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ORACIÓN POR LOS SACERDOTES

Dios Todopoderoso y Eterno, mira con amor el rostro de tu Hijo y por amor a Él, que es el Sumo y Eterno Sacerdote, ten misericordia de tus sacerdotes.

Acuérdate, oh compasivo Señor, que ellos son sino frágiles y débiles seres humanos.

Remueve en ellos el don de la vocación que de modo admirable se consolidó por la imposición de las manos de tus obispos.

Mantenlos siempre cerca de ti. No permites que el enemigo les venza, para que nunca se hagan participes de la más mínima falta contra el honor de tan sublime vocación.

Señor Jesús, te pido por tus fieles y fervorosos sacerdotes así como por los sacerdotes infieles y tibios; por los sacerdotes que trabajan en su propia tierra o los que te sirven lejos, en lugares o misiones distantes; por tus sacerdotes tentados, por los que sienten la soledad, el tedio o el cansancio; por los sacerdotes jóvenes o por los que estén a punto de morir, así como por las almas de sacerdotes en el purgatorio.

Pero sobretodo, te encomiendo los sacerdotes que más aprecio: el sacerdote que me bautizó o me ha absuelto de mis pecados; los sacerdotes a cuyas misas he asistido y me han dado tu cuerpo y sangre en la comunión.; los sacerdotes que me han aconsejado, me han consolado o animado y aquellos a quienes de alguna forma les estoy más en deuda.

Oh Jesús, mantenlos a todos cerca de tu corazón y bendícelos abundantemente en el tiempo y en la eternidad.

Amén.

Enviado por: MARCELA BENAVIDES

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El Prado en sus Orígenes

Fuente: EL VERDADERO DISCÍPULO

En los comienzos una gracia "Místico-Apostólica"

Estamos en la Navidad de 1856 en Lyon, Francia. Antonio Chevrier, sacerdote sencillo y celoso, vicario parroquial de la Parroquia de San Andrés, inquieto ante un desfase entre las necesidades evangelizadoras y las circunstancias pastorales de su época, recibe una “gracia místico apostólica”. Su existencia de pastor experimentará un nuevo rumbo: la contemplación del Verbo encarnado en la pobreza por amor “es una gracia del conocimiento de Jesucristo para la misión”. La luz radiante del misterio de la encarnación irrumpe, silenciosa y transformadora, en su corazón e ilumina su inteligencia apostólica. El Verbo eterno viene en la carne “a buscar lo que estaba perdido”.

Seducido por la belleza y bondad del Hijo, que viene al encuentro de los hombres en pobreza y humildad, el joven sacerdote se decide a seguirlo “más de cerca” para ir a los pobres y “alejados” de la Iglesia de su tiempo.

Sacerdote Diocesano Misionero en su Propia Diócesis

Antonio Chevrier –a partir de entonces- no puede dejar de reconocer a Cristo en los rostros de los pobres y “alejados” de la ciudad y quiere llevarles al conocimiento, en decir, a la experiencia de Cristo.

En búsqueda de caminos misioneros en la propia diócesis, funda una obra catequizadora y humanizante para niños y jóvenes que las parroquias no atendían por las condiciones de empobrecimiento y “alejamiento” en que vivían estos grupos. Encuentra, en el corazón mismo de una barriada marginal, un antiguo salón de baile de mala fama que se llamaba “El Prado”. Había un letrero que decía: “se renta o se vende”.

Descubre en ese sitio una fuerte llamada para evangelizar a los pobres y “alejados” de la propia diócesis. En el fondo, la llamada más profunda era la de iniciar la formación de sacerdotes y catequistas, “sacerdotes pobres para las parroquias”, enraizados en el conocimiento de Jesucristo, adheridos a él. Sacerdotes según el Evangelio que fuesen apóstoles y misioneros entre los más pobres en una unidad de vida. Unificados en Jesucristo como discípulos y apóstoles. Es posible, se decía a sí mismo Antonio Chevrier, “mediante el estudio de Jesucristo y la oración asidua” conocer vitalmente a Jesucristo y hacerlo no sólo contemporáneo por medio de su Espíritu, sino dejar, por este trabajo del estudio espiritual del Evangelio –en el Espíritu- que Cristo habite por la fe en nuestros corazones.

HOY EN DÍA EN EL MUNDO

En la actualidad existen aproximadamente 1300 sacerdotes del Prado distribuidos en diócesis de unos 53 países. Los grupos más numerosos están en Francia, España, Italia, y hay grupos más pequeños en otros seis países de Europa. Alrededor de 176 se encuentran en América, sobre todo en América Latina y en el Caribe, en unos dieciséis países. Cerca de 54 se encuentran en África (del Norte, del Oeste y en Madagascar). Hay unos 91 en Asia (Corea, India, Japón, Vietnam). Hay unos 23 en el Medio Oriente.

En México existen 52 sacerdotes del Prado, distribuidos en las diócesis de: Juárez, Hermosillo, Chihuahua, Parral, Guadalajara, Autlán, Irapuato, Torreón, Tula, Tlalnepantla y México.

¿Por qué vinieron al Prado?

Al principio, por diversas razones: debido a la necesidad de no ser sacerdotes solos, de tener un equipo e incluso un grupo más amplio que vuelve al equipo más vivo; para ayudarse a seguir verdaderamente a Jesucristo lo más de cerca posible; para dar a los pobres de hoy el lugar que tienen en el Evangelio, para vivir un compromiso para con los pobres que no sea solamente afectivo o ideológico, sino arraigado en Cristo; o porque les atrajo la manera “pradosiana” de “estudiar el Evangelio”, es decir, de avanzar permanentemente en un conocimiento espiritual de Cristo que inspire la vida y el ministerio.
Quienes se unen al Prado después de un tiempo de descubrimiento y formación, lo hacen porque reciben toda la gracia del Prado: no sólo el aspecto que les interesaba al principio, sino la totalidad, como un Don y un Llamado coherente de Dios que proviene de la unión a Jesucristo. Toman esta decisión porque se sienten llamados por Dios a este camino. Es decir, se trata de una verdadera vocación, de la recepción de un carisma al interior mismo de la misión sacerdotal diocesana.

¿Su ministerio?

La mayoría de los miembros del Prado se encuentran en parroquias, como suele ser con la mayor parte de los presbíteros diocesanos. Su carisma los orienta hacia quienes se encuentran en situaciones muy variadas de pobreza a través del mundo (colonias periféricas en grandes ciudades o espacios rurales desprovistos en el Tercer Mundo o en países más ricos, algunas veces en parroquias difíciles).
Un buen número asume al mismo tiempo responsabilidades pastorales con grupos de personas en situación de sufrimiento como prisioneros, drogadictos, personas sin hogar; o a través de la misión entre grupos descristianizados o “alejados”. La misión concreta depende de los ministerios que les confíen los Obispos en las diócesis. A veces hay formas de presencia entre los pobres un poco excepcionales, que se realizan con el consentimiento del Obispo.
La mayoría privilegia la formación de discípulos y apóstoles laicos.

Un número considerable de sacerdotes del Prado dedica tiempo al servicio de formación de sacerdotes en los Seminarios o en comisiones diocesanas de formación permanente y espiritualidad. El servicio a los sacerdotes –para hacer de ellos discípulos y apóstoles especialmente entre los pobres- es la orientación esencial del Prado.

Podemos notar, en el transcurso de estos últimos cincuenta años, que el Prado nació en diferentes países llevado por olas de dinamismo misionero y evangélico de la Iglesia local. Hay varios sacerdotes del Prado en “Fidei donum”, dispersos por el mundo.

CUATRO INTUICIONES CLAVE

“Conocer a Jesucristo lo es todo, lo demás no es nada”.

Para crecer en el conocimiento de Jesucristo, en el Prado, nos comprometemos a estudiar de manera cotidiana el Evangelio y a aplicarlo en nuestras vidas. El Padre Chevrier nos enseña a hacernos disponibles al Espíritu para escuchar, meditar y poner en práctica la Palabra, porque en esta Palabra hay vida, dicha, paz y alegría.

Tratamos también de mirar la vida de los hombres a la luz de la Palabra de Dios, en una oración contemplativa asidua sobre el propio ministerio, para reconocer la presencia y los llamados de Jesucristo, con el fin de colaborar en su acción y de poder anunciar a los hombres la Buena Nueva de la Salvación.

“Tener el Espíritu de Dios lo es todo”

“En nosotros, es el Espíritu Santo el que debe producir todo lo exterior..., la savia espiritual que debe dar vida al exterior”.

Oraremos mucho para pedir a Dios su Espíritu. “Dios mío dame tu Espíritu”.

Para mantenernos fieles a este Espíritu que no cesa de actuar en el mundo, nos ayudaremos a recibir y a discernir de manera permanente el llamado de los pobres, como voz de Dios hoy en día.

“Hay una savia interior y misteriosa que no se ve, pero que viene de Dios y da la vida”.

“Una sola cosa es necesaria, anunciar a Jesucristo a los pobres”

Para trabajar como Jesús, “elegiremos, de preferencia, la compañía de los pobres”.

Para anunciar a Jesucristo a los pobres, debemos tratar de elaborar una palabra de fe simple y directa, tomando en cuenta lo que tiene importancia en las realidades de su vida y encontrando las palabras que les sean accesibles. Nuestro corazón y nuestra oración serán como un crisol en el que el Evangelio y la vida de los hombres, por tanto tiempo meditados, se reencuentran y se esclarecen mutuamente.

Trabajaremos para que los pobres tengan su lugar privilegiado en el interior de la Iglesia, para formar entre ellos cristianos que creen, que aman y que se deciden a actuar según el Evangelio. La preferencia evangélica por los pobres es de toda la Iglesia, el carisma del Prado es un servicio a toda la Iglesia en esa perspectiva.

“El camino del amor verdadero”

Pesebre-Cruz-Eucaristía

Para vivir y trabajar en Cristo, en el Prado estamos llamados a asemejarnos a Cristo en su caridad pastoral. “Si queremos ser un Pan de vida para la gente, es necesario que pasemos por el Pesebre y por la Cruz”. El Pesebre es el camino del “despojo” del que se deja –a imitación de Cristo- llenar de entrañas de misericordia y compasión. La Cruz es el camino de la obediencia amorosa, para hacer siempre la voluntad del que nos ha enviado. “Si comiéramos el trigo con sus espigas, nos haría daño. Cuando se muele, se convierte entonces en alimento”.

La Eucaristía es el signo del darse, totalmente, desde la caridad pastoral, en el ejercicio del ministerio, que es la fuente de nuestra espiritualidad. “Hacernos buen pan”

En esta perspectiva debemos seguir los “consejos evangélicos” de pobreza, castidad y obediencia, en el centro de una vida de sacerdotes diocesanos.

ALGUNOS PILARES

El Estudio del Evangelio

Nos comprometemos, en el Prado, a consagrar mucho tiempo –cotidianamente- a estudiar a Jesucristo tal como se nos muestra en las Escrituras. “Ningún estudio debe preferirse a éste, porque este mero conocimiento puede hacer sacerdotes”. El estudio de Evangelio en la tradición espiritual del Prado, tiene sus raíces en la Lectio Divina, aunque con una peculiaridad y acentuación propias del pastor diocesano.

La relectura de nuestra vida a la luz del Evangelio

Para conducir al pueblo de Dios según el Espíritu de Dios, en el Prado debemos conocer su voluntad. Por ello tratamos de descifrar “los signos de los tiempos” en la vida de hoy como lugar donde se manifiestan la voluntad y la acción de Dios. A través de la mirada contemplativa sobre la vida de los hombres, dejamos que el Espíritu forme en nosotros a Jesucristo en la acción pastoral misma. De este modo nos volvemos más capaces de transformar el mundo y de guiarlo hacia la fe. La práctica frecuente de la Revisión de Vida entre Sacerdotes y el Cuaderno de Vida, nos ayudan a esto.

La vida de equipo, la vida fraternal

Recibimos con alegría a los compañeros a quienes el Espíritu Santo comunica este mismo interés. Al entrar al Prado, acordamos ayudar a nuestros hermanos sacerdotes a volverse discípulos de Jesús, contamos con su apoyo y nos disponemos juntos a recibir cada día el don de la vida fraterna.

La vida de equipo tiene como finalidad estimularnos a vivir nuestra vocación en la pobreza, la simplicidad y la alegría, ofrecernos un lugar de discernimiento, de conversión, de renovación en nuestra unión a Jesucristo y en nuestro esfuerzo misionero al servicio de los pobres. Este don de la vida fraterna entre sacerdotes, centrado en Jesucristo, nos hace corresponsables los unos de los otros en la diócesis en la que estamos insertos, pero también del Prado en ámbitos más amplios: nacional e internacional.

Esta vida fraterna, no quita nada –más bien ahonda- nuestra pertenencia y servicio al presbiterio de nuestras diócesis, que es nuestro primer lugar fraternal.

El Padre Chevrier, guía en este camino.

Sus escritos y su vida son para nosotros un lugar privilegiado. A través de él nos llegó este llamado. Él no es simplemente un elemento más del Prado. Él es “un guía incomparable” para los sacerdotes e incluso para los laicos cristianos, según la expresión de Juan Pablo II el 4 de octubre de 1986, durante la beatificación del Padre Chevrier.

Juan Pablo II en esa ocasión, dio cuatro orientaciones al Prado que brotan del testimonio de Antonio Chevrier:

“Vayan a los pobres para hacer de ellos verdaderos discípulos de Jesucristo”.

“Que su distintivo sea siempre la sencillez y la pobreza”.

“Hablen de Jesucristo con la misma intensidad de fe que el Padre Chevrier”.

“Apóyense siempre en Jesucristo y en la Iglesia”.

ESPIRITUALIDAD DEL PRESBITERO DIOCESANO

El Prado es una llamada a orientar con algunos rasgos peculiares la espiritualidad del presbítero diocesano. Quizá más que una espiritualidad en sentido propio, El Prado es una vocación y una gracia al interior de la espiritualidad e identidad del sacerdote diocesano.

Características de esta Espiritualidad

Espiritualidad Evangélica.

No solamente la espiritualidad del Prado tiene su fundamento en el Evangelio, como toda espiritualidad cristiana, sino que ella está marcada totalmente por su referencia constante al Evangelio, es decir a la vida de Cristo y a su enseñanza.

Esta referencia al Evangelio no debe entenderse como un “literalismo”, que nos invite a copiar tales o cuales actitudes de Cristo, o a poner en práctica de una manera simplona cada una de sus enseñanzas. Cristo es vida y sus palabras son espíritu y vida. Es el Espíritu que vivifica. La referencia al Evangelio, en la tradición espiritual del Prado, es por consiguiente esencialmente espiritual. Se trata de conocer y amar a Jesucristo para que actúe conformándonos a él. Todo viene del Espíritu de Dios. El Padre Chevrier decía: “Es el Espíritu Santo quien produce en nosotros a Jesucristo”.

Espiritualidad Apostólica

Esta espiritualidad no está orientada hacia la santificación personal ni a la pura contemplación; ella no está tampoco volcada directamente a la acción; es una espiritualidad apostólica, en el sentido más fuerte de la palabra. Nos pide, en efecto, conformarnos lo más posible a la actitud de Jesús para cumplir la misión que él recibe del Padre o la actitud de los apóstoles que se han entregado totalmente a Cristo para trabajar con Él en la salvación de los hombres. Ella es una respuesta viva al llamado de Cristo que quiso asociar a sus apóstoles a su propia misión: “Vengan conmigo, yo los haré pescadores de hombres”.

En otros términos, se puede decir que lo esencial de la espiritualidad promovida en el Prado, consiste en entregarse totalmente a Cristo por amor, a fin de cumplir con Él y en Él su propia misión.

Por esto, esta espiritualidad comporta dos aspectos complementarios. Está basada en una adhesión profunda a Cristo, ella exige el conocimiento y el amor de Jesucristo: es su aspecto contemplativo.

Pero esta santificación no es deseada sólo para el sacerdote por sí mismo. Se requiere como una exigencia de un apostolado auténtico. Es su dimensión misionera y apostólica.

En la medida como se realice la complementariedad de estos dos aspectos, la vida del sacerdote se encontrará, por el mismo hecho, profundamente unificada. Ser discípulos y apóstoles.

Espiritualidad Sacerdotal

El Evangelio está propuesto a todos los hombres. Todo cristiano está por tanto llamado, de manera adaptada a su estado de vida, a vivir según el Evangelio y a entregarse a Cristo para cooperar con él en su misión. Actuando así, el cristiano ejerce el sacerdocio real que él ha recibido el día de su bautismo.

Pero el Padre Chevrier ha pensado especialmente en los sacerdotes, es decir en aquellos que han recibido, a la manera de los apóstoles de Cristo, el sacerdocio ministerial. Es a ellos sobre todo que él se dirige para pedirles vivir sus funciones sacerdotales de una manera conforme a Cristo.

Espiritualidad del Sacerdote Diocesano

Una espiritualidad evangélica, apostólica y sacerdotal puede ciertamente ser vivida en el marco de una congregación religiosa; pero, en efecto, la espiritualidad del Prado es una espiritualidad de los sacerdotes diocesanos y ello principalmente por tres motivos.

Presencia entre los hombres: Jesús, sea en Nazareth que en su vida pública, ha querido realizar perfectamente esta presencia entre los hombres que es un elemento constitutivo del misterio de la Encarnación: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Del mismo modo, Jesús ha querido que sus apóstoles se hagan presentes entre todos aquellos que deben de evangelizar, se hacen todo para todos, con los griegos como con los bárbaros, con los sabios como con los ignorantes, a fin de poderles ofrecer el servicio del Evangelio. De esta manera, el sacerdote secular está llamado a vivir su apostolado sacerdotal en medio de los hombres y con ellos. Sacerdotes en el mundo. Por este hecho y con tal de que el sacerdote sea fiel al llamado que ha recibido, él hace a Cristo presente entre los hombres. Entonces, Cristo mismo podrá salvarles por el ministerio del sacerdote.

Con el Obispo y en dependencia de él: Son los Obispos quienes son sucesores de los apóstoles. No hay apostolado válido si no es aquel que se hace con el Obispo y en relación con él. Entonces, el sacerdote secular está llamado de una manera especial, a realizar su apostolado en colaboración directa con el Obispo y en dependencia de él.

En comunión con todos los sacerdotes de la diócesis: No hay más que un solo sacerdote que es Jesucristo; todos los sacerdotes deben ser uno en Él. Esto que es así es el ámbito del sacerdocio común de los fieles es, con más fuerte razón, en el vínculo sacramental del sacerdocio ministerial. En cada diócesis, en efecto, no hay más que un solo presbiterio.

La pertenencia del sacerdote al Prado no deberá jamás separarlo de los otros sacerdotes de la diócesis. Si los sacerdotes del Prado se reúnen o llegan a vivir en equipo, su grupo fraterno, bien lejos de encerrarles en ellos mismos, deberá ayudarles a insertarse mucho más en el presbiterio diocesano. Ellos deberán pues, como todos los sacerdotes seculares, aportar su ayuda fraterna a otros sacerdotes y recibir recíprocamente apoyo donde haya la necesidad, y todo esto, sea desde el punto de vista personal, como desde el punto de vista de todo el presbiterio.

FORMACIÓN

Existe un primer momento en que los sacerdotes diocesanos entran en contacto con el Prado a través de retiros, encuentros de espiritualidad apostólica, revisión de vida, etc. Algunos se van sintiendo atraídos a conocer y profundizar más en el dinamismo de la espiritualidad apostólica del Prado.

¿Qué sucede con alguien que, después de haber observado y descubierto la vida del Prado, desea formarse y volverse miembro de la Asociación?

“Todo debe provenir del conocimiento de Jesucristo”, en particular, de los frutos que se esperan de la formación; se trata de seguir a Jesucristo que forma apóstoles y funda la Iglesia al tomarlos consigo, de observar su pedagogía: éstos son los principios de base de la formación. La Primera Formación se solicita formalmente después de un período de conocimiento del Prado, después de un proceso de discernimiento de la vocación al Prado. Aceptado en la Primera Formación se designa a un acompañante al sacerdote y el camino formativo se desarrolla a lo largo de dos o tres años.

La Primera Formación se lleva a cabo sin interrumpir el trabajo pastoral: una sesión de retiro de una semana al principio, a la mitad y al final; un día al mes o tres días al trimestre en equipo de formación; y tiempo personal para estudiar el Evangelio, al Padre Chevrier, para la relectura de la vida bajo la mirada de Cristo. Al término de este recorrido, se puede solicitar ser miembro del Prado, contando con el respaldo del propio Obispo diocesano.

Después de algunos años de ministerio, en el Prado tenemos otro año de formación, año de búsqueda, de profundización: de estudio de Evangelio prolongado y de vida fraterna, de ser posible, estando libres de tiempo completo.

Todo esto se hace según modalidades concretas del ministerio de la diócesis en la que nos encontramos. Las cosas se disponen según lo que es posible.

El tiempo de “simpatizante”, de formación de inicio, de año de formación, deben verse siempre bajo la perspectiva de la formación constante y permanente. No hay Prado si no hay formación. Se trata, esencialmente, de una formación en la espiritualidad apostólica.

SERVICIO AL PRESBITERIO DIOCESANO

Independientemente de si los sacerdotes que conocen el Prado se puedan sentir llamados a pertenecer a él, el Prado es un espacio de fraternidad y servicio al presbiterio diocesano. Siempre la exigencia de fraternidad estará en primer lugar en el propio presbiterio. Puede haber sacerdotes diocesanos que libremente quieran aprovechar o solicitar algún servicio concreto o específico de lo que el Prado implica. Las puertas siempre están abiertas. Lo anterior no implica un proceso formal de pertenencia a la Asociación.

UNA FAMILIA ESPIRITUAL

Desde la época del Padre Chevrier, un grupo cercano de colaboradoras siguió a Jesús dejándose guiar por los ejemplos y palabras del sacerdote lionés. Existe, de hecho, una Congregación de Hermanas del Prado, actualmente presente en Francia, Chile y Madagascar. También existe un Instituto Secular Femenino del Prado, de derecho diocesano, al que pertenecen mujeres laicas que en su secularidad deciden una vida de consagración y servicio a la evangelización de los pobres. En México, por ejemplo, este Instituto está presente en Chihuahua y van surgiendo simpatizantes en otros lugares. Diáconos permanentes de diversos países se alimentan, en su ministerio de servicio a los pobres, de la espiritualidad del Prado, así como laicos y laicas que buscan hacer del Evangelio “el reglamento” de sus vidas.

Hay una escena del Evangelio que el Padre Chevrier retiene en sus escritos y comenta: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Mi madre y mis hermanos son quienes escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12, 46-50). Jesucristo es el fundamento y el único centro de esta familia espiritual

ESTATUTO

La Asociación de los Sacerdotes del Prado como Instituto Secular

La Asociación de los Sacerdotes del Prado, para vivir su vocación y su misión en el seno de la mismas vocación y misión del Pueblo de Dios, constituye un Instituto Secular Sacerdotal de derecho pontificio, regido según el derecho de la Iglesia para los Institutos Seculares. Las Constituciones recientes de la Asociación de los Sacerdotes del Prado fueron aprobadas en Roma el 7 de junio de 1987.

Los Sacerdotes del Prado siguen siendo siempre sacerdotes seculares; más aún, sólo pueden ser miembros de la Asociación los sacerdotes diocesanos. La Asociación de Sacerdotes del Prado no tiene un método de apostolado que le sea particular, ni el Prado asigna –por lo menos por sí mismo sin el consentimiento del Obispo respectivo- misiones particulares a sus miembros. Se trata de una orientación místico-apostólica: evangelizar a los pobres y más “alejados” del influjo evangelizador –en la diócesis- convirtiéndonos en discípulos de Jesucristo y trabajando para volvernos semejantes a los sencillos. Es nuestra manera de colaborar con la tarea pastoral de nuestros Obispos.

Hay que recordar lo que dice el Concilio sobre los Institutos Seculares: “Los Institutos Seculares, aunque no sean institutos religiosos, llevan, sin embargo, consigo la profesión verdadera y completa, en el siglo, de los consejos evangélicos, reconocida por la Iglesia. Esta profesión confiere una consagración a los hombres y mujeres, laicos y clérigos, que viven en el mundo. Por lo tanto, tiendan ellos principalmente a la total dedicación de sí mismos a Dios por la caridad perfecta, y los institutos mantengan su carácter propio y peculiar, es decir, secular, a fin de que puedan cumplir eficazmente y por dondequiera el apostolado en el mundo y como desde el mundo, para el que nacieron”. (PC 11).

El Código de Derecho Canónico dice también a este propósito: “Por su consagración un miembro de un instituto secular no modifica su propia condición canónica, clerical o laical, en el pueblo de Dios, observando las prescripciones del derecho relativas a los institutos de vida consagrada” (CIC 711).

Recomendación del Magisterio de las Asociaciones Sacerdotales

El mismo Concilio en el documento sobre el ministerio y vida de los presbíteros dice: “También han de estimarse grandemente y ser diligentemente promovidas aquellas asociaciones que, con estatutos reconocidos por la competente autoridad eclesiástica, fomenten la santidad de los sacerdotes en el ejercicio del ministerio por medio de una adecuada ordenación de la vida, convenientemente aprobada, y por la fraternal ayuda, y de este modo intentan prestar un servicio a todo el orden de los presbíteros” (PO 8).

En el mismo sentido la Exhortación Apostólica Pastores Davo Vobis dice: “pueden ser de ayuda las asociaciones sacerdotales, en particular los institutos seculares sacerdotales, que tienen como nota específica la diocesaneidad, en virtud de la cual los sacerdotes se unen más estrechamente al Obispo y forman un “estado de consagración en el que los sacerdotes mediante votos u otros vínculos, se consagran a encarnar en la vida los consejos evangélicos”. Todas las formas de fraternidad sacerdotal aprobadas por la Iglesia son útiles no sólo para la vida espiritual, sino también para la vida apostólica y pastoral”. (PDV 81).

Organización

El Prado se organiza fundamentalmente a partir de la diócesis. Los sacerdotes pertenecientes a la Asociación de los Sacerdotes del Prado forman equipos de encuentro y reuniones mensuales, por lo menos, para el estudio de Evangelio, la Revisión de Vida y el mutuo apoyo para ser discípulos de Jesucristo sostenidos para la misión. Existe un animador o responsable diocesano y, cuando hay otras diócesis vecinas en donde va comenzando, la responsabilidad de la diócesis más estructurada ofrece servicios a la diócesis que está en fase inicial.

En el ámbito nacional existe un Consejo o Equipo de coordinación y de servicio a las diócesis. El equipo nacional se estructura con los animadores diocesanos, o por lo menos regionales, y existe un Responsable y un miembro dedicado a la formación. Cuando este grupo nacional está en proceso de formación, ya que el Prado en la nación respectiva está también en formación, este equipo mantiene una vinculación más estrecha con el Consejo del Prado Internacional –un pequeño equipo de servicio-, que es elegido cada seis años y que radica en Lyon, Francia, y que constantemente viaja a los diversos países para animar la vida de los Prados nacionales.

Cuando un Prado nacional se va estructurando más, se da el paso a ser un Prado erigido, es decir, más autónomo. Se requiere para ello que alguien de los miembros o algunos, con el consentimiento del Obispo respectivo, esté o estén liberados de tiempo pleno para este ministerio. Tal es el caso, por ejemplo, de Francia, Italia, España y Medio Oriente. En América Latina, Brasil, Colombia y México se encuentran en una fase de avance que permite prever que en un futuro podrán ser Prados erigidos.

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FOMENTA LAS VOCACIONES SACERDOTALES Y RELIGIOSAS EN TU FAMILIA

DIOS GUARDA COSAS ASOMBROSAS PARA TI

 

Las estrellas no luchan para brillar,
los ríos no luchan para fluir,
y TÚ nunca tendrás que luchar para sobresalir en la vida,
porque TÚ mereces lo mejor.

Aférrate a tus sueños y ellos estarán bien contigo.

Que tus ojos que leen este mensaje jamas vean el mal,
que tu mano que reenvía ésta oración a otros, jamás trabaje en vano,
que tu boca que dice Amén al final de ésta oración, ría por siempre,
y permanezca en el amor de Dios.

Que tus sueños jamas mueran,
que tus planes jamas fallen,
que tu destino jamas sea truncado,
y que el deseo de tu corazón te sea concedido.

Al levantarte cada mañana, que tu vida sea limpia, calma y clara,
como el agua fresca de la mañana.
que la Gracia de Dios Todopoderoso apoye,
sostenga y provea todas tus necesidades,
según Su Voluntad y siempre que sea para tu mayor bien.

Concédenos Señor la protección perpetua de nuestra Madre María
y que florezca en nuestra alma el amor por su Santo Rosario.
Que, a través de su rosario logremos la protección del Arcángel San Miguel, y
te pido que envíes a tus santos ángeles y arcángeles
a guiar nuestras acciones y diario caminar.

Ama al Señor tu Dios.

Ten un día maravilloso en el nombre de Dios porque
la voluntad de Dios nunca te llevará, donde la Gracia de Dios no te proteja.
y da gracias a Dios por las noches y los días con los que, con Su sola presencia, ha dado vida a tu vida,
da gracias a Dios por el alimento seguro que nunca te ha faltado,
por haber llegado al final de cada día a reparar tus fuerzas, en tu lecho, bajo un techo,
y dale gracias especialmente por haberte regalado un día, hace muchos años, la vida.

Bendice Señor a cada uno de mis familiares, amigos y conocidos,
y concédeles las gracias que necesiten para llegar a ser santos.
Líbranos y libéranos del maligno y ayúdanos a reconocer
en los problemas cotidianos Tus gracias
recibidas para sanar nuestra alma y llegar a ser santos,
te lo pido por Nuestro Señor Jesucristo.

Amén

¡Confía en el Señor con todo tu corazón!

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LA DOCTRINA DE LA JUSTIFICACIÓN: DE LA FE A LAS OBRAS

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis del miércoles pasado hablé de la cuestión de cómo el hombre llega a ser justo ante Dios. Siguiendo a san Pablo, hemos visto que el hombre no es capaz de ser "justo" con sus propias acciones, sino que realmente sólo puede llegar a ser "justo" ante Dios porque Dios le confiere su "justicia" uniéndolo a Cristo, su Hijo. Y esta unión con Cristo, el hombre la obtiene mediante la fe. En este sentido, san Pablo nos dice: no son nuestras obras, sino la fe la que nos hace "justos".

Sin embargo, esta fe no es un pensamiento, una opinión o una idea. Esta fe es comunión con Cristo, que el Señor nos concede y por eso se convierte en vida, en conformidad con él. O, con otras palabras, la fe, si es verdadera, si es real, se convierte en amor, se convierte en caridad, se expresa en la caridad. Una fe sin caridad, sin este fruto, no sería verdadera fe. Sería fe muerta.

Por tanto, en la última catequesis encontramos dos niveles: el de la irrelevancia de nuestras acciones, de nuestras obras para alcanzar la salvación, y el de la "justificación" mediante la fe que produce el fruto del Espíritu. Confundir estos dos niveles ha causado, en el transcurso de los siglos, no pocos malentendidos en la cristiandad. En este contexto es importante que san Pablo, en la misma carta a los Gálatas, por una parte, ponga el acento de forma radical en la gratuidad de la justificación no por nuestras obras, pero que, al mismo tiempo, subraye también la relación entre la fe y la caridad, entre la fe y las obras: "En Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad" (Ga 5, 6). En consecuencia, por una parte, están las "obras de la carne" que son "fornicación, impureza, libertinaje, idolatría..." (cf. Ga 5, 19-21): todas obras contrarias a la fe; y, por otra, está la acción del Espíritu Santo, que alimenta la vida cristiana suscitando "amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí" (Ga 5, 22-23): estos son los frutos del Espíritu que brotan de la fe.

Al inicio de esta lista de virtudes se cita al agapé, el amor; y, en la conclusión, el dominio de sí. En realidad, el Espíritu, que es el Amor del Padre y del Hijo, derrama su primer don, el agapé, en nuestros corazones (cf. Rm 5, 5); y el agapé, el amor, para expresarse en plenitud exige el dominio de sí. Sobre el amor del Padre y del Hijo, que nos alcanza y transforma profundamente nuestra existencia, traté también en mi primera encíclica: Deus caritas est. Los creyentes saben que en el amor mutuo se encarna el amor de Dios y de Cristo, por medio del Espíritu.

Volvamos a la carta a los Gálatas. Aquí san Pablo dice que los creyentes, soportándose mutuamente, cumplen el mandamiento del amor (cf. Ga 6, 2). Justificados por el don de la fe en Cristo, estamos llamados a vivir amando a Cristo en el prójimo, porque según este criterio seremos juzgados al final de nuestra existencia. En realidad, san Pablo no hace sino repetir lo que había dicho Jesús mismo y que nos recordó el Evangelio del domingo pasado, en la parábola del Juicio final.

En la primera carta a los Corintios, san Pablo hace un célebre elogio del amor. Es el llamado "himno a la caridad": "Aunque hablara las lenguas de los hombre y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. (...) La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés..." (1 Co 13, 1. 4-5). El amor cristiano es muy exigente porque brota del amor total de Cristo por nosotros: el amor que nos reclama, nos acoge, nos abraza, nos sostiene, hasta atormentarnos, porque nos obliga a no vivir ya para nosotros mismos, encerrados en nuestro egoísmo, sino para "Aquel que ha muerto y resucitado por nosotros" (cf. 2 Co 5, 15). El amor de Cristo nos hace ser en él la criatura nueva (cf. 2 Co 5, 17) que entra a formar parte de su Cuerpo místico, que es la Iglesia.

Desde esta perspectiva, la centralidad de la justificación sin las obras, objeto primario de la predicación de san Pablo, no está en contradicción con la fe que actúa en el amor; al contrario, exige que nuestra misma fe se exprese en una vida según el Espíritu. A menudo se ha visto una contraposición infundada entre la teología de san Pablo y la de Santiago, que, en su carta escribe: "Del mismo modo que el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta" (St 2, 26). En realidad, mientras que san Pablo se preocupa ante todo en demostrar que la fe en Cristo es necesaria y suficiente, Santiago pone el acento en las relaciones de consecuencia entre la fe y las obras (cf. St 2, 2-4).

Así pues, tanto para san Pablo como para Santiago, la fe que actúa en el amor atestigua el don gratuito de la justificación en Cristo. La salvación, recibida en Cristo, debe ser conservada y testimoniada "con respeto y temor. De hecho, es Dios quien obra en vosotros el querer y el obrar como bien le parece. Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones (...), presentando la palabra de vida", dirá también san Pablo a los cristianos de Filipos (cf. Flp 2, 12-14. 16).

Con frecuencia tendemos a caer en los mismos malentendidos que caracterizaban a la comunidad de Corinto: aquellos cristianos pensaban que, habiendo sido justificados gratuitamente en Cristo por la fe, "todo les era lícito". Y pensaban, y a menudo parece que lo piensan también los cristianos de hoy, que es lícito crear divisiones en la Iglesia, Cuerpo de Cristo, celebrar la Eucaristía sin interesarse por los hermanos más necesitados, aspirar a los carismas mejores sin darse cuenta de que somos miembros unos de otros, etc.

Las consecuencias de una fe que no se encarna en el amor son desastrosas, porque se reduce al arbitrio y al subjetivismo más nocivo para nosotros y para los hermanos. Al contrario, siguiendo a san Pablo, debemos tomar nueva conciencia de que, precisamente porque hemos sido justificados en Cristo, no nos pertenecemos ya a nosotros mismos, sino que nos hemos convertido en templo del Espíritu y por eso estamos llamados a glorificar a Dios en nuestro cuerpo con toda nuestra existencia (cf. 1 Co 6, 19). Sería un desprecio del inestimable valor de la justificación si, habiendo sido comprados al caro precio de la sangre de Cristo, no lo glorificáramos con nuestro cuerpo.

En realidad, este es precisamente nuestro culto "razonable" y al mismo tiempo "espiritual", por el que san Pablo nos exhorta a "ofrecer nuestro cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios" (cf. Rm 12, 1). ¿A qué se reduciría una liturgia que se dirigiera sólo al Señor y que no se convirtiera, al mismo tiempo, en servicio a los hermanos, una fe que no se expresara en la caridad? Y el Apóstol pone a menudo a sus comunidades frente al Juicio final, con ocasión del cual todos "seremos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo en su vida mortal, el bien o el mal" (2 Co 5, 10; cf. también Rm 2, 16). Y este pensamiento debe iluminarnos en nuestra vida de cada día.

Si la ética que san Pablo propone a los creyentes no degenera en formas de moralismo y se muestra actual para nosotros, es porque cada vez vuelve a partir de la relación personal y comunitaria con Cristo, para hacerse realidad en la vida según el Espíritu. Esto es esencial: la ética cristiana no nace de un sistema de mandamientos, sino que es consecuencia de nuestra amistad con Cristo. Esta amistad influye en la vida: si es verdadera, se encarna y se realiza en el amor al prójimo.

Por eso, cualquier decaimiento ético no se limita a la esfera individual, sino que al mismo tiempo es una devaluación de la fe personal y comunitaria: de ella deriva y sobre ella influye de forma determinante. Así pues, dejémonos alcanzar por la reconciliación, que Dios nos ha dado en Cristo, por el amor "loco" de Dios por nosotros: nada ni nadie nos podrá separar nunca de su amor (cf. Rm 8, 39). En esta certeza vivimos. Y esta certeza nos da la fuerza para vivir concretamente la fe que obra en el amor.

MURIO EVELYN BILLINGS, LA PIONERA DE LA REGULACION NATURAL DE LA FERTILIDAD
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La doctora Evelyn Livingston Billings, pionera de la regulación natural de la fertilidad reconocida mundialmente, murió el sábado 16 de febrero a los 95 años después de una corta enfermedad
Autor: Agencia Informativa Católica Argentina Fuente: CATHOLIC.NET
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La doctora Evelyn Livingston Billings, pionera, junto con su esposo John Billings, de la regulación natural de la fertilidad reconocida mundialmente, murió el pasado sábado a los 95 años después de una corta enfermedad. La doctora Evelyn Livingston Billings, pionera de la regulación natural de la fertilidad reconocida mundialmente, murió el sábado 16 de febrero de 2013 a los 95 años después de una corta enfermedad.Los Centros de Asistencia Familiar (CAF) del mundo difundieron la noticia "con nuestros corazones dolidos" y trazaron una semblanza de quien consideran su "amada fundadora".La doctora Lyn, como era conocida, junto con su esposo, el doctor John Billings, desarrollaron el método de regulación natural de la fertilidad que lleva su nombre. Sus estudios sobre madres amamantando y mujeres aproximándose a la menopausia provocaron un enorme impacto en este trabajo. Durante medio siglo, viajaron por el mundo enseñando y promoviendo su método en fidelidad a Pablo VI, que llamó a los "hombres (y mujeres) de ciencia y a los médicos a ser obedientes al llamado del Señor y actuar como fieles intérpretes de su plan".Fue autora del libro "El Método Billings", un best seller publicado por primera vez en 1980. Este libro fue reimpreso 16 veces, con 7 versiones nuevas o revisadas. La última versión se publicó en 2011. El acceso a este libro, publicado en 22 idiomas, hizo del método Billings "un nombre familiar y dio esperanza a millones de parejas en el mundo".Amiga personal de tres papas, Lyn fue condecorada en 2003 como "Dama de la Orden de San Gregorio Magno" por Juan Pablo II y fue un miembro activo de la Academia Pontificia por la Vida. Fue reconocida con doctorados honoríficos por varias universidades alrededor del mundo, incluyendo uno de la Universidad Tor Vergata de Roma en 2005. En 2002, el matrimonio de John y Lyn fue declarado en conjunto como los "Médicos católicos internacionales del año" por la Federación Internacional de Asociaciones Médicas Católicas.Las parejas de más de 100 países son, destaca la organización, "el mejor testamento al fabuloso trabajo de esta mujer desinteresada y su esposo. Sólo en China, donde entrenaron miles para enseñar su método, se ha atribuido a su trabajo la sustancial reducción de la tasa de abortos procurados"."Lyn perdura a través de 8 de sus 9 hijos, 39 nietos y 31 bisnietos. Damos gracias a Dios por su vida y su trabajo, y por el privilegio y la alegría de haberla conocido, y nos regocijamos que ella ahora se ha reencontrado con John para disfrutar juntos de su recompensa eterna", concluye.
EL ECO DE UN MENSAJE

¿Qué podemos hacer nosotros, los cristianos de a pie, para ayudar al Papa en su ministerio de unidad y servicio a los cristianos y a la humanidad?

Autor: Ramiro Pellitero


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Un libro reciente, “Ataque a Ratzinger” (de Paolo Rodari y Andrea Tornielli, ed. Piemme, 2010), recoge, en su prefacio, el deseo, que algunos tenían, de que el pontificado de Benedicto XVI fuera breve y pasara inadvertido. El mismo Papa explicó que elegía el nombre de Benedicto en honor del santo patrono de Europa y también en recuerdo de Benedicto XV: un Papa que había trabajado por la paz, si bien su pontificado no había sido muy largo.

Lo de pasar inadvertido no cuadra con la actividad del Papa. Y como parece que no ha pasado tan velozmente como alguno deseaba -dicen con fina ironía los autores-, “visto que su pontificado está destinado a dejar un signo, se han multiplicado los ataques contra Benedicto XVI”. De ahí el título del libro.

Se preguntan estos dos expertos vaticanistas si el Papa está solo; responden que realmente no es así, porque muchas personas le apoyan, aunque sus colaboradores probablemente podrían ayudarle mejor en la organización del trabajo, las relaciones con los medios de comunicación, etc. No faltan quienes silencian su mensaje, lo obstaculizan o lo manipulan. Y en algunos casos se puede comprobar la existencia de verdaderas “alianzas” mediáticas para desprestigiarle.

El prefacio termina citando las palabras de Benedicto XVI en la Misa inaugural de su pontificado (24.IV.2005): “Rogad por mí, para que no huya, por miedo, ante los lobos”.

Ahora bien, cabe preguntarse, ¿qué podemos hacer nosotros, los cristianos de a pie, para ayudar al Papa en su ministerio de unidad y servicio a los cristianos y a la humanidad?

San Josemaría Escrivá de Balaguer escribió: “Nuestra Santa Madre la Iglesia, en magnífica extensión de amor, va esparciendo la semilla del Evangelio por todo el mundo. Desde Roma a la periferia. -Al colaborar tú en esa expansión, por el orbe entero, lleva la periferia al Papa, para que la tierra toda sea un solo rebaño y un solo Pastor: ¡un solo apostolado!” (Forja, 638).

Además de rezar y seguir trabajando cada uno lo mejor posible para gloria de Dios y servicio de la sociedad, podemos y debemos hacer eco a su mensaje, sirviéndole de altavoz con nuestra vida y nuestras palabras. No vale pensar: “Esto a mí no me afecta mucho, es cosa del Papa y sus colaboradores...”.

Es necesario que los cristianos -junto con otras muchas personas de buena voluntad- ayudemos a que se “escuche” y se valore el mensaje de Benedicto XVI, que no es otro sino el del Evangelio, renovado en nuestro tiempo. Hay que contrarrestar los silencios de algunos, la ineficacia de otros, las manipulaciones de ciertos medios de comunicación. Es preciso llegar, como podamos, individualmente o en grupo, a mucha gente, para explicar lo que realmente el Papa propone: la primacía del amor, el aprendizaje de la esperanza, la responsabilidad de todos por la promoción humana y el desarrollo integral de las personas. Para esto se requiere conocer bien sus grandes documentos (las tres encíclicas y la exhortación sobre la Eucaristía), así como sus principales mensajes y discursos.

Brevemente: se impone el estudio y el diálogo sobre lo que el Papa dice: ¿lo conocemos? ¿Hemos pensado en nuestras posibilidades para hacerle eco en todos los niveles de la sociedad?

Es éste un buen momento para que los jóvenes (porque son los que pueden tener más vigor para expresar su fe, y en los que la Iglesia y el mundo ponen su esperanza), sean convocados a “apiñarse” junto al Papa. Todos los cristianos hemos de sentir esta invitación a la unidad: primero a través de nuestra unión con Jesucristo, puesto que el Papa es el vicario de Cristo, cabeza del Cuerpo místico. También, planteándonos cada uno, según su lugar en la Iglesia y en el mundo, sus dones y circunstancias (edad, capacidad, estudios, responsabilidades, misión, carismas, etc.), “qué hacemos y qué podemos hacer”, además de rezar por el Papa y su ministerio, además de ser personalmente mejor cristianos y ayudar a otros a serlo, que es sin duda lo primero. Todo ello puede ser y será sin duda percibido por otros creyentes, y aun por personas que buscan un sentido transcendente de la vida.

Los estudiantes podrán hablar con sus compañeros, organizar grupos de encuentro y diálogo sobre los grandes temas del Papa. Otro tanto, por su parte, podrán hacer los educadores y comunicadores, los responsables de grupos y movimientos, los padres y madres de familia (y los abuelos), los sacerdotes en las parroquias y en las instituciones eclesiales, los profesionales con sus amigos, etc.. Todos podemos colaborar a nivel personal y social. Algunos podrán convocar a más personas, promover acciones de alcance cultural y público: adhesiones, entrevistas, publicaciones, etc., a nivel local, nacional o internacional.

Lo único que no deberíamos hacer es cruzarnos de brazos, pues eso significaría prolongar los silencios, las ineficacias y las manipulaciones. No podemos dejar al Papa solo, porque su misión -promover la unidad y la vida de los cristianos, testimoniar y fortalecer la fe, presidir e impulsar el Evangelio por el mundo, de forma que la humanidad se convierta en la gran familia de Dios- es también nuestra misión. Debemos hacernos eco de su mensaje, el Evangelio, con nuestra vida y nuestras palabras.

Una ocasión especialmente apropiada son los viajes del Papa, principalmente con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Se trata de trabajar para que muchos jóvenes se encuentren con él (físicamente o a través de los medios de comunicación), de modo que el Evangelio pueda hacerse vida -como una propuesta de sabiduría y belleza, de verdad, bien y alegría- en la vida del mundo.
LA MISA, UNA FIESTA CON JESUS

Autor: R.Padre Angel Peña Benito, Misionero Agustino Recoleto, con sede en Lima (Perú).


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Vivir la misa con Jesús es hacer de cada misa una fiesta con Él. Encontrarnos con el Rey del universo, con nuestro Dios y Señor, debe ser para todo cristiano una gran fiesta. No puede haber en el mundo otra fiesta semejante a ésta. Por eso, reviste la máxima importancia asistir a misa, no por compromiso social o familiar, no por cumplir simplemente, sino por amor.

Cuando asistimos por amor a Jesús y con la esperanza de encontrarnos con Él, entonces la misa deja de ser algo aburrido que no comprendemos. Incluso, si por circunstancias ajenas a nuestra voluntad, no se oye bien o el sacerdote dice las oraciones con poca devoción, nuestro encuentro con Jesús está asegurado, porque no depende de los demás, sino de nuestra propia actitud y devoción hacia Jesús.

Vale la pena hacer cualquier esfuerzo y sacrificio para asistir a misa y comulgar. Vale la pena ir bien vestidos y preparados para este gran encuentro. Vale la pena asistir a misa cada día, para recibir a Jesús y celebrar una fiesta con Él en nuestro corazón.

Te deseo una vida cristiana rebosante de amor y de alegría con Jesús. Hasta los más graves problemas pueden ser superados con Él; pero sin Él todo será tristeza y vacío. Levántate, hermano mío, mira hacia Jesús, que te espera en la Eucaristía, y dile: Señor, aquí estoy para hacer tu voluntad: servirte y amarte con todo mi corazón.


Enviado por: Marcela Benavides

LIBROS DEL PADRE ÁNGEL PEÑA