En el tercer piso de un hostal del Jirón Cajamarca la había esperado por horas, como en un sueño de circular, junto a su canción favorita. La esperaba como cada vez que aquello sucedía. Parecía una locura, me volvía loco. Todo había crujido de a pocos y más de lo acostumbrado. Hasta había encendido los focos azules de la ventana y alzado el volumen del estéreo como una señal demasiado sutil y por el presentimiento de que no llegara a cesar. Había traído algo de comer porque la estadía no lo incluía, y porque usualmente nos daba hambre luego de examinar a los niños.
La esperaba y sabía que desde afuera, la luz azul alumbraba el balcón en un claro de luna. La señal. Cuando todo comenzó empezamos a reunirnos tan solo con el pretexto de estar juntos. Comenzamos con los niños y al final terminaron siendo ellos los únicos. Les revisábamos primero las manos, por si el temblor hubiera cuarteado sus deditos. Continuábamos por los ojos, que usualmente se encontraban dilatados; seguía la cabeza, ya que solían golpeársela sin darse cuenta. De vez en cuando encontrábamos una contusión, un hueso roto, pero la enfermedad del miedo acometía a todos. A veces les permitíamos luego quedarse a los más delicados, además porque lograban dormir tranquilos ante la voz dulce que siempre les contaba un cuento. Entonces ella se veía como una madre y pensaba que se veía hermosa.
Estaba sobre el puente cuando al principio sucedió. La gente corría desesperada, como adivinando la magnitud de su fuerza, con ese miedo que no se evidencia hasta cuando nos hace pensar en la muerte. Nadie se imaginaba. “Parece que tuviera vida”, y ya todos habían comenzado a creerlo. Empezaba desde al fondo, se anunciaba casi callado, los perros ladraban, entonces sorprendía a los incautos y hacía llorar a las ancianas, y pasaba por la calles, por los puentes, por las iglesias, por todas partes, e iluminaba el cielo de un blanco azul celeste.
Anochecía ya. Después del tercer evento de hoy comencé a asustarme y a pensar en ellos. Los niños se suelen asustar tan rápido. Yo sé que ella también pensaba. Nos habíamos acostumbrado a cuidarlos, no teníamos otra cosa que hacer. Pero más de uno al día era algo que no había sucedido antes. Que hastío. El recuerdo del último duraba tanto como dura un susto de x minutos, o más. El recuerdo de los anteriores nos recordaba a vivir condenados, presas de un temor descarado. El presentimiento de los que venían nos mantenían alertas, pero orinándonos de miedo. Uno a uno, todos se percibían. Los más pequeños desordenaban los cuadros y movían las tazas. Los más grandes eran capaces de arruinarnos la vida. Los niños eran los que más sufrían, aunque en sus rostros solo se veía el miedo reflejo de sus cuidadores, confundidos con la alegría de verlo luego todo en desorden.
Su pieza musical se había repetido ya varias veces, le puse el
repeat. Me encuentro cansado. Un presentimiento me angustiaba. La esperaba pero era como saber que no vendría. Hoy, que aquello se ha ensañado, un temor se dispara.
Sin darme cuenta, ha empezado de nuevo. Se siente a lo lejos, tras de sí lleva una marcha de notas irreconocibles. Luego asalta. Todo es tan borroso, tan no silencioso, los gritos desde afuera me entorpecen, el rumor que lo acompaña es el de una bestia encerrada, la ventana explota en una lluvia de cristales. Ataca las paredes, el techo, las arañas se mueven, todo parece desmoronarse. El
repeat de estéreo de pronto cesa, casi comienza a desvanecerse en mis oídos, las luces azules, esas tan lindas que adorna el balcón, se han apagado. En la terrible oscuridad intento escapar. Sus rugidos me persiguen por doquier, su presencia, los niños que no están –qué bien-, ella felizmente ausente, sobre mis pies una nada de polvo y dolor, un sabor salado que es mi sangre, un amor exhausto, negro, como una grieta, una herida sobre el suelo, y el hambre…
fvjp