café tinto que quizá me ayude a evitar la jaqueca. Esa jaqueca que sobrevuela como un cuervo.

La mujer menos vieja paga con dos billetes y algunas monedas. Deja una propina rala. Está vestida pericamente, tiene dos o tres operaciones de remozamiento en la cara, pero deja una propina rala.

Cuando están listas para marcharse, la mujer de la propina rala gira la cabeza y hace una seña. Se la hace, a través del ventanal vidriado, a la nana que había sido motivo de mi curiosidad.

La nana, que en realidad es más enfermera que otra cosa, ha estado atenta, esperando en los primeros fríos del otoño, a recibir ese gesto.

Se acerca entonces la nana-enfermera a la mesa de las dos mujeres y le extiende el brazo a la mujer de noventa años.

¡Eso era! La nana-enfermera esperaba que le dieran la señal para entrar y cumplir su rol.

Prótesis humana, bastón viviente, la nana-enfermera ayuda a marcarle el trémulo paso a la mujer de noventa años que tiene el cabello teñido de color lavanda y que sigue llevando alhajas. Le pasa el brazo derecho por detrás de la cintura para ayudarla a subir unos peldaños. La mujer de sesenta ya ni las mira. Está unos pasos más adelante.

La nana-enfermera ha esperado a la intemperie. Como si fuera la mascota impedida de entrar. Como si fuera una negra en el Misisipi de los años cincuenta. Como si fuera una sirvienta en el Perú del 2009.

¿No hubiera sido más humano permitir que entrara con ellas y se tomara un té? ¿O que entrara con ellas y se sentara, sencillamente que se sentara, sin té ni galletitas ni conversación ni proximidad? ¿Que se sentara en silencio, invisible pero a salvo de esos primeros fríos?

Pero no. Las nanas-enfermeras no deben sentarse junto a los boer de Eisha, los blancos de Alabama, los escogidos por el Dios con pinta de ario de los de arriba. Ese es el Perú de siempre. De Pardo a García. El impertérrito Perú que te puede conmover y sacudir mientras terminas el café que no debiste pedir.

Fuente: Diario La Primera

Puntuación: 3.50 / Votos: 12

Comentarios

  1. Vcente David Rojas Paico escribió:

    Una clara y descarnada descripción de la existencia de discriminación y exclusión social que existe no sólo en Lima capital, sino en todo el país.

  2. michela cozubas escribió:

    Anche mio bambina … Ragaz Poveracia e dal Canada, MA E povero e piu buono di me, che anno di tanti altri avutto tutto.Mi indispiace per Loro …

  3. Emma Rosama escribió:

    Creo que las señoras habrían querido hablar de asuntos privados, pero nosotros la habríamos invitado a tomar algo caliente, por lo menos. Pero tengo que reconocer que, hasta conmigo, lo hacen ciertos personajuchos que se las dan de superiores. Tenemos que poner un granito de arena para que las cosas cambien.Ya lo estoy haciendo. ¡Ojalá que no se sobren ni sean ingratas!con el buentrato recibido.

  4. LUCERO escribió:

    IMAGINATE EN PLENO SIGLO XI, ES EL COLMO, EL CAMBIO TIENE Q EMPEZAR POR CADA UNO DE NOSOTRO…

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