Historia de Sérvulo (parte cinco)

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(viene de parte cuatro)

El rey vio llegar uno a uno a los pocos guardias heridos. No ver a sus hijos entre ellos le estremeció profundamente, y empezó a llorar. Pasada la medianoche, Rolando bajó de sus habitaciones y salió del castillo. Sólo quería mirar el negro fúnebre de aquella luna menguante. Absorto en sus pensamientos, no oyó llegar al reducido grupo de jinetes que se aproximó hasta donde estaba. “Soy Galías”, habló el jefe del grupo, cuya cabeza estaba cubierta con la capucha negra. “¿Qué has hecho con mis hijos?”, rugió el rey. Los rebeldes descargaron el cuerpo de Legardo y se lo entregaron a su padre, además de un envoltorio enrrollado.

Rolando se apresuró en abrir el envoltorio, encontrando el medallón dorado en forma de disco solar que le regaló a Sérvulo cuando apenas cumplió catorce. “Es la pueba de que tu otro hijo es mi prisionero”, dijo el rebelde y agregó: “Si quieres que siga viviendo, me entregarás tu reino. Sólo así te lo devolveré”. Rolando, doliente por la muerte de Legardo, gritó su desesperación, convirtiendo su deseo de venganza en incontenible. “Mañana, lo único que quiero es acabar contigo”, sentenció el rey. El rebelde quedó un minuto quieto y luego, con la voz entrecortada, señaló a sus hombres: “Marchemos”.

Antes de que pudiera avanzar, Rolando se le acercó y, tirando con todas sus fuezas, arrancó la capucha negra al rebelde. Silente en medio del terreno, Rolando observó aquel rostro y aquellas lágrimas que caían de su adversario, quien se alejaba ya raudamente. Porque, aunque hubiera creido todo lo que le dijo, nunca pudo imaginar que el mensajero que llamase Galías, no era tal. Abrazado al cuerpo de Legardo, volvió de nuevo a derramar algunas lágrimas. Llegado al castillo, ordenó al jefe de la guardia real: “Prepara a tus hombres. Mañana, hay un reino que salvar”.

(continúa)

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