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Resumen: David Montoya

LA CONFIANZA, UN CONCEPTO TAN ESQUIVO COMO NECESARIO

Confianza, concepto raro, difícil de definir pero importante donde se juega lo humano. Es una energía invisible, difusa, que sostiene la estructura de las relaciones personales, desde la intimidad de la relación de uno consigo mismo, hasta estructuras sociales más complejas. Hace posible que haya sociedad,  identidad personal. La confianza es la condición de la coexistencia.

Se escribe mucho sobre justicia, verdad o el poder. No así sobre a confianza. Sin embargo, todos los conceptos anteriores suponen y descansan en la confianza. Sin confianza, no es posible siquiera hablar de estos conceptos. ¿Qué sentido tendría hablar de la verdad, por ejemplo, si no se confía en su veracidad?  Todos estos conceptos se trabajan en el plano racional y las condiciones lógicas de su pertinencia.

Pero,  la confianza trasciende el plano racional y se instala en lo afectivo y emocional, aunque sin negar, lo racional. La confianza incluye en su lógica lo afectivo,  que no puede ser traducida en leyes racionales. No puede haber un silogismo ni un algoritmo verdadero de la confianza.

En Occidente no estamos acostumbrados a esta integración, sino al contrario, estamos acostumbrados a la disociación del pensar, el sentir, el cuerpo y el alma.

OCCIDENTE Y LA DESCONFIANZA

La educación occidental intenta  esquivar o reprimir emociones y  afectos. La verdad objetiva no puede admitir  afectos, pasiones o emociones. Son impurezas subjetivas. Con el método científico, se intentó poner paréntesis a las emociones,  sentimientos e incluso los sentidos. Las ciencias tenían sospechas  sobre la corporalidad:  tentaciones, pecado, pasiones desordenadas y error. La educación moderna,  se centrará en esta “purificación” objetivista y disociativa.

Occidente,  se construyó a partir de la desconfianza, el miedo y la obsesión por la seguridad. Muchos textos fundacionales de la modernidad occidental son textos de explícita desconfianza en uno mismo, en el otro y en el mundo  Leviatán, de Hobbes, 1651; Meditaciones metafísicas, de Descartes, 1637). La sospecha generalizada fue el clima; la  desconfianza y el miedo, la energía que echa a andar la mecánica personal y social de occidente. Resultado: gran violencia del hombre hacia sí mismo, hacia el mundo y hacia el otro.

EL PODER Y EL MIEDO

Esta manera de relacionarse consigo mismo, con el vecino y con el mundo, traduce  una visión de poder. El poder, tenía que ser capaz de infundir más miedo aún que el miedo natural con el que vivían los hombres, puesto que sólo el miedo controla a los hombres. Así, el Estado, debía contar con su capacidad de violencia.  El poder del Estado se garantiza, bajo la lógica del miedo. Si los hombres pierden el miedo, el poder perdería eficacia y habría que  buscar una nueva fuente de legitimación. El poder clásico no puede permitir que perdamos el miedo y la ansiedad por la seguridad. Por el miedo, los seres humanos somos manipulables y podemos aceptar cualquier  abuso buscando seguridad.

No sólo el poder central, sino  autoridades  como padres, educadores, policías, dependerán del miedo de aquellos que tienen a su cargo para ejercer su pequeño poder. El miedo y la ansiedad infinita e ilusoria de seguridad absoluta adormecen el sentido de libertad e incluso de la propia dignidad. (Leer: Miedo a la Libertad de Fromm)

Pero, el miedo es una fuerza instintiva que, también, en su medida justa, sana e integrada apunta a  mejorar posibilidades de supervivencia. Cuando es amplificada y utilizada como herramienta política, enceguece y esclaviza en torno de un poder violento y protector. El miedo es efectivo a corto plazo y destructivo a mediano y largo plazo. Por eso se exagera la desconfianza sobre el inmigrante, el que piensa distinto, el pobre, el extranjero, e incluso el vecino. Somos rápidos en embriagarnos de miedo y la búsqueda de seguridad personal, nacional, racial, histórica requiere de la violencia para establecerse.

El poder busca una aparente paz social y convivencia pacífica a través del miedo. Los hombres, temen más al conflicto y la perturbación de su tranquilidad que al poder y sus excesos. Incluso era preferible encubrir los excesos y abusos del poder para conservar la sensación de seguridad espiritual, personal, familiar, patrimonial.

Algo cambió abruptamente en la humanidad. Tal vez motivado por las redes  y su omnipresencia, o a la conciencia del peligro en el que queda la humanidad al fragilizar el planeta y sus recursos. (Ver Guiddens: Los viejos mecanismos del poder no funcionan en una sociedad donde los ciudadanos viven en el mismo entorno afirmativo que aquellos que los gobiernan…democratizar la democracia)

DEL PODER DE LA VIOLENCIA, AL PODER DE LA CONFIANZA

Cambio de época por un despertar respecto del miedo y los abusos de poder. Los excesos del poder, que se veían como mal menor o costo necesario para la seguridad, comienzan a ser inaceptables. Se hace evidente la  violencia que producen la pura búsqueda de seguridad.

La visión que se tenía del poder se ha ido transformando y es posible que nos encontremos frente a uno de los cambios de paradigma más importante de la historia. Antes era la desconfianza y el miedo, lo desconocido, el extranjero, la muerte, la condenación, la locura, la enfermedad, la pobreza o la exclusión legitimaban el poder a  cambios de seguridad. Hoy, es la confianza la que se va imponiendo como recurso imperioso de coexistencia pacífica y garante de la estabilidad política.

La confianza como clima de seguridad, pero una seguridad distinta a la que ofrece el poder violento. La fragilidad de la confianza es su propia garantía y seguridad: si alguien la impone, la exige o la manipula, entonces la destruye.

LA CONFIANZA Y LA POLÍTICA

El actual descontento ciudadano, a nivel mundial, es síntoma de una ruptura profunda en la estructura de la sociedad. Esta estructura es la confianza. Atravesamos por la peor crisis de confianza en mucho tiempo, probablemente la más profunda desde que la confianza es objeto de medición. Lo preocupante del caso es que sabemos bien que una crisis de confianza desencadena fácilmente una crisis política, económica y social. Es más, toda crisis económica y política comienza a partir de una crisis de confianza. Hay un mantra contemporáneo en nuestra sociedad que reza “reconstruyamos la confianza»”y se repite a nivel político, institucional y económico. Pero, la confianza no se reconstruye por decreto. Al contrario, cualquier obligación a confiar, destruye la confianza.

Como la luz, a la confianza no se le puede encerrar, pues hacerlo es eliminarla. Esa es su garantía: es extremadamente frágil y esquiva; no se la puede forzar ni manipular pues son formas de destruirla. Al mismo tiempo, todo proyecto político, social, personal, económico, relacional, incluso existencial depende de ella. Por eso, la confianza debe marcar la agenda nacional y mundial, como antes fue el poder y la seguridad.

La mayoría de los discursos políticos y sociales suponían que contaban con la confianza de forma natural. La ciudadanía “empoderada”, informada, lúcida, menos temerosa, alérgica a los abusos, quiere volver a los cimientos del contrato social y cuestionar el paradigma de la confianza. Por eso hay que problematizar la confianza, desentrañar sus procesos y dinámicas y su milagro. Hay que enfrentar esta especie de nueva enfermedad social que es la crisis de la desconfianza, en tanto principio de violencia y deterioro social.

LA CRISIS DE LA CONFIANZA

La crisis económica y política por la que atraviesa el mundo es básicamente una crisis de  confianza. La confianza ha caído a los niveles más bajos de la historia desde que se la mide. No es problema de capacidad ni disposición, sino que el paradigma mismo de confianza está cambiando, que no se trata de un nuevo umbral de confianza sino de un nuevo paradigma. El miedo y la inseguridad a nivel social y existencial sirvieron para inducir a confiar en los poderes, pero esto está cambiando. La confianza ciega, por alguna razón, ya no tiene lugar hoy. Es urgente y crítico un análisis de la confianza en todos sus niveles. Hay que adentrarse en el misterio de la confianza, en su lógica esquiva pero cierta y radical, en su fragilidad y necesidad tanto existencial como social.

Es una coyuntura histórica y la propuesta consiste en comprenderla a partir de la confianza, su crisis y su nueva perspectiva. Tal vez son las redes sociales, la globalización y transparencia de la información a través de internet u otro motivo, pero algo a hecho que la estructura de la sociedad esté cambiando. Así como la escritura dio paso al establecimiento de las grandes civilizaciones, la imprenta prestó las herramientas para una gran crítica y cuestionamiento, creando una nueva manera de mirar el universo: la modernidad. Hoy algo está sucediendo con la existencia de internet. Su transparencia y fianza, universalidad esta generando una crisis, pero una crisis que llega al corazón mismo de la civilización y su cohesión interna: una crisis de la confianza.

No hay que tener miedo a las crisis. La palabra misma quiere decir discernimiento y decisión.

Crisis viene de la palabra griega krinô que significa juzgar, separar, y uno separa y juzga para discernir, orientarse, valorar, cambiar y transformar. Esta crisis de confianza es una coyuntura ineludible. Hay que volver a mirar la confianza, tomar en serio su crisis, juzgar y discernir.

Es esta crisis la que me ha llevado a pensar en un nuevo paradigma de confianza. Si pensamos que la actual crisis de confianza coincide con la extrema transparencia que exigen los medios de comunicación actuales, con internet y la conexión cada vez más inmediata de las personas a través de las redes sociales, es porque tal vez hay algo que esta transparencia ha dejado al descubierto. La transparencia ha dejado entrar la luz hasta esos lugares oscuros donde ocurren hechos que algunos quieren mantener ocultos y en silencio: los abusos. El abuso laboral, económico, sexual, financiero, social, y todo tipo de abuso obtiene su fuerza del secreto, por eso el peor enemigo del abuso es la luz, la transparencia, la claridad, la lucidez.

La confianza tiene una insistencia equivalente a nuestra necesidad de volver a confiar. Pero, habrá que exigirle una nueva luz y transparencia. No se puede vivir humanamente en la desconfianza, pero tampoco en los viejos paradigmas de una confianza ciega.

La confianza, suele decirse también, se rompe una sola vez. Es la lógica binaria de la confianza/desconfianza que queremos cuestionar y proponer el concepto de confianza en el ámbito del reconocimiento mutuo, la responsabilidad y el cuidado. Se trata de una confianza activa y comprometida consigo misma y con las condiciones que la hacen posible. Por eso la llama confianza lúcida.

LA CONFIANZA LÚCIDA: UNA PROPUESTA ÉTICA

La necesidad de una confianza cuyo paradigma sea distinto del de la confianza ciega nace de su crisis. Ningún proyecto, empresa, país, familia, ni relación pueden sobrevivir en la desconfianza. Tampoco se puede vivir en la ceguera tanto práctica como emocional de la confianza ciega. Las relaciones y los proyectos también fracasan en la confianza ciega, ya que las personas enceguecidas no pueden contar verdaderamente con los demás, pues no son capaces de verlos, porque nadie se ve asimismo, sino es  través del otro que hace de espejo. Una persona que confía ciegamente en sí misma tampoco puede verse, conocerse, sentir sus límites y posibilidades.

La confianza lúcida es la confianza que se compromete con ella misma, porque sabe que no puede constituirse como un lugar de certezas absolutas ni como un valor que se gana de una vez y para siempre. Es más bien un desafío constante que requiere del coraje necesario para volver siempre a construir y reconstruir las condiciones de la confianza misma. Esto porque la confianza no es una conclusión racional, sino un vínculo afectivo dinámico que sabe y siente, se sabe y se siente desde ella misma. La confianza lúcida no es un modo natural de relacionarse con los demás ni con uno mismo, sino que se trata de un modelo ético  para crear y forjar constantemente si se quiere establecer relaciones humanas e institucionales integradoras, marcadas y jugadas por el cuidado y el respeto activos. Esta propuesta no descansa en ninguna ideología. Ni política, ni religiosa ni científica. Es una ética que surge del sólo hecho de estar y ser del mundo, mundo compartido. Unespacio junto a y a partir de otros.

La confianza lúcida sale de la alternativa occidental entre el individualismo del capitalismo competitivo y la mística fusional comunitarista del socialismo. El individualismo el espacio en la lejanía infinita de la desconfianza, y el comunitarismo lo destruye desde la ilusión de la fusión enceguecedora. Desconfianza y confianza ciega destruyen el espacio necesario que constituye y sostiene la confianza lúcida. La confianza lúcida descansa sobre una ética del espacio de luz que une y separa al mismo tiempo, creando la justa distancia que permite ver sin fusionarse, y así respetarse mutuamente, reconocerse sin perderse de vista, ya sea en la lejanía o en la cercanía.

La confianza lúcida es ética. Ética viene del griego éthos, que significó en un primer momento, espacio, hábitat. Y todo espacio existe gracias a los límites que establece, reconoce y respeta.

Una ética que surge del mismo encontrarse en el mundo junto a otros. Este encontrarse es un sentir y sentirse, pensar y posicionarse de manera concreta, espacial.

CONFIANZA CIEGA: PURA CEGUERA

La confianza ciega se aproxima más a la desconfianza y al miedo que a la confianza propiamente tal o al menos a la confianza lúcida. La confianza ciega es un tipo de desconfianza, pues no se atreve a ver ni a pedir que se hagan presentes los límites y las condiciones; no se atreve a exigir respeto y cuidado en la relación. El miedo y la desconfianza

en el otro, en uno mismo y en el mundo impulsan a establecer relaciones de confianza ciega, bajo la ilusión de la seguridad total, de las certezas absolutas y de la invulnerabilidad. Pero en realidad estas ilusiones son la otra cara de la moneda del miedo y la desconfianza. La confianza ciega es pura ceguera: imposibilidad de ver, de escuchar, de sentir y respetar límites, roles, espacios de intimidad, espacios exclusivos.

La confianza ciega y la desconfianza no se oponen sino que se complementan en su violencia. Son violentas porque no consideran al otro, ni se considera asimismo como un ser digno, libre y capaz de ver al otro. La confianza jamás puede ser ciega puesto que sólo hay confianza en el contexto de una relación con otro, es decir, con alguien que es reconocido como digno de confianza. Incluso en el caso de la confianza institucional o la confianza en política: aunque no se conozca personalmente a los que ofrecen confianza (o la piden) hay un espacio de reconocimiento donde se juega esa confianza, como los medios de comunicación, internet o las redes sociales (nueva ágora griega)

La confianza ciega es confianza pasiva. Es la simple espera de que el otro no dañe, o al menos no lo haga voluntariamente, y esto no es estrictamente una relación sino una expectativa casi anónima, juego de probabilidades, estadísticaLa confianza es activa porque es una relación. No descansa en una relación sino que es ella misma una relación, es decir, un contexto o espacio de luz que permite el encuentro y el reconocimiento mutuos.

LA CONFIANZA LÚCIDA ES UN ESPACIO

La confianza lúcida no es una característica de algunas relaciones ni su resultado, sino un espacio que hace posible una relación de confianza. Este espacio, para que sea lúcido, es espacio de luz. El establecimiento de relaciones de confianza lúcida comienza con la creación y defensa de espacios de luz entre las personas…ver y dejarse ver, para reconocer y ser reconocido.

La confianza lúcida también es un espacio propicio para la escucha activa… escuchar al otro y ser escuchado. Así como el silencio es condición para que la voz de alguien sea escuchada, así la luz es condición y posibilidad para que las formas aparezcan y sean reconocidas.

El espacio de lucidez que necesitan las relaciones para que sean relaciones de confianza, es un espacio que pregunta, cuestiona, invita a responder, a dar cuentas de uno mismo ante el otro, a constituirse en responsable. La luz y el silencio del espacio impelen a responder por el otro y por sí mismo, a ser responsable. Ahora bien, todo espacio está creado por sus límites. Sin límites no hay espacio sino caos e indeterminación, ambigüedad y confusión. Los límites marcan el espacio necesario entre las personas para poder reconocerse y respetarse, cuidarse y comprometerse. Esos límites se legitiman sintiendo el espacio natural que somos: una corporalidad viva que se halla y se orienta en el sentir y pensar. En el cuerpo sentimos el mundo y nos sentimos a nosotros mismos y, lo más importante, a través de él buscamos y hallamos sentido a la vida. Es la búsqueda del sentido y consonancia de mi horizonte con el horizonte del otro desde esa fuerza lúcida que constituye el cuerpo vivido conscientemente.

Los límites del espacio de lucidez surgen en el encuentro con el otro, incluso los límites para la desconfianza. El otro marca límites y a partir de su presencia reconozco mis propios límites. Insisto: incluso si éstos son transgredidos, deben haber sido establecidos en la presencia del encuentro. Es por esto que los límites no son una conclusión racional sino que se revelan en los afectos, sobre todo durante la primera infancia. Aunque en la madurez se racionalicen, siempre tendrán un carácter afectivo imposible de reducir a un espacio geométrico, lógico, racional.

Incluso un bebe de pocos meses toma su distancia para ver y sentir lo que sucede a su alrededor y poder orientarse desde la persona más afectivamente significativa. Esa relación, paradigmática de toda otra relación, lo que algunos llaman apego, es una relación de reconocimiento, no de fusión ciega y tampoco de conocimiento cognitivo. Es una relación de reconocimiento afectivo. Para que haya reconocimiento es fundamental el espacio: el silencio, la luz, la distancia y los límites que permiten escuchar, ver, respetar y cuidar al otro.

CONFIANZA Y RECONOCIMIENTO

El reconocimiento mutuo está en el origen de una comunidad humana democrática, pero sobre todo está en la base de la integración de la personalidad propia, pues ésta surge de la aceptación y valoración que hace el otro respecto de mí mismo, otro como yo. Yo no soy capaz de sentirme yo mismo, en mi propia piel, individualidad y diferencia, en la eterna y total soledad, sino que necesito que otro me vea, me nombre, me reconozca para así constituirme como yo, y sentirme digno de mí mismo. Sólo puede haber reconocimiento en el contexto de la confianza. La confianza no es una simple condición de reconocimiento sino su equivalente.

Sin espacio y límites claros, no hay reconocimiento posible puesto que no hay luz para ver y reconocer. Tampoco hay confianza lúcida posible. La confianza lúcida requiere de un espacio justo, espacio de luz que haga posible el reconocimiento mutuo. Espacio siempre frágil y, por lo mismo, un espacio de cuidado.

La confianza lúcida defiende el espacio para que el otro sea realmente otro y que sea reconocido como tal. Que haya luz entre las personas significa también que la relación y sus dinámicas son transparentes y pueden ser relatadas a otros sin producir indignación, pena ni escándalo. Si en la confianza se guarda el secreto del otro y de sí mismo es por respeto, cuidado y compromiso y no por miedo ni manipulación. Por eso es necesario que la lucidez de la confianza tome constantemente distancia de sí misma a partir de su espacio y la someta a una mirada crítica, como si se tratara de otros. La confianza lúcida no sólo deja espacio sino que necesita de la crítica y la autocrítica constantes. La distancia y la crítica constituyen la fuerza de su compromiso lúcido. La luz, la lucidez, es necesaria para ver, reconocer, respetar y defender los roles y espacios de cada uno. La ruptura del espacio, de los límites y roles se llama perversión, justamente porque per-vierte, da vuelta los límites.

CONFIANZA LÚCIDA Y CORPORALIDAD VIVA

Hay una sabiduría del cuerpo que se debe recuperar para construir relaciones basadas en la confianza lúcida. El cuerpo posee una sabiduría propia porque siente, no porque calcula. A través del cuerpo nos orientamos en el mundo porque nos sentimos a nosotros mismos en él y porque sentimos el mundo mismo a través de nuestro cuerpo. A través del cuerpo nos hallamos, nos encontramos a nosotros mismos en el mundo.

Estamos acostumbrados a validar sólo lo calculable, lo que se respalda con costos y beneficios. Hay una falsa ilusión de que todo puede entrar  lógica económica y ser medido y analizado. La lógica del cálculo intenta reemplazar y ocultar la lógica del sentido, porque el sentido “siente”, no es comprobable ni demostrable. Las decisiones más sanas e integradoras generalmente son tomadas no porque convengan en beneficios,, sino porque tienen sentido para la vida.

El problema es que el sentido es algo que se siente y el que lo siente es el yo integrado, cuerpo y alma y no un yo disociado, desdoblado, sumergido en una lógica puramente económica. Nuestra educación pasa por alto, desprecia esta integración del pensar y el sentir y esa desconfianza nos ha hecho un daño. La confianza, la amistad, el amor, la alegría no son decisiones en la lógica pura del cálculo de beneficios sino que surgen de la integración del pensar y el sentir, de la mente y el cuerpo. Es urgente, recuperar la sabiduría orientadora del cuerpo, volver a escuchar al que escucha al mundo, aquel en el que me hallo y me oriento, confío, siento, temo y desconfío. La confianza lúcida integra la sabiduría del cuerpo.

El cuerpo reconoce las miradas en su mirada, los silencios, los gestos, el respeto de los límites y sus transgresiones y ruptura. El cuerpo es capaz de invitar a otro a entrar en su espacio íntimo y expulsarlo también. Pero para eso es necesario aprender a sentir, identificar lo que sentimos, reconocerlo y orientarnos lúcidamente a partir de este sentir. No hemos sido educados para integrar sabiduría del cuerpo, sino al contrario, para su sospecha o cultivo instrumental.

Insistir en la distancia que es necesario tomar respecto del otro para poder reconocer, pero también hay que crear un espacio respecto de uno mismo y del propio sentir, puesto que no se trata de seguir los impulsos corporales de cada momento sino de orientarse a partir de ese sentir. Sentirse a sí mismo y sentir al otro, tomar distancia de este mismo sentir para discernir, tomar posición y así actuar en el mundo.

CONFIANZA Y FRAGILIDAD

Necesitamos de la confianza porque somos frágiles, vulnerables…humanos. Necesitamos relacionarnos con otros para llegar a ser seres humanos, pero este relacionarnos constituye la posibilidad de la traición. Para eso creamos la confianza. La confianza es necesaria ahí donde hay incertidumbres, fragilidad, riesgo, vulnerabilidad, es decir, donde hay vida. Podemos confiar o no confiar, pero no podemos dejar de ser vulnerables. La fragilidad es el material con el que fuimos forjados como seres humanos y hay que enfrentar esta fragilidad de alguna manera.

Una manera de enfrentarla es desconfiando de todo y de todos. Cuando daña alguien en quien se confiaba, el daño es aún mayor que si lo comete alguien en quien desconfiaba.

La confianza es una realidad en sí, casi palpable. La confianza tiene más realidad, más sustancia y peso que muchas cosas físicas con las que nos encontramos cotidianamente, aunque sea más difícil de definir. La confianza es como el clima, el silencio y la luz: se da por obvia y natural y es difícil de mirar, escuchar o analizar directamente. A la luz no se la mira directamente, así como al silencio no se le escucha. Son condiciones para escuchar y para mirar. Por eso es una buena imagen para hablar de la confianza. Es difícil de definir y pensar directamente, sin embargo, su ausencia es contundente y caótica y, por último, muy violenta.

Siempre la presencia de otra persona me hace más evidente la fragilidad de la vida; la fragilidad de mi propia vida como la de los demás. Una manera de hacer desaparecer a la otra persona es objetivándola, considerándola como un objeto, una cosa, una estadística, pura fuerza productiva. Estas son formas de violencia y no siempre se las percibe como tal.

Otra manera de enfrentar la fragilidad consubstancial de la vida es la confianza. Pero, no puede ser a través de la confianza ciega, que es otra manera de no ver, de desaparecer o hacer desaparecer al otro eliminando la distancia absolutamente necesaria para el reconocimiento, el respeto mutuo. La confianza lúcida cuando se la explicita, es un llamado al cuidado, al compromiso y responsabilidad por el otro a partir justamente de la fragilidad y no de la ceguera, la violencia o la omnipotencia. La confianza es una manera de lidiar con la vulnerabilidad, porque lo opuesto a la vulnerabilidad  es la responsabilidad y el compromiso.

CONFIANZA Y PROMESA

Confiar, confiarse o confiar algo a alguien significa tener la esperanza de que ese alguien no dañará, sino que cuidará y protegerá lo confiado. Puede hacer daño, puede traicionar la confianza que ha sido depositada en él, pero el que confía, espera que no lo haga. Porque hay algo en la confianza que crea una promesa de protección, promesa que puede ser quebrada.

Hagamos el camino inverso. Detrás de toda promesa está implícita la confianza porque una promesa siempre indica una voluntad de cumplir la palabra. Incluso supone la capacidad de confiar en la palabra y en que esta palabra seguirá siendo la misma. Por eso confiar es, para algunos, una manera de dar cierta estabilidad y sentido a un futuro siempre incierto, siempre imprevisible.  El que recibe la confianza debe hacerse digno de esa confianza y esta dignidad la da la promesa de cuidar y proteger.  Por eso la promesa del cuidado, en el compromiso con el más frágil. Esta promesa debe explicitarse, debe hacerse presente, puesto que si la promesa se mantiene siempre implícita tiende a olvidarse. La confianza se vuelve confianza lúcida cuando se la pronuncia a modo de promesa, promesa de cuidado es decir, compromiso

CONFIANZA, SEXUALIDAD Y ABUSO

Los humanos somos seres que estamos dispersos en miles de dimensiones, pero todas estas dimensiones descansan en una profunda unidad personal que es difícil de describir directamente. Esta unidad está dada a partir de nuestro querer. Es nuestro querer, nuestra afectividad proyectada hacia el mundo, hacia los demás, hacia el futuro, hacia nosotros mismos, lo que integra la razón y orienta nuestra existencia, nos da unidad y sentido. Somos integradamente una inteligencia que siente y un sentido que piensa. Sentir sin pensar o pensar sin sentir nos transforma en seres disociados.

Antes de ser puramente racionales y calculadores, somos seres afectivos: sentimos el mundo antes de pensarlo, y no se trata de un defecto ni un impedimento para el pensamiento claro y distinto como pensaba la psicología clásica. Ha sido un descubrimiento bastante revolucionario del siglo XX y aún no terminamos de comprender sus consecuencias. Neuropsiquiatras, filósofos, biólogos, educadores, están comenzando a comprender las consecuencias de esta realidad. Los seres humanos nos hemos ido dando cuenta de que somos seres encarnados y, encarnados es como nos encontramos en el mundo y nos orientamos en él. El mundo nos afecta y es el afecto el que nos guía entre los miles y miles de estímulos con que nos encontramos cotidianamente. En el fondo, no es la razón ni el cálculo, ni tampoco el instinto de supervivencia lo que nos orienta en primer lugar, sino el afecto.

Por eso la simple consideración de los afectos y las emociones, la manera integrada de tomar decisiones, es una potente refutación a la triste creencia economicista que dice que todo es cálculo de costos y beneficios. Sopesar costos, oportunidades y beneficios en toda decisión es importante, pero lo determinante es el sentido de las decisiones es decir, aquello que integra nuestro pensar y nuestra afectividad.

La afectividad siempre es una modalidad de nuestra sexualidad. No somos sexuados porque queremos y amamos, sino que amamos y queremos porque somos sexuados en el sentido más amplio: sentimos a los demás y podemos comprometernos con ellos en la creación de proyectos y acciones, nuevos mundos, nuevos seres humanos.

El centro de la sexualidad es el propio lugar sacro, esencia escondida en uno mismo, escondida y secreta incluso para uno mismo. Este es el centro de nuestra orientación y por eso es tan frágil: es la manifestación más radical de la vulnerabilidad. Por este centro nos orientamos secretamente hacia lo que nos gusta, nos emociona, nos da sentido, lo que amamos y nos afecta. Por eso se protege tanto la sexualidad, hasta en sus formas más absurdas.

Este centro se comparte delicada y cuidadosamente en momentos de suma confianza, respeto y libertad. Pero, la posibilidad de daño, de daño profundo a uno mismo y a otros crea la urgencia infinita del cuidado y de la lucidez. El abuso sexual es una intromisión al centro mismo de la corporalidad y de la existencia, ese centro que marca, condiciona, posibilita y orienta nuestro estar en el mundo junto a otros. El abuso sexual ocurre cuando alguien, por la fuerza o, incluso más violentamente aún, por el engaño, manipulación, autoridad o aprovechándose de la confianza, traspasa esos límites y entra en la esfera de lo más íntimo y frágil de la propia identidad. Ese traspaso constituye una fractura muy profunda, porque llega a lo más hondo de uno, a la identidad, a la capacidad de discernir la realidad y orientarse en el mundo. Cuando el abuso se da en edad temprana o cuando el abusador tiene algún tipo de poder o autoridad sobre el que abusa (familiar, laboral, religioso, militar), la fractura puede ser aún mayor. Hay ya demasiados casos de suicidios ligados silenciosamente a temas de abuso, depresiones, imposibilidades de confiar, o de establecer vínculos afectivos sanos, rupturas psicológicas. enfrentarlo. Las consecuencias son muy profundas y la recuperación es una lucha que dura años. La lucha principal es por volver a confiar.

También destruye la confianza en uno mismo puesto que produce una gran confusión de límites y de roles hasta el extremo de que el que ha sido víctima puede llegar a sentirse cómplice de su propia herida. Pero también destruye la confianza en las instituciones, puesto que estas no siempre son capaces, pueden o quieren proteger, ni escuchar o hacer justicia. La ruptura de la confianza es la ruptura de la propia humanidad, puesto que, como vimos más arriba, sin confianza no hay reconocimiento mutuo. De aquí nace el desafío de construir una confianza que sea factor de protección y no de vulnerabilidad.

La confianza lúcida es la ruptura del abuso porque vuelve a dibujar los límites de uno mismo para crear un espacio de luz donde puede entrar otro, reconocerlo y ser reconocido en este espacio y con estos límites. La confianza es porfiada y resiliente, y en el milagro de su resiliencia adquiere el de la lucidez

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