Reviviendo (capítulo seis)

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(viene del capítulo anterior)

Luego de tan extraña experiencia, me fui para mi casa. Me la pasé pensando por qué ocurrió lo del consultorio, hasta que el cansancio mismo me venció recostado sobre el sofá de la sala. Para sorpresa mia, fue el segundo día que no tuve esas pesadillas. “Bien, es hora de continuar”, me dije con marcado optimismo.

En el paradero me encontré con Guido. Él me preguntó cómo seguía todo con mi condición. Le conté lo sucedido en la cita con el oculista y lo bien que dormí anoche. Aunque no terminó de entender bien, se alegró de verme de mejor ánimo. “Sólo espero que no te vuelva a repetir”, dijo mi amigo y se fue en su transporte.

En esa misma esperanza, me despedí de Guido bien contento y me dispuse a subir al bus. Ya dentro, tuve la suerte de encontrar varios asientos vacíos. Me senté en uno que está junto a la ventana. Me puse a cantar las canciones que puso el conductor, mientras veía las casas ser dejadas atrás. Me sentí tan tranquilo que, unos minutos después, me quedé dormido.

Luego de un rato, desperté de nuevo. El bus avanza suavemente por su camino, la música ha callado, y todo parece muy celeste. No parecen haber muchos pasajeros. De hecho, mi horror me paraliza: a mi costado está el mismo pasajero desconocido de mi segundo sueño. “Aún no despiertas… y pronto ya no despertarás”, dijo en tono misterioso y con una sonrisa malévola.

Abró los ojos asustado. No reconozco por dónde estoy. “Baja, baja”, le grito indignado al cobrador del bus. El conductor para en la esquina y yo bajo apurado. Miro los números de las casa para ubicarme: me he pasado ya cinco cuadras de mi destino.

(continúa)

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