El faro del abismo (capítulo final)

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(viene del capítulo anterior)

Apenas terminó de oír su relato, Artemio miró extrañado a su padre. Anselmo le pidió que acercara su oreja a sus labios y le susurró una frase que el enfermero que lo atendía no pudo escuchar. “¿Estás seguro que eso quieres?”, le preguntó compungido. “Sí”, afirmó el viejo marino como si le costara pasar su aliento.

Artemio, entonces, levantó a su padre del lugar en que estaba recostado y, sosteniéndolo en sus brazos, lo sacó de la estancia. El encargado de la casa trató de detener al hijo del marino: “¿Se ha vuelto loco? ¡Es mejor que su padre descanse!”, exclamó tratando vanamente de convencerlo. “No puedo”, respondió lacónico el hijo, “él ya escogió su lugar de descanso”.

El encargado calló. Seguro porque comprendía bien el significado de aquellas palabras. Artemio llevó a su padre hasta la orilla desértica de aquel mar sinuoso, bajo la sombra pálida del faro del abismo. “Llegamos padre”, le indicó el joven. Otra vez, la luz del faro apuntó al mar, las aguas se separaron y dejaron al descubierto el infinito abismo.

Anselmo se incorporó y caminó mar adentro. A unos metros de la caída final, volteó hacia Artemio y lo miró por última vez. “Adiós, hijo mío”, se despidió el viejo marino. “Adiós, padre mío”, dijo Artemio, hincándose sobre la arena y derramando algunas lágrimas. Anselmo volvió hacia su ruta. “Volvemos a encontrarnos, mi señor”, fueron sus últimas palabras mientras desaparecía bajo el mar.

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