Un (desafortunado) viaje con gorreo

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Lucio se impacientaba mientras miraba el horizonte de la pista, esperando la combi que pasar por allí. Había tenido un pésimo despertar peleándose con su enamorada, dejando de desayunar y con la camisa un tanto arrugada del intento de planchada a cinco minutos para salir de casa.

Tras algo más de cuarto de hora, él vió uno de esos achatadas unidades, casi lleno. Aún así, levantó la mano y corriendo, como si se le acabara el aliento, entró por la pequeña puerta. Sudando frío, no le importó tener que soportar parado parte del trayecto ni la evidente incomodidad de las otras personas que sufrían aprietos y sofocos.

Luego de un largo trecho, él acertó a encontrar asiento en el final de la combi. “Pasajes”, anunció el cobrador, tomando las monedas de cada pasajero. Lucio buscó en su billetera y sólo encontró una de cinco soles, y se contrarió porque, si entregaba el metálico, recibiría de vuelto sólo tres y no los tres ochenta que deseaba.

Entonces, decidió hacerse el loco si pasaba por su sitio el hombre de los tickets. A su lado, dos jóvenes parecían ajenos a su treta. El cobrador pasó, Lucio hizo su plan y no pagó, el engañado volvió adelante y llegó el momento de bajar. “Esquina baja”, pidió todo fintoso de haberse salido con la suya.

En ese momento también salieron los dos despreocupados muchachos. Lucio ya se regodeaba de su fortuna cuando sintió un puñete en la mandíbula. Quedó aturdido un rato y, cuando despertó, se tocó los bolsillos. Desesperado, empezó a maldecir al no encontrar su billetera: el gorreo le había salido caro.

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