Por: Tayiel Escritores y Redactores

Como ya lo mencioné, era un tercer piso que en realidad era la azotea. Era una casa pequeña pero bonita, de linda fachada y curiosos doseles. Como era de esperarse, los arrendadores suelen recibir al nuevo inquilino con halagos y romerías para procurarse un contrato muy conveniente. Siendo un chaval que ni llegaba a los veinte, mi madre se ocupaba de los trámites y dejarme bien recomendado. Y aquí va el primer error de todo arrendatario: llegar a una casa, pagar doble por su estancia (un mes por adelantado y otro en garantía) y solicitar “por favor” se nos acoja en ella. ¡Mal! ya que, desde aquel fulminante instante, pasas de ser cliente a mendicante; de usuario a intruso.
Bueno, pasaron semanas acostumbrándome a mi nuevo rincón y a la nueva familia que – al menos – vivía en el primer piso y no osaba subir al mío. Quien lo hacía era su doméstica cuando lavaba ropa o hacía uso del baño que compartíamos.
Fueron varios meses de tranquilidad. Meses en que iba descubriendo ene cosas, como el verano, la dicotomía de la soledad y la compañía; y mi precaria sexualidad. El clima era la novedad y aportaba a que despierte mis gustos licenciosos por las veraneantes y sus ropas diminutas; vaya que sí. Me quedaba pasmado (por no decir erecto) viendo a las vecinas, a la hija del dueño, a mi profesora e incluso a mi tutora de la academia Nayezka. Así de agitado estuve hasta que conocí a Naomi.
Enamorarse por segunda vez, en mi caso, duele más que la primera. De hecho, no hablaría de ella; pero ya que hoy toca recordar mi segunda estancia, ella se vuelve inevitable. Naomi es una historia aparte, pero como dije es imposible dejarla pasar en este relato sin evocarla. Hasta hoy, con tan solo cerrar los ojos, puedo rozar sus cabellos; sujetarla de la mano o recibirle aquella flor que me obsequió y quebró mi vida para siempre. Lo cierto es que, por una serie de eventos que en algún momento contaré, lo nuestro no funcionó.
Herido, frustrado y feo me encerré conmigo mismo en la habitación azul. Pude ahorrarme algunos soles dejando de desayunar y pude comprarme la primera cinta original que tuve de mi ídolo: Ricardo Arjona en Vivo. Mis dias en la academia eran monótonos y mis noches en el cuarto eran patéticos. Arjona y yo éramos una combinación fatal.
La soledad había horadado mi voluntad. Estaba muy mal, cagado. La empleada quiso hacer algo por mí, pero todo terminó solo en frotes. Mi pene era curioso y a la vez retraído. En una ocasión, cuando estuve a punto de lograr la penetración mis hormonas desquiciadas terminaron por eyectar mis soldaditos antes de la guerra, nomás en la puerta. Humillado, ella se subió las bragas y nunca más lo intentamos.
Con lo último, mi mundo estaba de cabeza. Conocí la depresión muy de cerca y estudiaba más menos que más más. Y de pronto la pekinesa negra, mascota del dueño, parió cuatro cachorritos. Una tarde mientras charlábamos él se animó a regalarme uno de ellos y éste se convirtió en mi segunda mascota de mi vida.
Me legué a bañarlo casi todos los días porque hallé toda una colonia de pulgas que se adherían a sus orejitas para chuparle la sangre. Mi vida volvía a tener un sentido y un propósito más allá del ingreso a la universidad: debía asearlo, despulgarlo, darle de comer y acompañarlo. Arjona había pasado a segundo plano y mi perro a protagonizar mis días.
Mentiría si les dijera que recuerdo cuánto tiempo pasé con aquel perrito. De hecho, ahora que miro al techo escudriñando mi mente, ni siquiera recuerdo cómo lo bauticé. No fueron muchos, empero lo que sí recuerdo muy bien, es que una tarde busqué a mi perro en la cuna que había hecho para él y no lo encontraba por ninguna parte. Bajé a preguntar y feliz me enteré que el dueño lo tenía. Estaba entregándomelo para llevarlo de regreso, cuando de pronto una de sus hijas salió y regañando a su padre me lo arrancó de los brazos. Discutimos, traté de impedirlo, pedí, supliqué y, aun así, la muy pu me lo quitó. La maldita pu, deshizo mi corazón sin conmiseración. Si hubiera podido golpearla y patearla lo hubiese hecho. Solía ser un chico manilargo, agresivo en muchas ocasiones y, sin embargo; aquel día me quedé inmóvil y lloré frente a esa puta innoble que disfrutaba viéndome rogar.
Si el Corona Virus fuera selectivo y la naturaleza sabia; estoy seguro que extinguiría a estos seres malhadados que hieren a discreción. No se equivoquen, aunque así lo escribo, no me convertiría en un feminicida. Yo le deseo una muerte lenta y dolorosa, donde la vida misma le quite lo valioso de a pocos y muera como es: una muy muy muy pu.
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