El verdugo silencioso (parte final)

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(viene de la parte cuatro)

Jueves ocho de la noche. Karen abre los irritados ojos que le empiezan a mostrar el alrededor: paredes blancas, una mesa de noche, una bolsa de suero. El doctor entra en la habitación para comunicarle que sufrió un desmayo por el humo asfixiante pero, gracias a que los vecinos advirtieron el fuego, ella fue sacada de la casa, evitando que muriera carbonizada.

“¿Y Manuel? ¿Cómo está?”, preguntó ansiosa. La cara le cambió al galeno: “Siento mucho decirle que él falleció, y hay que identificar su cuerpo”. Karen empezó a llorar copiosamente recordando a su novio. El médico ya se retiraba cuando miró hacia el bolsillo de su bata blanca, sacó un papel y lo dejó sobre la mesa de noche. “Creo que esto es para ti”, dijo al alejarse.

“Si lees estas líneas, significa que habré muerto, al defenderte de un terrible peligro como es mi enemigo, el hombre gemelo: un ser ambicioso que se alimenta de la energía vital de sus alter egos en otros universos. Con sólo percibir su alma dimensional en otro espacio tiempo, se dirige a esos otros mundos, utilizando los sueños como transporte, para robar esa energía del único modo que conoce: asesinando”.

Karen hizo una pausa y luego leyó el otro párrafo: “No tenía forma de decírtelo porque sabía que él llegaría pronto y quería estar atento. Lamento que ya no esté contigo en este momento, pero quiero que sepas siempre que te amo”. Ella rompió a llorar de nuevo mas comprendió que el sacrificio de Manuel había sido signado por aquel sentimiento que tanto los unía.

Pasados unos minutos. Ella, que dormitaba, se había tranquilizado un poco pero sentía una molestia en el brazo por la sonda que conducía el suero. Así que mandó aviso a la enfermera, la cual sin demora llegó al cuarto. Le acomodó la sonda pero vio que ya se acababa, así que le avisó que iría a buscar otra bolsa. Tras unos minutos, la enfermera colocó la nueva dosis y empezó a gotearla.

Karen empezó a sentirse anestesiada, sin poder mover sus extremidades. Entonces hizo un gran esfuerzo para abrir los ojos: como si se viera en el espejo, descubrió que la mujer que la atendía era su viva imagen. “El trabajo está finalizado”, dijo la gemela al retirarse, mientras Karen exhalaba su último suspiro.

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