11/02/12: Desafío adolescente

Tengo cierta experiencia e interés en el trabajo con personas que viven con VIH. Sin embargo la experiencia de los últimos dos años me ha llevado a acercarme en mayor medida a los adolescentes que viven con esta problemática.
Todos los adolescentes que he conocido han adquirido la enfermedad vía vertical, es decir, durante el parto o a través de la lactancia materna. Es curioso, a pesar de haber leído varios libros y artículos sobre el VIH y su impacto en el ser humano, no había caído en cuenta de que no se les había prestado debida atención e importancia.
El VIH se conoce en el mundo a mediados de la década de los ochentas y nuestro país no era ajeno a esa realidad. La expansión del virus fue inmediata y hacia la década de los noventas, ya habían madres que sin saberlo, daban a luz a niños que en el momento del parto o durante la lactancia eran contagiados con el virus. Hoy, al año 2012, esos niños han crecido y con el avance de la medicación y los conocimientos alrededor del VIH han alcanzado la etapa adolescente y con mucho éxito en términos físicos.
Debemos tomar en cuenta que, existen diferencias entre el haber contraído la enfermedad vía vertical y el haberla contraído por vía sexual. Los adolescentes de hoy que nacieron con el virus, conviven desde siempre con él. Generalmente durante la niñez preguntaron por qué tomaban tantos medicamentos y o enfermaban a menudo. O por qué papá y/o mamá murieron, aún sin la capacidad cognitiva de comprender lo que implicaba el VIH. Mas aún, la adolescencia es una etapa donde podría casi asegura que el cuerpo cobra un valor fundamental. Un granito, ser bajo, o muy alto o un mal corte de pelo pueden ser fulminantes para nuestra autoestima. Me pregunto entonces, ¿cómo será la vivencia de una adolescente que vive con VIH?.
Es decir, nos encontramos con una nueva población, con características que deben ser tomadas en cuenta para una intervención adecuada. Hoy esto se convierte en un reto para todos aquellos que queremos contribuir en mejorar la calidad de vida de las personas, puesto que nos enfrentamos con una población nueva, para la cual, al menos en términos de intervenciones que mejoren el bi)
13/10/11: Y tú, ¿de qué te ríes?

Aquí un texto de PAYASOS SIN FRONTERAS sobre la risa y sus beneficios. ¡A reír entonces!
(...)
La risa es un elemento comúnmente considerado superficial, y no demasiado bien visto socialmente en determinadas circunstancias o lugares, en los que puede llegar a ser considerada como una ofensa. Una sonrisa desconcierta y puede ser interpretada como signo de burla, y de una carcajada a destiempo no digamos nada. Precisamente por ser una onomatopeya descargada de un significado concreto, muestra directa de un estado de ánimo y no una palabra que contiene un significado más o menos concreto, precisamente por esa ambigüedad y esa imprecisión, una risa o una sonrisa que no sabemos de dónde viene o por qué se produce, nos provoca zozobra, inquietud y una cierta aversión hacia aquel que la disfruta. "Y tú, ¿de qué te ríes?", es una pregunta que nos habrán hecho a todos más de una vez y que nosotros habremos también dirigido alguna que otra vez.
La risa puede, en efecto tener efectos desestabilizadores y puede llegar a provocar, si no tenemos cuidado, más de un conflicto.
Hace de quien la practica una persona poco "seria" y quizá de poco "tener en cuenta". Expresiones como "seamos serios", "no es cosa de risa", "hay que tomarse las cosas en serio", invitan constantemente a pensar que lo serio es lo correcto, mientras que aquello que mueve a risa es frívolo y puede que también incorrecto.
La seriedad pretende colocarnos en un pedestal de inaccesibilidad: los jefes suelen ser serios, aquellos que ejercen el poder se revisten con el sayo de la seriedad para no resultar permeables a la humanidad de sus subordinados, para no "descender" a la arena de lo humano. Y no se dan cuenta de que con eso todavía resultan más ridículos.
Tomarse las cosas a risa es algo que es visto como de personas en las que no se puede confiar. Los niños suelen reír mucho y no les confiamos tareas "serias", hasta que no han empezado a crecer y ya los hemos mutilado lo suficiente de su capacidad para ser frescos y espontáneos, como para poder confiarles esas "responsabilidades" de adultos. Es entonces cuando creemos que podemos confiar en ellos, cuando la domesticación social los ha llevado a parecerse al resto de la sociedad adulta.
La risa y el humor son elementos que propician la comunicación y la autocrítica, ambas tan necesarias en un mundo en que todos parecemos empeñados en llevar razón. Siendo ese afán por tener "la razón" el que nos suele llevar a enfrentarnos por poseerla; lo peor de todo es que solemos llamar razón a un montón de intereses económicos más que a nada que tenga que ver con la ideología.
Pensamos que quien quizá no sea de fiar es quien desconfía de la sonrisa para acercarse a los otros, porque quizá esté dudando de la solidez de sus convicciones, si es que las tiene o si es que van más allá de la rentabilidad financiera. La risa y el humor desbloquean y acercan, una sonrisa es el camino más corto entre dos personas y, a la vez, puede llegar a ser un buen camino para conocernos a nosotros mismos.
Es conveniente aprender a mirar el mundo con otros ojos, el humor no está reñido con el respeto ni tampoco con la eficacia. Aprender a reírse es empezar a relativizar y por lo tanto a ser más flexibles. La risa es probablemente lo más humano que poseemos junto con el llanto y ambos están separados por una fina película, por un alambre sobre el que caminamos. Ambos nos hacen humanos y de nosotros depende apostar por una o por otro, por un mundo en el que prevalezca la risa o en el que domine el llanto.
Podemos elegir el color con el que pintamos cada día. Hacer humor es ejercer la libertad de colocarse voluntariamente en un determinado punto de vista con respecto al mundo. No es baladí esa toma de posición que nos aporta una perspectiva diferente y que va a darnos la posibilidad de abordar los problemas desde otro ángulo. No estamos diciendo que ese abordaje de los problemas sea el único, ni el "verdadero", el único que puede salvarnos, no conviene ser tan mesiánico, pero sí defendemos que constituye un enriquecimiento de las posibilidades de acercarse a los problemas para ofrecer soluciones. La risa, el humor no son la gran panacea, sin duda, pero si constituyen cualidades humanas, sin cuyo aporte resultamos más vulnerables y menos eficaces de cara a enfrentarnos a nuestros problemas.
El humor es una cualidad exclusivamente humana, nos diferencia del resto del reino animal, y ha sido considerada tradicionalmente como algo residual, bueno para el entretenimiento, pero precisamente por su gran carga y su gran potencial, se ha tenido miedo históricamente de tratar con humor eso que llamamos "grandes temas" . Tememos que se nos vayan de las manos esos "grandes problemas", si los tratamos con humor. Es como si temiéramos limpiar los platos con jabón, por miedo a que de ese modo se nos escurran de las manos y se nos rompan.
La risa es, por otro lado, quizá uno de los pocos espacios no susceptibles de ser invadidos que le restan al ser humano. No puede ser comprada, vendida, ni obligada a existir. Los poderes económicos, militares o de cualquier otro tipo carecen de la capacidad para hacer de la risa un espacio anexionado. Constituye un espacio interior y personal de cada ser humano, y lo mismo que el pensamiento, forma parte de lo que nadie puede controlar de nosotros mismos. Es un gran espacio de libertad, que podemos hacer cada día mayor.
¿Qué es lo que llevamos con nosotros los payasos?. ¿Qué viaja con nosotros en nuestra maleta?. ¿Qué aportamos en los lugares de crisis?. ¿Para qué servimos, si es que servimos de algo, fuera del contexto de un circo o un teatro?.
Un payaso parece tener únicamente un lugar dentro de la carpa de un circo o el recinto cerrado de un teatro. Pero en estado libre, sin más límites que los dibujados por la propia realidad, inmerso en la vida cotidiana, el payaso es un elemento que abre un espacio infinito de preguntas: representa en sí mismo el inadaptado, al errante, al desposeído, el diferente, el desplazado, aquel que por parecer diferente se sitúa al margen, aquel de quien los demás hacen mofa...
Pero también representa aquello en quien los otros descubren que pueden reírse de sí mismos y de lo absurdo de su propia existencia, porque en él se recogen elementos en los que todos nos reconocemos, puntos de humanidad y de vulnerabilidad, de ingenuidad que todos guardamos. Constituye un elemento poético y filosófico, que escapa de lo cotidiano y que inconscientemente nos muestra una claraboya que ilumina nuestra rutina, plagada las más de las veces de elementos que la hacen insufrible y de la que necesitaríamos escapar. Esto resulta mucho más evidente en lugares donde los conflictos bélicos o sociales son muy fuertes. Allí resulta más necesario que ningún otro el aporte de aire fresco, de colores vivos, la sugerencia de que aunque el ser humano es capaz de los mayores horrores, también lo es de la mejor poesía y del mayor encanto; el ser humano es capaz de torturar y de matar, de violar y de asesinar, pero también es capaz de enamorar, de cantar, de sonreír, de emocionar. Eso, comprensiblemente, se olvida fácilmente en medio del horror. Nosotros no queremos que eso se olvide, porque quizá sea lo único capaz de salvarnos del desastre. Queremos refrescar la memoria, no sólo a las víctimas, sino también a los verdugos. Vamos en busca del que sufre, pero también nos dirigimos al que ha provocado el sufrimiento, queremos poner un espejo delante de unos y de otros, de las víctimas para que recuperen la esperanza y de los verdugos para que, si queda un resto de vergüenza en su ser, se cuestionen lo que les lleva a actuar como lo hacen. El payaso lleva en su cara, en su traje, en su nariz, en sus bolsillos el mensaje de que es posible elegir cómo ser, de que nadie ni nada, salvo nosotros, debería elegir ni cómo vestimos, ni si nos pintamos o no la cara o el pelo, ni si las ideas que tenemos han de ser de bote o naturales. Es un canto a la libertad del ser humano, frente a cualquier tipo de imposición.
Una nariz roja en medio de un universo de pólvora y agresividad es una apuesta por el ser humano.
Cuando un payaso viaja al escenario de la guerra, la dimensión absurda de ésta se subraya todavía más. Un hombre de uniforme, frente a otro hombre de uniforme son la viva imagen de una batalla que puede estar a punto de empezar. Un hombre de uniforme frente a un hombre vestido de colores, con zapatones y una nariz roja, representa un choque conceptual que cuestiona el enfrentamiento y que nos hace preguntarnos si de veras merece la pena tanto horror, cuando también se es capaz de producir tanta alegría.
En medio de los fusiles y de los tanques un payaso parece no pintar nada, pero es entonces cuando quizá también podamos preguntarnos quién es quien pinta menos en la vida de los hombres, ¿qué nos hace menos falta: una nariz roja o un fusil?
En un paisaje en el que la presencia abrumadora de la hostilidad y de la fuerza a través de la violencia es el pan de cada día, una nariz roja disloca el horror y prueba la existencia de la esperanza, refugiada en el corazón.
La guerra de Kosovo acababa de terminar i muchas personas viajamos hasta allí con la intención de ayudar. Médicos, psicólogos, gentes que ayudan en la reconstrucción de edificios, en la limpieza de pozos de agua, todos parecen tener una misión clara i muy útil. En la frontera me preguntaron por mi profesión. Dije "payaso" y me miraron de arriba a abajo, me preguntaron qué venía a hacer y contesté que pretendía hacer reír, no entendieron nada pero sellaron mi pasaporte. Tendrían que haber visto la cara de los niños que reían al día siguiente, lo hubieran entendido todo.
¡¡¡¡LA EXPLOSIÓN DE LA RISA ES EL MÁS SANO Y RECOMENDABLE ATENTADO DEL MUNDO!!!
Muchas veces me he preguntado en qué medida mi trabajo era productivo. Los mineros extraen el mineral, los albañiles construyen edificios, los médicos trabajan por la salud de las personas, incluso los funcionarios mueven papeles encima de su mesa para que otros movimientos se produzcan en otro lugar; pero nosotros, los payasos, ¿qué hacemos?, ¿qué producimos?,
¿Para qué servimos?.
Ahora pienso que somos generadores de una energía capaz de hacer que el mundo no se hunda por su propio peso. El mundo, nuestro comportamiento habitual en él, es demasiado pesado, hundiría el barco. El sentido del humor es un flotador que permite que no nos vayamos al fondo. Cuando el humor no existe, nuestro peso es demasiado alto y cualquier tormenta podría llevarnos al fondo. Por eso quizá los payasos, que no producimos nada material, sí posibilitamos que el sufrimiento se debilite y se diluya y con eso sirvamos para hacer que todo funcione mejor. Suena presuntuoso pero me parece que es verdad y, como soy un payaso, lo digo.
Editorial Payasos Sin Fronteras
(...)
La risa es un elemento comúnmente considerado superficial, y no demasiado bien visto socialmente en determinadas circunstancias o lugares, en los que puede llegar a ser considerada como una ofensa. Una sonrisa desconcierta y puede ser interpretada como signo de burla, y de una carcajada a destiempo no digamos nada. Precisamente por ser una onomatopeya descargada de un significado concreto, muestra directa de un estado de ánimo y no una palabra que contiene un significado más o menos concreto, precisamente por esa ambigüedad y esa imprecisión, una risa o una sonrisa que no sabemos de dónde viene o por qué se produce, nos provoca zozobra, inquietud y una cierta aversión hacia aquel que la disfruta. "Y tú, ¿de qué te ríes?", es una pregunta que nos habrán hecho a todos más de una vez y que nosotros habremos también dirigido alguna que otra vez.
La risa puede, en efecto tener efectos desestabilizadores y puede llegar a provocar, si no tenemos cuidado, más de un conflicto.
Hace de quien la practica una persona poco "seria" y quizá de poco "tener en cuenta". Expresiones como "seamos serios", "no es cosa de risa", "hay que tomarse las cosas en serio", invitan constantemente a pensar que lo serio es lo correcto, mientras que aquello que mueve a risa es frívolo y puede que también incorrecto.
La seriedad pretende colocarnos en un pedestal de inaccesibilidad: los jefes suelen ser serios, aquellos que ejercen el poder se revisten con el sayo de la seriedad para no resultar permeables a la humanidad de sus subordinados, para no "descender" a la arena de lo humano. Y no se dan cuenta de que con eso todavía resultan más ridículos.
Tomarse las cosas a risa es algo que es visto como de personas en las que no se puede confiar. Los niños suelen reír mucho y no les confiamos tareas "serias", hasta que no han empezado a crecer y ya los hemos mutilado lo suficiente de su capacidad para ser frescos y espontáneos, como para poder confiarles esas "responsabilidades" de adultos. Es entonces cuando creemos que podemos confiar en ellos, cuando la domesticación social los ha llevado a parecerse al resto de la sociedad adulta.
La risa y el humor son elementos que propician la comunicación y la autocrítica, ambas tan necesarias en un mundo en que todos parecemos empeñados en llevar razón. Siendo ese afán por tener "la razón" el que nos suele llevar a enfrentarnos por poseerla; lo peor de todo es que solemos llamar razón a un montón de intereses económicos más que a nada que tenga que ver con la ideología.
Pensamos que quien quizá no sea de fiar es quien desconfía de la sonrisa para acercarse a los otros, porque quizá esté dudando de la solidez de sus convicciones, si es que las tiene o si es que van más allá de la rentabilidad financiera. La risa y el humor desbloquean y acercan, una sonrisa es el camino más corto entre dos personas y, a la vez, puede llegar a ser un buen camino para conocernos a nosotros mismos.
Es conveniente aprender a mirar el mundo con otros ojos, el humor no está reñido con el respeto ni tampoco con la eficacia. Aprender a reírse es empezar a relativizar y por lo tanto a ser más flexibles. La risa es probablemente lo más humano que poseemos junto con el llanto y ambos están separados por una fina película, por un alambre sobre el que caminamos. Ambos nos hacen humanos y de nosotros depende apostar por una o por otro, por un mundo en el que prevalezca la risa o en el que domine el llanto.
Podemos elegir el color con el que pintamos cada día. Hacer humor es ejercer la libertad de colocarse voluntariamente en un determinado punto de vista con respecto al mundo. No es baladí esa toma de posición que nos aporta una perspectiva diferente y que va a darnos la posibilidad de abordar los problemas desde otro ángulo. No estamos diciendo que ese abordaje de los problemas sea el único, ni el "verdadero", el único que puede salvarnos, no conviene ser tan mesiánico, pero sí defendemos que constituye un enriquecimiento de las posibilidades de acercarse a los problemas para ofrecer soluciones. La risa, el humor no son la gran panacea, sin duda, pero si constituyen cualidades humanas, sin cuyo aporte resultamos más vulnerables y menos eficaces de cara a enfrentarnos a nuestros problemas.
El humor es una cualidad exclusivamente humana, nos diferencia del resto del reino animal, y ha sido considerada tradicionalmente como algo residual, bueno para el entretenimiento, pero precisamente por su gran carga y su gran potencial, se ha tenido miedo históricamente de tratar con humor eso que llamamos "grandes temas" . Tememos que se nos vayan de las manos esos "grandes problemas", si los tratamos con humor. Es como si temiéramos limpiar los platos con jabón, por miedo a que de ese modo se nos escurran de las manos y se nos rompan.
La risa es, por otro lado, quizá uno de los pocos espacios no susceptibles de ser invadidos que le restan al ser humano. No puede ser comprada, vendida, ni obligada a existir. Los poderes económicos, militares o de cualquier otro tipo carecen de la capacidad para hacer de la risa un espacio anexionado. Constituye un espacio interior y personal de cada ser humano, y lo mismo que el pensamiento, forma parte de lo que nadie puede controlar de nosotros mismos. Es un gran espacio de libertad, que podemos hacer cada día mayor.
¿Qué es lo que llevamos con nosotros los payasos?. ¿Qué viaja con nosotros en nuestra maleta?. ¿Qué aportamos en los lugares de crisis?. ¿Para qué servimos, si es que servimos de algo, fuera del contexto de un circo o un teatro?.
Un payaso parece tener únicamente un lugar dentro de la carpa de un circo o el recinto cerrado de un teatro. Pero en estado libre, sin más límites que los dibujados por la propia realidad, inmerso en la vida cotidiana, el payaso es un elemento que abre un espacio infinito de preguntas: representa en sí mismo el inadaptado, al errante, al desposeído, el diferente, el desplazado, aquel que por parecer diferente se sitúa al margen, aquel de quien los demás hacen mofa...
Pero también representa aquello en quien los otros descubren que pueden reírse de sí mismos y de lo absurdo de su propia existencia, porque en él se recogen elementos en los que todos nos reconocemos, puntos de humanidad y de vulnerabilidad, de ingenuidad que todos guardamos. Constituye un elemento poético y filosófico, que escapa de lo cotidiano y que inconscientemente nos muestra una claraboya que ilumina nuestra rutina, plagada las más de las veces de elementos que la hacen insufrible y de la que necesitaríamos escapar. Esto resulta mucho más evidente en lugares donde los conflictos bélicos o sociales son muy fuertes. Allí resulta más necesario que ningún otro el aporte de aire fresco, de colores vivos, la sugerencia de que aunque el ser humano es capaz de los mayores horrores, también lo es de la mejor poesía y del mayor encanto; el ser humano es capaz de torturar y de matar, de violar y de asesinar, pero también es capaz de enamorar, de cantar, de sonreír, de emocionar. Eso, comprensiblemente, se olvida fácilmente en medio del horror. Nosotros no queremos que eso se olvide, porque quizá sea lo único capaz de salvarnos del desastre. Queremos refrescar la memoria, no sólo a las víctimas, sino también a los verdugos. Vamos en busca del que sufre, pero también nos dirigimos al que ha provocado el sufrimiento, queremos poner un espejo delante de unos y de otros, de las víctimas para que recuperen la esperanza y de los verdugos para que, si queda un resto de vergüenza en su ser, se cuestionen lo que les lleva a actuar como lo hacen. El payaso lleva en su cara, en su traje, en su nariz, en sus bolsillos el mensaje de que es posible elegir cómo ser, de que nadie ni nada, salvo nosotros, debería elegir ni cómo vestimos, ni si nos pintamos o no la cara o el pelo, ni si las ideas que tenemos han de ser de bote o naturales. Es un canto a la libertad del ser humano, frente a cualquier tipo de imposición.
Una nariz roja en medio de un universo de pólvora y agresividad es una apuesta por el ser humano.
Cuando un payaso viaja al escenario de la guerra, la dimensión absurda de ésta se subraya todavía más. Un hombre de uniforme, frente a otro hombre de uniforme son la viva imagen de una batalla que puede estar a punto de empezar. Un hombre de uniforme frente a un hombre vestido de colores, con zapatones y una nariz roja, representa un choque conceptual que cuestiona el enfrentamiento y que nos hace preguntarnos si de veras merece la pena tanto horror, cuando también se es capaz de producir tanta alegría.
En medio de los fusiles y de los tanques un payaso parece no pintar nada, pero es entonces cuando quizá también podamos preguntarnos quién es quien pinta menos en la vida de los hombres, ¿qué nos hace menos falta: una nariz roja o un fusil?
En un paisaje en el que la presencia abrumadora de la hostilidad y de la fuerza a través de la violencia es el pan de cada día, una nariz roja disloca el horror y prueba la existencia de la esperanza, refugiada en el corazón.
La guerra de Kosovo acababa de terminar i muchas personas viajamos hasta allí con la intención de ayudar. Médicos, psicólogos, gentes que ayudan en la reconstrucción de edificios, en la limpieza de pozos de agua, todos parecen tener una misión clara i muy útil. En la frontera me preguntaron por mi profesión. Dije "payaso" y me miraron de arriba a abajo, me preguntaron qué venía a hacer y contesté que pretendía hacer reír, no entendieron nada pero sellaron mi pasaporte. Tendrían que haber visto la cara de los niños que reían al día siguiente, lo hubieran entendido todo.
¡¡¡¡LA EXPLOSIÓN DE LA RISA ES EL MÁS SANO Y RECOMENDABLE ATENTADO DEL MUNDO!!!
Muchas veces me he preguntado en qué medida mi trabajo era productivo. Los mineros extraen el mineral, los albañiles construyen edificios, los médicos trabajan por la salud de las personas, incluso los funcionarios mueven papeles encima de su mesa para que otros movimientos se produzcan en otro lugar; pero nosotros, los payasos, ¿qué hacemos?, ¿qué producimos?,
¿Para qué servimos?.
Ahora pienso que somos generadores de una energía capaz de hacer que el mundo no se hunda por su propio peso. El mundo, nuestro comportamiento habitual en él, es demasiado pesado, hundiría el barco. El sentido del humor es un flotador que permite que no nos vayamos al fondo. Cuando el humor no existe, nuestro peso es demasiado alto y cualquier tormenta podría llevarnos al fondo. Por eso quizá los payasos, que no producimos nada material, sí posibilitamos que el sufrimiento se debilite y se diluya y con eso sirvamos para hacer que todo funcione mejor. Suena presuntuoso pero me parece que es verdad y, como soy un payaso, lo digo.
Editorial Payasos Sin Fronteras
12/10/11: La relación médico - paciente
Toda mi vida he estado interesada en el ser humano, cómo piensa, siente y actúa, pero honestamente mi interés fundamental se ha encontrado en la forma cómo éste se relaciona. Las relaciones humanas se encuentran en cualquier ámbito de la vida humana; la familia, el trabajo, la escuela, el juego, etc. Incluso, en la salud y enfermedad las relaciones juegan un rol de peso importante que repercute en la forma cómo el individuo afrontará cualquiera de estos procesos.
En la antigüedad, la medicina no sólo pretendía recuperar la salud física, también se involucraba con una serie de aspectos en la vida del ser humano; el médico era parte de la comunidad, conocía a la familia y sus problemas fundamentales, las atenciones se realizaban en el hogar así como también se prefería morir rodeado de los seres queridos y en un lecho familiar. Más adelante, los procesos de salud y enfermedad eran administrados por órdenes religiosas, donde no sólo se cubrían necesidades físicas, sino también sociales y espirituales.
Desde ya hace algún tiempo, la medicina se ha alejado de la comunidad y se ha recluido en los hospitales. La atención se ha convertido en un proceso masivo y homogéneo, donde las diferencias individuales, rescatables en épocas antiguas, sólo resultan ser muchas veces un impedimento para la eficacia y la productividad. Algunos tratan de explicar la razón de este proceso. Desde la psicología, algunos proponen que esto podría explicarse por el afán actual del ser humano de darle la espalda a la muerte. Preferimos entonces mantenerla encerrada, alejada. Sin embargo me pregunto, si es que la salud y la enfermedad movilizan tantos aspectos sociales, familiares, personales, espirituales; ¿se encuentra el hospital y la medicina preparados para responder a estos aspectos? Las demandas que antiguamente eran cubiertas por la familia, la comunidad o la religión no pueden ser cubiertas por un sistema pobremente preparado para afrontar con éxito todo ello.
Una visita a través de la historia nos permite observar un cambio en el tipo de relaciones que se ha ido estableciendo entre los proveedores de cuidados de salud y los receptores. La tecnologización y mejoramiento de la medicina ha permitido observar a más gente en menos tiempo o utilizar máquinas en vez de manos. La relación entre el médico y el paciente no es un aspecto relevante en la atención. Se ha perdido de vista que ésta relación puede servir de cuna para la adherencia al tratamiento, la confianza al profesional y a la institución y la satisfacción de la atención.
A su vez, la relación entre el médico y el paciente hoy en día ha llegado a un nivel de tensión preocupante. El médico debe atender en períodos bastante cortos de tiempo a una cantidad exorbitante de personas, lo cual lo ubica dentro de las profesiones con mayores niveles de estrés. El paciente, tiene mayor oferta de atención y cada vez tiene mayor información sobre sus dolencias y derechos, y si bien éstos son hechos muy preciados, muchas veces debilitan la confianza depositada en su médico tratante y la autoridad del profesional. Esta autoridad es importante porque la relación de asistencia, desigual, asimétrica “supone la mejor vía para la técnica y su aplicación”. Asimismo, la relación en sí misma implica una serie de limitaciones del orden de lo cualitativo; el paciente quiere que se le explique por qué ha enfermado y ésta exigencia se acompaña de una serie de emociones como la angustia, el miedo o la rabia y espera que el médico lo comprenda. Éste último responde como puede, en la mayoría de los casos sin haber recibido un entrenamiento en el manejo del otro y de él mismo.
Existen diversas formas en que la relación médico-paciente se establece, sin embargo considero de suma importancia resaltar el nivel en que el paciente participa de su proceso de recuperación. En la medida en que el paciente se involucre y sea actor de los procesos que implican a su cuerpo, desarrollará un mayor sentido de control y compromiso con su propia salud. La relación que establece el médico con el paciente marcará la pauta y orientará permanentemente el tipo de implicación que el paciente maneje en su propio proceso. La relación resulta siendo un espacio rico para el cultivo de comportamientos de salud, prevención de comportamientos de riesgo y el diagnóstico de otras necesidades que pueden ser cubiertas por otros profesionales de la salud y afines. El espacio relacional es tan importante como el diagnóstico, la medicación o el pronóstico. El vínculo entre los profesionales de la salud y los receptores del servicio podría ser una potente herramienta que deberíamos empezar a sistematizar y a tomar en cuenta en el ámbito sanitario. Minimizar la importancia de este aspecto es negar la naturaleza relacional del ser humano.
En la antigüedad, la medicina no sólo pretendía recuperar la salud física, también se involucraba con una serie de aspectos en la vida del ser humano; el médico era parte de la comunidad, conocía a la familia y sus problemas fundamentales, las atenciones se realizaban en el hogar así como también se prefería morir rodeado de los seres queridos y en un lecho familiar. Más adelante, los procesos de salud y enfermedad eran administrados por órdenes religiosas, donde no sólo se cubrían necesidades físicas, sino también sociales y espirituales.
Desde ya hace algún tiempo, la medicina se ha alejado de la comunidad y se ha recluido en los hospitales. La atención se ha convertido en un proceso masivo y homogéneo, donde las diferencias individuales, rescatables en épocas antiguas, sólo resultan ser muchas veces un impedimento para la eficacia y la productividad. Algunos tratan de explicar la razón de este proceso. Desde la psicología, algunos proponen que esto podría explicarse por el afán actual del ser humano de darle la espalda a la muerte. Preferimos entonces mantenerla encerrada, alejada. Sin embargo me pregunto, si es que la salud y la enfermedad movilizan tantos aspectos sociales, familiares, personales, espirituales; ¿se encuentra el hospital y la medicina preparados para responder a estos aspectos? Las demandas que antiguamente eran cubiertas por la familia, la comunidad o la religión no pueden ser cubiertas por un sistema pobremente preparado para afrontar con éxito todo ello.
Una visita a través de la historia nos permite observar un cambio en el tipo de relaciones que se ha ido estableciendo entre los proveedores de cuidados de salud y los receptores. La tecnologización y mejoramiento de la medicina ha permitido observar a más gente en menos tiempo o utilizar máquinas en vez de manos. La relación entre el médico y el paciente no es un aspecto relevante en la atención. Se ha perdido de vista que ésta relación puede servir de cuna para la adherencia al tratamiento, la confianza al profesional y a la institución y la satisfacción de la atención.
A su vez, la relación entre el médico y el paciente hoy en día ha llegado a un nivel de tensión preocupante. El médico debe atender en períodos bastante cortos de tiempo a una cantidad exorbitante de personas, lo cual lo ubica dentro de las profesiones con mayores niveles de estrés. El paciente, tiene mayor oferta de atención y cada vez tiene mayor información sobre sus dolencias y derechos, y si bien éstos son hechos muy preciados, muchas veces debilitan la confianza depositada en su médico tratante y la autoridad del profesional. Esta autoridad es importante porque la relación de asistencia, desigual, asimétrica “supone la mejor vía para la técnica y su aplicación”. Asimismo, la relación en sí misma implica una serie de limitaciones del orden de lo cualitativo; el paciente quiere que se le explique por qué ha enfermado y ésta exigencia se acompaña de una serie de emociones como la angustia, el miedo o la rabia y espera que el médico lo comprenda. Éste último responde como puede, en la mayoría de los casos sin haber recibido un entrenamiento en el manejo del otro y de él mismo.
Existen diversas formas en que la relación médico-paciente se establece, sin embargo considero de suma importancia resaltar el nivel en que el paciente participa de su proceso de recuperación. En la medida en que el paciente se involucre y sea actor de los procesos que implican a su cuerpo, desarrollará un mayor sentido de control y compromiso con su propia salud. La relación que establece el médico con el paciente marcará la pauta y orientará permanentemente el tipo de implicación que el paciente maneje en su propio proceso. La relación resulta siendo un espacio rico para el cultivo de comportamientos de salud, prevención de comportamientos de riesgo y el diagnóstico de otras necesidades que pueden ser cubiertas por otros profesionales de la salud y afines. El espacio relacional es tan importante como el diagnóstico, la medicación o el pronóstico. El vínculo entre los profesionales de la salud y los receptores del servicio podría ser una potente herramienta que deberíamos empezar a sistematizar y a tomar en cuenta en el ámbito sanitario. Minimizar la importancia de este aspecto es negar la naturaleza relacional del ser humano.
12/10/11: ¡Bienvenidos!
Es interesante observar cómo cambian las cosas a través del tiempo, esto nos permite comprender cómo así nos encontramos en un punto actual y tal vez darle solución a los huecos que nos generan malestar como sociedad. La salud es un aspecto de la humanidad por el que siempre ha habido cierta preocupación, la vivencia de la enfermedad y la muerte han sido interés de diversas personalidades como filósofos, curanderos, médicos y religiosos, es decir, es un aspecto inquietante al que se le busca dar permanentemente sentido.
Tal vez la enfermedad haya sido hasta hace algún corto tiempo más importante que la misma salud, pareciera que sólo valoramos el “estar bien” cuando lo perdemos y en algunas ocasiones resulta ya un poco tarde. Pero, ¿qué es estar bien?, ¡qué pregunta!; no tener dolor de cabeza o de muela, no padecer de alguna enfermedad grave, no sentir soledad, no ser excluido. Qué difícil es llegar a algún acuerdo, o tal vez de manera más optimista, no exista acuerdo en relación a la salud, es una dimensión muy íntima y subjetiva, tal vez eso es lo que nos falta comprender.
Espero que este espacio sea un motor que impulse el diálogo, el debate pero por sobre todo la búsqueda de soluciones prácticas para resolver aquello que todavía nos impide que la salud sea más importante que la enfermedad.
Tal vez la enfermedad haya sido hasta hace algún corto tiempo más importante que la misma salud, pareciera que sólo valoramos el “estar bien” cuando lo perdemos y en algunas ocasiones resulta ya un poco tarde. Pero, ¿qué es estar bien?, ¡qué pregunta!; no tener dolor de cabeza o de muela, no padecer de alguna enfermedad grave, no sentir soledad, no ser excluido. Qué difícil es llegar a algún acuerdo, o tal vez de manera más optimista, no exista acuerdo en relación a la salud, es una dimensión muy íntima y subjetiva, tal vez eso es lo que nos falta comprender.
Espero que este espacio sea un motor que impulse el diálogo, el debate pero por sobre todo la búsqueda de soluciones prácticas para resolver aquello que todavía nos impide que la salud sea más importante que la enfermedad.




