El rey Azul (capítulo tres)

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(viene del capítulo anterior)

En el castillo, el rey Eduardo mira desde lo alto de la torre que corona la estructura de defensa. Uno de sus consejeros, sorprendido por su actitud, se le acerca a saber sobre su ánimo. “Mi señor, ¿está todo bien?”, pregunta el consejero con cierto temor. Eduardo se queda unos segundos callado, gira la cabeza para ver quién le habla y vuelve a mirar la noche.

“La guerra llegará a su fin pronto, pero algo aun me inquieta”, respondió Eduardo de forma ambigua. El consejero le inquirió qué asunto lo tenía tan desconcertado. “Sé que ganaré la guerra, pero no sé si mi gemelo vivirá”, señaló el rey y miró a su interlocutor con cierta tristeza. Se siente perdido: no es fácil que aquel con quien has crecido, de pronto se oponga a tus ambiciones.

“El príncipe se rebeló a tu deseos y es un traidor a la causa…”, argumentó el consejero para preparar su recomendación, “sin embargo, te sugiero prepares una comitiva para que los que quieran rendirse puedan volver a sus casas”. El rey agradece la sugerencia y el consejero se retira. Eduardo se toma la cabeza entre sus manos y enuncia compungido: “ay Azul, hermano, si me hubieras sido leal…”

(continúa)

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