Entrevista en la casa gris (capítulo ocho)

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(viene del capítulo anterior)

Pasaron algunos años más hasta que, cosa de un par de meses, en una ocasión me la quedé esperando pero no vino. Para suerte mía había guardado suficiente comida; sin embargo, me extrañó su no aparición y empecé a considerar una serie de posibilidades.

Ella llegó normal en la próxima ocasión, pero oscuros pensamientos deambulaban mi cabeza. Así que mientras ordenaba las cosas, le pregunté el por qué de su anterior ausencia. “Fui al médico”, me dijo con tono resignado y luego pronunció su confesión, “tengo una enfermedad incurable y no me queda mucho tiempo”.

Abracé entonces a Rosalía, que ya era una señora de poco más de cincuenta años, y lloramos juntos un largo rato. “Tranquila”, le consolé mientras acariciaba aquel cabello canoso, “no te preocupes que no estarás sola”.

– Esto significa que…
– Sí, abandonaré este lugar.
– ¡Y cómo quedará la casa?
– Buscaré un reemplazo -respondí con decisión-.

(continúa)

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