Mi generación se va haciendo cada vez más afortunada al atestiguar y aprender las argucias de cómo operan las mafias políticas que gobernaron y gobiernan aún nuestro país. Son suertudos los académicos, periodistas y gente de leyes que pueden ver cómo se levantó y, nomás luego, se vino abajo una banda criminal desde sus entrañas.

Hermanitos y testaferros, confesiones y delaciones, reparticiones y pitufeo, lavaderos y botiqueros todo un glosario enriquecedor para describir un mundo oscuro repleto de personas inescrupulosas que llegaron al poder con mentiras y que nunca quisieron nada bueno para sus paisanos.

Así se aprende: ¡a malas! Esta interesante coyuntura no es nada menos que una verdadera escuela de mafiosos en la cual estoy agradecido de aprender. Sin embargo, dejemos por un momento este post grado en la capital y volvamos la mirada hacia acá ¿Cuántos pitufos y Gargamels caminan de la mano por las calles de esta ciudad? ¿Estarán realmente seguros de que la justicia no los tocará?

Os sugiero que sean sensatos y que se gradúen de esta escuela confesando y pagando sus culpas. Paguen por hacerse ricos a costa de muerte y hambre que ocasionan todos los días. Porque el mal social son ustedes. Ustedes, son los “cuellos blancos” de rapiña que empobrecen el país y a su gente. Aprendan a reconocer y pedir perdón y, aunque no sea suficiente y para muchos demasiado tarde; quizás así tengan algo de redención.

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