Francia, Sarcozy, marginados sociales..

En noviembre del 2005 ardió Francia. Durante diecinueve noches disturbios callejeros en todo el país generaron 8700 autos quemados y más de 2700 detenidos. ¿Qué sucedió en el viejo continente?

El 27 de octubre dos jóvenes, pertenecientes a una minoría étnica, murieron electrocutados al intentar escapar de la policía en el empobrecido suburbio de Clichy-sous-bois, al noreste de París. La muerte generó disturbios violentos por parte de grupos juveniles de barrios marginales. Estas protestas se vieron atizadas por el Ministro del Interior Nicolás Sarkozy (presidente para el periodo 2007-2012), quien llamó a los revoltosos “basura y gente despreciable”. Pese a la fuerte represión policial, las protestas se agravaron y se propagaron por toda Francia como reguero de pólvora. Francia no era testigo de una movilización de tamaña magnitud desde las míticas protestas de mayo de 1968.
Una de las explicaciones que se ha esgrimido para este fenómeno es que se trata de acciones dirigidas por líderes musulmanes. Esta teoría es fácilmente rebatible, pues a los dos días de iniciada la revuelta, representantes de la comunidad musulmana hicieron un llamado a la calma y la dignidad, en una marcha de silencio donde participaron más de quinientas personas. Una semana después la Unión de Organizaciones Francesas Islámicas publicó también un comunicado condenando la violencia. Además, como para que no quede duda del carácter eminentemente social y no religioso de los hechos, a los pocos días de iniciarse los disturbios la tradicional Unión de Trabajadores de Francia se declaró en huelga y se unió a las protestas.

Entonces, ¿ante que nos encontramos? Se trata de una desesperada búsqueda de ciudadanía por sectores marginados de la sociedad francesa. Jacques Chirac, presidente francés, en unas recientes declaraciones sostuvo que “sin importar nuestro origen, somos todos hijos de la República y todos tenemos los mismos derechos”. Pese a lo hermoso de la frase, el panorama es distinto en la Francia de hoy. La libertad, igualdad, y fraternidad – principios de la revolución francesa – han sido olvidadas por una sociedad cada vez más desigual, y donde hay desigualdad no puede haber ni libertad ni fraternidad.
Se dice que los causantes de esto son inmigrantes ilegales – justamente discriminados, según la derecha francesa – que deberían ser inmediatamente expulsados de Francia, pero de los 2700 detenidos, solo el 7% son extranjeros. La mayoría de los manifestantes son jóvenes hijos o nietos de inmigrantes legales, franceses documentados, “hijos de la República”.

Parece que en realidad se tratase de hijos no reconocidos de la República. No tienen acceso a servicios básicos, como salud, ecuación y vivienda digna. El desempleo en Francia es del 9%, sin embargo entre los descendientes de inmigrantes la tasa llega al 15%. El desempleo entre graduados universitarios es de 5%, entre los graduados universitarios descendientes de inmigrantes la cifra se quintuplica. Si vemos la televisión francesa, no encontraremos ningún presentador de televisión de origen árabe o africano. Panorama similar observamos en el Parlamento. El Estado francés es plenamente conciente de dicho problema. El año pasado, el Tribunal de Cuentas concluyó que la política de integración francesa había fracasado, y que la situación podía generar “serias tensiones sociales y raciales”.

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