El roche de aquel año

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La sonora cachetada recibida no sólo le movió un tanto la quijada, sino que también lo aturdió un buen rato. Las chicas de la mesa comenzaron a reirse sarcásticas mientras César, con una mano en la mejilla, volvió a su sitio donde Gino y su argolla lo esperaban entre carcajadas.

“Hay que ser bien monse para que se te ocurra decir eso”, lo lapidó el blanquiñoso Jared de entrada. “Hubieras sido más cauteloso”, comentó el gordo Rui. “Dejémoslo así, total, un roche lo sufre cualquiera”, quiso Gino bajarle al asunto. “Bueno, como el mío, ninguno”, bromeó el desafortunado César, rompiendo todos otra vez a carcajear con más fuerza.

“Tal vez”, dijo Gino. “¿Con una flaca?”, se interesó el gordo. “No directamente”, respondió G, “pero si quieren saber más, será mejor que me acompañen”. Y levantándose como por un resorte, empezó a caminar. “¿A dónde nos dirigimos, man?”, preguntó el blanquiñoso. Nostálgico, Gino contestó: “al lugar que un día mi roche ocurrió”.

(continúa)

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