¿Como actuar en los accidentes ocurridos en estacionamientos privados en los Estados Unidos?

Recuerde: Actúe amablemente, no se desespere e intercambie la información necesaria para que el seguro se encargue de la reparación de daños. Imagen en: insurancehotline

Recuerde: Actúe amablemente, no admita la culpa, tome imágenes del hecho, no se desespere e intercambie la información necesaria para que el seguro se encargue de la reparación de daños. Imagen en: insurancehotline

Durante los holidays o fiestas, los estacionamientos en centros comerciales y supermercados se llenan más de lo esperado, lo que aumenta la posibilidad de accidentes entre automóviles. Si usted golpea, raspa o daña otro coche aparcado, o si usted es víctima de un accidente, no se desespere. Aquí le presentamos algunos pasos que puede tomar:

SI USTED ES EL CONDUCTOR QUE GOLPEÓ

No huya. Si una cámara de vigilancia lo registra o un cliente lo ve, usted podría ser castigado posteriormente por cometer un “choque y fuga” (hit and run).

Encontrar al dueño del coche que usted ha golpeado. Ingrese al establecimiento (tienda o mall) y hable con alguien en la oficina de servicio al cliente. Describa el auto que ha golpeado para que el empleado pueda anunciarlo a través del altavoz de la tienda.

Dejar una nota. Si no puede encontrar al conductor del auto que usted ha golpeado, anote información básica, su nombre, número de teléfono y una breve explicación del accidente y colóquelo en un lugar seguro en el coche. Anote el número de matrícula del vehículo y tome una foto de los daños si tiene una cámara con usted.

Llamar a la policía. Dependiendo de la magnitud de los daños, es posible que desee hacer patícipe a la policía. Ellos pueden apersonarse al lugar del accidente para levantar un reporte de los hechos, así como ayudarle a encontrar el dueño del otro automovil. También podría llamar al 911 para que quede constancia del hecho.

SI USTED ES LA VÍCTIMA

Primero póngase en contacto con el Agente del Seguro de su auto. Deje que él o ella sepa lo que ocurrió tan pronto como sea posible. Su agente le ayudará a determinar los próximos pasos.

Evidencia para el expediente. Tome fotografías de los daños con su teléfono o una cámara, si usted tiene una a mano.

Tome notas exhaustivamente. Si el otro conductor esta con usted, anote su nombre, dirección, número de teléfono, número de licencia, compañía de seguros del conductor y número de póliza. Recopile tanta información como sea posible.

Obtener un apoyo o testigos. Pregunte a otros en el estacionamiento si fueron testigos del accidente. También puede volver a la tienda y averiguar si ellos cuentan con imágenes de cámaras de seguridad que pueden corroborar el hecho.

SI USTED ES TESTIGO

Brinde apoyo a la víctima. Si el conductor infractor ha huído, ayude al otro conductor a documentar el daño. Ofrezca al conductor su información de contacto, en caso de que su agente de seguros o la policía tengan que ponerse en contacto con usted para una declaración posterior.

* Se asume que ambas personas (infractor y víctima) son residentes legales en el país, con auto asegurado y con licencia de conducir vigente.

** La policía no necesariamente puede acudir al lugar de los hechos al tratarse de un espacio privado así como por la cuantía del accidente. Si se trata de un lugar público (carretera estatal, highway, una calle o un estacionamiento público) la policía de todas maneras acude para escribir un reporte.

*** Si el accidente requiere de una grúa, no acepte a la primera que vaya al lugar de los hechos. Es mejor confirmar y utilizar el servicio de asistencia al conductor en el que usted está asociado (AAA, por ejemplo). 

**** Por último, pregunte a su agente de seguro si en su poliza tiene la llamada “accident forgiveness clause”, que es una claúsula que perdona el primer accidente ocurrido con su auto, y cuya ocurrencia no va a su record de conductor ni eleva la prima del seguro, pero solo por esa primera y única vez.

Un video del tema bajo las leyes de Texas (las reglas pueden cambiar dependiendo del Estado):

Las apariencias engañan..no era un rito satánico, ni Illuminati, ni del NWO..no, es solo folklore de la zona

Contexto: Estamos en la inauguración del túnel Gotthard (o Túnel de San Gotardo) en Suiza el 01 de junio de 2016 con 600 espectadores y 600 participantes en esta obra. El realizador de esta “demoníaca” presentación es Volker Hesse, un director postmoderno, medio loco y transgresor. Su inspiración: las leyendas folklóricas de las culturas alpinas que se desarrollaron en esa parte de Suiza. “Yodeli, yodeli, oh, oh”. Probablemente la propaganda rusa haya catalogado este espectáculo como un “rito” o “ceremonia luciferina”. Es algo extraña, pero no, no dejen que sus temores y creencias les hagan considerar algo que no conocen como malo o “satánico”. No dejen que su fe y religión juzguen algo sin haberlo comprendido realmente primero (o sea, vean el video completo para luego criticar). Personalmente, creo que no debemos pensar que el mundo gira alrededor nuestro y de nuestra cultura o ideas…y por ende, todo deberia ser asi en todos lados. Eso es un error, se le llama etnocentrismo y en muchos contextos es contraproducente para la integracion de diversas culturas. Antes de temer, acerquense al fenomeno y analicenlo, investiguen, preguntense por que las cosas son asi y no como uno cree que deberian ser. Se daran una gran sorpresa. Nunca juzguen lo desconocido desde los inciertos terrenos del miedo.

Also you can see: A winged baby, semi-naked dancers and a man with a bird’s nest on his head: How Switzerland decided to mark opening of world’s longest rail tunnel

Puede informarse mejor en:

The Devil’s Bridge Legends

Puente del diablo

Teufelsbrücke, el Puente del Diablo | Suiza

Daniel Giannoni: “Es para todo el mundo, y es gratis”

Jorge Paredes Laos
@jorgeparedeslao

Acaba de lanzar, con el MALI, un Archivo Digital de Arte Peruano (www.archi.pe) con más de 10.000 imágenes.

http://cde.3.elcomercio.pe/ima/0/1/3/7/8/1378738/base_image.jpg

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Llegó a la fotografía por azar, mientras estudiaba Filosofía en la PUCP. Eran mediados de los setenta, y Daniel Giannoni conoció en los patios de la universidad a un muchacho que por entonces se iniciaba en la historia del arte. Su nombre era Luis Eduardo Wuffarden. Se hicieron amigos, le contó su afición por la fotografía, y un buen día este lo invitó a fotografiar unas pinturas para una publicación. Entonces su vida cambió para siempre. Cuarenta años después, Daniel está sentado en una de las salas del Museo de Arte de Lima. “Debo tener unas doscientas mil imágenes de arte peruano”, me dice con naturalidad, como quien cuenta un hecho cotidiano. Está satisfecho. Acaba de lanzar un archivo digital de libre acceso y siente que está salvando “de la muerte” a muchas de sus imágenes

Muchos pueden pensar que fotografiar un cuadro es fácil, sin embargo es como si se tratara de reproducir un arte desde otro arte, ¿cómo lo ves tú?
Yo coincido en esa apreciación. El arte te pone una valla por sí mismo y tú sientes la obligación de estar a la altura. Es así de simple. De pronto si tienes que fotografiar una taza lo debes hacer bien pero si tienes que fotografiar una pintura de José Sabogal o de Daniel Hernández tú sabes que tienes que producir un efecto lo más cercano posible al original y hay una gran responsabilidad en ello. Una mala foto puede hacerle mucho daño a una gran pieza.

Estudiaste y fuiste profesor de Filosofía, por eso algunos te han llamado “el filósofo de la imagen”, no sé si el término sea muy feliz…
No, es totalmente infeliz. Yo respeto demasiado los dos campos. Para mí la filosofía es un reino absolutamente sublime, y el nombre de filósofo yo preferiría no ostentarlo porque lo reservo para muy pocas personalidades en la historia. Igualmente, creo que la fotografía, si es buena —y va por ese lado la crítica a esta frase—, no necesita ningún añadido. Particularmente, soy enemigo de todas esas obras que necesitan una explicación conceptual para ser entendidas. Por eso quisiera que digan que mis fotos están bien hechas y nada más.

Pero sí te consideras un fotógrafo profesional…
Totalmente. En primer lugar vivo de esto hace ya casi 30 años. Es mi única fuente de ingreso, y yo no me explico la fortuna que he tenido en mi carrera, pues jamás he invertido nada en publicidad. A todos los lugares que he llegado ha sido porque he cumplido con los estándares que se espera de un profesional.

¿Cuál ha sido el trabajo más difícil que has realizado?
Fue uno ubicado en la capilla de Nuestra Señora de la Soledad, al costado de San Francisco. Eran, en realidad, dos cuadros gemelos de unos seis metros de largo por unos ochenta centímetros de alto. Cuadros muy horizontales. Se llamaban “Las procesiones en Semana Santa” y reunían todas las condiciones para hacer difícil una reproducción: en primer lugar el tamaño, en segundo lugar el formato, en tercer lugar el sitio donde estaban, con poco espacio para moverse; además, eran muy oscuros, al estilo del siglo XVII, y tenían una capa de barniz que producía brillo. Encima estaban destemplados. A quienes digan que es fácil fotografiar obras de arte, yo los invitaría a retratar estos cuadros con una película. Demoré dos días y no quería salir del lugar sin hacer bien la foto.

¿Hay algún artista que te ha dicho que tu fotografía le gusta más que su pintura?
Sí. Varias veces me han hecho ese comentario por una situación que no depende solo de mí, no es que yo haya hecho la magia, sino porque hay un fenómeno llamado fotogenia. ¿Qué significa eso? Que alguien o algo tienen determinados rasgos que son felices para el registro en dos dimensiones. Muchas veces, escultores, pintores, me han dicho “después de ver tu foto, estoy feliz con mi obra” (risas).

¿Cuéntanos sobre el convenio con el Museo de Arte de Lima?
Es la historia de una feliz coincidencia. Me siento contento de haberme asociado con gente, a la que considero amiga, personas honestas y rectas, porque mi gran temor era dejar mi única herencia de trabajo, que es mi archivo, en manos inadecuadas. Hemos firmado un convenio por un tiempo definido pero mi intención es renovarlo sucesivamente. Es más, cuando la digitalización concluya, pienso traer aquí todo mi material, tanto discos duros, transparencias, negativos… Creo que estoy actuando en un momento crucial porque ya estoy comprobando lo que todos los especialistas me advirtieron, no hay pigmento estable. Por eso sentía la urgencia de hacer algo con mis fotos más antiguas, a las que estoy, literalmente, salvando de la muerte.

Entre esas imágenes que “salvas de la muerte” ¿cuáles recuerdas?
Por ejemplo, la de la iglesia de los jesuitas, en Pisco. Era una iglesia linda, de estilo barroco y color amarillo. Verla en ese momento, cuando la fotografié al inicio de mi carrera, me causó una sensación de fugacidad porque ya estaba comenzando a deteriorarse. Luego vino el terremoto y no quedó piedra sobre piedra. Es una bendición que yo la pueda tener registrada.

Entonces la gente tendrá acceso a estas imágenes, las podrá mirar, descargar…
El corazón de este proyecto es difundir el arte peruano a través de Internet, vale decir para todos y gratis. Así de simple y así de grandioso. Se podrán descargar en tamaños pequeños; ahora, si alguien quiere mejores resoluciones para uso comercial, tendrá que pagar como sucede en cualquier banco de imágenes. Pero cualquier alumno en una escuela rural puede ir a una cabina de Internet y tener todo el arte peruano a su alcance. En una etapa inicial hemos subido diez mil imágenes, pero sueño que en dos años esté el archivo completo.

¿Qué recomendarías a alguien que se inicie la fotografía de arte?
Lo primero es una recomendación de carácter. Cuando comencé este tipo de trabajo, yo no imagine que fuera tan importante la paciencia. El fotógrafo de arte no puede estar apurado. Tiene que entrar a su espacio de trabajo con la sensación de que el tiempo se ha detenido y que la única tarea es ser fiel a lo que tiene enfrente. Yo tengo una empresa llamada Mimesis, y considero que esa es una palabra clave. El mimetismo consiste en romper o atenuar la diferencia entre lo que te rodea y tú, y esa es la idea que se debe tener al fotografiar arte: integrarte a lo que está delante de ti.

En: eldominical/elcomercio.pe

La Tunera y la Naranjera al otro lado de la Frontera

Ir a comprar los domingos era una experiencia total. No era como la típica visita a un gigantesco Mall o un hipermercado de capitales chilenos. Mas bien íbamos a otras tierras, y literalmente cruzábamos la línea para estar del otro lado.

Bajar del bus tomando una deliciosa Simba helada sabor piña y caminar unos metros de vía fangosa con hoyos de aguas estancadas era el preámbulo de la aventura. Frente a nosotros estaba erigido un puente internacional, y debajo de este, unas aguas verdes que reposaban inmóviles por años bajo el calor ecuatorial.

Ese puente se había cerrado varias veces, la última allá por 1995, separando dos tierras, dos culturas, dos formas de ver la vida iguales y distintas a la vez. Estabamos pues, con un pie en Perú y otro en Ecuador, la frontera no natural.

El lado peruano se caracterizaba  por sus puestitos de venta de tres por dos metros cuadrados, construidos, a lo mucho, con madera o caña brava y techitos de plástico azul o calamina. En ellos, algunos lugareños expendían asas de olla, implementos para bicicletas (cadenas, timbres y manubrios), ropa medio monse (que, no lo niego, una vez compré) así como otros artículos sin importancia; inclusive se ofrecían servicios de limpia y curanderismo, ejercidos por el principal chamán y gran maestro amarrapies Charuma Lumazán. La parte peruana era, en resumen, un terreno pobremente pavimentado, simple y desértico con caminos de tierra sucios con huecos llenos de agua sucia y adornados con algarrobos, matas y arbustos secos aleatoriamente.

El cielo estaba despejado y se podía apreciar ese color celeste tropical sobre un agrietado suelo que clamaba a gritos por la llegada de las lluvias de verano. La vista me recordaba que el ser humano podía adaptarse a todo clima y toda condición.

Al lado izquierdo de la carretera Panamericana (mirando hacia el norte), mucho más allá de donde se asentaban estos precarios puestos que describí, se puede constatar la existencia de algunas arroceras, playas vírgenes y manglares paradisíacos.

“Vendedora de frutas”. Un retazo de la Lima que conoció Juan de Arona. Acuarela del Pintor mulato Pancho Fierro (1807 – 1879). Ilustración tomada del portal Amerique Latine.com (Francia). Comparen esto contra un edificio de estilo Gamarra en Huaquillas.

Por otro lado, la parte ecuatoriana, en vergonzosa comparación con el lado peruano, era la demostración concreta de que las fronteras vivas eran una política limítrofe que el gobierno en Quito se tomaba muy en serio. Las altas edificaciones que se asentaban en Huaquillas demostraban altura, concreción, fuerza, madurez y, obvio, mayor desarrollo. Inclusive llegué a sentir que me sentía del lado equivocado del mapa. Sin embargo, al probar la comida del lugar: pinchos con hot dogs anaranjados, cebiche caliente con ketchup y hartas frituras con carne de dudosa procedencia con un salado que te mataba la lengua, quería retornar corriendo a un rico restaurante de mi precario pero variado país.

Huaquillas: Tiene de todo y a gusto del cliente: gas, zapatillas, relojes, todo tipo de ropa, radios, televisores de última generación, medicinas, instrumentos musicales, botes, SUV’s, mototaxis, artículos de cocina, armas, motocicletas, golosinas, comida, etc. Todo se podía encontrar ahí y a un precio más bajo que en mi querido Perú. El amor por mi país yo lo podría traducir en una relación masoquista que, sin embargo, tenía que valorar como si fuera lo máximo y lo último de este mundo a pesar de sus falencias y atrasos: Perú, era el lugar donde yo nací.

Una linda chica de ojos verdes, muy blanca y de cabello castaño nos ofrecía tunas y “bananos”. Yo le quería hablar pero ella solo se dirigía a mi madre. Llevaba poca ropa puesta debido al intenso calor. Ella hablaba y caminada totalmente despreocupada frente a la mirada intrusiva de todos aquellos hombres que pasaban por ahí dos, tres, o cuatro veces bajo la excusa de haberse “olvidado de comprar algo por ahí”.

La tropical vendedora le decía a mi progenitora, sin pelos en la lengua, lo guapo que yo le parecía (todo por vender). Ella vestía un perturbador short blanco con los pantylines a la vista, y un diminuto y revelador polo de tiras color amarillo con los que se podía ver más allá de lo evidente. Su sinuosa figura se protegía de los rayos del sol bajo la protección de una fresca sombrilla de tonos naranjas. Su preciosa sonrisa y alineados dientes conjugaban perfectamente con aquellas cejas de color castaño que se arqueaban al soltar alguna frasecita con tono pícaro.

– “Suegra, cómpreme unas tunitas pues”– le decía ella con un dejo muy parecido al de las peruanas de la sierra de Cajamarca.
– “A cuánto está el kilo” – le preguntaba mi madre sonriendo.
– “La libra se la dejo a 2 soles (en ese tiempo soles y sucres convivían), ¿que dices suegrita?” – yo estaba sonriente por su sonrisa.
– “Dame 3 libras” – decía mi madre, sin la más mínima idea de lo que le iban a pesar pues para ella era lo mismo que kilos.
– “Gracias suegrita” dijo ella con una media sonrisa tal vez de satisfacción por una buena venta y la otra tal vez por no poder hacer realidad lo de “la suegrita”.
– “Chau, esta guapo su hijo suegrita!” – una guiñada de ojos mas su sonrisa y un arqueo de cejas, y mi mente volaba: linda, Ecuador, hijos, países, guerra, campo, vacas, calor, ropa pequeña, ropa chiquita, nada de ropa, más calor, hermanos, padres, vida, pan, comida, ceviche, ketchup, comercio, caliente, calor y más calor. Mi mente volaba de pensar en una vida con una chica así. Bah! Lo que hace el calor!.

Caminando unas cuadras más allá, encontré a la chica de las naranjas que podía reconocer a los peruanos:

– “Hola amiguito, llévese estas naranjas para Perú”.

La naranjera supo reconocerme, me sonreía muy coqueta. Yo le devolvía el gesto tímidamente (obvio, 15 años e influenciado por el estupido cine de Hollywood que inculcaba la timidez e inseguridad en los púberes. Maldito Soft Power). Me hubiera gustado dirigirme hacia ella, saludarla, presentarme, decirle mi nombre, preguntarle dónde vivía y que me gustaría salir con ella algún día más adelante.

Bueno, yo caminaba por ahí mientras mi madre preguntaba en una tienda de más allá por golosinas en combos “dos por uno” que venían en unos recipientes gigantes que contenían muchas bolitas de chocolate envueltas en papel aluminio asemejando una pelota de fútbol. Mi misión asignada era encontrar unas cajas metálicas con cremosas galletas surtidas marca “el pelado”. Yo ya me había ofrecido a conseguirlas en caso ella no pudiera, sin embargo, me quedé ahí atollado, adormecido, atontado.

La naranjera me seguía con la mirada. Sonreía. Era muy guapa: cabello lacio de color negro, rostro fino, piel cobriza, cuerpo atlético. Un tank de tiras amarillo y su transparente lycra roja dejaban poco para la imaginación de quienes pasaban por ahí, un detalle era que no llevaba puesto brassiere. Sus pezones “asaltaban” nuestras miradas (“hands up!”, right?). El otro detalle, ella llevaba una tanga con encajes marcándose lo …. en fin, se dejaba notar todo, no se si a propósito para jalar clientes o candidamente, tal vez lo primero.

Me sorprendí porque era la primera vez que veía una chica como ella, con esas facciones, vestida así, y que me sonreía de esa manera. De cuerpo se parecía mucho a una actríz de apellido Sage. De rostro era igualita a Roselyn Sánchez.

Ella, parada sobre un cerro de vitamina C, se volteaba provocadora, llevando y trayendo limones y recogiendo algunas naranjas de aquí para allá, de allá para acá. Su silueta roja bajo la sombra de un toldo rojo contrastaba entre el anaranjado y el verde de algunos cítricos a la luz de un sol implacable y cuyos reflejos la iluminaban mágicamente desde abajo. Simplemente mágico.

Contemplarla era como estar frente a un altar hindú lleno de colores: la diosa de los cítricos sosteniendo naranjas y limones en cada mano. No le hablé nunca, sólo le contesté la sonrisa. Toc, toc!..Ya eran las 4:00 p.m., hora de retornar.

Naranjas: una mezcla entre Roselyn Sanchez con actitud de Adriana Sage

Ya en el bus de retorno, cuyo techo estaría cargado con 20 o 30 balones de gas informalmente recargados, me senté al lado de la ventana. Conforme el bus avanzaba, yo miraba el desértico llano lleno de algarrobos, arbustos y pastos secos. Pensé en aquéllas chicas que tuve la suerte de conocer y admirar ese día. Pensaba y la fluidez de mi mente se diluía en un sueño al ritmo de una puesta de sol de tonos anaranjado y rojo. Naranjas, no compré ninguna ese día.

Si fuera mayor probablemente hubiera hecho muchas cosas más. Probablemente le hubiera caído a la naranjera y después hubiera sido atacado por algún novio o marido celoso y luego tirado abajo del puente de Aguas Verdes casi moribundo por ser tan atrevido. Mi idea era no hacer tonterías en esas tempranas épocas de mi vida, ya habrá tiempo me decía a mi mismo. Como dicen por allá: “tenía los huevos chiquitos” y aún no conocía las vicisitudes de lo que era tener una enamorada de verdad o “de pasada” si fuera el caso de la tunera y la narajera al otro lado de la frontera.

 

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