Teléfono malogrado

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Pedro aún no termina de leer el libro y apenas quedan cinco minutos antes del examen final. Igual que Alonso, trata de descrifrar las oraciones cortas que aparecen en las diapos. Marco aparece por allí, los saluda y dice sonriente “Veo que están afanosos”. “Sí pues, pensando que necesitas un ocho o nueve, cualquiera”, responde Alonso. Marco pone sobre la mesa sus hojas de resumen, le han salido como siete, pero ni Pedro ni Alonso salen del asombro: “qué letra pa chiquita”. Pedro coge las hojas y se las pasa al gordo Panes, quien sorprendido exclama: “¿qué es esto? ¿tu sábana?”.

Las carcajadas rompieron la tensión del momento, el gordo devolvió el resumen y Marco terminó el repaso. “Nos soplarás, ¿verdad?”, inquiere Pedro con ansiedad, a lo que Marco contesta que eso depende de dónde se siente. Alonso y Pedro decidieron esperar a Marco, que terminaba de empacar su mochila, y junto con el gordo Panes subieron al salón. Apenas entraron, descubrieron que sólo había sitio disponible adelante. Ante el desconcierto generado, Marco se sentó en la primera carpeta y los otros se vieron obligados a chapar sitio donde pudiesen.

Uno detrás del otro, Alonso, Pedro y Panes empezaron a resolver la prueba con cierto nerviosismo. Pregunta dos, alternativas a, b, c, d, e, y el cerebro en blanco era una realidad para Alonso y Pedro, quienes no dudaron en preguntar al gordo por la respuesta correcta. “La dé”, dijo Panes. “La cé”, retransmitió Pedro. Como a la hora, Marco cerró el cuadernillo, lo entregó y salió del aula. Alonso y Pedro demoraron algo más. Cuando terminaron, salieron presurosos y encararon a Marco por qué no estuvo cerca, y no les bastó la explicación de la horrible disposición de las sillas.

Luego de unos minutos de distensión, empezaron a comparar: “y la dos es dé”, “no broder, es cé”. Como no se ponían de acuerdo, decidieron esperar a que Panes saliera. “Bien”, se alegró Alonso, “al menos ya aseguré la uno, ¿y la dos?”. “Es la dé”, confirmó Panes. Pedro y Alonso, con bronca, se taparon la cara con las manos. Un puteo incesante siguió hasta que uno a uno se retiraban los demás, confirmando que su respuesta era errónea. “Teléfono malogrado”, ironizó Marco, “y en qué momento…”

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