El Acompañante: con cinco chicas a mi lado – PARTE I

Antes cuando veía a un hombre rodeado de muchas chicas, cruzaban por mi mente dos posibilidades: O es cabro o es medio cabro. Pensando en como pude realizar aquella intolerante apreciación, el cerebro se me convierte en un Budín y hoy le otorgo el beneficio de la duda al “brother”, es decir, está acompañándolas “circunstancialmente”; así como me sucedió hace mucho tiempo.

Eran mis últimos días en Tumbes y estábamos de vacaciones. Las cosas por la casa estaban aburridas y quería salir con la gente que conocía a algún lugar para botar la rigidéz y el marasmo muscular que me causaba el estar echado con la panza al aire en la puerta de mi casa sobre una sábana blanca y con un viento cálido soplándome gentilmente las pelotas.

Mi mejor amigo y yo habíamos quedado en salir con dos amigas que eran hermanas. ellas habían planeado ir a una fiesta en la única discoteca del lugar esa noche y nosotros estábamos invitados. Yo, que casi nunca salía de mi casa, sino a jugar fulbito, quería respirar aire nuevo. Quedamos en encontarnos con las damas en el Paseo de Los Libertadores para después ir a la discoteca a bailar. Íbamos a ser 2 parejas, es decir 4 personas en total; esa fue la apreciación previsora de las cosas que tuve ese día; sin embargo, a mi amigo lo castigaron por responderle a su todopoderoso padre (limpia patio y barre tu cuarto! + ya me voy papá, no puedo = TU NO SALES HOY #%&$*DA!).

En ese tiempo aún no habían llegado los celulares al país y todo acuerdo debía realizarse con horas de anticipación. No existía la hoy tan mentada “comunicación inmediata e ilimitada”.

Caballero nomás, iré yo solo y estaré con dos chicas, cada una cogida de cada brazo. Me sentía bien, las hermanas con las que iba a salir eran conocidas en la ciudad por sus enormes pechos. Pasaban muy advertidos, y ellas “como hacía calor” las sacaban a pasear en tiritas para que se refresquen un rato. Qué chévere!.

Llegué a la hora pactada (9:00 p.m.) y se aparecieron las 2 hermanas y una amiga más. Difícilmente reconocí a la tercera y la saludé preguntándome dónde michi la había visto antes. Bueno, no importaba, la tercera presencia iba a suplir a mi testarudo amigo y ello podría facilitar que yo baile y me tome mis tragos con la mejor equipada del grupo.

– “Bueno, ¿ya nos vamos?” – pregunté con un aire seguro y seductor.
– “Estamos esperando a Liz y a Maria” – me dijeron mis superpoderosas acompañantes.
– “¡Ah! ¿hay más?” – repliqué yo sorprendido.

Pasaron 5 minutos y aparecieron 2 chicas más a quienes nunca había visto, pero estudiaban con las “powergirls”. Volví a preguntar si ya podíamos irnos y todas al unísono dijeron que sí. Estaba rodeado de cinco chicas, todas guapas y llamativas. Me disculparán, pero en esa situación y a los 16 años me sentía como el dueño de un grupo de Geishas, un padrote total, un chulo de primera, todas me seguían y hacían lo que yo les decía.

Primer problema: ¿Cómo nos vamos?. Detuvimos una mototaxi y subieron 3, le dijimos que espere un momento hasta parar otro transporte para subir 3 más. Nuevamente, uno seguía al otro. LLegamos al Paseo Triunfino y nos dijeron que la entrada al local costaba S/. 50.00. Obviamente, yo a esa edad no tenía esa cantidad de dinero en ninguno de mis bolsillos y creo que también las demás chicas. El gorila de la puerta (quien premonitoriamente se parecía al futuro presidente de Venezuela, Hugo Chávez) ofreció la entrada a las “hermanas poderosas” pero ellas, en un loable acto de solidaridad, no aceptaron su invitación.

Nos paramos en medio del paseo triunfino pensando a dónde michi íbamos a ir ahora, y de pronto vimos una estampida de pandilleros que corrían hacia nosotros. Yo, el único hombre, con 5 mujeres al costado veía a una turba de galifardos misios corriendo hacia nosotros.

Sentí que una piedra cayó cerca a nosotros, luego otra roca y otra y otra.

Llovían piedras entre dos bandos y nosotros en medio de la bronca. Puta madre! y ahora? El enfrentamiento hizo que se me ocurriera llavarlas a la estación de policía que estaba al frente, pero incluso desde el muro de protección de la comisaría ahí lanzaban piedras (WTF!?). La policía simplemente no estaba.

En ese momento, pasa uno cerca a nosotros y le dice a una de las chicas “un permisito amiga” mientras le mostraba un cuchillo de cocina brillante y al parecer bien afilado. Ellas gritaron, pero la hoja del cuchillo, felizmente, no estaba reservada para nosotros sino para uno de los tristemente célebres “Tirapiedras” (la pandilla organizada más temida en Tumbes). Las piedras seguirían cayendo. (Leer la 2da parte)

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