Estragos de la furia (capítulo cinco)

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(viene del capítulo anterior)

López mira el teléfono de su oficina con demasiada impaciencia. Han pasado varios días desde que se comunicó por última vez con el cantinero, pero este no le ha devuelto la llamada. Ni siquiera la descripción que hizo el bebedor de la mujer había alcanzado para consumar un arresto preventivo.

“Hasta cuándo seguiremos en este juego del gato y el ratón”, se decía el detective en cada ocaso que la luz del sol desaparecía de su ventana y se iba a casa esperando que hubiera una pista que le devolviera vida al caso.

Sintiendo otro viernes perdido, cogió su saco y se disponía a salir, cuando oyó sonar su celular. López atinó a sonreír al escuchar al cantinero. Ya entrada la noche, se dispuso cambiar su seriedad y se puso ropa más casual.

Minutos antes de la noche, el detective, vestido como cualquier civil, ingresó al bar y se dirigió directamente hacia la barra. “Una cerveza”, pidió López. El cantinero no tardó en atenderlo, le pasó una botella y le indicó en voz baja “la segunda mesa hacia tu derecha”.

El detective agradeció y se quedó tomando de la botella por varios minutos… hasta que volteó la cabeza con sigilo: en una mesa, sentados dos hombres y una mujer. “Aquí te espero”, se dijo López al percatarse que ella se acercaba.

(continúa)

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