El cuatro

Había una vez un mundo donde dos más dos sumaban cinco. Así se había decretado alguna vez, en alguna época inmemorial. Un célebre matemático que propuso una reforma de la tabla planteó que dos más dos sean cuatro. No solo se burlaron de él. Lo acusaron de herejía y lo enviaron a un campo de reeducación. Dos más dos siguieron sumando cinco, y así lo continuaron aprendiendo los niños en el colegio. Claro, eso no significa que el cuatro no existiese. Existía como un número misterioso, de origen desconocido, que aparecía de pronto, así como así, sin razón alguna. Ninguno de los teoremas que pretendían explicar su existencia han sido resueltos hasta el día de hoy.

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Escribir

A. Paul Weber, Das Publikum
Necesito escribir. Simplemente eso. Es aquello para lo cual me formé mediante años de lecturas y borradores. Las aulas universitarias, por supuesto, también hicieron lo suyo. La invención de Internet me ha proporcionado más de un espacio gratuito en el cual puedo lanzar mis palabras en busca de lectores. Pero no todo es color de rosa. Nos damos, es cierto, el gusto de gritar, de dar a nuestros pensamientos la dimensión material que necesitan para ser percibidos. Pero podría ocurrir que este blog sea un grito más en medio de la barahúnda universal vociferante, en la que se entremezclan los pregones del vendedor callejero, los encendidos discursos del político, el canillita que vocea las noticias y los que simplemente queremos ser escuchados porque sí.

No importa. Igual, escribo y seguiré escribiendo.

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Quincho Barrilete

Trabajo infantil

Son diversos los motivos que nos mueven a recorrer el descomunal repertorio de YouTube. Personalmente, dependen de las circunstancias, del estado de ánimo. Muchas veces se trata de una pausa imprescindible en medio del trabajo intenso, donde se busca el videoclip de la canción que lo ayuda a uno a relajarse un poco o el gag que alivia en algo el estrés. Muchas veces la nostalgia me invade, y de pronto brota algún recuerdo. Y cierto día me acordé de una canción, la ganadora del Festival OTI de 1977; una canción que narraba la historia de un humilde niño trabajador: Quincho Barrilete. Escribí “Quincho Barrilete” e hice click en el botón Search.

El festival de la Organización de Televisión Iberoamericana (OTI) se transmitía cada año por la televisión peruana, y deduzco que debe haber tenido un importante o respetable nivel de sintonía en el Perú. De manera similar al Festival de Eurovisión, cada país integrante de la OTI participaba con una canción, escogida generalmente mediante una eliminatoria local previa. Según la regla que regía por entonces, el país ganador de una edición determinada, organizaba el festival el año siguiente.

Los televidentes peruanos estábamos, obviamente, atentos al desempeño de nuestro o nuestra ocasional representante. En 1977 representó al Perú Cecilia Bracamonte, interpretando una composición de Chabuca Granda: Landó, que quedó en sexto lugar. Los palmarés, en cambio, estuvieron reservados para la canción que representó a Nicaragua: Quincho Barrilete, compuesta por el cantautor nicaragüense Carlos Mejía Godoy e interpretada por Guayo González, acompañado por un coro de niños.

De la marimba de chavalos de la Tirsa
este tal Quincho se la gana a los demás;
con sus diez años no cumplidos todavía
es hombre serio, como pocos en su edad.

Mientras su mama se penquea en la rebusca,
Quincho se faja como todo un tayacán;
mañana y tarde vende bolis en los buses
para que puedan sus hermanos estudiar.

Que viva Quincho, Quincho Barrilete,
héroe infantil de mi ciudad,
que vivan todos los chavalos de mi tierra,
ejemplo vivo de pobreza y dignidad.

Que viva Quincho, Quincho Barrilete
su nombre no se olvidará,
porque en las calles, plazas, parques y barriadas
el pueblo lo repetirá.

Joaquín Carmelo viene a ser solo un membrete
que le pusieron en la pila bautismal,
pero su nombre de combate es Barrilete,
le cae al pelo con su personalidad.

Allá en el Open, vive desde el terremoto,
a hacer lechuzas este Quincho es un campeón;
por un chelín, te hace un cometa prodigioso
para ponerle un telegrama al colochón.

El tiempo sigue, incontenible, su camino
y el chavalito que vivió en el Open tres
no volvera a ponerse más pantalon chingo
ni la gorrita con la visera al revés.

Un dia va a enrrollar la cuerda del cometa
y muy feliz mirando al sol se marchará,
enfrentará las realidades de su pueblo
y con los pobres de su patria luchará.

La canción se convirtió en un éxito. Méritos tenía. Era, además, una singular conjunción de música popular con un mensaje social bellamente expresado que distaba mucho de incurrir en el panfleto.

Y escuchábamos la canción, y la cantábamos, y disfrutábamos de su agradable melodía… Ajenos a la tragedia que por entonces vivía Nicaragua, y sin imaginar la tempestad que se desencadenaría tan solo unos meses después.

En 1978 la televisión no nos trajo desde Nicaragua las imágenes del festival OTI, que le correspondía organizar como país vencedor de la edición anterior. El estruendo de la guerra desplazó a las musas. Nicaragua, el país que se había hecho presente en nuestros recuerdos de infancia y adolescencia con una canción, se hallaba inmerso en un atroz conflicto armado.

Guerra civil en Nicaragua

Un país hermano del que hasta entonces sabíamos poco. Yo era capaz de localizarlo en un mapa, sabía que su capital era Managua, conocía su bandera y su escudo, que Rubén Darío era nicaragüense, y que años antes había ocurrido un devastador terremoto. Pero a mis doce años no tenía idea de quién había sido Augusto César Sandino, quiénes eran los Somoza, quién había sido Pedro Joaquín Chamorro, que también allá, al igual que en el Perú, existía un diario La Prensa, qué cosa era la Guardia Nacional. Y mucho menos sabía que la canción había nacido después de que el autor hizo una visita a los desamparados hijos pequeños de un obrero encarcelado y torturado por el gobierno somocista.

Nicaragua no era simplemente un país con problemas sociales, como podían serlo otros de América Latina. Una feroz dictadura dinástica oprimía a Nicaragua desde hacía décadas, asesinando, torturando; gobernaba entonces Anastasio Somoza Debayle, cuyo padre y hermano habían ocupado la presidencia antes que él. Somoza quería hacer aparecer a Nicaragua como una democracia, organizando elecciones… elecciones, claro está, arregladas de antemano. Y para el colmo, Somoza se enriquecía vorazmente, sumiendo a su pueblo aún más en la miseria. Su implacable codicia llegó a tal punto que, incluso, se apoderó de parte de la ayuda destinada a los damnificados del terremoto de 1972.

Y nos solidarizamos con Nicaragua. Y esperábamos que la caída del régimen somocista trajese un futuro mejor al país, especialmente para los Quincho Barrilete que luchaban a diario por sobrevivir en medio de la pobreza. Pero la revolución triunfante fue afectada por disensiones internas, incurrió en actitudes autoritarias rayanas en la dictadura, prolongó su permanencia en el poder mediante unas cuestionadas elecciones, mientras que la miope administración Reagan también puso lo suyo, con sanciones económicas y apoyando a un grupo armado, la “Contra”, que pretendía derrocar a los sandinistas. Y la paz se alejó nuevamente de Nicaragua.

Carlos Mejía Godoy. Foto: Jorge Mejía Peralta
Carlos Mejía Godoy (Foto: Jorge Mejía Peralta)

Tratando de saber algo más sobre Quincho Barrilete, hallé un par de artículos aparecidos en la prensa nicaragüense que me ilustraron acerca de la destacada trayectoria que Carlos Mejía Godoy tenía ya por entonces. Supe, además, que, debido a sus canciones testimoniales, el cantautor estaba en la mira de la dictadura somocista y pudo haber sido asesinado. Para participar en la eliminatoria nacional, Mejía Godoy inscribió a su canción en el mayor de los secretos. Tan solo su esposa y Guayo González sabían quién se escondía bajo el seudónimo de “Julián Pirinola”.

Quincho Barrilete cumplió treinta años en el 2007. Tres décadas han pasado desde su consagración internacional en Madrid. Y la consiguiente pregunta es: ¿Qué ha cambiado desde entonces para los millones de Quinchos Barrilete de América Latina?

Creo que todos conocemos la respuesta.

Aquí les dejo los enlaces para que puedan conocer con más detalle cómo surgió la canción, las difíciles circunstancias en que fue seleccionada, así como leer una breve entrevista a Carlos Mejía Godoy: Se multiplica el drama de “Quincho Barrilete” (Diario La Prensa de Nicaragua, 12.10.2002) y 30 años de Quincho Barrilete (El Nuevo Diario, Nicaragua, 01.06.2007).

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Adiós, maestro

Se ha ido. Esta vez, cayó el telón de manera definitiva para uno de los más grandes tenores de la historia. Aquí yo no voy a hacer ningún resumen de su vida ni brindar datos. No, eso no me corresponde; ni tengo ganas de hacerlo. Tan sólo quiero compartir las emociones que aquella voz, de la mano de Puccini, despertó en mi alma cada vez que desde un antiguo tocadiscos primero, y desde un reproductor de CD después, el extraordinario Luciano encarnaba al Rodolfo de La Bohéme, aquel poeta humilde y pobre que vibra de emoción al ver por primera vez a Mimí. El aria Che gelida manina, hermosa ya de por sí, en la interpretación de Pavarotti, transmitía toda la dulzura de la que es capaz un alma sensible.

La Bohéme, dirigida por Herbert von Karajan, con Pavarotti en el papel de Rodolfo y Mirella Freni interpretando a Mimí, fue el primer disco de ópera que compré; de segunda, sí, pero en buen estado. Mi hermano, años más tarde, tuvo el acierto de regalarme la misma versión en CD. Maestro, usted estuvo en Lima, allá por el año 1995. Yo no fui a verlo: es que no me encontraba en Lima sino en Alemania. Ahora siento la tentación de coger los CD y echar a reproducirlos. Pero desisto. Mi homenaje será distinto: desempolvaré mis LP de La Bohéme e intentaré echar a andar la vieja tornamesa, para escucharlo como la primera vez, cuando llegué a casa emocionado e impaciente para tocar en aquel viejo equipo la primera ópera que compraba, momento que usted desde la lejanía y la distancia del tiempo, sin saberlo, compartió conmigo.

Descanse en paz, maestro.

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«Star Wars», el crítico y yo

Darth Vader

Su nombre no lo conozco. Debió de aparecer, como en todas las columnas de crítica de cine. Quizás aún escriba hoy, tal vez sea uno de los más reputados. No lo sé, ni tengo manera de saberlo. Tampoco recuerdo en qué periódico apareció su crítica demoledora. Pero creo que nunca la lectura de una columna influyó tanto en mi experiencia cinematográfica.
Yo tenía entonces unos doce años, y mis padres habían ido al cine unos días antes. A la mañana siguiente, mi madre me comentó que habían visto avances de una película realmente espectacular. Su nombre: La Guerra de las Galaxias.
Sí, señoras y señores. Nada de Star Wars. El nombre en español, por supuesto. En fin, pronto empezó la publicidad en periódicos y televisión. Y hubo incluso un preestreno al que intenté asistir: una promoción del entonces existente y vigente Monterrey, que te permitía comprar entradas con unos billetitos llamados reyes, emitidos por el hoy desaparecido supermercado. Pero no conseguí entrar. Había una cola inmensa y disputada. Algo de desorden se produjo en algún momento, y supe por primera vez cuánto duele un golpe propinado por la vara de un policía.
Quedé, pues, a la espera del estreno para ir a una función “normal”, como a las que asistimos los comunes de los mortales.
Y en esa espera estaba cuando, no sé como ni por qué, un día, en presencia de toda la familia abrí el periódico, y probablemente buscando la cartelera, di, como nunca antes con la columna de crítica de cine. Y el título naturalmente me atrajo: simplemente decía La Guerra de las Galaxias.
Y empecé a leerla. Y en voz alta, a pedido de la familia, cuando exterioricé mi interés. Minutos más tarde, concluida la lectura, nuestro entusiasmo por la película se había metamorfoseado en menosprecio. El crítico nos había convencido, con su sesudo análisis y enumeración de fundamentos, de que no valía la pena ver La Guerra de las Galaxias, que se trataba de una película mala.
Así pues, no fui a ver La Guerra de las Galaxias, a contracorriente del entusiasmo general. Paradojas de entonces, cuando nadie creía en los periódicos porque estaban parametrados por el Gobierno militar. Meses más tarde Panamericana Televisión terminó por confirmar las apreciaciones del crítico cuando anunció y transmitió La Guerra de las Galaxias: nos parecía increíble que alguien hubiese perpetrar una barbaridad así. Pero claro, Panamericana no nos había dicho que se trataba del “Especial de Navidad”, una película para la televisión, a cuya retransmisión y publicación en DVD se niega hasta ahora George Lucas.
Y pasaron luego El Imperio contraataca y El regreso del Jedi. Y permanecí ajeno a jedis, ewoks, robots, imperios y a cuanto personaje o bicho poblaba la saga. Años después, el entusiasmo de mi hermano menor por la ciencia-ficción me hizo volver los ojos hacia el trabajo de Lucas y apreciarlo, poniéndolo en su justa dimensión. Aunque claro, no es lo mismo ver Star Wars en la tele a los veintitantos que a los doce o trece. Por supuesto, hace muchos años aprendí a tomar con pinzas lo que dicen o escriben los críticos y ya ninguno me volvió a aguar una función. Pero como que algo se perdió.
En todo caso, no se la aguó a aquel contra quien había dirigido sus baterías. Lo único que consiguió el crítico fue arrebatarle a Lucas un espectador que le hubiera representado unos centavos más en su fortuna.

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La rutina

"Hercule et l

Libro contra la rutina una despiadada guerra sin cuartel. Ella es desde hace muchos años una opresora sin escrúpulos que al mismo tiempo, vieja zorra, ha aprendido a disfrazar astutamente su tiranía. Es una fiera venenosa que nos seduce con su regazo protector, pero que una vez que nos tiene en sus brazos, nos inocula su veneno paralizante, adormecedor. Heridos por la mordedura, nos empezamos a sentir vulnerables, y en lugar de huir de ella, a ella nos aferramos, buscando el calor, eso que llaman seguridad. Ella misma nos hinca la ponzoña, y a ella misma nos aferramos: no necesita de sus garras. Le tememos a todo lo que se encuentra más allá de sus peludos brazos de bestia. Su pelaje frondoso es un colchón mullido y caliente que nos aísla del frío exterior. Y nos acurrucamos en su seno presuntamente maternal, y cerramos los ojos, y decimos gracias.
Emprendo la carrera por alejarme de la bestia. Es veloz, y parece darme alcance, mientras mis pies avanzan dificultosamente hundiéndose en la nieve y el barro. En medio del aire gélido, me envía a través de un suave viento delicadas emanaciones de su calor, para recordarme que con ella mis brazos no tiritarán de frío, que podré seguir alimentándome de su leche fresca y caliente, que lejos de ella solamente me quedará cavar entre el hielo para arrancar los tubérculos sepultados por el invierno.
Me llama… conoce mi nombre… sabe quién soy…. Y le urge atraparme, convencerme de que todo con ella era mejor… Y cada vez el camino se hace más difícil: ya no es solamente la nieve y el barro… he de abrirme paso entre pantanos, marismas y ascender escarpadas montañas… Y cuando quiero alejarme más y ascender, descubro que ella también posee alas.
Pero existe una frontera, un límite que ella no puede atravesar, porque ella es prisionera en su reino… y lucho por cruzar esa frontera… Sigue leyendo

El principito y el zorro

Es el Día del Amor y de la Amistad, motivo, entre otras cosas para escribir; sin embargo, ocupado como ando estos últimos días -principalmente en menesteres cotidianos- sin el tiempo ni las energías necesarios para esculpir un nuevo granito de arena que se sume a todo lo que se ha dicho y escrito sobre el tema, he considerado lo mejor, cederle la palabra al gran Antonie de Saint-Exupéry y ofrecerles un fragmento de El Principito.

Que pasen un bonito día de San Valentín.

21

Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.

ENTONCES apareció el zorro:

—¡Buenos días! —dijo el zorro.

—¡Buenos días! —respondió cortésmente el principito, que se volvió pero no vio nada.

—Estoy aquí, bajo el manzano —dijo la voz.

—¿Quién eres tú? —preguntó el principito— ¡Qué bonito eres!

—Soy un zorro —dijo el zorro.

—Ven a jugar conmigo —le propuso el principito—, ¡estoy tan triste!

—No puedo jugar contigo —dijo el zorro—, no estoy domesticado.

—¡Ah, perdón! —dijo el principito… Sigue leyendo

¿Primavera? ¿Cuál primavera?

William Bouguereau: Le retour du printemps

Ha sido una constante a lo largo de estos días, especialmente en noviembre: hago una pausa en el trabajo, me levanto del asiento y me dirijo a la ventana de la oficina. Hago a un lado las persianas y miro a través de ella: supuestamente, oficialmente es primavera. Pero no hay sol. Y el techo de nubes pinta aún más de gris un incoloro paisaje de ladrillo y concreto. Cierto día no puedo evitar hacer un comentario al respecto. Y alguien me dice convencido “Yo siempre creí que la primavera es una farsa, una mentira”.
Radical la afirmación, sí. Pero ¿cómo no darle la razón? Un domingo soleado, como el de anteayer, es como una golondrina: no hace la primavera. ¿Dónde está la primavera?, me pregunto. Sólo recuerdo, y con ello me remonto a mi infancia escolar, unos lugares donde siempre la encontraba tal como se supone que es: en los libros de lectura o en los textos del curso de Lenguaje o Castellano (según sea el nombre dado ocasionalmente). Ahí estaba la primavera, hecha en base a una cantaleta de lugares comunes tomados, calcados o adaptados, no cabe duda, de fuentes escritas en lugares donde sí existe la primavera. También había canciones: Viene llegando la primavera, sembrando flores, sembrando flores… Y la farsa se completaba con la típica actuación escolar, en la que se tenía que sacrificar a alguien (en esa época mi colegio era sólo de hombres) para que ataviado con vestido largo, peluca de señora de los 70, recargado de flores y con varita mágica de hada, represente a la nueva estación . Paradójicamente, la ocasional drag queen recitando versos bajo el cielo nublado y gris, resultaba ser la mejor imagen de la primavera limeña.
Y es que no hay propiamente primavera, pese a que el SENAMHI nos recuerde todos los años que tal día a tal hora con tantos minutos, tantos segundos y cuchucientos nanopericosegundos se inicia la primavera. Pero no. El clima, lo que hace es jugar a la primavera con los atormentados habitantes de la capital peruana de la misma manera que lo hace el gato con el ratón. Por lo general, el invierno se prolonga sembrando la incertidumbre en cuanto al verdadero inicio de la estación. Este año, en cambio, parecía adelantarse: días soleados a mediados de setiembre, que nos hicieron dejar alguna prenda abrigadora en casa. La situación parecía coherente con los anuncios de un nuevo fenómeno de El Niño. Pero cuando, confiados en los días de sol precedentes, mandamos a hibernar a las mangas largas, pues resulta que la incipiente y supuesta primavera decide darse cinco minutos más para continuar con su siesta invernal y nuevamente nos encontramos con los días grises y nublados.
No, pues. En Lima no existe primavera…
Pero tampoco quiero creer que sea una mentira, una farsa. Prefiero pensar, más bien, que la primavera es un sueño, una esperanza… Sigue leyendo

Quiero escribir pero…

A bearded man sits writing at a mediæval writing desk

¿Cómo puedo representar la furia que uno siente cuando la tecnología se torna caprichosa y te cierra el acceso al mundo? Quería escribir un post, quería publicarlo… Y la máquina estaba lentísima. Me cambié de computadora, pero igual: tendría que ser problema de la red o de los correspondientes servidores. Apenas pude ver las páginas que buscaba: mis correos y la administración de este blog para dejarles algo… pero la pantalla se mantenía en blanco mientras el medio globo terráqueo del logo de Internet Explorer giraba sin cesar, indiferente a mi necesidad de comunicarme con ustedes. El asunto parecía mejorar por momentos: con gran esfuerzo, como si luchara contra alguna especie de estreñimiento electrónico, iban poco a poco apareciendo las páginas, por pedacitos, pero nunca por completo, pues el monitor terminaba salpicado de esas aspas rojas encerradas en cuadraditos blancos que te dicen que en ese lugar hay una imagen. Claro, podríamos decir que es otra herramienta para fomentar la participación interactiva del internauta y ejercitar su imaginación. Pero no estaba con ganas de reírme ni de hilar un floro para justificar lo injustificable. Cuando ya llevaba veinticinco minutos en ese plan, decidí que era mejor abandonar esa nave que no me llevaba a ninguna parte y regresar a casa a ver lo que quedaba de La gran sangre y pagar tan solo cincuenta céntimos por el tiempo desperdiciado. Pero el cierre de las páginas de correo se volvió imposible, enviándome a páginas en blanco y teniéndome haciendo click una y otra vez, y actualizando hasta llegar a asegurarme que mis buzones quedaban herméticamente cerrados. Pero mientras eso, excedí largamente la media hora, y esa noche se me fue un sol a cambio de la nada. ¿Por qué justo en ese momento tenía que pasar, justo en un momento en que necesitaba escribir, decir, expresarme? Sigue leyendo

Decir algo

Hiroshige: Celebration of the Cock Festival in the Ricefields near Asakusa

A una cabina pública no viene uno en busca de la comodidad: ésta es apenas un valor añadido al servicio que uno pretende a cambio de unas pocas monedas, en este caso una computadora conectada a Internet, y convenientemente dotada para navegar sin dificultades. No es un lugar especial, no hay detalles especiales, y, en realidad, no tengo por qué esperarlos: no los habrá en ninguna. Por el momento, no me es posible escribir este post desde mi habitación, ahí en el mismo lugar donde garabateo borradores literarios (en sus intenciones) sobre la hoja en blanco del procesador de textos; no están mis libros alrededor mío; tan solo me acompaña 1984 de Orwell, que llegó hasta aquí para ayudarme a tolerar una probable espera, mientras se desocupaba una máquina. Los ruidos del ambiente están presentes, pese a los audífonos; por fortuna, aquí no están gritando chiquillos, como en otras ocasiones cuando se lanzan a jugar en línea. Se siente el golpeteo de los teclados, la transmisión de un partido del Clausura en TV, algún automóvil que pasa. Únicamente, la belleza y la voz de una ochentera Olivia Newton-John interpretando Carried away, gracias a You Tube, le ponen la cuota de poesía a esta atmósfera cibernética.
Quizás no es la mejor hora para venir, cuando me hallo terriblemente cansado y mi cuerpo exige que me tire a la cama. Alguna o alguno preguntará por qué no escribo un borrador en la casa y lo traigo luego en un disquete para postearlo. Y es que, simplemente, a veces, no se puede. O las más de las veces, probablemente. Otro tipo de escritos quizás. Pero esta vez no, porque simplemente sentí la necesidad de expresar, de decir esto, en este momento y no en otro… Sigue leyendo