Oh Señor ¿cómo pueden los hombres verte en la Cruz clavado y dejarte allí abandonado?
Cómo pueden mirarte y no amarte ni prestar oídos a Tus Latidos que llaman con purísimo amor no correspondido a los hombres que ingratos, despiadados y llenos de pecados te hemos por completo olvidado o negado
De Vos, Nuestro Dios, nos avergonzamos y juntos en la Cruz te hemos colgado Tus Santas Llagas nos muestras como mudo Amor por respuesta que das Tu Vida por la nuestra
Tu Precioso Rostro, Señor, ya no reconozco todo bañado de Sangre y polvo por Tus Ojos se escapa la vida pero todavía me miras con ternura infinita para en plegaria de amor decirme "No voy a irme, si en Mí tu vives"
Y yo Señor quiero abrazarte y así de la Cruz bajarte para ocupar el lugar que por mí ocupaste pues a pesar de ser tan miserable no quiero ya más permitir este ultraje
A mi Rey vestido de Sangre ¡cómo puedo no amarle! si frente a Tí vengo a postrarme para traspasar con mi pobre amor Tu Santa Carne y así consolarte deshaciendo mi existencia en Tí para sólo en Tí vivir y decirte así, siempre si
Me pongo a rezar y al poco tiempo mi mente está en otro lado.
Autor: Padre Evaristo Sada LC Fuente: CATHOLIC.NET
Me pongo a rezar y al poco tiempo mi mente está en otro lado. Por más que intento, no logro concentrarme. Pasa lo que al niño con déficit de atención. El multitasking, tan apreciado en los dispositivos electrónicos, es un enemigo en la oración.
1. Rezar exige disciplina:
La vista ve una cosa, los oídos oyen otra cosa, el gusto gusta otra cosa.... La imaginación imagina una cosa, la memoria recuerda otra cosa... La mente piensa una cosa, la voluntad quiere otra cosa... Los 5 sentidos, los sentidos interiores (memoria e imaginación) y las facultades superiores (inteligencia y voluntad) pueden atender cosas diferentes a la vez y cada una a su manera. La concentración depende del dominio que tengamos sobre nuestros sentidos y facultades. Hay personas a quienes se les facilita la concentración, otras a las que se les dificulta de manera especial.
Para concentrarnos debemos disciplinarnos.
Lo sabe todo buen estudiante. Imaginemos a un universitario que debe resolver un complicado problema de álgebra en menos de quince minutos. Mientras lo hace tiene delante un televisor encendido, la música estridente a todo volumen, está chateando con su novia, la imaginación en el mejor gol de la temporada que espera presenciar por la tarde en el estadio y la memoria en la fiesta de anoche... Si quiere resolver el problema de álgebra debe concentrarse. Y esto requiere disciplina: apagar la televisión, quitar esa música, decirle a su novia que la buscará más tarde, quitar todo elemento que pueda distraerle, cerrar la puerta y tal vez también las cortinas, sentarse correctamente y centrar toda su atención en el problema que debe resolver.
Cuando hacemos oración necesitamos centrarnos, concentrarnos. Para concentrarnos tenemos que ayudarnos eligiendo la hora, el lugar, la postura, el ambiente, etc. Ir al lugar que más te ayude, ordinariamente ayudan más los espacios pequeños, cerrados, bien ventilados, silenciosos, con poca luz. Tomar una postura respetuosa, cómoda, atenta (puede ser sentado con la espalda recta, de rodillas o como más ayude a cada uno). Apartar o cerrar las puertas a todo aquello que distraiga o pudiera distraer (ruidos, imágenes, objetos, personas, desorden...), poner aquello que ayude a concentrarse (postura adecuada, ojos cerrados, luz cálida, un crucifijo, una veladora, las gotas de un fuente serena...). Elegir la hora en que la mente esté más serena: para algunos será al inicio del día, para otros al atardecer.
Cuanto más se hace oración, más se facilita la concentración y más se forma el hábito de recogimiento. Pero en esta materia de las distracciones nadie puede decir que tiene la batalla ganada, siempre será una dificultad y siempre exigirá disciplina.
2. Rezar exige voluntad
Para orar es necesario un ambiente de quietud. Quietud es tranquilidad, sosiego, reposo, calma, estabilidad. Una quietud del cuerpo, pero sobre todo quietud interior, quietud profunda. La quietud podemos llevarla con nosotros a todas partes aunque estemos rodeados de ruidos y jalonados por la actividad cotidiana.
Por más agradable que algo sea, si se trata de algo exigente, se requiere la intervención de la voluntad que debe decir: "Yo quiero hacer esto y lo quiero hacer bien". Tomas las riendas de todas tus facultades y te esfuerzas por hacer aquello que quieres hacer. En el caso de la oración lo que quieres hacer es centrarte en la persona de Cristo, pensar en Él, estar con Él. Y pedirle al Espíritu Santo que te lo conceda.
Distraerse significa verse atraído por otra cosa que te atrae con más fuerza. Si tú quieres centrar toda tu atención en la persona de Cristo y hay estímulos que te atraen y te distraen (ruidos, personas, objetos, recuerdos, pendientes....), necesitas actuar tu voluntad y hacer lo que quieres hacer.
Cuando algo te distraiga, puedes valerte de eso mismo para regresar a Dios. Por ejemplo: si te distrae una persona que está haciendo ruido, puedes hacer de eso materia de tu conversación con Jesús y decirle: "Como ves, Señor, soy débil y me distraigo con facilidad; te pido por esa persona, y a mí ayúdame a conocerte mejor, ahora quiero estar a solas contigo profundizando en esta faceta de tu personalidad que estaba contemplando..." Y vuelves a tomar el hilo de tu meditación o contemplación a través de un diálogo muy natural con Jesús.
Si se te dificulta mucho la concentración, puedes probar si te ayuda ponerte a escribir en la oración tus coloquios con Cristo.
Y todo esto, no por un afán voluntarista, de quien piensa que la oración "se la hace solo", o de quien piensa que reza mejor cuanto más concentrado está. Buscamos más bien disponer nuestra alma, disponer todo nuestro ser, para escuchar a Dios, para dejarle actuar, para no oponer obstáculo a su gracia. Es como el "sí" de María en la encarnación del Hijo de Dios. Ella dice que sí quiere y el Espíritu Santo se encarga del resto.
3. Rezar exige atender al Huésped
"Cuando ores, entra a tu cuarto, cierra la puerta, ora a tu Padre que está en lo secreto..." (Mt 6,6) Dios habita en nosotros desde nuestro bautismo, es el huésped de nuestra alma, nosotros somos morada de Dios. Un huésped merece atención. Del anfitrión se espera que esté con el huésped mientras le acompaña en su casa. El Espíritu Santo está siempre con nosotros, dentro de nosotros. Por tanto, espera que le pongamos atención y estemos con Él.
Lo más común es que nuestro espíritu ande ocupado en muchas cosas y le cueste centrarse en la presencia de Dios vivo. Al orar, hay que dejar todas las criaturas a un lado. Actuar nuestra fe y recordar la presencia de Dios, contemplar en la fe al Dios que me invade y me da vida desde dentro. "Olvido de lo creado, memoria del Creador, atención a lo interior y estarse amando al Amado." (San Juan de la Cruz).
La vida interior consiste en volver nuestra mirada, nuestro oído, nuestro pensamiento, nuestros afectos al Espíritu Santo que mora en nuestro corazón. El hábito que debemos formar es el de una atención amorosa al Espíritu Santo, dulce huésped de nuestra alma.
Él es la Fuente de la quietud profunda. Al volcar toda tu persona hacia Dios, en Él reposas, su presencia te llena de confianza, te serena, es fecundo manantial de paz. Lo que buscamos, pues, es que el centro de nuestra atención esté en Dios, en actitud de adoración, en un clima de fe, de amor y de confianza.
Alguien podrá decir: todo esto ya lo sé. La pregunta no es si ya lo sabes, sino si ya lo haces. Y si lo haces siempre.
Algunas citas bíblicas que nos hablan del Purgatorio.
La oración por los difuntos es un acto piadoso que acompaña a la Iglesia desde sus inicios. Lo conocemos por la Sagrada Tradición y la misma arqueología que muestra oraciones de requiem escritas en los muros de las catacumbas por los que perecieran en ellas.
Esto pone a pensar en las razones de tal oración conocida desde los apóstoles y para quienes estaría dirigida. Si alguien se encontrara en la compañia del Señor no necesita de tal oración y quien se hubiese condenado no le aprovecha. Por quiénes dirigían entonces sus oraciones los primeros cristianos sabidos fieles al obispo al punto muchas veces de llegar al martirio por Jesucristo? Ellos evidentemente sabían de un momento previo a la gloria que vivirían aquellos que, salvos en Cristo, tendrían que pasar para llegar a la presencia del Señor.
Aunque el Señor y sus discípulos no nos hablan de tal situación con la palabra "Purgatorio", sí nos presentan claramente el concepto de una purificación o pena temporal por el pecado que no es de muerte y la obra imperfecta. Ese momento, de tiempo inmesurable que precede al Cielo para los salvos, es al que la Iglesia le ha dado el nombre de "purgatorio" con la intención de clarificar y hablar con simpleza de un concepto que es real. El Purgatorio se formula entonces como doctrina de fe en los Concilios de Florencia (DS 1304) y se reafirma en el de Trento (DS 1820; 1580), aunque su conocimiento se tuviera desde siempre.
Tal situación es también tácitamente aceptada (sin el término) por Iglesias Ortodoxas separadas de católica romana desde el Siglo IV que a la fecha ofrecen oraciones por los difuntos.
El problema de los negacionistas en general responde, más allá de la soberbia, a vacíos teológicos mayores como los falsos presupuestos de la "Fe Sola sin Obras" o de la "gracia invencible". También se fundamentan en falsas ideas preconcebidas y repetidas que no responden al pensar de la Iglesia como el hecho de llegar a pensar que el purgatorio es un segundo chance de salvación.
Y para ello el catecismo que lo aclara:
Los que mueren en gracia y amistad de Dios pero no perfectamente purificados, sufren después de su muerte una purificación, para obtener la completa hermosura de su alma (Catecismo 1030)
Analizando las siguientes citas a conciencia y de manera reflexiva es posible develar el Purgatorio como una situación escatológica real que afronta el alma, por cuanto hablad de un castigo limitado, previo a la gloria, pero con certeza de la misma, para aquellos que han encontrado la muerte encontrándose en una situación de deuda con el Señor, palabras más palabras menos, con pecados veniales y faltas a la caridad más no en pecado mortal:
"Obra sometida al fuego, pero su autor se salvara como el que escapa del fuego." (1 Cor 3, 14-15)
"Y enfurecido su señor, lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano." (Mateo 18, 34-55)
“Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más.” (Lucas 12,47-48)
“Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.” (Mateo 5,22)
"Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el ultimo centavo." (Lucas 12, 58-59)
“Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.” (Mateo 5,25-26)
"Y a cualquiera que dijere palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero a cualquiera que hablare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este mundo, ni en el venidero." (Mateo 12,32)
"Y el mar entregó los muertos que estaban en él, y la Muerte y el Hades entregaron a los muertos que estaban en ellos; y fueron juzgados, cada uno según sus obras." (Apocalipsis 20:13)
Hay beneficio de la oración en este estado como se puede entender de la lectura del libro deuterócanónico de 2 Macabeos 12,44-45, que plasma un hábito común de los antiguos judíos y que sigue vigente a la fecha en su tradición, que es orar por sus difuntos; sin embargo, conocemos por la común unión de los Santos que nosotros podemos orar por las Benditas Almas del Purgatorio y ayudarlas a acortar su limitado castigo, y éstas pueden orar por nosotros; sin embargo, estas oraciones no les son de utilidad para sí mismas pues tuvieron su tiempo en vida para hacerlo, pero si son beneficiosas para aquellos por quienes rezan.
El Purgatorio existe; es un estado de misericordia divina para quienes no han caminado en vida lo suficiente en el camino de la santidad y que son salvos en Cristo, pero con una obra imperfecta necesaria de ser purificada (allá no van condenados, ni es una segunda oportunidad, ni nadie sale de allá para el infierno).
“He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y que no recibe en reconocimiento de la mayor parte de ellos sino ingratitud”
Una devoción más actual y necesaria que nunca, para la efectiva obtención de lo que hace dos mil años todos los verdaderos cristianos piden cuando rezan: «Venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»
No es aventurado afirmar que si hoy Nuestro Señor Jesucristo volviera a la Tierra, podría ser nuevamente crucificado. ¿Por qué? ¿Qué motivaría tal extremo de maldad contra Aquel a quien debemos nuestra salvación? ¿Contra Aquel que se ofreció como víctima para redimir los pecados de los hombres? ¿Contra Aquel que sólo desea nuestro bien?
La respuesta se resume en una sola frase: la asombrosa ingratitud de los hombres contemporáneos.
Ingratitud que, debido a nuestros pecados, a la dureza de nuestros corazones, nos impide corresponder al amor del Divino Redentor, que ofreció su vida por nosotros. Que nos impide ser agradecidos, amando sobre todas las cosas a Aquel que tanta dilección tuvo por los hombres y por ellos fue tan poco amado.
Debido a esta falta de correspondencia de la humanidad hacia su Creador, ella se encuentra actualmente sumergida en una corrupción moral generalizada y sin precedentes.
¿Pero abandonaría la Providencia Divina a los hombres, dejándolos entregados a sí mismos, hundidos en su impiedad y depravaciones?
No. A pesar de todas las ofensas contra Aquel que murió por nosotros, la inagotable misericordia de Dios jamás abandona a los hombres, incluso cuando envía sus justos e imprescindibles castigos. Ella nunca deja de dispensar abundantes gracias, estimulando a los pecadores al arrepentimiento. Pero es necesario reparar el pecado cometido, retornar a la observancia de los Mandamientos, y mediante la conversión, alcanzar el perdón y las gracias tan necesarias para una vida virtuosa y la salvación eterna.
Para esto, sin duda, uno de los más eficaces medios es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. De ese adorable Corazón, traspasado por la lanza de Longinos, brotó sangre y agua en lo alto del Calvario, para salvarnos (cf. Juan 19, 34). Y desde entonces, a lo largo del tiempo y hasta nuestros días, a pesar de nuestras ingratitudes, tibiezas y desprecios, las gracias manan abundantes para todos aquellos que sinceramente las desean. Basta que las pidamos con confianza.
Vitral representando la aparición de Nuestro Señor a Santa Margarita María de Alacoque en 1675
“Cuanto más abundó el pecado, tanto más ha sobreabundado la gracia” (Rom. 5, 20)
Aún actualmente resuenan con un timbre divino, como venidas de la eternidad, las sublimes palabras pronunciadas hace más de tres siglos por el Sagrado Corazón de Jesús a una humilde y privilegiadísima religiosa, Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), del convento de la Visitación de Santa María, en Paray-le-Monial (Borgoña, Francia).
Estaba ella rezando ante el Santísimo Sacramento, el 16 de junio de 1675, cuando Nuestro Señor se le apareció. Y después de un breve diálogo con la religiosa en éxtasis, señalando su propio Corazón le dice: “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y que no recibe en reconocimiento de la mayor parte sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este Sacramento de amor. Pero lo que me es aún mucho más sensible es que son corazones que me están consagrados los que así me tratan.
“Por eso, te pido que se dedique el primer viernes de mes, después de la octava del Santísimo Sacramento, una fiesta particular para honrar mi Corazón, comulgando ese día, y reparando su honor con un acto público de desagravio, a fin de expiar las injurias que ha recibido durante el tiempo que he estado expuesto en los altares. Te prometo además que mi Corazón se dilatará para derramar con abundancia las influencias de su divino amor sobre los que den este honor y los que procuren le sea tributado”.1
“El Sagrado Corazón será la salvación del mundo”
Sin embargo, a pesar de todo el celestial atractivo de este llamamiento y de las demás promesas de Paray-le-Monial, vemos que van cayendo en un lamentable olvido. Como católicos, no podemos permanecer ingratos e indiferentes ante esta suprema manifestación de bondad y amor. Hoy más que nunca tenemos una apremiante necesidad de desagraviar al Sagrado Corazón de Jesús, atender su pedido y defender su culto. Nuestra reparación atraerá la misericordia de Dios y las abundantes gracias indispensables para la salvación de la humanidad, tan distanciada de los preceptos divinos.
“La Iglesia y la sociedad no tienen otra esperanza sino en el Sagrado Corazón de Jesús; es Él que curará todos nuestros males. Predicad y difundid por todas partes la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, ella será la salvación para el mundo”.2 Esta impresionante afirmación del Bienaventurado Papa Pío IX (1846-1878) al padre Julio Chevalier, fundador de los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús, mostrando que en esta devoción depositaba toda su esperanza.
Poderosa protección que nos viene del cielo
En anteriores números de Tesoros de la Fe hemos explicado algunos admirables aspectos de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. En este mes de Junio, que tiene todos sus días consagrados al Sagrado Corazón, y cuya fiesta principal conmemoraremos el día 18, deseamos abordar entre las diversas y magníficas promesas de este adorable Corazón, una que aún no presentamos en estas páginas: la devoción al Detente, elEscudo del Sagrado Corazón de Jesús.
El Beato Pío IX concedió aprobación definitiva a la devoción del Detente, diciendo: “Voy a bendecir este Corazón, y quiero que todos aquellos que fueron hechos según este modelo reciban esta misma bendición”.
Esta piadosa práctica, otrora muy difundida entre los católicos, es un modo simple, pero espléndido, de manifestar permanentemente nuestra gratitud y amor al Sagrado Corazón, víctima de nuestros pecados. Y de recibir, al mismo tiempo, innumerables beneficios, junto con una protección extraordinaria contra todos los peligros, como veremos.
¿Qué es un Detente? ¿Una armadura espiritual?
El Detente o Escudo del Sagrado Corazón de Jesús —también conocido comosalvaguardia, o incluso como pequeño escapulario del Sagrado Corazón— es un sencillo emblema con la imagen del Sagrado Corazón y la divisa: ¡Deténte! El Corazón de Jesús está conmigo. ¡Venga a nosotros el tu reino!. Por inspiración divina, surgió como un pequeño pero poderoso Escudo que la Divina Providencia colocó a nuestra disposición a fin de protegernos contra los más diversos peligros que enfrentamos en nuestra vida cotidiana.
Para ello, basta llevarlo consigo, no siendo necesario que esté bendito, pues el bienaventurado Papa Pío IX extendió su bendición a todos los Detentes –como veremos más adelante.
Origen del Detente del Sagrado Corazón de Jesús
Santa Margarita María de Alacoque —como atestigua su carta, escrita el día 2 de marzo de 1686, dirigida a su superiora, la Madre Saumaise— trascribe un deseo que le fuera revelado por Nuestro Señor: “que desea encargue una lámina con la imagen de ese Sagrado Corazón, a fin de que los que quieran tributarle particular veneración, puedan tener imágenes en sus casas, y otras pequeñas para llevar consigo” 3. Nacía así la costumbre de portar estos pequeños Escudos.
Esta santa devota del Detente lo llevaba siempre consigo e invitaba a sus novicias a hacer lo mismo. Ella confeccionó muchas de estas imágenes y decía que su uso era muy agradable al Sagrado Corazón.
La autorización para tal práctica al comienzo fue concedida solamente a los conventos de la Visitación. Después, fue más difundida por la Venerable Ana Magdalena Rémuzat (1696-1730). A esta religiosa, también de la Orden de la Visitación, fallecida en alto concepto de santidad, Nuestro Señor le hizo saber anticipadamente el daño que causaría una grave epidemia en la ciudad francesa de Marsella, en 1720, así como el maravilloso auxilio que los marselleses recibirían con la devoción a su Sagrado Corazón. La Madre Rémuzat hizo, con la ayuda de sus hermanas de hábito, millares de estos Escudos del Sagrado Corazón y los repartió por toda la ciudad en donde se propagaba la peste.
Andreas Hofer, aguerrido líder tirolés, portando unDetente como insignia
La historia registra que, poco después, la epidemia cesó como por milagro. No contagió a muchos de aquellos que llevaban el Escudo, y las personas contagiadas tuvieron un extraordinario auxilio con esta devoción. En otras localidades sucedieron hechos análogos. A partir de entonces, la costumbre se extendió por otras ciudades y países.4
La fama de los Detentes llegó a la Corte, siendo una de sus devotas María Leszczynska, esposa de Luis XV. En 1748, por ocasión de su matrimonio, recibió como obsequio del Papa Benedicto XIV varios Detentes. Las memorias de aquel tiempo consignan que, entre los regalos enviados por el Pontífice, había “muchos Escudos del Sagrado Corazón, hechos en tafetán rojo y bordados en oro”.5
Emblema distintivo de los contra-revolucionarios
En 1789 estalló en Francia, con trágicas consecuencias para el mundo entero, un flagelo muchísimo más terrible que cualquier epidemia: la calamitosa Revolución Francesa.
En ese periodo los verdaderos católicos encontraron amparo en el Sacratísimo Corazón de Jesús, y el Escudoprotector fue llevado por muchos sacerdotes, nobles y plebeyos que resistieron a la sanguinaria revolución anticatólica. Incluso damas de la corte, como la princesa de Lamballe, portaban esos Escudos preciosamente bordados sobre tejidos. Y el simple hecho de llevarlo consigo se transformó en señal distintiva de aquellos que eran contrarios a la Revolución Francesa.
Entre las pertenencias de la Reina María Antonieta, guillotinada por el odio revolucionario, fue encontrado un dibujo del Sagrado Corazón, con la llaga, la cruz y la corona de espinas, y la expresión: “¡Sagrado Corazón de Jesús, ten misericordia de nosotros!”.6
Heroísmo de los devotos del Sagrado Corazón de Jesús
En la región de Mayenne (oeste de Francia), los Chouans —heroicos resistentes católicos, que enfrentaron con energía y ardor religioso a los impíos revolucionarios franceses de 1789— bordaron en sus trajes y banderas el Escudo del Sagrado Corazón de Jesús; como si fuese un blasón y, al mismo tiempo, una armadura: “blasón” usado para reafirmar su Fe católica; “armadura” para defenderse contra las embestidas adversarias.
También como “armadura espiritual”, este Escudo fue ostentado por muchos otros líderes y héroes católicos que murieron o lucharon en defensa de la Santa Iglesia, como los bravos campesinos seguidores del aguerrido tirolés Andreas Hofer (1767-1810), conocido como “El Chouan del Tirol”. Estos portaban el Detente para protegerse en las luchas contra las tropas napoleónicas que invadieron el Tirol.
El Detente era usado como una insignia y, al mismo tiempo, como una armadura espiritual. Los requetés españoles durante la Guerra Civil de 1936.
A comienzos del siglo XX, elDetente fue usado en México por los Cristeros, que se levantaron en armas contra gobiernos anticristianos opresores de la Iglesia, y en España por los famosos tercios carlistas —los llamados requetés— célebres por su piedad como por su arrojo en el campo de batalla, cuya contribución fue decisiva para el triunfo de la insurgencia anticomunista de 1936-39.
Un hecho histórico semejante ocurrió, en la época actual, en Cuba. Los católicos cubanos que no se dejaron subyugar por el régimen comunista y lo combatieron, tenían especial devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Cuando estando presos eran llevados al “paredón” (donde eran sumariamente fusilados), enfrentaron a los verdugos fidelcastristas gritando “Viva Cristo Rey”.
En la antigua Perla de las Antillas (actual Isla Prisión) antes de ser esclavizada por la tiranía de Fidel Castro, había muchas estatuas del Sagrado Corazón de Jesús en sus muy arboladas plazas. Pero después de la dominación comunista, las bellas estatuas del Sagrado Corazón de Jesús fueron derribadas y —pásmese el lector— sustituidas por estatuas del Che Guevara... ¡La estatua del guerrillero que tenía las manos teñidas de sangre inocente, de aquel revolucionario que hizo correr un río de sangre por varios países latinoamericanos, colocada en lugar de la imagen del Sagrado Corazón, que representaba la misericordia divina y el perdón!
El bienaventurado Papa Pío IX y el Detente
En 1870, una dama romana, deseando saber la opinión del Sumo Pontífice Pío IX acerca del Detente del Sagrado Corazón de Jesús, le presentó uno. Conmovido a la vista de esta señal de salvación, el Papa concedió aprobación definitiva a tal devoción y dijo:“Esto, señora, es una inspiración del Cielo. Sí, del Cielo”. Y, después de un breve silencio añadió:
“Voy a bendecir este Corazón, y quiero que todos aquellos que fueren hechos según este modelo reciban esta misma bendición, sin que sea necesario que algún otro sacerdote la renueve. Además, quiero que Satanás de modo alguno pueda causar daño a aquellos que lleven consigo el Escudo, símbolo del Corazón adorable de Jesús”.7
Milicianos de izquierda, en España, fusilan la imagen del Sagrado Corazón en el Cerro de los Ángeles, en la capital española, el 28 de julio de 1936
Para impulsar la piadosa costumbre de llevar consigo el Detente, el bienaventurado Pío IX concedió en 1872, cien días de indulgencia para todos los que, portando esta insignia, rezasen diariamente un Padrenuestro, unaAvemaría y un Gloria.8
Después de ello, el Santo Padre compuso esta bella oración:
“¡Abridme vuestro Sagrado Corazón oh Jesús! ...mostradme sus encantos, unidme a Él para siempre. Que todos los movimientos y latidos de mi corazón, incluso durante el sueño, os sean un testimonio de mi amor y os digan sin cesar: Sí, Señor Jesús, yo Os adoro... aceptad el poco bien que practico... hacedme la merced de reparar el mal cometido... para que os alabe en el tiempo y os bendiga durante toda la eternidad. Amen”.9
El Detente en ocasiones de gran peligro
Es común llevar en la billetera, o en las carteras, cartapacios, etc., las fotografías de nuestros seres queridos (padres o hijos, por ejemplo). Así, tener consigo el Detente es un medio de expresar nuestro amor al Sagrado Corazón de Jesús; señal de nuestra confianza en su protección contra las celadas del demonio y los peligros de todo orden. Llevando con nosotros este Escudo, estaremos continuamente como que afirmando: ¡Alto ahí! Deténte, demonio; deténgase toda maldad; todo peligro; todo desastre; deténganse todos los asaltos; todas las balas de bandidos; todas las tentaciones; deténgase todo enemigo; toda enfermedad; deténganse nuestras pasiones desordenadas — ¡pues el Corazón de Jesús está conmigo!
Portar este Escudo nos auxilia, más allá de estas y de tantas otras protecciones, a recordar continuamente las promesas del Sagrado Corazón de Jesús; es símbolo de nuestra total confianza en la protección divina; es una señal de nuestra permanente súplica y fidelidad a Jesucristo y un pedido para que Él haga nuestros corazones semejantes al suyo.
En nuestros tiempos en que, debido a la violencia cada vez más avasalladora y generalizada, los peligros nos amenazan de todos lados, es de primordial importancia el uso del Detente del Sagrado Corazón de Jesús. Llevándolo con nosotros —se puede también colocarlo en nuestra casa, junto a los útiles escolares de los hijos, en el automóvil, en la oficina, bajo la almohada de un enfermo, etc.— estaremos en el interior de nuestras almas como que repitiendo lo que dice el Apóstol San Pablo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rom. 8, 31).
Pues no hay peligro de que Él no pueda librarnos. E incluso en medio de las dificultades que la Providencia envíe para probarnos, tendremos confianza en la protección divina, que nunca abandona a aquellos que recurren pidiendo amparo y protección.
Evidentemente, si nuestro pedido de auxilio fuese hecho por medio de la Santísima Madre de nuestro Divino Redentor, Él nos oirá con mucho más agrado y más rápidamente nos atenderá. Pues Él la constituyó Medianera de todas las gracias, dándonos así una prueba aún mayor de amor, al darnos por Madre a su propia Madre.
El Sagrado Corazón de Jesús y María
San Juan Eudes (1601-1680) —fundador de la Congregación de Jesús y María— de tal modo consideraba una sola las devociones al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, que solía referirse al “Sagrado Corazón de Jesús y María”. Note bien el lector, la frase está en singular, como si fuese un solo corazón, para así acentuar la íntima unión de ambas devociones. Dos Corazones inseparables, tan unidos que no se puede pretender considerarlos separadamente.
No ama verdaderamente al Sagrado Corazón de Jesús, quien no ama al Inmaculado Corazón de María. Por esta razón es que en el reverso de la Medalla Milagrosa, universalmente conocida, están acuñados los dos corazones: el de Jesús y el de María. El primero rodeado de espinas y el segundo traspasado por una espada.
Por ocasión de la celebración en Paray-le-Monial del centenario de la Consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús, realizada por León XIII el 11 de junio de 1899, Juan Pablo II envió un mensaje en el cual acentúa la unión de la devoción al Corazón de Jesús y al Corazón de María Santísima: “Después de San Juan Eudes, que nos enseñó a contemplar a Jesús —el Corazón de los corazones— en el Corazón de María, y hacer con que amásemos estos dos corazones, el culto prestado al Sagrado Corazón se expandió”.
El reinado social del Corazón de Jesús y María
“Nada nos puede dar mayor confianza, esperanza más fundada, estímulo más seguro, que la convicción de que en todas nuestras miserias, en todas nuestras caídas, no tenemos solamente, mirándonos con el rigor de Juez, a la infinita Santidad de Dios, sino también el corazón lleno de ternura, de compasión, de misericordia, de nuestra Madre Celestial” — escribió Plinio Corrêa de Oliveira en las páginas de “Legionario”.
Convento de Paray-le-Monial
El inolvidable fundador de la TFP prosigue: “Omnipotencia suplicante, Ella sabrá conseguir para nosotros todo cuanto nuestra flaqueza pide para la gran tarea de nuestro reerguimiento moral. Con este corazón, todos los terrores se disipan, todos los desánimos se desvanecen, todas las incertezas se despejan. El Corazón Inmaculado de María es la Puerta del Cielo, abierta de par en par a los hombres de nuestro tiempo, tan extremadamente débiles. Y esta puerta, nadie la podrá cerrar —ni el demonio, ni el mundo, ni la carne.
Hacer apostolado es, esencialmente, salvar almas. A los que se interesan por el apostolado, nada debe importar más que el conocimiento de las devociones providenciales con que el Espíritu Santo enriquece a la Santa Iglesia en cada época, para el provecho de las almas. El Sumo Pontífice actualmente reinante [Pío XII] señala dos devociones: la del Sagrado Corazón de Jesús, la del Corazón Inmaculado de María.
Al aparecerse en Fátima, Nuestra Señora dijo textualmente a los pastorcitos que una intensa devoción al Corazón Inmaculado de María sería el medio de salvación del mundo contemporáneo. Milagros sin cuenta han atestado la autenticidad del mensaje celestial. No nos resta sino conformarnos al dictamen que de él proviene. Si esa es la salvación del mundo, si queremos salvar el mundo, pregonemos el medio providencial para su salvación. El día en que tuviéramos legiones de personas verdaderamente devotas del Corazón Inmaculado de María, el Corazón de Jesús reinará sobre el mundo entero. En efecto, estas dos devociones no se pueden separar. La devoción a María Santísima es la atmósfera propia de la devoción a Nuestro Señor. El verano trae las flores y los frutos. La devoción a Nuestra Señora genera como fruto necesario el amor sin reservas a Nuestro Señor Jesucristo. Y, el día en que el mundo entero se vuelva a Jesús por María, el mundo se habrá salvado”.10
Analogía entre Paray-le-Monial y Fátima
En Paray-le-Monial, Nuestro Señor le dijo a Santa Margarita María de Alacoque:“¿Qué temes? Yo reinaré a pesar de mis enemigos y de todos cuantos a esto quieran oponerse”.11
En Fátima, el 13 de julio de 1917 —más de dos siglos después de las apariciones de Paray-le-Monial— Nuestra Señora confirma indirectamente la revelación hecha a la santa confidente del Sagrado Corazón de Jesús, cuando afirmó categóricamente: “¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!”
Es la confirmación de la victoria final, al hacerse efectiva la realeza sagrada del Corazón de Jesús y de María sobre la Tierra entera, con el restablecimiento del reino social de Nuestro Señor Jesucristo sobre todos los corazones y sobre todos los pueblos.
Con la realización de estas dos grandes promesas, estará siendo atendida la súplica que hace 2000 años la Cristiandad viene haciendo, al rezar elPadrenuestro:“Venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt. 6, 9-13). Lo cual –viene a propósito recordar, al final de este artículo– corresponde a la inscripción que consta en la parte inferior del maravilloso Detente del Sagrado Corazón de Jesús.
Sagrado Corazón de Jesús — ¡Salvad al pueblo peruano!
Sagrado Corazón de Jesús y María — ¡Sed nuestra salvación!
En esta difícil y caótica época de nuestra historia, tan cargada de calamidades de todo orden, mirad a nuestro país otrora llamado tierra de santos, infundid profundamente en los corazones de vuestros queridos hijos peruanos el ardiente deseo de que, cuanto antes, “Venga a nosotros vuestro reino”.
Notas.-
1. P. José María Sáenz de Tejada S.J., Vida y obras principales de Santa Margarita María de Alacoque, Editorial Cor Jesu, Madrid, 1977, p. 28. 2. P. Jules Chevalier M.S.C., Le Sacré-Cœur de Jésus, Retaux-Bray, París, 1886, p. 382 [destaque nuestro]. 3. Sáenz de Tejada S.J., op. cit., p. 137. 4. Cf. P. Auguste Hamon S.J., Histoire de la Dévotion au Sacré-Cœur de Jésus, t. III, pp. 425-431. 5. Cf. De Franciosi S.J., La dévotion au Sacré-Cœur de Jésus, p. 289. 6. Idem., pp. 289-290. 7. Cf. Preces et pia opera, nº 219; http://www.corazones.org/diccionario/detente.htm y http://www.devocoes.leiame.net/coracaodejesus. 8. y 9. Idem. 10. Plinio Corrêa de Oliveira, “Legionario”, 30‑07‑1944. 11. Sáenz de Tejada S.J., op. cit., p. 262 y 318.