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¡Cuán pocas son las personas que verdaderamente sirven a Dios !Unos tratan de destruir la religión, si fuese posible, con la fuerza de sus armas, como los reyes y emperadores paganos; otros con sus escritos impíos quisieran deshonrarla y destruirla si pudiesen; otros se mofan de ella en los que la practican ; otros, en fin, sienten deseos de practicarla, pero tienen miedo de hacerlo delante del mundo. ¡Ay! ¡qué pequeño es el número de los que andan por el camino del cielo, pues sólo se cuentan en el los que continua y valerosamente combaten al demonio y sus sugestiones, y desprecian al mundo con todas sus burlas! Puesto que esperamos nuestra recompensa y nuestra felicidad de sólo Dios, ¿por qué amar al mundo, habiendo prometido no seguir más que a Jesucristo, llevando nuestra cruz todos los días de nuestra vida? Dichoso, aquel que no busca sino sólo a Dios y desprecia todo lo restante.

SERMÓN DEL SANTO CURA DE ARS SOBRE EL RESPETO HUMANO 

Beatus qui non fuerit scandalizatus in me. (Bienaventurado el que no tomare escándalo en mí.) - San Mateo 11, 6

Nada más glorioso y honorífico para un cristiano, que el llevar el nombre sublime de hijo de Dios, de hermano de Jesucristo. Pero, al propio tiempo, nada más infame que avergonzarse de ostentarlo cada vez que se presenta ocasión para ello. No, no nos maraville el ver a hombres hipócritas, que fingen en cuanto pueden un exterior de piedad para captarse la estimación y las alabanzas de los demás, mientras que su pobre corazón se halla devorado por los más infames pecados. Quisieran, estos ciegos, gozar de los honores inseparables de la virtud, sin tomarse la molestia de practicarla. Pero maravíllenos aún menos al ver a otros, buenos cristianos, ocultar, en cuanto pueden, sus buenas obras a los ojos del mundo, temerosos de que la vanagloria se insinúe en su corazón y de que los vanos aplausos de los hombres les hagan perder el mérito y la recompensa de ellas. Pero ¿dónde encontrar cobardía más criminal y abominación más detestable que la de nosotros, que, profesando creer en Jesucristo, estando obligados por los más sagrados juramentos a seguir sus huellas, a defender sus intereses y su gloria, aun a expensas de nuestra misma vida, somos tan viles, que, a la primera ocasión, violamos las promesas que le hemos hecho en las sagradas fuentes bautismales? ¡Ah, desdichados! ¿qué hacemos? ¿Quién es Aquel de quien renegamos? Abandonamos a nuestro Dios, a nuestro Salvador, para quedar esclavos del demonio, que nos engaña y no busca otra cosa que nuestra ruina y nuestra eterna infelicidad. ¡Oh, maldito respeto humano, qué de almas arrastras al infierno! Para mejor haceros ver su bajeza, os mostraré: 1.º Cuánto ofende a Dios el respeto humano, es decir, la vergüenza de hacer el bien; 2.° Cuán débil y mezquino de espíritu manifiesta ser el que lo comete.

I.-No nos ocupemos de aquella primera clase de impíos que emplean su tiempo, su ciencia y su miserable vida en destruir, si pudieran, nuestra santa religión. Estos desgraciados parecen no vivir sino para hacer nulos los sufrimientos, los méritos de la muerte y pasión de Jesucristo. Han empleado, unos su fuerza, otros su ciencia, para quebrantar la piedra sobre la cual Jesucristo edificó su Iglesia. Pero ellos son los que, insensatos, van a estrellarse contra esta piedra de la Iglesia, que es nuestra santa religión, la cual subsistirá a despecho de todos sus esfuerzos.

En efecto, ¿en qué vino a parar toda la Furia de los perseguidores de la Iglesia, de los Nerones, de los Maximianos, de los Dioclecianos, de tantos otros que creyeron hacerla desaparecer de la tierra can la fuerza de sus armas? Sucedió todo lo contrario: la sangre de tantos mártires, como dice Tertuliano, sólo sirvió para hacer florecer más que nunca la religión: aquella sangre parecía una simiente de cristianos, que producía el ciento por uno. ¡Desgraciados! ¿qué os ha hecho esta hermosa y santa religión, para que así la persigáis, cuando sólo ella puede hacer al hombre dichoso aquí en la tierra? ¡Ay! ¡cómo lloran y gimen ahora en los infiernos, donde conocen claramente que esta religión, contra la cual se desenfrenaron, los hubiera llevado al Paraíso! !Pero vanos e inútiles lamentos!

Mirad igualmente a esos otros impíos que hicieron cuanto estuvo en su mano por destruir nuestra santa religión con sus escritos, un Voltaire, un Juan-Jacobo Rousseau, un Diderot, un D´Alembert, un Volney y tantos otros, que se pasaron la vida no más que en vomitar con sus escritos cuanto podía inspirarles el demonio. ¡ Ay ! mucho mal hicieron, es verdad; muchas almas perdieron, arrastrándolas consigo al infierno; pero no pudieron destruir la religión como pensaban. Lejos de quebrantar la piedra sobre la cual Jesucristo ha edificado su Iglesia, que ha de durar hasta el fin del mundo, se estrellaron contra ella. ¿Dónde están ahora estos desdichados impíos? ¡Ay! en el infierno, donde lloran su desgracia y la de todos aquellos que consigo arrastraron.

Nada digamos, tampoco, de otra clase de impíos que, sin manifestarse abiertamente enemigos de la religión de la cual conservan todavía algunas prácticas externas, se permiten, no obstante, ciertas chanzas, por ejemplo, sobre la virtud o la piedad de aquellos a quienes no se sienten con ánimos de imitar. Dime, amigo, ¿qué te ha hecho esa religión que heredaste de tus antepasados, que ellos tan fielmente practicaron delante de tus ojos, de la cual tantas veces te dijeron que sólo ella puede hacer la felicidad del hombre en la tierra, y que abandonándola, no podíamos menos de ser infelices? ¿Y a dónde piensas que te conducirán, amigo, tus ribetes de impiedad? ¡Ay, pobre amigo! al infierno, para llorar en él tu ceguera.

Tampoco diremos nada de esos cristianos que no son tales más que de nombre; que practican su deber de cristianos de un modo tan miserable, que hay para morirse de compasión. Los veréis que hacen sus oraciones con fastidio, disipados, sin respeto. Los veréis en la Iglesia sin devoción; la santa Misa comienza siempre para ellos demasiado pronto y acaba demasiado tarde; no ha bajado aún el sacerdote del altar, y ellos están ya en la calle. De frecuencia de Sacramentos, no hablemos; si alguna vez se acercan a recibirlos, su aire de indiferencia va pregonando que absolutamente no saben lo que hacen. Todo lo que atañe al servicio de Dios lo practican con un tedio espantoso. ¡Buen Dios¡ ¡qué de almas perdidas por una eternidad! ¡Dios mío!; cuán pequeño ha de ser el número de los que entran en el reino de los cielos, cuando tan pocos hacen lo que deben por merecerlo!

Pero ¿dónde están -me diréis- los que se hacen culpables de respeto humano? Atendedme un instante, y vais a saberlo. Por de pronto os diré con San bernardo que por cualquier lado que se mire el respeto humano, que es la vergüenza de cumplir los deberes de la religión por causa del mundo, todo muestra en él menosprecio de Dios y de sus gracias y ceguera del alma. Digo, en primer lugar, que la vergüenza de practicar el bien, por miedo al desprecio y a las mofas de algunos desdichados impíos o de algunos ignorantes, es un asombroso menosprecio que hacemos de la presencia de Dios, ante el cual estamos siempre y que en el mismo instante podría lanzarnos al infierno. ¿Y por qué motivo, esos malos cristianos se mofan de vosotros y ridiculizan vuestra devoción? Yo os diré la verdadera causa: es que, no teniendo virtud para hacer lo que hacéis vosotros, guardan inquina, porque con vuestra conducta despertáis los remordimientos de su conciencia; pero estad bien seguros de que su corazón, lejos de despreciaros, os profesan grande estima. Sí tienen necesidad de un buen consejo; de alcanzar de Dios alguna gracia, no creáis que acudan a los que se portan como ellos, sino a aquellos mismos de los cuales se burlaron, por lo menos de palabra. ¿Te avergüenzas, amigo, de servir a Dios, por temor de verte despreciado? Mira a Aquel que murió en esta cruz: pregúntale si se avergonzó Él de verse despreciado y de morir de la manera más humillante en aquel infame patíbulo. ¡Ah, qué ingratos somos con Dios, que parece hallar su gloria en hacer publicar de siglo en siglo que nos ha escogido por hijos suyos! ¡Oh Dios mío! ¡que ciego y despreciable es el hombre que teme un miserable qué dirán, y no teme ofender a un Dios tan bueno! Digo, además, que el respeto humano nos hace despreciar todas las gracias que el Señor nos mereció con su muerte y pasión. Sí, por el respeto humano inutilizamos todas las gracias que Dios nos había destinado para salvarnos. ¡Oh, maldito respeto humano, qué de almas arrastras al infierno!

En segundo lugar, digo que el respeto humano encierra la ceguera más deplorable. ¡Ay! no paramos atención en lo que perdemos. ¡Qué desgracia para nosotros! Perdemos a Dios, al cual ninguna cosa podrá jamás reemplazar. Perdernos el cielo, con todos sus bienes y delicias. Pero hay aún otra desgracia, y es que tomarnos al demonio por padre y al infierno con todos sus tormentos por nuestra herencia y recompensa. Trocamos nuestras dulzuras y goces eternos en penas y lágrimas. ¡Ay! amigo, ¿en qué piensas? ¿Cómo tendrás que arrepentirte por toda la eternidad! ¡Oh, Dios mío! ¿ podemos pensar en ello y vivir todavía esclavos del mundo?

Es verdad- me diréis- que quien por temor al mundo no cumple sus deberes de religión es bien desgraciado, puesto que nos dice el Señor que a quien se avergonzare de servirle delante de los hombres no querrá Él reconocerle delante de su Padre el día del juicio (San Mateo 10, 33.). ¡Dios mío! temer al mundo; ¿porqué? sabiendo como sabemos que absolutamente es fuerza, ser despreciado del mundo para agradar a Dios. Si temías al mundo, no debías haberte hecho cristiano. Sabías bien que en las sagradas fuentes del bautismo hacías juramento en presencia del mismo Jesucristo; que renunciabas al mundo y al demonio; que te obligabas a seguir a Jesucristo llevando su cruz, cubierto de oprobios y desprecios. ¿Temes al mundo? Pues bien, renuncia a tu bautismo, y entrégate a ese mundo, al cual tanto temes desagradar.

Pero ¿cuando es -me diréis- que obramos nosotros por respeto humano? Escucha bien, amigo mío. Es un día en que, estando en la feria, o en una posada donde se come carne en día prohibido, se te invita a comerla también; y tú, contentándote con bajar los ojos y ruborizarte, en vez de decir que eres cristiano y que tu religión te lo prohíbe, la comes como los demás, diciendo: Si no hago como ellos, se burlarán de mí ¿Se burlarán de ti, amigo? ¡Ah! tienes razón; ¡es una verdadera lástima! -¡Oh! es que haría aun mucho mas mal, siendo causa de todos los disparates que dirían contra la religión, que el que hago comiendo carne-. Conque ¿harías aún más mal? ¿Te parece bien que los mártires, por temor de las blasfemias y juramentos de sus perseguidores, hubiesen renunciado todos a su religión? Si otros obran mal, tanto peor para ellos. ¡Ah ! di más bien: ¿no hay bastante con que otros desgraciados crucifiquen a Jesús con su mala conducta, para que también tú te juntes a ellos, para dar más que sufrir a Jesucristo? ¿Temes que se mofen de ti? ¡Ah, desdichado! mira a Jesucristo en la cruz, y verás cuánto por ti ha hecho.

Conque ¿no sabes tú cuándo niegas a Jesucristo? Es un día en que, estando en compañía de dos o tres personas, parece que se te han caído las manos, o qué no sabes hacer la señal de la cruz, y miras si tienen los ojos fijos en ti, y te contentas con decir tu bendición y acción de gracias en la mesa mentalmente, o te retiras a un rincón para decirlas. Es cuando, al pasar delante de una cruz, te haces el distraído, o dices que no fue por nosotros que Dios murió en ella.

¿No sabes tú cuándo tienes respeto humano? Es un día en que, hallándote en una tertulia donde se dicen obscenidades contra la santa virtud de la pureza o contra la religión, no tienes valor para reprender a los que así hablan, antes al contrario, por temor a sus burlas, te sonríes. -Es que no hay- dices- otro remedio, si no quiero ser objeto de continua mofa-. ¿Temes que se mofen de ti? Por este mismo temor negó San Pedro al Divino Maestro; pero el temor no le libró de cometer con ello un gran pecado, que lloró luego toda su vida.

¿No sabes tú cuando tienes respeto humano? Es un día en que el Señor te inspira el pensamiento de ir a confesarte, y sientes que tienes necesidad de ello, pero piensas que se chancearán de ti y te tratarán de devoto. Es cuando te viene el pensamiento de ir a oír la santa Misa entre semana, y nada te impide ir; pero te dices a ti mismo que se burlarían de ti y que dirían: Esto es bueno para el que nada tiene que hacer, para los que viven de su renta.

¡Cuántas veces este maldito respeto humano te ha impedido asistir al catecismo y a la oración de la tarde! ¡Cuántas veces, estando en tu casa, ocupado en algunas oraciones o lecturas de piedad, te has escondido por disimulo, al ver que alguien llegaba! ¡Cuántas veces el respeto humano te ha hecho quebrantar la ley del ayuno o de la abstinencia, por no atreverte a decir que ayunabas o comías de vigilia! ¡Cuántas veces no te has atrevido a decir el Angelus delante de la gente, o te has contentado con decirlo para ti, o has salido del local donde estabas con otros para decirlo fuera! ¡Cuántas veces has omitido las oraciones de la mañana o de la noche por hallarte con otros que no las hacían; y todo esto por el temor de que se burlasen de ti! Anda, pobre esclavo del mundo, aguarda el infierno donde serás precipitado; no te faltará allí tiempo para echar en falta el bien que el mundo te ha impedido practicar.

¡Oh, buen Dios! ¡qué triste vida lleva el que quiere agradar al mundo y a Dios! No amigo, te engañas. Fuera de que vivirás siempre infeliz, no has de conseguir nunca complacer a Dios v al mundo; es cosa tan imposible como poner fin a la eternidad. Oye un consejo que voy a darte, y serás menos desgraciado: entrégate enteramente o a Dios o al mundo; no busques ni sigas más que a un amo; pero una vez escogido, no le dejes ya. ¿Acaso no recuerdas lo que te dice Jesucristo en el Evangelio: No puedes servir a Dios v al mundo, es decir, no puedes seguir al mundo con sus placeres y a Jesucristo con su cruz? No es que te falten trazas para ser, ora de Dios, ora del mundo. Digámoslo con más claridad: es lástima que tu conciencia, qué tu corazón no te consientan frecuentar por la mañana la sagrada misa y el baile por la tarde; pasar una parte del día en la iglesia y otra parte en la taberna o en el, juego; hablar un rato del buen Dios y otro rato de obscenidades o de calumnias contra tu prójimo; hacer hoy un favor a tu vecino y mañana un agravio; en una palabra; ser bueno y portarte bien y hablar de Dios en compañía de los buenos, y obrar el mal en compañía de los malvados.

¡Ay! que la compañía de los perversos nos lleva a obrar el mal. ¡Qué de pecados no evitaríamos si tuviésemos la dicha de apartarnos de la gente sin religión! Refiere San Agustín que muchas veces, hallándose entre personas perversas, sentía vergüenza de no igualarlas en maldad, y para no ser tenido en menos, se gloriaba aun del mal que no había cometido. ¡Pobre ciego! ¡cuán digno eres de lástima! ¡qué triste vida! ... ¡Ah, maldito respeto humano! ¡qué de almas arrastras al infierno y de cuántos crímenes eres tú la causa! ¡Cuán culpable es el desprecio de las gracias que Dios nos quiere conceder para salvarnos! ¡Cuántos y cuántos han comenzado el camino de su reprobación por el respeto humano, porque, a medida que iban despreciando las gracias que les concedía Dios, la fe se iba amortiguando en su alma; Y poco a poco iban sintiendo, menos la gravedad del pecado, la pérdida del cielo, las ofensas que pecando hacían a Dios. Así acabaron por caer en una completa parálisis, es decir, por no darse ya cuenta del infeliz estado de su alma; se durmieron en el pecado y la mayor parte murieron en él.

En el sagrado Evangelio leemos que Jesucristo en sus misiones colmaba de toda suerte de gracias los lugares por donde pasaba. Ahora era un ciego, a quien devolvía la vista; luego un sordo, a quien el oído; aquí un leproso, a quien curaba de su lepra; más allá un difunto, a quien restituía la vida. Con todo, vemos que eran muy pocos los que publicaban los beneficios que acababan de recibir. ¿Y por qué esto? es que temían a los judíos; porque no se podía ser amigo de los judíos y de Jesús. Y así, cuando se hallaban al lado de Jesús, le reconocían; pero cuando se hallaban con los judíos, parecían aprobarlos con su silencio. He aquí precisamente lo que nosotros hacemos: cuando nos hallamos solos, al reflexionar sobre todos los beneficios que hemos recibido del Señor, no podemos menos de testificarle nuestro reconocimiento por haber nacido cristianos, por haber sido confirmados; mas cuando estamos con los libertinos, parecemos compartir sus sentimientos, aplaudiendo con nuestras sonrisas o nuestro silencio sus impiedades: ¡Oh, qué indigna preferencia, exclama San Máximo! ¡Ah, maldito respeto humano, qué de almas arrastras al infierno! ¡Qué tormento no pasará una persona que así quiere vivir y agradar a dos contrarios! Tenemos de ello un elocuente ejemplo en el Evangelio. Leemos allí que el rey Herodes se había enredado en un ardor criminal con Herodíades. Tenía esta infame cortesana una hija que danzó delante de él con tanta gracia que le prometió el rey cuanto le pidiera, aunque fuera la mitad de su reino. Guardose bien la desdichada de pedírsela, porque no era bastante; fuese a encontrar a su madre para tomar consejo sobre lo que debía pedir al rey, y la madre, más infame que su hija, presentándole una bandeja, la dijo: «Ve, y pide que te mande poner en este plato la cabeza de Juan Bautista, para traérmela. Era esto en venganza de haberle echado en cara el Bautista su mala vida. Quedose el rey sobrecogido de espanto ante esta demanda; pues, por una parte, él apreciaba a San Juan Bautista, y le pesaba la muerte de un hombre tan digno de vivir, ¿Qué iba a hacer? ¿qué partido iba a tomar?. ¡Ah! maldito respeto humano ¿a qué te decidirás? Herodes no quisiera decretar la muerte del Bautista; pero, por otra parte, teme que se burlen de él, porque, siendo rey, no mantiene su palabra. Ve, dice por fin el desdichado a uno de los verdugos, ve y corta la cabeza de Juan Bautista prefiero dejar que grite mi conciencia a que se burlen de mí. Pero ¡qué horror! al aparecer la cabeza en la sala, los ojos y la boca, aunque cerrados, parecían reprocharle su crimen y amenazándole con los más terribles castigos. Ante su vista, Herodes palidece y se estremece. ¡Ay! que el que se deja guiar por el respeto humano es bien digno de lástima.

Es verdad que el respeto humano no nos impide hacer algunas buenas obras. Pero ¡cuántas veces, en las mismas buenas obras, nos hace perder el mérito! ¡Cuántas buenas obras, que no haríamos si no esperáramos ser por ellas alabados y estimados del mundo! ¡Cuántos no vienen a la iglesia más que por respeto humano, pensando que, desde el momento en que una persona no practica ya la religión, por lo menos exteriormente, no se tiene confianza en ella, pues, como suele decirse: ¡donde no hay religión, no hay tampoco conciencia! ¡Cuántas madres que parecen tener mucho cuidado de sus hijos, lo hacen solo por ser estimadas a los ojos del mundo! ¿Cuantos, que se reconcilian con sus enemigos sólo por no perder la estima de la gente? ¡Cuántos, que no serían tan correctos, si no supiesen que en ello les va la alabanza mundana! ¡Cuántos, que son más reservados en su hablar y más modestos en la iglesia a causa del mundo! ¡Oh! ¡maldito respeto humano, qué de buenas obras echas a perder, que a tantos cristianos conducirían al cielo, y no hacen sino empujarlos al infierno!

Pero -me diréis- es que es muy difícil evitar que el mundo se entrometa en todo lo que uno hace. ¿Y qué? No hemos de esperar nuestra recompensa del mundo, sino de sólo Dios. Si se me alaba, sé bien que no lo merezco, porque soy pecador; si se me desprecia, nada hay en ello de extraordinario, tratándose de un pecador como yo, que tantas veces ha despreciado con sus pecados al Señor; muchos más merecería. Por otra parte, ¿no nos ha dicho Jesucristo: Bienaventurados los que serán despreciados y perseguidos? Y ¿quiénes son los que os desprecian? Algunos infelices pecadores, que, no teniendo el valor de hacer lo que vosotros hacéis para disimular su vergüenza quisieran que obrárais como ellos; algún pobre ciego que, bien lejos de despreciaros, debiera pasarse la vida llorando su infelicidad. Sus burlas nos muestran cuán dignos son de lástima y de compasión. Son como una persona que ha perdido el juicio, que corre por las selvas, se arrastra por tierra o se arroja a los precipicios, gritando a los demás que hagan lo mismo; grite cuanto quiera, la dejáis hacer, y os compadecéis de ella, porque no conoce su desgracia. De la misma manera, dejemos a esos pobres desdichados que griten y se mofen de los buenos cristianos; dejemos a esos insensatos en su demencia; dejemos a esos ciegos en sus tinieblas; escuchemos los gritos aullidos de los réprobos, pero nada temamos, sigamos nuestro camino; el mal se lo hacen a sí mismos y no a nosotros; compadezcámoslos, y no nos separemos de nuestra línea de conducta.
¿Sabéis por qué se burlan de vosotros? Porque ven que les tenéis miedo y que por la menor cosa os sonrojáis. No es de vuestra piedad de lo que ellos hacen burla, sino de vuestra inconstancia, y de vuestra flojedad en seguir a vuestro capitán. Tomad ejemplo de los mundanos; mirad con qué audacia siguen ellos al suyo. ¿No les veis cómo hacen gala de ser libertinos, bebedores, astutos, vengativos? Mirad a un impúdico; ¿Se avergüenza acaso de vomitar sus obscenidades delante de la gente?. ¿Y por qué esto?. Porque los mundanos se ven constreñidos a seguir a su amo, que es el mundo; no piensan ni se ocupan más que en agradarle; por más sufrimientos que les cueste, nada es capaz de detenerlos. Ved aquí, lo que haríais también vosotros, si quisierais en este punto imitarlos. No temeríais al mundo ni al demonio; no buscaríais ni querríais más que lo que pueda agradar a vuestro Señor, que es el mismo Dios. Convertid conmigo en que los mundanos son mucho más constantes en todos los sacrificios que hacen para agradar a su amo, que es el mundo, que nosotros en hacer lo que debemos para agradar a nuestro Señor, que es Dios.

II.- Pero ahora volvamos a empezar de otra manera. Dime, amigo, ¿por qué razón te mofas tú de los que hacen profesión de piedad, o, para que lo entiendas mejor, de los que gastan más tiempo que tú en la oración, de los que frecuentan mas a menudo que tú los Sacramentos, de los que huyen los aplausos del mundo? Una de tres: o es que consideráis a estas personas como hipócritas, o, es que os burláis de la piedad misma o es, en fin, que os causa enojos ver que ellos valen más que vosotros.

1.° Para tratarlos de hipócritas sería preciso que hubierais leído en su corazón, y estuvieseis convencidos de que toda su devoción es falsa. Pues bien, ¿no parece natural, cuando vemos a una persona hacer alguna buena obra, pensar que su corazón es bueno y sincero? Siendo así, ved cuán ridículos resultan vuestro lenguaje y vuestros juicios. Veis en vuestro vecino un exterior bueno, y decís o pensáis que su interior no vale nada. Os muestran un fruto bueno; indudablemente, pensáis, el árbol que lo lleva es de buena calidad, y formáis buen juicio de él. En cambio, tratándose de juzgar a las personas de bien, decís todo lo contrario: el fruto es bueno, pero el árbol que lo lleva no vale nada. No, no, no sois tan ciegos ni tan insensatos para disparatar de esta manera.

2.º Digo, en segundo lugar, que os burláis de la piedad misma. Pero me engaño; no os burláis de tal persona porque sus oraciones son largas o frecuentes y hechas con reverencia. No, no por esto, porque también vosotros oráis (por lo menos, si no lo hacéis, faltáis a uno de vuestros primeros deberes). ¿Es, acaso, porque ella frecuenta los Sacramentos? Pero tampoco vosotros habéis pasado el tiempo de vuestra vida sin acercaros a los santos Sacramentos; se os ha visto en el tribunal de la penitencia, se os ha visto llegaros a la sagrada mesa. No despreciáis, pues, a tal persona porque cumple mejor que vosotros sus deberes de religión, estando perfectamente convencidos del peligro en que estamos de perdernos, Y, por consiguiente de la necesidad que tenemos de recurrir a menudo a la oración y a los Sacramentos para perseverar en la gracia del Señor, Y sabiendo que después de este mundo ningún recurso queda: bien, o mal, fuerza será permanecer en la suerte que, al salir de él, nos quepa por toda la eternidad.

3.° No, nada de esto es lo que nos enoja en la persona de nuestro vecino. Es que, no teniendo el valor de imitarle, no quisiéramos sufrir la vergüenza de nuestra flojedad; antes quisiéramos arrastrarle a seguir nuestros desordenes y nuestra vida indiferente. ¿Cuántas veces nos permitimos decir: para qué sirve tanta mojigatería, tanto estarse en la iglesia, madrugar tanto para ir a ella, y otras cosas por el estilo? ¡Ah! es que la vida de las personas seriamente piadosas es la condenación de nuestra vida floja e indiferente. Bien fácil es comprender que su humildad y el desprecio que ellas hacen de sí mismas condena nuestra vida orgullosa, que nada sabe sufrir, que quisiera la estimación y alabanza de todos. No hay duda de que su dulzura y su bondad para con todos abochorna nuestros arrebatos y nuestra cólera; es cosa cierta que su modestia, su circunspección en toda su conducta, condena nuestra vida mundana y llena de escándalos. ¿No es realmente esto solo lo que nos molesta en la persona de nuestros prójimos? ¿No es esto lo que nos enfada cuando oímos hablar bien de los demás y publicar sus buenas acciones? Sí, no cabe duda de que su devoción, su respeto a la Iglesia nos condena, y contrasta con nuestra vida toda disipada y con nuestra indiferencia por nuestra salvación. De la misma manera que nos sentimos naturalmente inclinados a excusar en los demás los defectos que hay en nosotros mismos, somos propensos a desaprobar en ellos las virtudes que no tenemos el valor de practicar. Así lo estamos viendo todos los días. Un libertino se alegra de hallar a otro libertino que le aplauda en sus desórdenes; lejos de disuadirle, le alienta a proseguir en ellos. Un vengativo se complace en la compañía dé otro vengativo para aconsejarse mutuamente, a fin de hallar el medio de vengarse de sus enemigos. Pero poned una persona morigerada en compañía de un libertino, una persona siempre dispuesta a perdonar con otra vengativa; veréis cómo en seguida los malvados se desenfrenan contra los buenos y se les echan encima. ¿y por qué esto, sino porque, no teniendo la virtud de obrar como ellos, quisieran poder arrastrarlos a su parte, a fin de que la vida santa que éstos llevan no sea una continuada censura de la suya propia? Mas, si queréis comprender la ceguera de los que se mofan de las personas que cumplen mejor que ellos sus deberes de cristianos, escuchadme un momento.

¿Qué pensaríais de un pobre que tuviera envidia de un rico, si él no fuese rico sino porque no quiere serlo? No le diríais: amigo, ¿por qué has de decir mal de esta persona a causa de su riqueza? De ti solamente depende ser tan rico como ella, y aun más si quieres. Pues de igual manera, ¿por qué nos permitimos vituperar a los que llevan una vida más arreglada que la nuestra? Sólo de nosotros depende ser como ellos y aun mejores. El que otros practiquen la religión con más fidelidad que nosotros no nos impide ser tan honestos y perfectos como ellos, y más todavía, si queremos serlo.

Digo, en tercer lugar, que las gentes sin religión que desprecian a quienes hacen profesión de ella...; pero, me engaño: no es que los desprecien, lo aparentan solamente, pues en su corazón los tienen en grande estima. ¿Queréis una prueba de esto? ¿A quién recurrirá una persona, aunque no tenga piedad, para hallar algún consuelo en sus penas, algún alivio en sus tristezas y dolores? ¿Creéis que irá a buscarlo en otra persona sin religión como ella? No, amigos, no. Conoce muy bien que una persona sin religión no puede consolarle, ni darle buenos consejos. Irá a los mismos de quienes antes se burlaba. Harto convencido está de que sólo una persona prudente, honesta y temerosa de Dios puede consolarlo y darle algún alivio en sus penas. ¡Cuántas veces, en efecto, hallándonos agobiados por la tristeza o por cualquiera otra miseria, hemos acudido a alguna persona prudente y buena y, al cabo de un cuarto de hora de conversación, nos hemos sentido totalmente cambiados y nos hemos retirado diciendo ¡Qué dichosos son los que aman a Dios y también los que viven a su lado! He aquí que yo me entristecía, no hacía más que llorar, me desesperaba; y, con unos momentos de estar en compañía de esta persona me he sentido todo consolado. Bien cierto es cuando ella me ha dicho: que el Señor no ha permitido esto sino por mi bien, y que todos los santos y santas habían pasado penas mayores, y que más vale sufrir en este mundo que en el otro. Y así acabamos por decir: en cuanto se me presente otra pena, no demoraré en acudir a él de nuevo en busca de consuelo. ¡Oh, santa y hermosa religión! ¡cuán dichosos son los que te practican sin reserva, y cuán grandes y preciosos son los consuelos v dulzuras que nos proporcionas... !

Ya veis, pues, que os burláis de quienes no lo merecen; que debéis, por el contrario, estar infinitamente agradecidos a Dios por tener entre vosotros algunas almas buenas que saben aplacar la cólera del Señor, sin lo cual pronto seríamos aplastados por su justicia. Si lo pensáis bien, una persona que hace bien sus oraciones, que no busca sino agradar a Dios, que se complace en servir al prójimo, que sabe desprenderse aun de lo necesario para ayudarle, que perdona de buen grado a los que le hacen alguna injuria, no podéis decir que se porte mal antes al contrario. Una tal persona no es sino muy digna de ser alabada y estimada de todo el mundo. Sin embargo, a esta persona es a quien criticáis; pero ¿no es verdad que, al hacerlo, no pensáis lo que decís? Ah, es cierto, os dice vuestra conciencia; ella es más dichosa que nosotros. Oye, amigo mío, escúchame, y yo te diré lo que debes hacer: bien lejos de vituperar a ésta clase de personas y burlarte de ellas, has de hacer todos los esfuerzos posibles para imitarlas, unirte todas las mañanas a sus oraciones y a todos los actos de piedad que ellas hagan entre día. Pero -diréis- para hacer lo que ellas se necesita violentarse y sacrificarse demasiado. ¡Cuesta mucho trabajo!... No tanto como queréis vosotros suponer. ¿Tanto cuesta hacer bien las oraciones de la mañana y de la noche? ¿Tan dificultoso es escuchar la palabra de Dios con respeto, pidiendo al Señor la gracia de aprovecharse? ¿Tanto se necesita para no salir de la iglesia durante las instrucciones? ¿Para abstenerse de trabajar el domingo? ¿Para no comer carne en los días prohibidos y despreciar a los mundanos empeñados en perderse?

Si es que teméis que os llegue a faltar el valor, dirigid vuestros ojos a la cruz donde murió Jesucristo, y veréis cómo no os faltará aliento. Mirad a esas muchedumbres de mártires, que sufrieron dolores que no podéis comprender vosotros, por el temor de perder sus almas. ¿Os parece que se arrepienten ahora de haber despreciado el mundo y el qué dirán?

Concluyamos diciendo: ¡Cuán pocas son las personas que verdaderamente sirven a Dios !Unos tratan de destruir la religión, si fuese posible, con la fuerza de sus armas, como los reyes y emperadores paganos; otros con sus escritos impíos quisieran deshonrarla y destruirla si pudiesen; otros se mofan de ella en los que la practican ; otros, en fin, sienten deseos de practicarla, pero tienen miedo de hacerlo delante del mundo. ¡Ay! ¡qué pequeño es el número de los que andan por el camino del cielo, pues sólo se cuentan en el los que continua y valerosamente combaten al demonio y sus sugestiones, y desprecian al mundo con todas sus burlas! Puesto que esperamos nuestra recompensa y nuestra felicidad de sólo Dios, ¿por qué amar al mundo, habiendo prometido no seguir más que a Jesucristo, llevando nuestra cruz todos los días de nuestra vida? Dichoso, aquel que no busca sino sólo a Dios y desprecia todo lo restante.

Esta es la dicha que os deseo.

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El matrimonio... todo lo que quieres saber

Autor: Padre José María de Jesús

Fuente: CATHOLIC.NET

El Matrimonio no es un simple contrato. Es un compromiso mutuo por el cual cada uno acepta vivir la vida del otro. Las preocupaciones de uno se vuelven las preocupaciones del otro, como también las alegrías son compartidas.

INDICE

Introducción general
1.- El amor espiritual
2.- Entenderse en el matrimonio
3.- Familia, en diálogo con Dios
4.- Familia, comunidad al servicio del hombre
6.- Designio de Dios sobre el matrimonio y la familia
8.- Virtudes en la vida conyugal
9.- El Sacramento del Matrimonio
11.- Sexualidad conyugal
12.- La transmisión de la vida
13.- Regulación natural de nacimientos
14.- Santidad y Procreación responsable
15.- Educación de los hijos
20.- Familia creyente y evangelizadora
21.- Apostolado familiar
22.- Participación en la sociedad

El matrimonio... todo lo que quieres saber

Autor: Padre José María de Jesús

Fuente: CATHOLIC.NET

Para nuestros novios

Queridos hermanos:

Si los novios mostraran con su Padre del Cielo las mismas atenciones y pruebas del amor que tienen para su amado(a), el rostro del mundo cambiaría.

Pues la sabiduría les pide someterlo todo a Dios en primer lugar, ya que nada está vinculado en la tierra que no haya pasado primero por sus manos, y en donde este vínculo no existe, reinan la anarquía y el egoísmo. Por lo tanto, tengan confianza y abran su corazón al Cielo. El Espíritu Santo sabrá aconsejarlos.

Jóvenes, ¿por qué tienen tanta prisa en ir hacia su amada(o), si aún no conocen bien su corazón? ¿Por qué desean tanto seguir los caminos de los hombres y tan pronto? Aprendan primero a conocerse: vean cuales obstáculos pueden surgir en su amor y cómo pueden remediarlos antes de comprometerse por el Sacramento del Matrimonio. Pues el hombre y la mujer son como la vid, que, si no es protegida contra las agresiones exteriores, sufren la enfermedad y la muerte. El viñador admira un día su viña por su belleza y alaba su trabajo con una gran sonrisa, pero si la más mínima hoja es tocada por la enfermedad, toda la viña estará en gran peligro.

Sondeen, pues, su corazón y su alma, futuros esposos, y sean humildes uno para con el otro. Reconozcan sus debilidades, sus faltas, sus imperfecciones pero no se detengan en eso. Consideren su “sanación”juntos, pues al unir sus corazones, serán más fuertes en el amor. Tengan un espíritu de discernimiento, y si creen que sus defectos están demasiado anclados en ustedes y que su voluntad es demasiado débil, esperen todavía haberlos probados antes de unir a su vida la del otro ser. Pues sus defectos se volverán las preocupaciones de él (de ella), y serán íntimamente mezclados a su vida, ya que está escrito: “Y los dos serán uno solo” (Gn 2,24). 

El Matrimonio no es un simple contrato. Es un compromiso mutuo por el cual cada uno acepta vivir la vida del otro. Las preocupaciones de uno se vuelven las preocupaciones del otro, como también las alegrías son compartidas.

La complementariedad del masculino y del femenino debe ser mantenida, cueste lo que cueste. Con ayuda de la intuición femenina, los problemas pueden ser resueltos gracias a la esposa si ella acepta aliarse con el Espíritu Santo más que con el poder de sus encantos. Con respecto al esposo, por la fuerza de su voluntad y de su cuerpo, él trae al hogar el orden y el equilibrio. La educación de los hijos debe ser una obra común y los padres deben entenderse para orientarse siempre en la misma dirección. Deben mostrar hacia sus hijos mucho amor y saber castigarlos cuando es necesario.

Si en el Matrimonio el padre y la madre no tienen ideas comunes, si sus corazones no son unidos en el Espíritu Santo para dar a sus hijos una educación como Dios lo desea, ¿cómo el vínculo entre los esposos podrá ser duradero? Si está fundado nada más en la atracción de la carne, está condenado de antemano al fracaso, a las disputas, a las frustraciones, a las palabras hirientes, a las burlas, a la insatisfacción, al error y a la mentira. Si se funda ante todo sobre el amor común del Cielo, entonces Dios ilumina a los esposos, los conduce y los guía. El ahuyenta sus temores, libera sus corazones de los asaltos de la impureza y bendice su descendencia. Ya que está dicho que “la carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios”(1Co. 15,50), si desean asociar Dios a su vida, no provoquen la carne, pues es débil. Novios, no esperen de su futura unión la legalización de placeres que les serían ya permitidos sin freno: no olviden que también en la pareja casada, Dios no habita en el egoísmo, aun si éste es compartido por los dos. Que los esfuerzos que realizan en este campo antes de su matrimonio no sean por nada una acumulación de tensiones que se desahoguen después aún más vivamente, sino más bien una escuela de voluntad y de autodominio que los lleve a un amor aún más santo y más respetuoso. Si no, como el arco tenso libera la flecha, sus impulsos liberados herirán mortalmente su pureza.

Unan sus almas en la oración, en el conocimiento, en la fe, en la caridad más profunda, en el amor, en el respeto y ténganse confianza.

Nunca olviden que las menores imperfecciones deben ser combatidas antes del Matrimonio a fin de que cada uno ofrezca al otro el mejor regalo: su persona entera. Un tiempo de prueba es necesario que no debe ser demasiado breve. Si no, numerosos sufrimientos amenazarían con marcar su vida. Si piensan poder aceptarlos y ofrecerlos al Padre, que así sea, pero la vida no es tan fácil. Que el Espíritu Santo los ilumine pues, a fin de que sepan no comprometerse en una vía que quizá no es la buena y cuyas trampas les serían ocultas por su ceguera. Que el Señor los guíe y los inspire.

El matrimonio... todo lo que quieres saber

Autor: Padre José María de Jesús

Fuente: CATHOLIC.NET

Capítulo 2: Entenderse en el matrimonio

Queridos hermanos:

Numerosas son las parejas que no se entienden en el Matrimonio y deseamos hablar con ustedes de este problema que desafortunadamente se vuelve cada vez más frecuente.

Generalmente, los matrimonios que llegan a ser “fracasados” no son uniones espirituales realizadas bajo la mirada del Señor. Son el resultado de una atracción puramente física, intelectual o por intereses materiales. No piensen, hermanos, que estos matrimonios puedan ser fructuosos: unos años después, o frecuentemente cuando los niños tienen más edad, la pareja se separa o se divorcia para rehacer su vida cada uno por su lado.

Fuera del primer descubrimiento de los placeres de la carne, algunas parejas viven en efecto en el infierno del egoísmo y de la incomprensión: el marido, la mujer o los dos quedan centrados en sí mismos, utilizando al otro como servidor o como instrumento de goce, deseando siempre tener la razón, la última palabra. La educación de los hijos plantea frecuentemente problemas de entendimiento suscitando a veces violentas peleas, y cada actividad planificada se vuelve un gran problema, ya que cada uno desea hacer de ello uno obra personal. Entonces, los esposos empiezan a odiarse: cada acto, cada palabra se vuelve para el otro objeto de irritación permanente. Él soporta cada vez menos la vida de familia y termina yendo a satisfacer sus deseos egoístas en otra parte. Ella sufre por las peleas permanentes y se desanima también a veces cuando la vida se vuelve demasiado dura...

Hermanos amigos, ¡qué contraste con un matrimonio fundado en el amor en el cual el esposo y la esposa son unidos por Dios, y cuyo entendimiento es fundado primero en la espiritualidad!

Primero, no es sabio unirse llevados solo por una atracción corporal, pues la unión queda entonces de la tierra y no es santificada. Estén seguros de sí mismos, futuros esposos, si no quieren que su unión sea un fracaso. Aprendan a soportar sus presencias respectivas en todas las circunstancias, pues la vida de dos no es una vía de independencia, es la vida de dependencia, ya que está dicho “... y los dos serán uno sólo”(Gn 2,24).

Asegúrense que tienen uno en el otro una confianza total, que excluye todo secreto, toda trampa, toda falsedad en actos y en palabras así como en pensamientos. Que el otro se vuelva tu confidente, aquel a quien no escondes nada, aquel que te conoce tan bien como tú mismo. Son confidencias recíprocas que hacen llegar a una armonía perfecta en la pareja.

Corríjanse en el noviazgo, que es un periodo de conocimiento, de profundización de la vida de dos. No duden, con mucha dulzura y sicología, delicadeza y sabiduría, en exponer con sencillez al otro los puntos de su comportamiento que les parece no corresponder a lo que exige la vida cristiana, porque es Jesús a quien deben tomar como referencia y no sus gustos personales. Clarifiquen las cuestiones de la vida de la pareja, de la educación de los hijos, del trabajo, de las diversiones, de las relaciones con sus amigos y conocidos, padres y suegros, etc. Hablen ampliamente de sus gustos y sobre todo, toquen el tema de la religión. ¿Qué importancia tiene en su vida? ¿Aman a Dios más que a todo? ¿Oran frecuentemente? ¿Están dispuestos a compartir también la oración? ¿a poner en común sus problemas, sus tristezas, sus desilusiones?

En un deseo de honestidad, cada uno debe saber todo, conocer todo del otro y eso en la mayor confianza y el mayor respeto. La educación cristiana de los hijos no debe ser objeto de disputa. La esposa sabia debe estar dispuesta a reconocer la autoridad de su marido y el marido sagaz debe decidir con sabiduría y no chocar a su esposa. Así los deseos de uno se vuelven los deseos del otro; formulados con ternura y sensibilidad por uno, son cumplidos con discernimiento y fuerza por el otro. Las diferencias de temperamento que caracterizan el hombre y la mujer deben quedar marcadas en la pareja para el equilibrio del hijo. Sin embargo, el padre no debe mostrarse demasiado autoritario ni la madre demasiado sensible, sino el hijo se hallará desconcertado.

Ámense con verdadero amor cristiano que se entrega totalmente. Así, cuando uno tiene un problema, el otro lo ayuda a resolverlo con este mismo amor y si surgen dificultades, son solucionadas en común. Pues no debe suceder, en la pareja, que el hombre o la mujer cargue él solo o ella sola con todas las tareas.

Cada uno debe ayudar al otro en sus tareas personales, considerando que algunas conciernen más particularmente a la mujer, y otras al hombre. No es bueno que las mujeres cumplan frecuentemente trabajos de hombre porque su cuerpo no ha sido destinado para eso. Lo mismo, no es bueno que los hombres hagan trabajos específicamente femeninos porque no son predispuestos para ello: es esta diferencia lo que permite a los hijos identificarse con el modelo que han escogido y volverse adultos sanos y equilibrados. Deben por lo tanto ser buenos modelos de padres pues tal es la meta principal del Matrimonio: tener hijos y enseñarlos a vivir. La vida de dos se resume de hecho demasiado frecuentemente a un egoísmo compartido. 

Muy queridos hermanos, que estas pocas palabras sobre un tema tan delicado como el Matrimonio empiecen a iluminarles acerca de lo que quiere el Señor en la pareja. Todos las demás cualidades que deben tener los esposos derivan de las primeras cualidades mencionadas aquí; claro la fidelidad es un imperativo. La infidelidad en la pareja es la prueba evidente de que la pareja no ha entendido absolutamente nada del amor conyugal cristiano. Ya hemos hablado de la cuestión de la pureza en el Matrimonio. El amor espiritual ha sido el tema de un mensaje anterior: es la más bella forma de amor que pueda ser vivida por una pareja unida. 

Finalmente, no olviden que la dulzura, la ternura y las atenciones hacia el otro son parte de las alegrías del matrimonio y constituyen el cemento de la comprensión y de la cohesión de la pareja. Sean, hermanos y hermanas, afectuosos y a la vez púdicos; expresen su ternura por una mirada, un gesto de afecto, a fin de que se pueda decir a su alrededor: “¡Miren como se aman!”. Así, serán parejas verdaderamente cristianas.

El matrimonio... todo lo que quieres saber

Autor: Padre José María de Jesús

Capítulo 3: Familia, en diálogo con Dios

La familia cristiana, comunidad en diálogo con Dios

La familia cristiana, comunidad en diálogo con Dios

El santuario doméstico de la Iglesia

El anuncio del Evangelio y su acogida mediante la fe encuentran su plenitud en la celebración sacramental. La Iglesia, comunidad creyente y evangelizadora, es también pueblo sacerdotal, es decir, revestido de la dignidad y partícipe de la potestad de Cristo, Sumo Sacerdote de la nueva y eterna Alianza.
También la familia cristiana está inserta en la Iglesia, pueblo sacerdotal, mediante el sacramento del matrimonio, en el cual está enraizada y de la que se alimenta, es vivificada continuamente por el Señor y es llamada e invitada al diálogo con Dios mediante la vida sacramental, el ofrecimiento de la propia vida y oración.

Este es el cometido sacerdotal que la familia cristiana puede y debe ejercer en íntima comunión con toda la Iglesia, a través de las realidades cotidianas de la vida conyugal y familiar. De esta manera la familia cristiana es llamada a santificarse y a santificar a la comunidad eclesial y al mundo.

El matrimonio, sacramento de mutua santificación y acto de culto

Fuente y medio original de santificación propia para los cónyuges y para la familia cristiana es el sacramento del matrimonio, que presupone y especifica la gracia santificadora del bautismo. En virtud del misterio de la muerte y resurrección de Cristo, en el que el matrimonio cristiano se sitúa de nuevo, el amor conyugal es purificado y santificado: «El Señor se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad» (Vaticano II).

El don de Jesucristo no se agota en la celebración del sacramento del matrimonio, sino que acompaña a los cónyuges a lo largo de toda su existencia. Lo recuerda explícitamente el Concilio Vaticano II cuando dice que Jesucristo «permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella... Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios».

La vocación universal a la santidad está dirigida también a los cónyuges y padres cristianos. Para ellos está especificada por el sacramento celebrado y traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y familiar. De ahí nacen la gracia y la exigencia de una auténtica y profunda espiritualidad conyugal y familiar, que ha de inspirarse en los motivos de la creación, de la alianza, de la cruz, de la resurrección y del signo.

El matrimonio cristiano, como todos los sacramentos que «están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios», es en sí mismo un acto litúrgico de glorificación de Dios en Jesucristo y en la Iglesia. Celebrándolo, los cónyuges cristianos profesan su gratitud a Dios por el bien sublime que se les da de poder revivir en su existencia conyugal y familiar el amor mismo de Dios por los hombres y del Señor Jesús por la Iglesia, su esposa.
Y como del sacramento derivan para los cónyuges el don y el deber de vivir cotidianamente la santificación recibida, del mismo sacramento brotan también la gracia y el compromiso moral de transformar toda su vida en un continuo sacrificio espiritual. También a los esposos y padres cristianos, de modo especial en esas realidades terrenas y temporales que los caracterizan, se aplican las palabras del Concilio: «También los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios».

Matrimonio y Eucaristía

El deber de santificación de la familia cristiana tiene su primera raíz en el bautismo y su expresión máxima en la Eucaristía, a la que está íntimamente unido el matrimonio cristiano. El Concilio Vaticano II ha querido poner de relieve la especial relación existente entre la Eucaristía y el matrimonio, pidiendo que habitualmente éste se celebre dentro de la Misa. Volver a encontrar y profundizar tal relación es del todo necesario, si se quiere comprender y vivir con mayor intensidad la gracia y las responsabilidades del matrimonio y de la familia cristiana.

La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano. En efecto, el sacrificio eucarístico representa la alianza de amor de Cristo con la Iglesia, en cuanto sellada con la sangre de la cruz. Y en este sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza los cónyuges cristianos encuentran la raíz de la que brota, que configura interiormente y vivifica desde dentro, su alianza conyugal. En cuanto representación del sacrificio de amor de Cristo por su Iglesia, la Eucaristía es manantial de caridad. Y en el don eucarístico de la caridad la familia cristiana halla el fundamento y el alma de su «comunión» y de su «misión», ya que el Pan eucarístico hace de los diversos miembros de la comunidad familiar un único cuerpo, revelación y participación de la más amplia unidad de la Iglesia; además, la participación en el Cuerpo «entregado» y en la Sangre «derramada» de Cristo se hace fuente inagotable del dinamismo misionero y apostólico de la familia cristiana.

El sacramento de la conversión y reconciliación

Parte esencial y permanente del cometido de santificación de la familia cristiana es la acogida de la llamada evangélica a la conversión, dirigida a todos los cristianos que no siempre permanecen fieles a la «novedad» del bautismo que los ha hecho «santos». Tampoco la familia es siempre coherente con la ley de la gracia y de la santidad bautismal, proclamada nuevamente en el sacramento del matrimonio.

El arrepentimiento y perdón mutuo dentro de la familia cristiana que tanta parte tienen en la vida cotidiana, hallan su momento sacramental específico en la Penitencia cristiana. Respecto de los cónyuges cristianos, así escribía Pablo VI en la encíclica Humanae vitae: «Y si el pecado les sorprendiese todavía, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el Sacramento de la Penitencia».

La celebración de este sacramento adquiere un significado particular para la vida familiar. En efecto, mientras mediante la fe descubren cómo el pecado contradice no sólo la alianza con Dios, sino también la alianza de los cónyuges y la comunión de la familia, los esposos y todos los miembros de la familia son alentados al encuentro con Dios «rico en misericordia» (Ef 2, 4), el cual, infundiendo su amor más fuerte que el pecado, reconstruye y perfecciona la alianza conyugal y la comunión familiar.

La plegaria familiar

La Iglesia ora por la familia cristiana y la educa para que viva en generosa coherencia con el don y el cometido sacerdotal recibidos de Cristo Sumo Sacerdote. En realidad, el sacerdocio bautismal de los fieles, vivido en el matrimonio-sacramento, constituye para los cónyuges y para la familia el fundamento de una vocación y de una misión sacerdotal, mediante la cual su misma existencia cotidiana se transforma en «sacrificio espiritual aceptable a Dios por Jesucristo» (1 Pe 2, 5). Esto sucede no sólo con la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos o con la ofrenda de sí mismos para gloria de Dios, sino también con la vida de oración, con el diálogo suplicante dirigido al Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo.

La plegaria familiar tiene características propias. Es una oración hecha en común, marido y mujer juntos, padres e hijos juntos. La comunión en la plegaria es a la vez fruto y exigencia de esa comunión que deriva de los sacramentos del bautismo y del matrimonio. A los miembros de la familia cristiana pueden aplicarse de modo particular las palabras con las cuales el Señor Jesús promete su presencia: «Les digo en verdad que si dos de ustedes convienen sobre la tierra en pedir cualquier cosa, se lo otorgará mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 19s).

Esta plegaria tiene como contenido original la misma vida de familia que en las diversas circunstancias es interpretada como vocación de Dios y es actuada como respuesta filial a su llamada: alegrías y dolores, esperanzas y tristezas, nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la boda de los padres, partidas, alejamientos y regresos, elecciones importantes y decisivas, muerte de personas queridas, etc., señalan la intervención del amor de Dios en la historia de la familia, como deben también señalar el momento favorable de acción de gracias, de imploración, de abandono confiado de la familia al Padre común que está en los cielos. Además, la dignidad y responsabilidades de la familia cristiana en cuanto Iglesia doméstica solamente pueden ser vividas con la ayuda incesante de Dios, que será concedida sin falta a cuantos la pidan con humildad y confianza en la oración.

Maestros de oración

En virtud de su dignidad y misión, los padres cristianos tienen el deber específico de educar a sus hijos en la plegaria, de introducirlos progresivamente al descubrimiento del misterio de Dios y del coloquio personal con Él: «Sobre todo en la familia cristiana, enriquecida con la gracia y los deberes del sacramento del matrimonio, importa que los hijos aprendan desde los primeros años a conocer y a adorar a Dios y a amar al prójimo, según la fe recibida en el bautismo» (Vaticano II).

Elemento fundamental e insustituible de la educación a la oración es el ejemplo concreto, el testimonio vivo de los padres; sólo orando junto con sus hijos, el padre y la madre, mientras ejercen su propio sacerdocio real, calan profundamente en el corazón de sus hijos, dejando huellas que los posteriores acontecimientos de la vida no lograrán borrar. Escuchemos de nuevo la llamada que Pablo VI ha dirigido a las madres y a los padres: «Madres, ¿enseñan a sus niños las oraciones del cristiano? ¿Preparan, de acuerdo con los sacerdotes, a sus hijos para los sacramentos de la primera edad: confesión, comunión, confirmación? ¿Los acostumbran, si están enfermos, a pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los santos? ¿Rezan el rosario en familia? Y ustedes, padres, ¿saben rezar con sus hijos, con toda la comunidad doméstica, al menos alguna vez? Su ejemplo, en la rectitud del pensamiento y de la acción, apoyado por alguna oración común vale una lección de vida, vale un acto de culto de un mérito singular; llevan de este modo la paz al interior de los muros domésticos: "Paz a esta casa". Recuerdan: así edifican la Iglesia».

Plegaria litúrgica y privada

Hay una relación profunda y vital entre la oración de la Iglesia y la de cada uno de los fieles, como ha confirmado claramente el Concilio Vaticano II. Una finalidad importante de la plegaria de la Iglesia doméstica es la de constituir para los hijos la introducción natural a la oración litúrgica propia de toda la Iglesia, en el sentido de preparar a ella y de extenderla al ámbito de la vida personal, familiar y social. De aquí deriva la necesidad de una progresiva participación de todos los miembros de la familia cristiana en la Eucaristía, sobre todo los domingos y días festivos, y en los otros sacramentos, de modo particular en los de la iniciación cristiana de los hijos. Las directrices conciliares han abierto una nueva posibilidad a la familia cristiana, que ha sido colocada entre los grupos a los que se recomienda la celebración comunitaria del Oficio divino. Pondrán asimismo cuidado las familias cristianas en celebrar, incluso en casa y de manera adecuada a sus miembros, los tiempos y festividades del año litúrgico.

Para preparar y prolongar en casa el culto celebrado en la iglesia, la familia cristiana recurre a la oración privada, que presenta gran variedad de formas. Esta variedad, mientras testimonia la riqueza extraordinaria con la que el Espíritu anima la plegaria cristiana, se adapta a las diversas exigencias y situaciones de vida de quien recurre al Señor. Además de las oraciones de la mañana y de la noche, hay que recomendar explícitamente —siguiendo también las indicaciones de los Padres Sinodales— la lectura y meditación de la Palabra de Dios, la preparación a los sacramentos, la devoción y consagración al Corazón de Jesús, las varias formas de culto a la Virgen Santísima, la bendición de la mesa, las expresiones de la religiosidad popular.

Dentro del respeto debido a la libertad de los hijos de Dios, la Iglesia ha propuesto y continúa proponiendo a los fieles algunas prácticas de piedad en las que pone una particular solicitud e insistencia. Entre éstas es de recordar el rezo del rosario: «Y ahora, en continuidad de intención con nuestros Predecesores, queremos recomendar vivamente el rezo del santo Rosario en familia .... no cabe duda de que el Rosario a la Santísima Virgen debe ser considerado como una de las más excelentes y eficaces oraciones comunes que la familia cristiana está invitada a rezar. Queremos pensar y deseamos vivamente que cuando un encuentro familiar se convierta en tiempo de oración, el Rosario sea su expresión frecuente y preferida» (Pablo VI). Así la auténtica devoción mariana, que se expresa en la unión sincera y en el generoso seguimiento de las actitudes espirituales de la Virgen Santísima, constituye un medio privilegiado para alimentar la comunión de amor de la familia y para desarrollar la espiritualidad conyugal y familiar. Ella, la Madre de Cristo y de la Iglesia, es en efecto y de manera especial la Madre de las familias cristianas, de las Iglesias domésticas.

Plegaria y vida

No hay que olvidar nunca que la oración es parte constitutiva y esencial de la vida cristiana considerada en su integridad y profundidad. Más aún, pertenece a nuestra misma «humanidad» y es «la primera expresión de la verdad interior del hombre, la primera condición de la auténtica libertad del espíritu».
Por ello la plegaria no es una evasión que desvía del compromiso cotidiano, sino que constituye el empuje más fuerte para que la familia cristiana asuma y ponga en práctica plenamente sus responsabilidades como célula primera y fundamental de la sociedad humana. En ese sentido, la efectiva participación en la vida y misión de la Iglesia en el mundo es proporcional a la fidelidad e intensidad de la oración con la que la familia cristiana se una a la Vid fecunda, que es Cristo (Cfr. Jn 15).
De la unión vital con Cristo, alimentada por la liturgia, de la ofrenda de sí mismo y de la oración deriva también la fecundidad de la familia cristiana en su servicio específico de promoción humana, que no puede menos de llevar a la transformación del mundo.

El matrimonio... todo lo que quieres saber

Autor: Padre José María de Jesús

Fuente: CATHOLIC.NET

Capítulo 11: Sexualidad conyugal

I
LLAMADOS AL VERDADERO AMOR

El hombre, en cuanto imagen de Dios, ha sido creado para amar . Esta verdad ha sido revelada plenamente en el Nuevo Testamento, junto con el misterio de la vida intratrinitaria: « Dios es amor (1 Jn 4, 8) y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen ..., Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano ». Todo el sentido de la propia libertad, y del autodominio consiguiente, está orientado al don de sí en la comunión y en la amistad con Dios y con los demás.

El amor humano como don de sí

La persona es, sin duda, capaz de un tipo de amor superior: no el de concupiscencia, que sólo ve objetos con los cuales satisfacer sus propios apetitos, sino el de amistad y entrega, capaz de conocer y amar a las personas por sí mismas. Un amor capaz de generosidad, a semejanza del amor de Dios: se ama al otro porque se le reconoce como digno de ser amado. Un amor que genera la comunión entre personas, ya que cada uno considera el bien del otro como propio. Es el don de sí hecho a quien se ama, en lo que se descubre, y se actualiza la propia bondad, mediante la comunión de personas y donde se aprende el valor de amar y ser amado.

Todo hombre es llamado al amor de amistad y de oblatividad; y viene liberado de la tendencia al egoísmo por el amor de otros: en primer lugar de los padres o de quienes hacen sus veces, y, en definitiva, de Dios, de quien procede todo amor verdadero y en cuyo amor sólo el hombre descubre hasta qué punto es amado. Aquí se encuentra la raíz de la fuerza educativa del cristianismo: « ¡El hombre es amado por Dios! Este es el simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respeto del hombre ». Es así como Cristo ha descubierto al hombre su verdadera identidad: « Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación ».

El amor revelado por Cristo « al que el apóstol Pablo dedicó un himno en la primera Carta a los Corintios..., es ciertamente exigente. Su belleza está precisamente en el hecho de ser exigente, porque de este modo constituye el verdadero bien del hombre y lo irradia también a los demás ». Por tanto es un amor que respeta la persona y la edifica porque « el amor es verdadero cuando crea el bien de las personas y de las comunidades , lo crea y lo daa los demás ».

El amor y la sexualidad humana

El hombre está llamado al amor y al don de sí en su unidad corpóreo-espiritual. Feminidad y masculinidad son dones complementarios, en cuya virtud la sexualidad humana es parte integrante de la concreta capacidad de amar que Dios ha inscrito en el hombre y en la mujer. « La sexualidad es un elemento básico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano». Esta capacidad de amar como don de sí tiene, por tanto, su « encarnación » en el carácter esponsal del cuerpo , en el cual está inscrita la masculinidad y la feminidad de la persona. «El cuerpo humano, con su sexo, y con su masculinidad y feminidad visto en el misterio mismo de la creación, es no sólo fuente de fecundidad y de procreación, como en todo el orden natural, sino que incluye desde el «principio» el atributo «esponsalicio», es decir, la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don y —mediante este don— realiza el sentido mismo de su ser y existir». Toda forma de amor tiene siempre esta connotación masculino-femenina.

La sexualidad humana es un bien: parte del don que Dios vio que « era muy bueno » cuando creó la persona humana a su imagen y semejanza, y « hombre y mujer los creó » (Gn 1, 27). En cuanto modalidad de relacionarse y abrirse a los otros, la sexualidad tiene como fin intrínseco el amor, más precisamente el amor como donación y acogida, como dar y recibir. La relación entre un hombre y una mujer es esencialmente una relación de amor: « La sexualidad orientada, elevada e integrada por el amor adquiere verdadera calidad humana ». Cuando dicho amor se actúa en el matrimonio, el don de sí expresa, a través del cuerpo, la complementariedad y la totalidad del don; el amor conyugal llega a ser, entonces, una fuerza que enriquece y hace crecer a las personas y, al mismo tiempo, contribuye a alimentar la civilización del amor; cuando por el contrario falta el sentido y el significado del don en la sexualidad, se introduce «una civilización de las "cosas" y no de las "personas"; una civilización en la que las personas se usan como si fueran cosas. En el contexto de la civilización del placer la mujer puede llegar a ser un objeto para el hombre, los hijos un obstáculo para los padres».

En el centro de la conciencia cristiana de los padres y de los hijos, debe estar presente esta verdad y este hecho fundamental: el don de Dios. Se trata del don que Dios nos ha hecho llamándonos a la vida y a existir como hombre o mujer en una existencia irrepetible, cargada de inagotables posibilidades de desarrollo espiritual y moral: « la vida humana es un don recibido para ser a su vez dado». « El don revela, por decirlo así, una característica especial de la existencia personal, más aun, de la misma esencia de la persona. Cuando Yahvé Dios dice que "no es bueno que el hombre esté solo" (Gn 2, 18), afirma que el hombre por sí "solo" no realiza totalmente esta esencia. Solamente la realiza existiendo "con alguno", y más profunda y completamente, existiendo "para alguno" ». En la apertura al otro y en el don de sí se realiza el amor conyugal en la forma de donación total propia de este estado. Y es siempre en el don de sí, sostenido por una gracia especial, donde adquiere significado la vocación a la vida consagrada, « manera eminente de dedicarse más fácilmente a Dios solo con corazón indiviso» para servirlo más plenamente en la Iglesia. En toda condición y estado de vida, de todos modos, este don se hace todavía más maravilloso por la gracia redentora, por la cual llegamos a ser « partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4) y somos llamados a vivir juntos la comunión sobrenatural de caridad con Dios y con los hermanos. Los padres cristianos, también en las situaciones más delicadas, no deben olvidar que, como fundamento de toda la historia personal y doméstica, está el don de Dios.

«En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual». A la luz de la Revelación cristiana se lee el significado interpersonal de la misma sexualidad: « La sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer no sólo en el plano físico, sino también en el psicológico y espiritual con su huella consiguiente en todas sus manifestaciones. Esta diversidad, unida a la complementariedad de los dos sexos, responde cumplidamente al diseño de Dios según la vocación a la cual cada uno ha sido llamado».

El amor conyugal

Cuando el amor se vive en el matrimonio, comprende y supera la amistad y se plasma en la entrega total de un hombre y una mujer, de acuerdo con su masculinidad y feminidad, que con el pacto conyugal fundan aquella comunión de personas en la cual Dios ha querido que viniera concebida, naciera y se desarrollara la vida humana. A este amor conyugal, y sólo a él, pertenece la donación sexual, que se « realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte integrante del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen entre sí hasta la muerte». El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que «en el matrimonio, la intimidad corporal de los esposos viene a ser un signo y una garantía de comunión espiritual. Entre bautizados, los vínculos del matrimonio están santificados por el sacramento».

Amor abierto a la vida

Signo revelador de la autenticidad del amor conyugal es la apertura a la vida: «En su realidad más profunda, el amor es esencialmente don y el amor conyugal, a la vez que conduce a los esposos al recíproco "conocimiento"..., no se agota dentro de la pareja, ya que los hace capaces de la máxima donación posible, por la cual se convierten en cooperadores de Dios en el don de la vida a una nueva persona humana. De este modo los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre ». A partir de esta comunión de amor y de vida los cónyuges consiguen esa riqueza humana y espiritual y ese clima positivo para ofrecer a los hijos su apoyo en la educación al amor y a la castidad.

II
AMOR VERDADERO Y CASTIDAD

Tanto el amor virginal como el conyugal, que son, como diremos más adelante, las dos formas en las cuales se realiza la vocación de la persona al amor, requieren para su desarrollo el compromiso de vivir la castidad, de acuerdo con el propio estado de cada uno. La sexualidad —como dice elCatecismo de la Iglesia Católica— «se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer». Es obvio que el crecimiento en el amor, en cuanto implica el don sincero de sí, es ayudado por la disciplina de los sentimientos, de las pasiones y de los afectos, que nos lleva a conseguir el autodominio. Ninguno puede dar aquello que no posee: si la persona no es dueña de sí —por obra de las virtudes y, concretamente, de la castidad— carece de aquel dominio que la torna capaz de darse. La castidad es la energía espiritual que libera el amor del egoísmo y de la agresividad . En la misma medida en que en el hombre se debilita la castidad, su amor se hace progresivamente egoísta, es decir, deseo de placer y no ya don de sí.

La castidad como don de sí

La castidad es la afirmación gozosa de quien sabe vivir el don de sí, libre de toda esclavitud egoísta. Esto supone que la persona haya aprendido a descubrir a los otros, a relacionarse con ellos respetando su dignidad en la diversidad. La persona casta no está centrada en sí misma, ni en relaciones egoístas con las otras personas. La castidad torna armónica la personalidad, la hace madurar y la llena de paz interior. La pureza de mente y de cuerpo ayuda a desarrollar el verdadero respeto de sí y al mismo tiempo hace capaces de respetar a los otros, porque ve en ellos personas, que se han de venerar en cuanto creadas a imagen de Dios y, por la gracia, hijos de Dios, recreados en Cristo quien « os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz » (1 Pe 2, 9).

El dominio de sí

«La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado». Toda persona sabe, también por experiencia, que la castidad requiere rechazar ciertos pensamientos, palabras y acciones pecaminosas, como recuerda con claridad San Pablo (cf. Rm 1, 18; 6, 12-14; 1 Cor 6, 9-11; 2 Cor 7, 1; Ga 5, 16-23; Ef 4, 17-24; 5, 3-13; Col 3, 5-8; 1 Ts 4, 1-18; 1 Tm 1, 8-11; 4;12). Por esto se requiere una capacidad y una aptitud de dominio de síque son signo de libertad interior, de responsabilidad hacia sí mismo y hacia los demás y, al mismo tiempo, manifiestan una conciencia de fe; este dominio de sí comporta tanto evitar las ocasiones de provocación e incentivos al pecado, como superar los impulsos instintivos de la propia naturaleza.

Cuando la familia ejerce una válida labor de apoyo educativo y estimula el ejercicio de las virtudes, se facilita la educación a la castidad y se eliminanconflictos interiores , aun cuando en ocasiones los jóvenes puedan pasar por situaciones particularmente delicadas. Para algunos, que se encuentran en ambientes donde se ofende y descredita la castidad, vivir de un modo casto puede exigir una lucha exigente y hasta heroica. De todas maneras, con la gracia de Cristo, que brota de su amor esponsal por la Iglesia, todos pueden vivir castamente aunque se encuentren en circunstancias poco favorables. El mismo hecho de que todos han sido llamados a la santidad, como recuerda el Concilio Vaticano II, facilita entender que, tanto en el celibato como en el matrimonio, pueden presentarse —incluso, de hecho ocurre a todos, de un modo o de otro, por períodos más o menos largos—, situaciones en las cuales son indispensables actos heroicos de virtud. También la vida matrimonial implica, por tanto, un camino gozoso y exigente de santidad.

La castidad conyugal

«Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la continencia». Los padres son conscientes de que el mejor presupuesto para educar a los hijos en el amor casto y en la santidad de vida consiste en vivir ellos mismos la castidad conyugal . Esto implica que sean conscientes de que en su amor está presente el amor de Dios y, por tanto, deben vivir la donación sexual en el respeto de Dios y de su designio de amor, con fidelidad, honor y generosidad hacia el cónyuge y hacia la vida que puede surgir de su gesto de amor. Sólo de este modo puede ser expresión de caridad ; por esto el cristiano está llamado a vivir su entrega en el matrimonio en el marco de su personal relación con Dios, como expresión de su fe y de su amor por Dios, y por tanto con la fidelidad y la generosa fecundidad que distinguen el amor divino. Solamente así se responde al amor de Dios y se cumple su voluntad, que los mandamientos nos ayudan a conocer. No hay ningún amor legítimo que no sea también, a su nivel más alto, amor de Dios. Amar al Señor implica responder positivamente a sus mandamientos: «si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14, 15).

Para vivir la castidad el hombre y la mujer tienen necesidad de la iluminación continua del Espíritu Santo. «En el centro de la espiritualidad conyugal está ... la castidad, no sólo como virtud moral (formada por el amor), sino, a la vez, como virtud vinculada con los dones del Espíritu Santo —ante todo con el respeto de lo que viene de Dios (es parte del don de piedad)—. Así, pues, el orden interior de la convivencia conyugal, que permite a las «manifestaciones afectivas» desarrollarse según su justa proporción y significado, es fruto no sólo de la virtud en la que se ejercitan los esposos, sino también de los dones del Espíritu Santo con los que colaboran».

Por otra parte, los padres, persuadidos de que su propia castidad y el empeño por testimoniar la santidad en la vida ordinaria constituyen el presupuesto y la condición para su labor educativa, deben considerar cualquier ataque a la virtud y a la castidad de sus hijos como una ofensa a su propia vida de fe y una amenaza de empobrecimiento para su comunión de vida y de gracia (cf. Ef 6, 12).

El matrimonio... todo lo que quieres saber

Autor: Padre José María de Jesús

Fuente: CATHOLIC.NET


Capítulo 12: La transmisión de la vida

Cooperadores del amor de Dios Creador

Dios, con la creación del hombre y de la mujer a su imagen y semejanza, corona y lleva a perfección la obra de sus manos; los llama a una especial participación en su amor y al mismo tiempo en su poder de Creador y Padre, mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión del don de la vida humana: “ Sean fecundos y multiplíquense y llenen la tierra y sométanla”.

Así el cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo largo de la historia la bendición original del Creador, transmitiendo en la generación la imagen divina de hombre a hombre.

La fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el testimonio vivo de la entrega plena y recíproca de los esposos: “El cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente su propia familia”.

La fecundidad del amor conyugal no se reduce sin embargo a la sola procreación de los hijos, aunque sea entendida en su dimensión específicamente humana: se amplía y se enriquece con todos los frutos de vida moral, espiritual y sobrenatural que el padre y de la madre están llamados a dar a los hijos y, por medio de ellos, a la Iglesia y al mundo.

La doctrina y la norma siempre antigua y siempre nueva de la Iglesia

Precisamente porque el amor de los esposos es una participación singular en el misterio de la vida y del amor de Dios mismo, la Iglesia sabe que ha recibido la misión especial de custodiar y proteger la altísima dignidad del matrimonio y la gravísima responsabilidad de la transmisión de la vida humana.

La Iglesia en favor de la vida

La doctrina de la Iglesia se encuentra hoy en una situación social y cultural que la hace a la vez más difícil de comprender y más urgente e insustituible para promover el verdadero bien del hombre y de la mujer.

La Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está a favor de la vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel “ Sí ”, de aquel “ Amén ” que es Cristo mismo. Al “ no ” que invade y aflige al mundo, contrapone este “ Sí ” viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida.

La Iglesia está llamada a manifestar nuevamente a todos, con un convencimiento más claro y firme, su voluntad de promover con todo medio y defender contra toda insidia la vida humana, en cualquier condición o fase de desarrollo en que se encuentre.

Por esto la Iglesia condena, como ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia, todas aquellas actividades de los gobiernos o de otras autoridades públicas, que tratan de limitar de cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión sobre los hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente y rechazar con energía cualquier violencia ejercida por tales autoridades a favor del anticoncepcionismo e incluso de la esterilización y del aborto procurado. Al mismo tiempo, hay que rechazar como gravemente injusto el hecho de que, en las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la promoción de los pueblos esté condicionada a programas de anticoncepcionismo, esterilización y aborto procurado.

En la visión integral del hombre y de su vocación

En el contexto de una cultura que deforma gravemente o incluso pierde el verdadero significado de la sexualidad humana, porque la desarraiga de su referencia a la persona, la Iglesia siente más urgente e insustituible su misión de presentar la sexualidad como valor y función de toda la persona creada, varón y mujer, a imagen de Dios.

En esta perspectiva el Concilio Vaticano II afirma claramente que “cuando se trata de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida, la índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse concriterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal”.

Es precisamente partiendo de la “visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna”, por lo que Pablo VI afirmó, que la doctrina de la Iglesia “está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador”. Y concluyó recalcando que hay que excluir, como intrínsecamente deshonesta, “toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación”.

Cuando los esposos, mediante el recurso al anticoncepcionismo, separan estos dos significados que Dios Creador ha inscrito en el ser del hombre y de la mujer en el dinamismo de su comunión sexual, se comportan como “árbitros” del designio divino y “manipulan” y envilecen la sexualidad humana, y con ella la propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación “total”. Así, al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir el de no darse al otro totalmente: se produce, no solo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal.

En cambio, cuando los esposos, mediante el recurso a períodos de infertilidad, respetan la conexión inseparable de los significados unitivo y procreador de la sexualidad humana, se comportan como “ministros” del designio de Dios y “se sirven” de la sexualidad según el dinamismo original de la donación “ total ”, sin manipulaciones ni alteraciones.

A la luz de la misma experiencia de tantas parejas de esposos y de los datos de las diversas ciencias humanas, la reflexión teológica puede captar y está llamada a profundizar la diferencia antropológica y al mismo tiempo moral, que existe entre anticoncepcionismo y el recurso a los ritmos temporales. Se trata de una diferencia bastante más amplia y profunda de lo que habitualmente se cree, y que implica en resumidas cuentas dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana, irreconciliables entre sí. La elección de los ritmos naturales comporta la aceptación del tiempo de la persona, es decir de la mujer, y con esto la aceptación también del dialogo, del respeto recíproco, de la responsabilidad común, del dominio de sí mismo. Aceptar el tiempo y el diálogo significa reconocer el carácter espiritual y a la vez corporal de la comunión conyugal, como también vivir el amor personal en su exigencia de fidelidad. En este contexto la pareja experimenta que la comunión conyugal es enriquecida por aquellos valores de ternura y afectividad, que constituyen el alma profunda de la sexualidad humana, incluso en su dimensión física. De este modo la sexualidad es respetada y promovida en su dimensión verdadera y plenamente humana, no “usada” en cambio como un “objeto” que, rompiendo la unidad personal de alma y cuerpo, contradice la misma creación de Dios en la trama más profunda entre naturaleza y persona.

La Iglesia Maestra y Madre para los esposos en dificultad

También en el campo de la moral conyugal la Iglesia es y actúa como Maestra y Madre.

Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral que debe guiar la transmisión responsable de la vida. De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección.

Como Madre, la Iglesia se hace cercana a muchas parejas de esposos que se encuentran en dificultades sobre este importante punto de la vida moral; conoce bien su situación, a menudo muy ardua y a veces verdaderamente atormentada por dificultades de todo tipo, no sólo individuales sino también sociales; sabe que muchos esposos encuentran dificultades no sólo para la realización concreta, sino también para la misma comprensión de los valores inherentes a la norma moral.

Pero la misma y única Iglesia es a la vez Maestra y Madre. Por esto, la Iglesia no cesa nunca de invitar y animar, a fin de que las eventuales dificultades conyugales se resuelvan sin falsificar ni comprometer jamas la verdad. En efecto, está convencida de que no puede haber verdadera contradicción entre la ley divina de transmisión de la vida y la de favorecer el auténtico amor conyugal. Por esto, la pedagogía concreta de la Iglesia debe estar siempre unida y nunca separada de su doctrina. Repito, por tanto, con la misma persuasión de mi Predecesor: “No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas”.

Por otra parte, la auténtica pedagogía eclesial revela su realismo y su sabiduría solamente desarrollando un compromiso tenaz y valiente en crear y sostener todas aquellas condiciones humanas – psicológicas, morales y espirituales- que son indispensables para comprender y vivir el valor y la norma moral.

No hay duda de que entre estas condiciones se deben incluir la constancia y la paciencia, la humildad y la fortaleza de ánimo, la confianza filial en Dios y en su gracia, el recurso frecuente a la oración y a los sacramentos de la Eucaristía y de la reconciliación. Confortados así, los esposos cristianos podrán mantener viva la conciencia de la influencia singular que la gracia del sacramento del matrimonio ejerce sobre todas las realidades de la vida conyugal, y por consiguiente también sobre su sexualidad: el don del Espíritu, acogido y correspondido por los esposos, les ayuda a vivir la sexualidad humana según el plan de Dios y como signo del amor unitivo y fecundo de Cristo por su Iglesia.

Pero entre las condiciones necesarias está también el conocimiento de la corporeidad y de sus ritmos de fertilidad. En tal sentido conviene hacer lo posible para que semejante conocimiento se haga accesible a todos los esposos, y ante todo a las personas jóvenes, mediante una información y una educación clara, oportuna y seria, por parte de parejas, de médicos y de expertos. El conocimiento debe desembocar además en la educación al autocontrol; de ahí la absoluta necesidad de la virtud de la castidad y de la educación permanente en ella. Según la visión cristiana, la castidad no significa absolutamente rechazo ni menosprecio de la sexualidad humana: significa más bien energía espiritual que sabe defender al amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad y sabe promoverlo hacia su realización plena.

Pablo VI, con intuición profunda de sabiduría y amor, no hizo más que escuchar la experiencia de tantas parejas de esposos cuando en su Encíclica escribió: “El dominio del instinto, mediante la razón y la voluntad libre, impone sin ningún género de duda una ascética, para que las manifestaciones afectivas de la vida conyugal estén en conformidad con el orden recto y particularmente para observar la continencia periódica. Esta disciplina, propia de la pureza de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano más sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan integralmente su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la solución de otros problemas; favoreciendo la atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a los hijos”.