La noticia inesperada (capítulo dieciséis)

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(viene del capítulo anterior)

Cuando llegaron al sitio, José no dijo nada. Sólo sacó la llave del contacto y abrió la puerta para salir. Darío, por su parte, sí estaba extrañado: alrededor suyo observó un extenso campo verde cuyo horizonte no alcanzaba a divisar.

“Tu abuela está más adelante”, le habló su tío, “ve, que te está esperando”. El joven lo miró con alegría y luego corrió por el pasto en línea recta. Tras un par de minutos, pudo ver una zona donde las personas conversaban en bancas.

Era toda una vista blanca y conmovedora, abrazos, besos y saludos se sucedían por doquier. De pronto, Darío divisó a su abuela y fue a su encuentro. Se arrodilló ante ella y la abrazó de la cintura, mientras la buena señora le acariciaba los cabellos.

“Te extrañé tanto”, dijo emocionado entre sollozos, “pero ahora voy a poder llevarte a casa, porque ya estás conmigo”. “Más bien, tú estás conmigo”, le corrigió su abuela. Darío se desconcertó ante la respuesta. “Es cierto, ocurrió cuando te dieron la droga experimental”, explicó José al llegar, “tu cuerpo no lo resistió”.

(continúa)

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