07/03/10: Teatro de hoy: ¿La Era del Vacío?

Para los que nos acercamos a la base cuatro, Cocina y zona de servicio la atinó por su cómica manera de hablarnos sobre los grandes temas existenciales que nos aquejan hoy. Soy de la generación que está insatisfecha de todo. Del amor, del cuerpo, de rumiar tanto. Soy de la generación de los matrimonios sombríos y agotados, de las solterías histéricas, del vacío detrás del éxito monetario, de la desadaptación crónica, del egocentrismo y la adicción, del aferramiento al ritmo, de la eterna rebeldía con o sin causa.
A diferencia de la vida, en Cocina y zona de servicio todo transcurre en la cocina de la casa perfectamente puesta por una pareja de esposos que han acostado a sus hijos pequeños y que se han preparado con nerviosismo para recibir a una pareja de invitados que no ven hace diez años y que para colmo se tardan dos horas en llegar. ¿Se trata de la ansiedad por el reencuentro? ¿Por el propio paso del tiempo? ¿Por lo que quedó inconcluso entre los cuatro? ¿Por la “felicidad” que aún no logran saborear a pesar del intento? Lo que sí es cierto es que las cosas han cambiado para todos. Con expectativas distintas y, lo que es más, con historias de vida diversas, ocurre este fracasado encuentro. Ninguno quiere mostrarse, ninguno quiere aceptar frente al otro el rumbo elegido. La nostalgia por los tiempos pasados es notoria. La necesidad de ocultarse detrás de un puesto importante o unos tacones altos, lo cotidiano. La incomprensión eterna y el fracaso laboral. La plata. El bacalao que no sabe bien. La ceguera como consecuencia de la convivencia monótona. La resignación y la desesperación. Los hoteles sofisticados y los de mala muerte. La huida. La infidelidad. Y todo aprisionado en el estrecho bolsillo de un pantalón usado.
Si hacemos el esfuerzo de ponernos serios (cosa casi imposible), Marisol Palacios, la directora de esta divertida comedia, pone sobre el tapete el tema de la elección. Y es que llegado cierto momento de la vida el perfecto edificio que algunos pensábamos haber construido resulta que se desploma por completo en el tiempo que nos toma encender un cigarrillo. Y de ahí en adelante, todo responde a los ciclos caóticos del adentro. Y al que no le ocurre esto, entonces no puede reírse con el mismo placer. O a lo mejor no puede contemplar la actuación de Miguel Iza sin gozar de esa mezcla de lucidez, humor, crudeza, pesimismo y ternura que caracterizan a su personaje. Es como si él estuviera allí para traducir los gestos, para mirar hacia adentro, para retirar el velo del optimismo ridículo o para recordarnos que también nos podemos dar licencias en nombre de las grandes búsquedas, de los negros vacíos y de los cabos sueltos. ¿Será posible?
A diferencia de la vida, en Cocina y zona de servicio todo transcurre en la cocina de la casa perfectamente puesta por una pareja de esposos que han acostado a sus hijos pequeños y que se han preparado con nerviosismo para recibir a una pareja de invitados que no ven hace diez años y que para colmo se tardan dos horas en llegar. ¿Se trata de la ansiedad por el reencuentro? ¿Por el propio paso del tiempo? ¿Por lo que quedó inconcluso entre los cuatro? ¿Por la “felicidad” que aún no logran saborear a pesar del intento? Lo que sí es cierto es que las cosas han cambiado para todos. Con expectativas distintas y, lo que es más, con historias de vida diversas, ocurre este fracasado encuentro. Ninguno quiere mostrarse, ninguno quiere aceptar frente al otro el rumbo elegido. La nostalgia por los tiempos pasados es notoria. La necesidad de ocultarse detrás de un puesto importante o unos tacones altos, lo cotidiano. La incomprensión eterna y el fracaso laboral. La plata. El bacalao que no sabe bien. La ceguera como consecuencia de la convivencia monótona. La resignación y la desesperación. Los hoteles sofisticados y los de mala muerte. La huida. La infidelidad. Y todo aprisionado en el estrecho bolsillo de un pantalón usado.
Si hacemos el esfuerzo de ponernos serios (cosa casi imposible), Marisol Palacios, la directora de esta divertida comedia, pone sobre el tapete el tema de la elección. Y es que llegado cierto momento de la vida el perfecto edificio que algunos pensábamos haber construido resulta que se desploma por completo en el tiempo que nos toma encender un cigarrillo. Y de ahí en adelante, todo responde a los ciclos caóticos del adentro. Y al que no le ocurre esto, entonces no puede reírse con el mismo placer. O a lo mejor no puede contemplar la actuación de Miguel Iza sin gozar de esa mezcla de lucidez, humor, crudeza, pesimismo y ternura que caracterizan a su personaje. Es como si él estuviera allí para traducir los gestos, para mirar hacia adentro, para retirar el velo del optimismo ridículo o para recordarnos que también nos podemos dar licencias en nombre de las grandes búsquedas, de los negros vacíos y de los cabos sueltos. ¿Será posible?







