Archivo del Autor: Héctor Javier Sánchez Guevara

La puerta que cruzas (capítulo cuatro)

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(viene del capítulo anterior)

Alfredo se quedó asombrado al ver a Nicole. La adolescente de diecisiete años tiene un extraordinario parecido con su madre. Quizá un poco más alta, quizá un poco más hermosa. “Definitivamente es tu hija”, comentó Arminia riendo un tanto, haciendo que el ambiente se aligere. Lorena saludó a Nicole con una beso en su mejilla y le presentó a sus invitados.

La joven se dirigió de forma educada hacia la señora y su hijo. Arminia apreció la amabilidad de Nicole, mientras que Alfredo no dejó de mostrarse sorprendido. En seguida, ellos se sentaron mientras que Lorena fue a la cocina para traer los platos servidos. El almuerzo transcurrió de lo más tranquilo, matizado por las anécdotas de la señora.

Tras unas horas de entretenida sobremesa, los invitados decidieron que era hora de retirarse. Lorena les abrió la puerta y se despidió de ellos. Se excusó por Nicole, imaginando que había ido hacia el jardín interior. A poco de entrar en el auto, la joven apareció en la puerta de la casa. Se despidió de Arminia y, al llegar donde Alfredo, dejó un papel en su mano derecha. “Para que me llames pronto”, dijo ella con una sonrisa pícara.

(continuará)

La puerta que cruzas (capítulo tres)

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(viene del capítulo anterior)

Como quedó prometido, Alfredo condujo a su madre hasta la casa de Lorena. Por el camino ambos reían de todos los recuerdos que tenían de su anfitriona. Luego de manejar por cerca de una hora, Alfredo llegó hasta la entrada de una elegante cochera. Bajó para cerciorarse de que sea la dirección correcta y tocó el timbre de la puerta a lado de la cochera.

“¡Qué bueno verlos!”, se emocionó Lorena al verlos llegar. Abrazó a Alfredo y alzó su mano para saludar a Arminia. Luego Alfredo ayudó a su madre a bajar del auto y la acompañó dentro de la casa. Madre e hijo se adentraron por la sala hasta que llegaron al comedor, donde su anfitriona había dispuesto los cubiertos para al almuerzo.

Un agradable olor provenía de la cocina. “¡Huele tan bien!”, expresó Arminia ya entusiasmada por los platillos que ha de probar. En tanto, Alfredo se fijó que en la mesa había cuatro pares de cubiertos. Preguntó curioso si estaban esperando a alguien más. “Mi hija, Nicole, está por bajar de su habitación”, señaló Lorena con una sonrisa. En ese momento unos pasos se escucharon bajando por la escalera que da hacia la sala.

(continuará)

La puerta que cruzas (capítulo dos)

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(viene del capítulo anterior)

Arminia lamentó que el encuentro terminase así, pero espera que puedan seguir reuniéndose. “Apunta mi número”, le dijo Lorena y sacó su celular para que anote. Alfredo se adelantó y apuntó en su teléfono: “no te preocupes mamá, ya lo tengo”, señaló con absoluta seguridad.

“Qué bueno, espero que pronto vengas… vengan a mi casa a visitarme”, dijo Lorena complacida con el encuentro. Se despidió y caminó hasta el lugar donde estacionó su camioneta. Una vez que se retiró, madre e hijo se fueron caminando por la vereda hasta al auto de Alfredo.

Una vez que subieron al auto, la madre insistió que debían ir a verla. “¿Quince años? Creí que habían pasado quince minutos”, dijo Arminia sobre la sensación de ver de nuevo a Lorena. Alfredo asintió: “No parece haber cambiado nada”. “Por eso espero que me acompañes el próximo sábado a su casa”, dijo la madre muy entusiasmada.

(continuará)

Viajero en la noche

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Memo alza su brazo para mirar su reloj. Son las dos de la mañana y aún no ha terminado el vaso de cerveza que sostiene en la otra mano. Bebe un par de sorbos y deja el vaso casi vacío sobre la barra. Se despide de algunos amigos y sale a caminar en dirección al parque cosmopolita.

Una fría y suave brisa lo acompaña en su caminata mientras las luces de los faroles iluminan la senda que recorre. No se siente triste, la noche fue buena. “Aunque, tal vez”. Entonces recordó que Luisa, aquella amiga que le prometió desde el lunes que iría, no llegó a su fiesta. “Quizá se le olvidó, se lo preguntaré después”.

Veinte minutos más tarde, empieza a notar la vegetación del parque, esa que parece tan alegre tras una fina garúa que humedeció las calles. Se dispone a avanzar hasta la esquina donde paran los taxis. De pronto, una persona se para frente a él. A pesar de tratarse de un muchacho bien vestido y de contextura mediana, algo en su mirada le provoca a Memo una súbita incomodidad.

Negación a ella

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Eres esos ojos que se ilusionan,

pretendiendo verme como algo que no soy,

hoy escaparé de ellos

quitándome de su dirección.

Pues eres aquello que no forma parte de mi vida,

aquello que debí abandonar

antes que me sofocara

con tanto daño y dolor.

Aún así me hubiese gustado

entender aquella energía,

ese impulso e intensidad

que me abrazan fuertemente.

Pero no, contigo no hay avance,

contigo reina la soledad,

mis pilares básicos se desvanecen

en una profunda oscuridad.

Querer a alguien más

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Procuraste pensar que era para ti,

te empeñaste en creer

que los acosos que hacías

me harían volver a verte.

Nada de lo que esperabas sucedió,

todos esos intentos

fueron insuficientes

o quedaron arruinados.

Te la pasaste imaginando

mil y una formas

de que te hiciera caso,

que cambiara de opinión.

No te diste cuenta

que te estrellaste contra una pared,

que reventó tus acciones

una y otra vez.

Equivocado o confundido,

no pude creer en tus sentimientos,

estaban extrañamente sometidos

al deseo de alguien más.

Ahora ya no me ves,

eres libre de tus ataduras,

de vivir en otro mundo,

de querer a alguien más.

La puerta que cruzas

[Visto: 189 veces]

La señora espera sentada en una mesa blanca, simple pero sofisticada. Mientras mira hacia la calle ardiente, se entretiene comiendo unos panecillos que descansan en pequeño plato. A los pocos minutos, aparece una mujer más joven que ella. Una amplia sonrisa surca su rostro y las dos se abrazan celebrando el reencuentro.

“Arminia, ¿cómo has estado?”, preguntó la más joven. “Muy bien, pero no más que tú, Lorena”, afirmó la noble dama y ambas rieron otra vez de alegría. Se sentaron y empezaron a conversar de las cosas que la vida no había permitido hablar en quince años. Lorena le escucha intrigada y sorprendida por todo lo que narra la mujer mayor.

De pronto, Arminia recibe una llamada. “Sí, estoy aquí. Ven a recogerme”, señala a quien le llamó. “¿Tu esposo?”, preguntó Lorena. “No, mi hijo Alfredo, está por aquí cerca, ya llega”, dijo la dama con otra sonrisa. Luego de unos diez minutos, un joven bien parecido se presentó en el lugar y saludó a su madre.

Ella lo saluda muy efusiva. “¿Te acuerdas de Lorena”, dijo Arminia presentando a su invitada. “Pues claro, como si hubiera sido ayer”, afirmó Alfredo encantado con la amiga de su madre. “Te veo mucho mejor… y más viejo”, bromeó Lorena y todos rieron con su ocurrencia.

(continuará)

Inesperado (capítulo final)

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(viene del capítulo anterior)

“Lo recuerdas, ¿verdad?”, Alisa habla detrás mío y un nombre se le escapa. “Markus”, me llama y la incertidumbre se desvanece. Me acerco a ella. La abrazo. La beso. Alisa me sonríe. No deja de mirarme por haberme recuperado. Hasta aquí la parte cursi…

“Me he perdido estos cinco años”, le comento aún aturdido por los recuerdos que siguen volviendo a mi memoria. “Desde tu desaparición no dejé de buscarte, pero era difícil: había que saldar la deuda primero”, señaló Alisa y me mostró las amplias cicatrices de su espalda, aquellas marcas que sólo la tortura le podía dejar.

“¿Quién era el cliente?”, pregunta Markus cada vez más enojado. “Aquel que nos tendió la trampa y me apartó de tu lado”, respondió Alisa con un semblante duro y homicida. “¿Tienes un plan para hallarlo?”, señaló Markus decidido. La fría sicaria sonrió maléfica: “Pues claro. ¿Cuándo le hacemos una visita?”.

Inesperado (capítulo cinco)

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(viene del capítulo anterior)

He despertado. No sé cuántas horas han pasado. Sólo siento que ha sido mucho tiempo y ya no quiero estar echado. Me incorporo y me pongo de pie. La puerta de la habitación está abierta. “Es mi oportunidad”, pienso mientras avanzo hacia esa salida. No parece haber ningún peligro y camino a la sala.

Tampoco hay nadie. Miro a mi alrededor. Una mesa, un sofá, una puerta. Me dirijo hacia la puerta, con la esperanza que sea la salida de mi escondite. Cuando estoy por alcanzarla, algo me llama la atención sobre la mesa. Son una serie de fotografías. Veo una y otra y otra. Y me dejan desconcertado.

En ellas estoy con Alisa. Alisa me sonríe, ella me abraza, ella me besa. No sé cómo pueden existir esas fotos si recién las miro. No lo entiendo. Trato de huir. Mi mano se posa sobre la manija de la puerta… y empiezo a recordar. De pronto, ella se me hace tan familiar que ya no tengo temor. Las emociones afloran naturales. “¿Qué es lo que me pasa?”, me pregunto sin comprender del todo lo que ha sucedido.

(continuará)

Pacto de necesidad (capítulo final)

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(viene del capítulo anterior)

A la mañana siguiente, César llamó a Camila para saber cómo se encuentra. Ella se disculpó con él, no había sido su intención dejarlo plantado. “Tu tía me comentó que habías tenido un problema familiar, por eso saliste de pronto”, preguntó el joven.

Ella se quedó en silencio un rato. Luego suspiró y le contó lo ocurrido. Sus padres se habían reunido con Camila para anunciarle que viajarían en un par de días al extranjero. “Me voy a vivir con ellos, siempre lo habíamos deseado”, dijo Camila estas últimas palabras como si no las sintiera cercanas. Como si una pesadilla hubiera surgido frente a ella.

A pesar del impacto de la noticia, César se contuvo y la felicitó por la noticia. “Pues espero que te vaya muy bien”, fue la breve respuesta del joven, quien cortó la llamada porque no podía contener la tristeza. Sintió que, para Camila, sólo había sido una situación temporal de su vida, un actor secundario de un breve momento.

Ya no tenía por qué estar más. Ya Camila consiguió lo que le era suficiente. Y, definitivamente, el pacto de necesidad se ha roto.