Entrevista en la casa gris (capítulo siete)

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(viene del capítulo anterior)

La hice pasar y le pregunté cómo se llamaba. “Rosalía”, respondió ella mientras dejaba las bolsas en la cocina. La seguí con la mirada cuando colocaba los alimentos en la refrigeradora. “¿Sabes quien soy?”, la detuve antes que se fuera. “No señor”, dijo la muchacha confirmando el pacto de silencio queEudocio le enseñó.

Aquella vez que la vi, aunque breve, fue suficiente para sentir simpatía por ella, a pesar de ser yo mucho mayor. Así pasaron algunas semanas, en las que logré saber algo más de Rosalía: resulta que era la sobrina más joven y leal de Eudocio, y ella lo había cuidado en su vejez hasta una enfermedad empezó a menoscabar su salud.

En su agonía, él le hizo prometer que no revelaría el secreto de la casa. “Ni preguntara sobre la identidad de su ocupante”, comentó Rosalía en una de las cortas pláticas que tuvimos. Poco a poco, a medida que pasaron los años, estas eran más largas y amenas, una de las cuales, ocurrida como a los quince años de su primera visita, fue tan divertida como reveladora.

Después de una broma algo inocentona que terminó en sonoras risas de ambos, ella dijo “¡qué gracioso es usted, cómo me gustaría pasar más tiempo aquí!”. Algo avezado, le pregunté de la nada si quería pasar el resto de su vida conmigo. “Si tuviera unos años menos, sí”, respondió Rosalía con la coquetería de sus cuarenta…

(continúa)

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