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Artículos con la etiqueta testimonio


Comparto con ustedes este testimonio de conversion en el cual se refleja la forma como muchos protestantes atacan a la Iglesia Católica directamente en la Casa de Dios y con los Sacerdotes como víctimas directas.

Leanlo y saquen sus propias conclusiones.

Si les gusta difúndanlo, pero definitivamente yo si creo que el demonio es protestante, el "viejo" tiene a mucha gente en el error de las sectas y están atacando a la Iglesia Católica para destruirla por eso hay que restituirla.
Satanás no va a vencernos.


Karla Rouillon

Testimonio de mi conversión al Catolicismo
Por Luis Miguel Boullón

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SATANAS TENTANDO A JESUCRISTO EN EL DESIERTO UTILIZANDO TEXTOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS


¿El Demonio es protestante?, fue la primera frase que pronuncié, tras mi conversión, a quienes me escucharon por más de doce años como su pastor. El escándalo fue mayúsculo. Algunos ya habían notado que mis vacaciones fueron demasiado precipitadas y quizá hasta exageradamente prolongadas. Fueron unas vacaciones raras incluso para mi familia, que me veía reticente a las prácticas habituales en casa, como la lectura y explicación de la Biblia. Ya habíamos tenido demasiadas rencillas a causa de mis nuevos pensamientos.


¿Al principio fue el Verbo?

Recuerdo vívidamente los primeros movimientos de rabia que tuve al leer un artículo en esta Revista que ahora aprecio tanto, como es la que me honra publicando este trabajo. Yo encontraba que la nota era demasiado radical en sus afirmaciones, demasiado rotunda para lo que yo estaba acostumbrado a leer.

No me dejaba muchos flancos descuidados por donde atacar. O refutaba el centro del asunto o no tenía sentido desmenuzar tres o cuatro aspectos como se me había enseñado a realizar de forma automática e inconsciente. Generalmente los católicos tienen como que una cierta vergüenza por mostrar todas las cartas sobre la mesa, y como no muestran todo con claridad, es muy fácil prender fuego a sus tiendas de campaña, porque dejan demasiados lados flojos.

En lo personal nunca recurrí a lo que ahora entiendo como leyendas negras, porque me parecía que era inconducente debatir basándome en miserias personales o grupales sin haber derribado la propia lógica de su existencia. Eso hice con algunas sectas o con temas como la evolución o algunos derechos humanos según se les entiende normalmente.

Reconozco que muchos de los que en ese momento eran mis hermanos caen en ese error, tratando de derribar moralmente al adversario diciéndole cosas aberrantes sobre su fe. Pero basta un buen argumento, y bien plantado, para que uno se vea obligado a retirarse a las trincheras de la Biblia y no querer salir de allí hasta que el temporal que iniciamos se calme al menos un poco. Pero no nos funciona a todos el mismo esquema. Muchos no se rigen tanto por la razón como por el placer de vencer en cualquier contienda.

El artículo en cuestión me obligaba a pensar sólo con ideas, porque de eso trataba. Mi manual con citas bíblicas para cada ocasión me servía poco. Cualquier cosa que dijera sería respondida con otra. No era ese el camino.
Creo haber estado meditando en el problema unas cinco o seis semanas. Hasta que resolví acudir a la parroquia católica que quedaba cerca de mi templo. El sacerdote del lugar se deshacía en atenciones cada vez que nos encontrábamos. La verdad es que él estuvo siempre mucho más ansioso de verme que yo de verle a él. En ocasiones nos veíamos forzados a encontrarnos en público por obligaciones propias del pueblo. Pero de ordinario no nos encontrábamos. Era lo que ahora se llama un ?cura nuevo?, con una permanente guitarra en las manos y muchas ganas de acercarse a mí.


Primera confesión de mala fe

Yo aprovechaba - Dios me perdone - de sacarle afirmaciones que escandalizaban a mis feligreses. El pobre nunca entendió que el ecumenismo muchas veces sirve más para rebajar a los católicos que para acercar a los separados. Uno tiene la sensación de que si la Iglesia puede ceder en cosas tan graves y que por siglos nos separaron, entonces realmente no le importaba tanto como a nosotros, que jamás cambiaríamos una sola jota de la doctrina.
Otra cosa que solía hacer - me avergüenzo al recordarla - era tirar a mis chicos a discutir con los de la parroquia. Los pobres parroquianos se veían en serios apuros en esas ocasiones.
En el fondo yo me aprovechaba de que los chicos católicos estaban muy mal formados. Como comentábamos a sus espaldas: sólo van a la parroquia a divertirse, para repartir cosas a los pobres y para hacer dinámicas de vida, pero de doctrina y de Escrituras no saben nada.
Nos gustaba vencerlos con las cosas más tontas posibles. A veces surgían temas más sabrosos, pero con los argumentos normales bastaba para al menos hacerles callar.
Esa tarde no estaba el sacerdote de siempre. Había sido removido de la parroquia por una miseria humana comprensible en alguien tan cálido en su manera de ser. Cayó en las redes del demonio bajo la tentadora forma de una parroquiana, con la que ni siquiera se casó.
A cambio del párroco de siempre salió a atenderme, con una cara menos complacida, un sacerdote viejo y de mirada penetrante. Lo habían castigado relegándolo dándole el cuidado de la parroquia de nuestro pequeño pueblecito. En los últimos treinta años la población había pasado de mayoritariamente católica a una mayoría evangélica o no practicante.
Yo generalmente acudía para refrescar mi memoria y cargarme de elementos que luego trabajaba como materia de mis prédicas, o para sondear la visión católica de alguna cosa.
El Padre M. no fue tan abierto. Me recibió con amabilidad, pero con distancia. Le planteé asuntos de interés común y me pidió tiempo para aclimatarse y enterarse del estado de la feligresía. Noté que habían sido arrancados varios de los afiches que nosotros les regalábamos cada cierto tiempo y que constituían verdaderos trofeos nuestros plantados en tierra enemiga.
En verdad quedé un poco desarmado, pero logramos charlar casi de todo. Casi, porque en doctrina comenzó él a morderme. Yo comencé a responder como de costumbre, citando con exactitud una cita bíblica tras otra, para probarle su error o mi postura.
En un aprieto que me puso, le dije: Padre M. comencemos desde el principio. Y el varón de Dios, a quien supuse enojado conmigo, me dice: De acuerdo: al principio era el Verbo y ? ?
Me largué a reír nerviosamente. Aparte de que me respondía con una frase utilizada en la Misa (al menos en la tradicional), ¡imitaba mi voz citando la Biblia!
Pastor Boullón, me dijo luego, No avanzaremos mucho discutiendo con la Biblia en mano. ¿Ya sabe usted que el Demonio fue el primero en todo crimen? y por eso también fue el primer Evangélico.

Eso me cayó muy mal. ¡Me insultaba en la cara tratándome de demonio! Sin dejarme explicar lo que pensaba, se adelantó:
- Si, fue el primer evangélico. Recuerde que el Demonio intentó tentar a Cristo con ¡la Biblia en mano!
- Pero Cristo les respondió con la Biblia?
- Entonces usted me da la razón, Pastor. Los dos argumentaron con la Biblia, sólo que Jesús la utilizó bien y le tapó la boca.
Tomó su Biblia y me leyó lo que ya sabía: que cuando el Señor ayunaba el demonio le llevó a Jerusalén, y poniéndole en lo alto del templo le repitió el Salmo XC, II-12): Porque escrito está que Dios mandó a sus ángeles que te guarden y lleven en sus manos para que no tropiece tu pie con alguna piedra?
Pero el Señor le respondió con Deuteronomio VI, 16: Pero también está escrito "No tentarás al Señor tu Dios".
Y el demonio se alejó confundido.

Yo también me alejé, como el demonio, confundido. Me sentía rabioso por haber sido llamado demonio, y por lo que es peor: ¡ser tratado como el demonio en el desierto!
Creo que fue la plática más saludable de mi vida.

La táctica del demonio

Llegué a casa rabioso. Me sentía humillado y triste. No era posible que la misma Biblia pruebe dos cosas distintas. Eso es una blasfemia. Forzosamente uno debe tener la razón y el otro malinterpreta. Busqué ayuda en la biblioteca que venia enriqueciendo con el tiempo. Consulté a varios autores tan evangélicos como yo, pero de otras congregaciones. No coincidíamos en las mismas cosas, pese a que todos utilizábamos la Biblia para apoyar lo que decíamos y demostrar que los otros se equivocaban.

Me armé de fuerzas y a la primera oportunidad, caí sobre el despacho parroquial del Padre M. Me recibió tan amable como la vez pasada, sólo que esta vez su distancia la hacía menos tajante a causa de su mirada divertida y curiosa de la razón que me llevaba otra vez a su lado.
Le largué un discurso de media hora sobre la salvación por la fe y no por las obras. Concluí -creo- brillantemente con la necesidad de abandonar a la Iglesia.
Y cerré tomando la Biblia del cura y le leí hechos XVI, 31: ¿Qué debo hacer para salvarme?, preguntó el carcelero. Cree en el Señor Jesús -respondió Pablo- y te salvarás tú y toda tu casa.
Bebí un sorbo del té que me había ofrecido y le miré desafiante, esperando su respuesta. Pasaron eternos minutos de silencio.
Cuando carraspeé, el sacerdote me dijo:
- ¿Continuará la lectura de San Pablo?
- Ya terminé, Padre M.
- ¿Cómo que ha terminado? ¡Continúe! Vaya a Corintios, XIII, 32.
- Leí en voz alta: Aunque tanta fuera mi fe que llegare a trasladar montañas, si me falta la caridad nada soy
- Entonces la fe
- La fe? la fe? la fe es lo que salva
- ¡Vaya novedad! Me dice riendo. ¡No se bien quien creó la estrategia protestante de argumentar con la Biblia, pero creo que bien pudieron ser los demonios que ahora encontraron un buen medio para salvarse!
- ¿Salvarse?
- Si.. salvarse, amigo mío. ¿Acaso no es el apóstol Santiago quien nos dice que hasta los mismos demonios creen en Dios? Y si sólo la fe salva?
- ?
- No se quede en silencio, Pastor, siéntese aquí que se aliviará un poco. Si quiere seguir como el Demonio, tentándome con la Biblia, le recuerdo que ahí mismo se nos dice que esa fe no salvará a los demonios, porque ?como un cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin obras está muerta? (c.II) Y aún así los católicos no decimos que sea sólo fe o sólo obras. Cuando al Señor se le pregunta sobre qué debemos hacer para salvarnos, Él dice ?Si quieres salvarte, guarda los mandamientos? Ahí tiene usted la respuesta completa.

Me acompañó hasta la puerta y me dijo: Le dejo con dos recomendaciones. La primera es que se cuide de sus hermanos de congregación. Ya sospechan de usted por venir tan seguido. La segunda es que vuelva usted cuando me traiga alguna cita bíblica ? sólo una me basta ? en que se pruebe que solo debe enseñarse lo que está en la Biblia.
Caminé a casa más preocupado por los comentarios que por el desafío. Eso sería fácil.

Sólo la Biblia

Mientras buscaba una cita que respondiera al sacerdote, caí en cuenta de que estaba parado en el meollo del asunto que por primera vez me llevó a esa parroquia con otros ojos. Si es sólo la Biblia, me dije, entonces el problema del artículo queda resuelto: se debe probar por la Biblia o no se prueba.

Ya imaginarán ustedes el resultado. Efectivamente no encontré nada. En años de ministerio, jamás me percaté de que lo central, esto es, que sólo debe creerse y enseñarse la doctrina contenida en la Biblia, no está en la Biblia. Encontré numerosos pasajes bíblicos que le conceden la misma autoridad que a las enseñanzas escritas en la Biblia a las doctrinas transmitidas por vía oral, por tradición.
Desde este punto en adelante muchos otros cuestionamientos fueron surgiendo de la charla con el Padre M. y de la lectura de esta revista y de mucha literatura escrita con fines apologéticos.

El pago del mundo

Por un momento distraeré la atención de mis incursiones a la parroquia católica. Quizás sea porque un sacerdote es esencialmente distinto a un Pastor protestante, o quizás por la experiencia de distintos ordenes (confesión, dirección espiritual, etc.), el Padre M. acertó en su advertencia sobre las miradas que me dirigían mis feligreses a causa de esas visitas no estrictamente ecuménicas.

Yo aún no me había percatado de esa desconfianza, pero observando con mayor atención notaba reticencias, censuras y reproches indirectos. Aún la guerra no se declaraba. Sólo desconfiaban.

Me decepcioné mucho, pero no me dejé vencer por la tentación. El demonio -pensaba- me estaba tentando con Roma y para eso endurecía los corazones.
Pasada una semana de angustias, me senté con mi esposa para charlar. Necesitaba desahogarme. Me encontraba en un punto tal que no quería volver a la parroquia católica pero tampoco me sentía en paz con eso.

Después de la cena, oramos con los chicos y se fueron a dormir. Me sentí y abrí mi corazón a mi esposa. Ella había sido una amante confidente y mi compañera de penurias y alegrías. Me escuchó con atención.
Sus palabras fueron tan sencillas como su conclusión: debía alejarme inmediatamente del sacerdote católico y tratar de recuperar la confianza de mis feligreses. Eso era lo prioritario. Teníamos una obligación de fe y teníamos que mantener una familia. No se hablaría más. El caso estaba resuelto -para ella.

Traté de cumplir con todo. Ella siempre fue la sensatez y me refrenaba en las locuras. Dejar de ir a la parroquia fue más fácil para el cuerpo que para mi alma. Algo me atraía de ese ambiente, y por lo demás deseaba la compañía de ese sacerdote provocador y bonachón.
Más difícil fue ganarme la confianza de los feligreses. Me exigían como prenda evidente que atacase más que nunca a la Iglesia para demostrar públicamente que no les guardaba ninguna simpatía.

Esto me costó, pues tenía que predicar omitiendo aquellos puntos en los que difería ya de mi anterior pensamiento.
Con el tiempo, mi familia y mis feligreses me dieron vuelta sus espaldas y fue la gran cruz que tuve que soportar por amar a Cristo en Su Iglesia.

Mi querido amigo se despide

No he querido exponer aquí todas las cosas que charlamos con el buen Padre M. durante semanas y semanas. Yo le visitaba furtivamente y el me acogía con amable paternalidad. Yo daba vueltas en torno al tema e intentaba responder a las sabias preguntas con las que me desafiaba. ¡Cómo detestaba tener que darle la razón!
El tiempo me fue haciendo más perceptivo a sus sutilezas e ironías. De alguna forma misteriosa este sacerdote me tenía cautivado. Me acorralaba hasta la muerte, pero me daba siempre una salida honorable. Le gustaba desmoronar todos mis argumentos.

Su estilo era único: destrozaba mis argumentos, acusaciones y refutaciones primero desde la lógica, dándome dos posibilidades? o quedar como un tonto o verificar por mi mismo esa estupidez.
Luego, y sólo luego, me invitaba a revisar el punto que yo trataba -si tenía sentido- desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras. Supongo que uno de sus mayores puntos fuertes era su sólida cultura y su gran vida de piedad.

Recuerdo perfectamente una fría mañana cuando recibí un aviso telefónico de la parroquia. Me pedía que le visitara en un hospital de los alrededores. Sin meditar en las normas de cautela que tomaba para evitar que mis feligreses se irritaran aún más conmigo, abandoné todo y partí. Ahí me enteré del doloroso cáncer que padecía ? jamás dio muestras de sufrir y del poco tiempo que le quedaba. La cabeza me daba vueltas. Sentía dolor por la partida de quien ya consideraba un amigo.

Tomé una decisión: haría pública nuestra amistad y le visitaría a diario. Pocos días después le trasladaron, a petición suya, a su residencia.

Desde ese día le acompañé a diario. Dejé muchos compromisos de lado. La tensión comenzó a crecer hasta llegar a agresiones verbales abiertas y amenazas de quitarme el cargo y el sueldo. Mi familia estaba amenazada con la pobreza.

Fueron días de mucha angustia. Sabía que caminaba por los caminos correctos. Incluso pensaba en hacerme admitir en la Iglesia. Los temores y las dudas de antes de la internación del Padre M. se disiparon. No quería arrepentirme de mis errores ni recibir el perdón y el consuelo de nadie más. Pero la situación que me rodeaba era tan compleja que me paralizaba.

Recé muchísimo y acudí a pedir el consejo del Padre M. Él me recibió con mucha amabilidad y escuchó con atención mis problemas. Él ya los conocía. Me habló de la fortaleza de esos mártires que no tuvieron en cuenta ni la carne ni la sangre ni las riquezas, sólo amaron la verdad y dieron público testimonio de su adhesión a la fe.
Más vale entrar al Cielo siendo pobres que irse al infierno por comodidades, sentenció.

Como adelanté al principio, reuní a mis feligreses y les hice una declaración de mi conversión. ¡El Demonio es protestante! les dije para abrir la charla.
Luego fueron abucheos y no me dejaron terminar las explicaciones.
Más tarde reuní a mi familia y les platiqué de cada punto, y respondí a todas las objeciones de fe y de la situación. Mi esposa no discutió mucho: me expulsó de casa. Esa noche dormí acogido por el Padre M. quien me tranquilizó respecto al altercado. Desde entonces y después de pasados años de mi conversión nunca más fui admitido en casa como padre y esposo. Hoy les visito con tanta frecuencia como me permiten, pero sus corazones siguen muy endurecidos.
El Padre M. tuvo muchas palabras para mí, pero las que más me llegaron fue su confesión de ofrecimiento de su vida por la salvación de mi alma y que con gusto veía el buen negocio ya cerrado. Dios escuche las plegarias de mi buen amigo en el Cielo por mi esposa y mis seis hijos para que a su tiempo y forma vivan la vida de gracia de la santa fe.

Roma, mi dulce hogar


Rogué al buen sacerdote me preparara para abjurar mis errores y ser admitido en la Iglesia. Dispuso de todo y una mañana de abril de 2001 fui recibido en el seno de la Esposa de Cristo. En junio de ese mismo año mi querido amigo entregó su alma al Señor, siendo muy llorado por todos cuantos le conocimos mejor. Le lloraron los enfermos y presos que visitaba, los niños y jóvenes de catequesis, los pobres y necesitados que consolaba, los fieles que acudían a él en busca de consejo y del perdón de Dios. En tributo a él escribo estas líneas.

Mi querido sacerdote y Revista Cristiandad.org fueron mis dos grandes apoyos e impulsores tanto de mi conversión como de mi impulso apostólico al trabajar especialmente con los conversos y preparados para la conversión.
Tras su partida la parroquia fue administrada por un sacerdote más cercano al estilo del predecesor del Padre M. Yo sentí mucho esto porque con su prédica y actuar desmentía muchos de esos grandes principios eternos que había conocido y amado.

A veces me pregunto por la oportunidad de muchos cambios que se hacen más para contentar a los malos que para agradar a los buenos. Recuerdo que mi sacerdote amigo no era muy afecto a ceder ante nosotros, sino más bien a mostrarnos todas las banderas, incluso las más radicales. Y éstas fueron, precisamente, las que más me indignaron pero a un mismo tiempo me atrajeron.

Pero persevero en el amor a la Iglesia de siempre, a esa doctrina de la que el Señor dijo que pasarían Cielo y Tierra pero que ni una sola jota sería cambiada.
Bien se por experiencia propia y por la de tantos que han compartido conmigo sus testimonios de conversión, que esos coqueteos con el error no producen conversiones. Y las pocas que se producen son de un género muy distinto ? por superficiales y emocionales de las verdaderas conversiones, esas que producen santos.

La realidad es la que constataba a diario como Pastor protestante, cuando la poca preparación de los católicos y la confusión que produce el falso ecumenismo llenaban las bancas de nuestras iglesias y los bolsillos de nuestras congregaciones evangélicas.

La ignorancia religiosa de los fieles es la cosa más agradecida por las sectas, porque al ser muchas veces hija de la pereza espiritual se acompaña por la pereza intelectual. Basta entonces cualquier cosa que les emocione, que les haga sentir queridos, y luego viene el sermón acostumbrado para hacerles dudar primero y luego darles respuestas rotundas. Eso los desestabiliza y luego les atrae nuestra seguridad. ¡Y luego salimos a la calle a gritar contra los dogmas!

Ahora, junto con ustedes, puedo acudir a los pies de María Santísima y pedir que por amor a la Divina Sangre de Su Hijo Amado obtenga la conversión de los paganos, de los herejes y cismáticos y que haciendo triunfar a la Iglesia sobre Sus enemigos instaure la Paz de Cristo en el Reino de Cristo.
Entrevista a Monseñor Félix Ochayta. Fue durante muchos años rector del Seminario de Sigüenza. Ha escrito varios libros de espiritualidad. En esta ocasión nos habla del tema de la justificación en San Pablo.

Fuente: TESTIMONIO de autores católicos escogidos N° 702 y 703

¿A qué nos referimos exactamente cuando hablamos de justificación?
En San Pablo la justificación es sinónimo de santidad. Es muy interesante saber que este tema de la justificación es algo básico en todas las cartas paulinas. En la carta a los romanos San Pablo nos hace ver cómo los paganos no han podido ser justos a los ojos de Dios a causa de sus malas obras, el politeísmo, las inmoralidades... Nos hace ver cómo el olvido de Dios, el no reconocer al Dios único lleva a la adoración de falsos ídolos y a muchísimos más pecados en el orden moral. Pero después de decir todo esto afirma también que, tampoco los judíos por sí mismos, por las obras de la ley, se han podido justificar.

¿Cuál sería la razón?
San Pablo habla del pecado original y de sus consecuencias y de cómo el hombre por sí sólo es incapaz de librarse del pecado y de la tenencia al pecado. Después nos dice que independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo para todos los que creen en Él. Para San Pablo no hay diferencia alguna entre judío y gentil. Todos pecamos y estamos privados de la gloria de Dios y solamente podemos ser justificados en virtud de la redención relizada en Cristo Jesús. Por ejemplo, si un cristiano tiene mucha fe teórica en los dogmas y en todo lo que hay que creer y cae en pecados graves sin llegar a arrepentirse de ellos no se va a salvar. Para que se salve, aparte de la fe, hace falta que se acoja a Jesucristo y que esa fe le lleve a arrepentirse de todos sus pecados y aceptar el perdón de Dios.

¿Podría comentarnos ahora cómo el propio San Pablo experimentó ésto en su vida?
San Pablo en su etapa anterior a la conversón se consideraba justo e irreprensible, lleno de celo por la ley. Al encontrarse con Cristo Jesús recibió una luz muy grande y cambió totalmente de modo de pensar, de mentalidad, se convirtió. Se dio cuenta de que sus presuntos méritos anteriores eran insignificantes y entendió que quien realmente salva es Cristo. Pasa de una justicia basada en las obras puramente humanas a una justicia basada en Cristo. Cree en Él, vive en Él. San Pablo afirma: nosotros somos judíos de nacimiento y no gentiles pecadores. A pesar de todo, consciente de que el hombre no se justifica por la ley sino por la fe en Jesucristo, añade: también nosotros hemos creído en Cristo Jesús. La palabra ley no es la ley en cuanto tal, esa ley escrita en nuestros corazones que podemos llamar ley natural, que se expresa como ley positiva en el Decálogo y que nos invita a hacer el bien y a evitar el mal. La ley se refiere aquí a las observancias rituales, interpretaciones, pureza de los alimentos, pureza ritual, respetar el sábado, a la misma circuncisión y a una serie de prácticas sin fin. Los fariseos sin practicar la ley moral en el fondo de su corazón se conformaban con muchas prácticas externas que no llegaban al fondo. El cristiano ya no está obligado a todas estas prácticas. Jesucristo destruyó el muro que separaba a judíos y a gentiles. Benedicto XVI dice que ser justo significa estar con Cristo y en Cristo. La fe en Cristo nos salva. Aunque esto hay que entenderlo bien. La fe en Cristo nos salva si esa fe no se opone a la caridad. Esta fe debe ir acompañada del amor y el amor se demuestra con las obras. El pecado grave destruye la caridad.


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¿Nos podría hablar de los antecedentes más inminentes del martirio de San Pablo?
En la Carta a los Romanos habla a la comunidad de Roma del gran deseo que tiene de ser martirizado por Cristo. San Pablo hizo cuatro grandes viajes apostólicos, unos por mar, otros por tierra. Hay que tener en cuenta que en esa época eran viajes muy difíciles de realizar. El cuarto viaje lo hizo a Roma del cual se habla en el libro de los Hechos de los Apóstoles. San Pablo fue acusado, fue juzgado, pero antes de que le pudieran condenar apeló al César. En este libro se narran muchos detalles de su viaje a Roma con todas sus vicisitudes. Eran viajes muy lentos y penosos. Por ejemplo, desde Malta a Roma, que está relativamente cerca, tardaron tres meses. Había una comunidad bastante numerosa en Roma que salió al encuentro de Pablo hasta el foro Apio. Pablo al verlos dio gracias a Dios y cobró ánimos. Aún siendo quien era también experimentaba la flaqueza, el miedo por haber sido hecho prisionero.

¿Cómo fue su cautiverio?
Aunque llegó a Roma como prisionero, tenía una libertad vigilada. Pablo permaneció dos años enteros en una casa que había alquilado y recibía a todos los que acudían a él. Se dice de él una frase muy bonita: Predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía sin estorbo alguno. Y aquí acaba el libro de los Hechos de los Apóstoles. Evidentemente no narra el final de la vida de San Pablo, ni el martirio. No podemos dudar de que San Pablo murió martirizado, pues existe una tradición unánime y totalmente fiable que habla de su martirio en Roma, aunque no sabemos con certeza en qué año ocurre. Pudo acontecer entre el año 67 y 68 de la era cristiana.


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¿San Pablo hace alguna alusión a su martirio?
Desde Roma escribió una serie de cartas, llamadas las cartas de la cautividad que son, por otra parte, la mayoría de sus cartas (a los filipenses, a lo colonisenses, a los efesios, a Timoteo, a Tito, a Filemón...) Es curioso que en el capítulo segundo de la Carta a los Filipenses, San Pablo tiene conciencia de su próxima muerte y del sentido que va a tener no como una muerte más, sino como una muerte martirial que él va a ofrecer también a imitación de Cristo en sacrificio. Voy a leer la cita textual: "Hacerlo todo sin murmuraciones ni discusiones para que seáis irreprochables e inocentes, Hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación tortuosa y perversa, en medio de la cual brilláis como antorchas en el mundo presentando la Palabra de Vida para orgullo mío en día de Cristo, ya que no habré corrido ni me habré fatigado en vano" (Flp 2,17). Evidentemente para él, el día de Cristo en el día de su muerte, de su encuentro con Cristo. Y continúa: "Aún cuando mi sangre fuera derramada como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de vuestra fe, me alegraría y congratularía con vosotros." Aquí está intuyendo su muerte. Aunque hay una alusión todavía más patente en la segunda Carta a Timoteo 4,6 : "Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel día me entregará el Señor, el justo juez".

LA DEDICACIÓN DE LAS BASÍLICAS PAPALES DE SAN PEDRO Y SAN PABLO

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El 18 de noviembre se conmemora la Dedicación de las Basílicas papales de San Pedro y San Pablo. La actual Basílica de San Pedro en Roma fue consagrada por el Papa Urbano VIII el 18 de noviembre de 1626. La construcción de este grandioso templo duró 170 años.

Allí en el Vaticano fue martirizado y sepulatado San Pedro. Sobre su sepulcro hizo construir el emperador Constantino una Basílica, en el año 323. Durante siglos fueron hermoseando cada vez más esta Basílica.

Su construcción la empezó el Papa Nicolás V en 1454, y la terminó y consagró el Papa Urbano VIII en 1626. Trabajaron en ella los más famosos artistas como Bramante, Rafael, Miguel Ángel y Bernini. Su hermosura es impresionante.

El mismo día recordamos también la consagración de la Basílica de San Pablo, que está al otro lado de Roma, a 11 kilómetros de San Pedro, en un sitio llamado las Tres Fontanas. La antigua Basílica de San Pablo la habían construído el Papa San León Magno y el emperador Teodosio, pero en 1823 fue destruida por un incendio, y entonces, con limosnas que los católicos enviaron desde todos los países del mundo se construyó la nueva, sobre el modelo de la antigua, pero más grande y más hermosa, la cual fue consagrada por el Papa Pío IX en 1854.


Fuente: TESTIMONIO de Autores Católicos Escogidos.