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LOS INCOMPLETOS (CUENTO)

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Comparto este cuento de Wilber Frisancho del Carpio.

Suicidarse, piensa, no es un acto valiente ni cobarde, sino natural y silencioso.

Es un adolescente alto y delgado, que odia a la soledad pero teme la compañía. Clava su mirada en el techo de su habitación, apoyando su espalda en la pared. A pesar del oceánico silencio que requiere su plan, el volumen de la radio es muy alto, y el croquis que estaba diseñando se ha convertido rápidamente en una maraña de garabatos desperdigados en un cuaderno anillado y grueso.

Sus padres interpretan una utopía íntima. Su madre se coloca todos los días una almohada debajo de la bata celeste antes de iniciar su día. Se levanta con una pesadez simulada, se dirige a la cocina y busca en el refrigerador cualquier comida que alcance la categoría de “antojo”. Por otro lado, su padre está alargando su jornada ordinaria de trabajo para complacer, más de lo debido, a sus jefes más inmediatos (desde la ventana de su oficina, observa a la masa desempleada, varios de ellos tienen su edad). De regreso a casa, lleva pañuelos, sonajas o cualquier juego infantil para un hijo imaginado que, sin duda alguna, sustenta la existencia de su compañera y justifica su matrimonio.

Todavía no ilumina su habitación y baja, lentamente, el volumen del aparato. Sin embargo siente la necesidad de sacudir el aletargado ambiente con una fuerte actividad: camina en círculos, de forma rápida y torpe, por la habitación chocando sus rodillas contra los cajones del escritorio y los pies de la cama. También busca pañuelos para secar el sudor que desciende por su frente, a sabiendas que no los usa.

Hoy es domingo, su padre podrá realizar sus ejercicios matutinos, sin apuro; revisará oficios o memorandos inconclusos de 10 a 12; regresará a casa y dará un pequeño paseo con su madre.

Sus piernas flaquean y siente demasiado cansancio. Ya echado sobre su cama, soporta el ardor en sus ojos. Trata de descansar pero los gritos de sus padres lo despiertan, avisándole que darán un paseo corto por las afueras de la ciudad. Él sólo da respuestas cortas que calman la inquietud de sus padres. Segundos después, cree sentir el encendido del motor. Decide abrir las persianas y despedirlos, pero se detiene.

Se equivocó. Sus padres todavía no han salido del edificio porque se encuentran totalmente absortos contemplando cómo la vecina del piso inferior reclama al vigilante más cuidado con las cosas; éste simplemente asiente con la cabeza, de forma pasiva, pero ella persiste. Ellos se acercan y tratan de calmarla, pero esta iracunda mujer los mira con reproche y se retira. Ansiosos por una explicación abordan al vigilante con miradas hoscas. Este levanta la cabeza y dice: “La señora peleaba demasiado con su esposo e hijos quienes decidieron tomar todas sus cosas e irse” .Un poco anonadados por la repuesta, retoman su camino y se disponen a abordar el auto, el vigilante los alcanza y con la mano derecha les señala su apartamento; intenta decir algo pero solo emite balbuceos. Se desesperan y deciden volver. Primero imaginan un robo, luego descartan la idea. Suben las escaleras, él más rápido que ella y observa a su hijo con las manos apoyadas en la baranda con varios hilos de sangre que salen de sus antebrazos.

Ocurrió lo más esperado y menos deseado a la vez: un suicidio pomposo y torpe, concluye. Sigue leyendo