El poder de los consumidores: la guerra del tomate en argentina

La protesta del tomate

La semana pasada se registró un hecho histórico para la causa de los consumidores. Los habitantes de Buenos Aires respondieron masivamente a un llamado para abstenerse de comprar tomates ante la sorpresiva alza que había registrado dicho producto. Al cabo de cinco días, el boicot dio resultado.

El precio del tomate cayó en los mercados. Un ejemplo digno de ser imitado.

Por Jorge Loayza. La República

Imagine que un día acordemos no comprar ni comer pollo –ni el irresistible pollo a la brasa– porque su precio se ha elevado demasiado. Que todos decidamos no transitar por la “vía expresa” de kilómetro y medio de Alex Kouri y así no pagar “el peaje más caro del mundo”. Y que, además, no llamemos de los teléfonos públicos de Telefónica a celulares porque la tarifa –un sol por menos de un minuto– es muy cara. ¿Lograremos algo?

En Argentina este tipo de protesta sí ha conseguido resultados. Pero la lucha se tuvo que librar a tomatazos. El caso fue que el precio del tomate no paraba de subir, al punto que los bonaerenses ya estaba rojos de cólera. Cuando el kilo de tomate llegó hasta los 18 pesos –¡alrededor de seis dólares!– la protesta cayó de madura.

Las asociaciones de consumidores argentinas, que en ese país tienen gran poder de convocatoria, empezaron a movilizarse lideradas por el Centro de Educación al Consumidor. La medida acordada era radical. No contemplaba quema de llantas, toma de carreteras ni marchas con palos y bombas molotov. Nada de violencia. Nada más contundente que abstenerse de comprar tomates entre el 8 y el 12 de octubre.

En la lucha no solo participaron los sufridos consumidores. Los propietarios de 570 supermercados de origen chino registrados en Buenos Aires –agrupados en la Cámara de Autoservicios y Supermercados propiedad de Residentes Chinos (Casrech)– decidieron apoyar el boicot. Ellos tampoco comprarían tomates a los comercializadores mayoristas.

Durante la semana del 8 al 12 de octubre la protesta no fue silenciosa. Los miembros de las organizaciones de usuarios realizaron una serie de acciones para concientizar a la ciudadanía en lugares estratégicos como verdulerías, restaurantes y puntos de delivery. El objetivo de la lucha era claro: no se debía comprar tomates para evitar la especulación y la intermediación desmedida. Además, se solicitaba al gobierno un estudio de la cadena de valor del producto para saber cuál debería ser su precio real y no el que se le antoje al comercializador mayorista. Susana Andrada, del Centro de Educación al Consumidor (CEC), tenía muy clara su premisa: “El boicot es el método más efectivo para hacer bajar los precios”.

¡Consumidores, uníos!

Además del boicot, en Buenos Aires se desarrollaron jornadas de concientización sobre el impacto que causa en los productores dejar de comprarles un artículo que registra un alza exagerada de precio.

Al final de la semana, la protesta de los consumidores bonaerenses había tenido éxito: las ventas se redujeron en 40% y el precio del tomate cayó a 3 pesos. El propio presidente Néstor Kirchner reconoció el mérito de las asociaciones de consumidores. “El boicot tuvo más eficacia y rapidez que el seguimiento de precios. Hay que felicitar a las asociaciones porque fueron exitosas”, dijo el primer mandatario argentino.

Una vez que se logró la rebaja del precio del tomate, una serie de informes periodísticos descubrieron que si bien las heladas de invierno afectaron el precio, el incremento nunca debió llegar a tanto. Uno de los productores reveló que cuando el kilo de tomate llegó a venderse a 15 pesos, ellos solo recibían 5 pesos. Es decir, quienes inflaban los precios –y se llevaban el dinero en camión– eran los intermediarios.

Y los intermediarios deben andar preocupados porque los consumidores han advertido que si los precios de la papa y la calabaza –que en comparación a los precios de fines de verano se han incrementado en 400% y 1,000%, respectivamente– no bajan en los próximos días, pasarán por el camino del tomate.

El ejemplo del tomatazo no es el primero. En el 2005, el propio presidente Néstor Kirchner llamó a un boicot contra la empresa petrolera anglo-holandesa Shell debido al aumento de sus precios de gasolina en 4.2%. A los pocos días, las ventas de esa empresa disminuyeron en 70%.

Para la brasileña Marilena Lazzarini, presidenta del organismo Consumers Internacional, el cual reúne a diversas asociaciones de consumidores de todo el planeta, la mejor respuesta contra los aumentos indebidos de precios es el boicot. Lazzarini sostiene que los consumidores podemos cambiar las reglas del mercado. El problema es que “en América Latina, por una cuestión de cultura, somos muy pasivos”, advierte la brasileña.

Jaime Delgado, conocido y casi solitario defensor de los derechos de los usuarios y consumidores de nuestro país, sostiene que si bien un solo consumidor no tiene la fuerza debida para reclamar, el panorama cambia cuando la protesta es masiva.

El tema central consiste en darnos cuenta de que tenemos el poder de mover a nuestro favor la ley de la oferta y la demanda. “Si el precio del pollo sube en extremo debemos restringir su compra, ¿por qué tenemos que pagar el capricho de los comercializadores?, nosotros regularemos el mercado”, dice el presidente de Asociación Peruana de Consumidores y Usuarios (ASPEC).

En el Perú no hay muchos ejemplos sobre boicot de consumidores. Se recuerdan algunos paros telefónicos –cuyo éxito no se pudo medir–. Sin embargo, una batalla ejemplar fue la campaña que se hizo contra la utilización de bromato de potasio en la elaboración del pan por los peligros que acarreaba para la salud. La demanda de pan bajó tanto que los industriales se vieron obligados a retirar el bromato de potasio antes de que el gobierno se lo exigiera.

“Los consumidores tenemos el gran poder de decir qué y a quién comprar. Por ejemplo no deberíamos comprar productos de soya mientras no se acredite que esa soya no es transgénica”, propone Delgado.

Otro ejemplo de cómo presionar a la gran industria de los alimentos frente al incremento de precios lo encontramos en Italia. En agosto las asociaciones de consumidores de ese país pidieron a los italianos que se abstengan de comprar pasta porque su precio había aumentado. La pasta es un producto de consumo tradicional en Italia: Se estima que cada italiano consume un promedio anual de 28 kilos de pasta. Sin embargo, el 65% de los italianos apoyó la medida y una mayor alza se contuvo.

Y si buscamos un ejemplo más cercano, vayamos a Brasil. En el 2005 los usuarios de varias ciudades acordaron dejar descolgados los teléfonos durante una hora diaria, frente al anuncio de las empresas telefónicas de un incremento en las tarifas. Al día siguiente las compañías dieron marcha atrás.

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