Entrevista en la casa gris (capítulo final)

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(viene del capítulo anterior)

“Sí”, afirmé emocionado mientras estrechaba la mano del misterioso escritor, quien esbozó una profunda expresión de alivio. “Sólo queda algo por hacer”, dijo Valera y empezó a redactar unas cantas palabras en un viejo papel. Una vez que el lápiz cesó en su movimiento, él me pasó el papel y me pidió que lo leyera.

“Yo, Ernesto Segovia, relevo a Dante Valera como inquilino y protector de esta casa. Asumo los derechos de uso que me confiere este puesto, así como los deberes de amntener el secreto y escoger un servidor. Dante Valera, eres libre”, decía el papel y, al instante, el viejo escritor se sintió muy cansado.

Tuve que recostarlo en el sofá grande para que pudiera respirar con mayor comodidad. Unos minutos después, la puerta se abrió: era Rosalía, que traía unas bolsas. Al verlo en ese estado, las dejó caer sobre el piso y rauda se acercó hacia él, tomando su mano con preocupación.

“Está hecho”, le dijo Dante con dificultad. “Está bien. Ahora nos vamos”, le contestó ella y lo ayudamos a levantarse con algo de esfuerzo. Me pareció tan admirable y tan excelsa aquella simpatía entre estas dos personas que el corazón pareció derrumbar por un minuto mi deseo: “¿y qué haré si me enamoro?”, le pregunté al escritor que ya pisaba la salida junto a Rosalía.

Dante la miró, tratando de encontrar alguna respuesta salvadora, y luego volvió lentamente su cara hacia mí. “Tu contrato te deja comprometido con este lugar. Ya no puedo hacer nada más”, habló con resignación el viejo escritor. Avanzó unos pasos mientras Rosalía cerró la puerta detrás de ellos. Y hoy que escribo esta historia espero latente el amor que me desate, aunque mi vida termine, del solitario lazo que me ata a esta casa gris.

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