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San Jorge y el poder del ideal .
Domingo 30 de Octubre de 2011 08:03
John Bartunek, L.C.
Fuente: Blog de La Oración

¿Cómo aumentar la resonancia espiritual? ¿Cómo descubrir a Dios por el camino de la belleza? Este es el objetivo de la serie de artículos de que les hablé la semana pasada y que ahora iniciamos.

Me encontraba en Florencia, Italia, de intercambio por un semestre. Aquel día estábamos visitando Bargello, uno de los museos de esculturas más conocidos de Florencia.


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Llegamos al segundo piso del palacio medieval y entramos en la sala dedicada a Donatello: aquello era un verdadero espectáculo para cualquiera que lo viera, y más para un universitario estudiando Historia del Arte. De repente, una de las esculturas situadas al fondo de la sala me atrajo de una manera sorprendente. Parecía que la figura me interpelaba, exigiendo insistentemente que le dedicara toda mi atención.

Todo lo que me rodeaba pasó entonces a un segundo plano. Me separé del grupo y me adentré en el laberinto de esculturas, arrastrado irresistiblemente por esta imagen, hasta que me encontré cara a cara con San Jorge.

El mármol había sido cuidadosamente trabajado, como en todas las esculturas de Donatello. La piel se veía suave al tacto, el mármol mismo parecía desaparecer y perderse entre los ropajes y la armadura. Las proporciones eran sencillamente naturales, y la escultura misma parecía respirar. Su sola presencia impresionaba.

Sin embargo, no creo que la magnífica técnica de Donatello fuera la única causa de la profunda impresión que sentí. Donatello había conseguido capturar más, mucho más. Ese “más”, fuera lo que fuera, penetraba en mí, resonaba en lo profundo de mi alma, me interpelaba.

¿Quién es San Jorge?
Según una legendaria tradición, San Jorge era un oficial capadocio de la Guardia del Imperio Romano. Su madre le educó en la fe cristiana durante el período de las persecuciones. Tras el triunfo en una campaña militar en Anatolia (hoy en día Turquía), San Jorge rescató a la princesa de esas regiones de las garras de un terrible dragón. Derrotó al monstruo con una fuerza sobrenatural que él atribuyó no a sí mismo sino a su fe. San Jorge también dio testimonio público de su fe ante el emperador Diocleciano, quien intentó forzarle para que apostatara mediante adulación y torturas, aunque sin éxito alguno. Nuestro santo siguió profesando su fe, convirtiendo a los testigos y haciendo milagros a pesar de que las autoridades seguían minando su ánimo con torturas. Finalmente, San Jorge fue decapitado y recibió la corona del martirio en los albores del siglo cuarto.

Si el gremio local de armadores y fundidores te hubiera pedido esculpir una imagen de tamaño natural de este santo, tal como se lo pidieron a Donatello, ¿por dónde habrías empezado? ¿Cómo habrías representado la humildad, el valor, la fe y el servicio desinteresado que caracterizaron a San Jorge? La mayoría de los artistas escogieron el dramático enfrentamiento con el dragón. Donatello no. Más bien, decidió representar simplemente la persona de San Jorge. Y esta elección marcó la diferencia entre su obra y otras muchas imágenes del santo.

El San Jorge de Donatello está de píe, con su armadura y su manto, la cabeza descubierta y apoyado ligeramente en el escudo, cuya punta se apoya a su vez en el suelo. Todo en él es fuerza, vigor y juventud. Pero hay algo más, una característica misteriosa que penetra toda la obra y la eleva. Esta particularidad, junto con la perfección técnica y la reverente belleza de la imagen fue lo que tocó mi corazón en ese primer encuentro con la escultura.

Me llevó años de reflexión y admiración hasta que pude poner palabras a esa misteriosa característica. Creo que por fin la he descubierto.

El poder de esta presencia
El San Jorge de Donatello está embebido de un algo que hoy el mundo necesita, de un algo que yo también estaba buscando en los años anteriores a mi conversión. Esta fascinante escultura de mármol deja traslucir un sentido de misión apasionante y vital. San Jorge, con su cuerpo inclinado hacia delante, su cabeza alta y la mirada en el horizonte, refleja su aplomo hacia la acción. Sabe para qué es esta vida. Sabe hacia dónde va. Y este destino le llena de determinación callada, de un sentido que nadie le puede arrebatar y de una alegría dinámica que ilumina los rasgos de esta estatua con una luz fuera de lo común.

Sí, San Jorge era un soldado, y por eso es el santo patrón de los soldados. Pero ante todo era un soldado de Cristo, anhelante de dar testimonio de su Señor. Su deseo de construir el Reino de los Cielos en esta tierra era tal que le llevó a arriesgar su reputación, su carrera, su fortuna y hasta su propia vida. Este sentido de misión fue el factor que unificó y elevó sus dones y talentos hasta la santidad. Y Donatello, de algún modo, consiguió capturar este secreto interior de San Jorge haciendo que penetrara cada rasgo de la escultura.

Este es el poder que Cristo puede dar a cada alma, un verdadero sentido de misión, un ideal propio de la dignidad del corazón humano y capaz de unir todos los cabos de la vida de cualquiera que viva en este mundo post-moderno.

La escultura me dio, en cierto sentido un destello del poder transformador del ideal cristiano, y a partir de ese momento deseé poder participar de él más plenamente. El deseo que esta obra de arte encendió en mí fue tan intenso que todavía considero el encuentro con la imagen de San Jorge como el inicio en mi camino al sacerdocio. Fue el primer destello de mi vocación, el primer eco de la llamada.


San Jorge, santo mártir de Dios

Ruega por todos nosotros

Para que dejemos que el ideal de Cristo tome posesión de nuestros corazones

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Este artículo se puede reproducir sin fines comerciales y citando siempre la fuente www.la-oracion.com y el nombre del autor, procurando mantener las ligas internas al artículo.
Una meta que vale la pena para el nuevo año
Pero, ¿qué nos dicen los santos que debe ser la meta definitiva para este nuevo año que comienza? Ninguno duda en este sentido: tu meta debe ser santo.
Autor: P. Juan Antonio Ruiz J., L.C. | Fuente: la-oracion.com
Artículo de CATHOLIC.NET

TU META DEBE SER SANTO krouillong karla rouillon gallangos no recibas la eucaristia en la mano catholic.net


Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rocas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desestimar su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él: Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad» (San Agustín, Sermón 304).

Hemos empezado un nuevo año. Para muchos, es momento de revisión de los propósitos elaborados el año anterior y el planteamiento de nuevas metas para este 2012: una lectura pendiente, bajar de peso, pasar todos los exámenes de la Universidad, etc. Todos ellos son objetivos muy válidos; algunos, necesarios. Pero, ¿qué nos dicen los santos que debe ser la meta definitiva para este nuevo año que comienza? Ninguno duda en este sentido: tu meta debe ser santo.

El texto de San Agustín que leíamos al inicio del artículo nos da a entender que nadie está excluido de buscar la santidad.Nadie. Y aquí es donde todos solemos hacernos esa pregunta que muchas veces nos martillea el alma: ¿cómo puedo ser santo? Porque muchas veces nos perdemos con mil cosas, mil caminos y propuestas. Lo intentamos... y nada. Y buscamos un camino relativamente sencillo. O, por lo menos, más claro: ¿qué es lo esencial de la santidad?

Permítanme aquí transcribir la respuesta que el Papa Benedicto XVI hizo a esta misma pregunta en la audiencia general qu e nos regaló el pasado 13 de abril de 2011. Dice así el Papa: «¿Cómo puede suceder que nuestro modo de pensar y nuestras acciones se conviertan en el pensar y el actuar con Cristo y de Cristo? ¿Cuál es el alma de la santidad? [...] ¿Qué es lo esencial? Lo esencial es nunca dejar pasar un domingo sin un encuentro con Cristo resucitado en la Eucaristía; esto no es una carga añadida, sino que es luz para toda la semana. No comenzar y no terminar nunca un día sin al menos un breve contacto con Dios. Y, en el camino de nuestra vida, seguir las “señales de tráfico” que Dios nos ha comunicado en el Decálogo leído con Cristo, que simplemente explicita qué es la caridad en determinadas situaciones. Me parece que esta es la verdadera sencillez y grandeza de la vida de santidad: el encuentro con el Resucitado el domingo; el contacto con Dios al inicio y al final de la jornada; seguir, en las decisiones, las “señales de tráfico” que Dios nos ha comunicado, que son sólo formas de caridad. “Por eso, el amor a Dios y al prójimo es el sello del verdadero discípulo de Cristo” (Lumen gentium, 42). Esta es la verdadera sencillez, grandeza y profundidad de la vida cristiana, del ser santos».

¡Se puede decir de otra manera, pero no más claro! ¿Queremos ser santos de verdad? El Papa nos propone aquí un camino seguro: la misa del domingo, la oración (por lo menos al inicio y al final del día) y el cumplimiento de los mandamientos por amor. Con razón decía el Beato Juan Pablo II que la santidad «es precisamente la alegría de hacer la Voluntad de Dios» (Audiencia del 18 de enero de 1981).

Que este inicio de año sea, por lo tanto, un buen momento para trazarnos muchas met as. Pero que todas estén, de alguna manera, subordinadas a la búsqueda de la santidad en el día a día de mi vida y con un corazón que quiera amar profundamente a Dios. Porque quien no ama a Dios (habiéndose antes sentido amado por Él), nunca podrá ser santo. Así lo resumía el mismo San Agustín en otro lugar: «Nuestro fin debe ser nuestra perfección; nuestra perfección es Cristo» (Comentario al Salmo 69).

¡Un muy feliz y SANTO año 2012 para todos!
Estimados Amigos,

Comparto con ustedes una muy buena noticia porque hoy he recibido un correo de CATHOLIC.NET -el mejor primer católico en internet- donde incluyen mi blog como MIEMBRO DE CATHOLIC.NET.

Estrecho alianzas con este portal católico para continuar mi misión evangelizadora: "LOS CATOLICOS DEBEMOS EVANGELIZAR" y continúo insistiendo "NO RECIBAS LA EUCARISTIA EN LA MANO", sólo las manos consagradas de un sacerdote deben tocar la Sagrada Eucaristía, DIOS MISMO.

Recomiendo los artículos tan diversos de CATHOLIC.NET que son de gran ayuda para la evangelización, tanto para sacerdotes, religiosos y laicos, y les pido incluir en sus oraciones que todos los portales católicos sigan adelante con sus proyectos apostólicos y que CATHOLIC.NET siga recibiendo el apoyo económico que necesita para salir adelante.


Que Dios les bendiga

Karla Rouillon Gallangos
Lima-Perú




Descargar FLYER[64clicks] para difundir este Blog.




Estimada Karla:

Es de mucho agrado para nosotros el comunicarle que Catholic.net ha incluido a BLOG DE KARLA ROUILLON como parte de nuestras alianzas Pueden ver su aprobación, como sitio certificado en: http://es.catholic.net/certificado/?id=NzY1NDA5

El logotipo de Catholic.net, que incluye la certificación de su sitio, —mismo que debe ser colocado en su sitio web—, lo pueden encontrar / descargar en http://es.catholic.net/certificado/opciones.php?id=NzY1NDA5 , donde lo encontrarán disponible en varios formatos para que seleccionen el que más se acomode a sus necesidades.

Como miembros de Catholic.net, ustedes pueden hacer uso de los contenidos y servicios que nosotros tenemos disponibles, por medio de:
- Enlaces directos a nuestro portal; o
- Reproduciéndolos en el suyo, siempre y cuando:
- Se respete íntegramente el contenido,
- Se cite Catholic.net como fuente, y
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Como ejemplo del material al que tienen acceso podemos indicar los siguientes:
- Las Homilías dominicales, la Consulta espiritual o pastoral, nuestros cursos de formación, o... lo que ustedes escojan. Nuestros contenidos y servicios están al servicio de la Iglesia y de la evangelización.
- Pueden también hacer que se desplieguen de manera automática en su sitio el Evangelio, el Santoral, la Oración del Día o el Tema Controvertido, simplemente copiando los códigos que aparecen en: http://es.catholic.net/contenidos/.

De la misma manera, si ustedes tienen algún contenido que desearían que fuera publicado en nuestro portal, como miembro del mismo, les ofrecemos un espacio para hacerlo, de modo que la Verdad llegue a más personas con mayor eficacia.

Como un servicio adicional les proponemos que nos envíen un pequeño artículo en el que nos expliquen quiénes son ustedes, lo que hacen y sus necesidades, lo podremos publicar en nuestra sección Gente, con un enlace a su página, para que muchas personas los conozcan y se unan a su labor dentro de la Iglesia.

Muy pronto estaremos mejorando la comunicación con todos nuestros aliados para que en verdad logremos ser, con vuestra ayuda, el mejor lugar de encuentro de los católicos en la Internet.

Esperando que nos sigan visitando en es.catholic.net, les pido que nos encomienden en sus oraciones para que podamos sacar adelante este gran proyecto apostólico, tengan la seguridad que ustedes estarán incluidos en nuestras oraciones.


Dios te bendiga.

Xavier Villalta
Director de Alianzas
CATHOLIC.NET

Estamos iniciando un nuevo Año Litúrgico. Como cada año, por estas fechas, comenzamos a recordar los sucesos más importantes del plan de salvación de Dios para el hombre y, claro está que el primero de ellos es el Nacimiento de Jesucristo: la hermosa Fiesta de Navidad.

La redención del hombre se debe a la Muerte y Resurrección de Jesús, es decir a la Pascua, pero es lógico celebrar el inicio de esa gran manifestación del amor de Dios, o sea, su venida al mundo, el "Adviento".

Navidad y Adviento no son fiestas independientes. El Adviento nació como tiempo de preparación para celebrar la fiesta de la Navidad.
La propuesta es recorrer el camino previo a la Navidad (los cuatro domingos de Adviento) encendiendo cada domingo una vela y rezando en familia al hacerlo, además de tener un propósito de vida para cada día hasta el 24 de diciembre en que recibimos la Navidad.

Que todos los niños que ya reciben a Jesús Eucaristía asistan a la Santa Misa este domingo que comienza el Adviento y lleven su Corona de Adviento para que sea bendecida por el Sacerdote.


Mira este Video:

VIVE EL ADVIENTO


LA CORONA DE ADVIENTO


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Origen: La Corona de Adviento tiene su origen en una tradición pagana europea que consistía en prender velas durante el invierno para representar al fuego del dios sol, para que regresara con su luz y calor durante el invierno. Los primeros misioneros aprovecharon esta tradición para evangelizar a las personas. Partían de sus costumbres para enseñarles la fe católica. La corona está formada por una gran variedad de símbolos:

La forma circular: El círculo no tiene principio ni fin. Es señal del amor de Dios que es eterno, sin principio y sin fin, y también de nuestro amor a Dios y al prójimo que nunca debe de terminar.

Las ramas verdes: Verde es el color de esperanza y vida, y Dios quiere que esperemos su gracia, el perdón de los pecados y la gloria eterna al final de nuestras vidas. El anhelo más importante en nuestras vidas debe ser llegar a una unión más estrecha con Dios, nuestro Padre.

Las cuatro velas: Nos hace pensar en la obscuridad provocada por el pecado que ciega al hombre y lo aleja de Dios. Después de la primera caída del hombre, Dios fue dando poco a poco una esperanza de salvación que iluminó todo el universo como las velas la corona. Así como las tinieblas se disipan con cada vela que encendemos, los siglos se fueron iluminando con la cada vez más cercana llegada de Cristo a nuestro mundo.
Son cuatro velas las que se ponen en la corona y se prenden de una en una, durante los cuatro domingos de adviento al hacer la oración en familia.
Las manzanas rojas que adornan la corona representan los frutos del jardín del Edén con Adán y Eva que trajeron el pecado al mundo pero recibieron también la promesa del Salvador Universal.

El listón rojo representa nuestro amor a Dios y el amor de Dios que nos envuelve.

Los domingos de adviento la familia o la comunidad se reúne en torno a la corona de adviento. Luego, se lee la Biblia y alguna meditación. La corona se puede llevar al templo para ser bendecida por el sacerdote.

Sugerencias
a) Es preferible elaborar en familia la corona de Adviento aprovechando este momento para motivar a los niños platicándoles acerca de esta costumbre y su significado.
b) La corona deberá ser colocada en un sitio especial dentro del hogar, de preferencia en un lugar fijo donde la puedan ver los niños de manera que ellos recuerden constantemente la venida de Jesús y la importancia de prepararse para ese momento.
c) Es conveniente fijar con anticipación el horario en el que se prenderán las velas. Toda esta planeación hará que las cosas salgan mejor y que los niños vean y comprendan que es algo importante. Así como con anticipación preparamos la visita de un invitado importante, estamos haciendo esto con el invitado más importante que podemos tener en nuestra familia.
d) Es conveniente también distribuir las funciones entre los miembros de la familia de modo que todos participen y se sientan involucrados en la ceremonia.


Fuente: ACIPRENSA
Salir de las trincheras
Hay que dar a conocer a los hombres que el Amor es hermoso, que la Bondad existe, que las lágrimas pueden ser consoladas. Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net


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Existe el peligro, en muchos católicos, de vivir a la defensiva, de esconderse en las trincheras para resistir cientos de ataques que llegan por todos lados.

¿Atacan al Papa? Hay que buscar argumentos para defenderlo. ¿Critican las “riquezas” del Vaticano? Hay que explicar que tales “presuntas riquezas” son patrimonio de la Iglesia y, en cierto modo, de la humanidad. ¿Se ríen de la moral sexual católica? Hay que estudiarla y refutar críticas a veces ridículas. ¿Nos acusan de fundamentalistas e intolerantes? Respondemos con ejemplos del pasado y del presente que muestran la profunda actitud de respeto hacia todos los hombres que nace de nuestra fe católica.

El cristianismo surgió en un ambiente hostil. Cristo mismo nos dijo que muchos nos odiarían, nos excluirían, nos atacarían. No es de extrañar, por tanto, que hoy, como en tantos momentos del pasado, haya numerosas personas e instituciones dedicadas, a veces con energías y medios desproporcionados, a atacar, marginar, incluso destruir la fe de los corazones, el respeto hacia la Iglesia, la pujanza de sus instituciones y obras de caridad.

Pero ese cristianismo, perseguido, arrinconado, despreciado, tomó, desde sus orígenes, una actitud claramente conquistadora. Se convirtió en un movimiento espiritual que no se limitó a unas fronteras estrechas, que no cerró las puertas a cal y canto para evitar las heridas de los posibles agresores, de los enemigos de la luz.

Al contrario, los primeros cristianos buscaron mil caminos para irradiar, entre quienes vivían a su lado, una experiencia, una fe, un amor, que da sentido a la existencia humana, que ilumina de esperanza la mirada de los corazones, que alivia las penas profundas y las heridas que la vida deja inexorablemente en nuestras vidas.

El cristiano no vive, por lo tanto, para defenderse. Estudiará, desde luego, su fe, su historia, su riqueza doctrinal. Sabrá reconocer también que ha habido errores y fallos en no pocos católicos durante los 2000 años de nuestra historia. Respetará la dignidad de los “adversarios”, a los que ofrecerá una respuesta justa y, más profundamente, una mano respetuosa y llena de afecto sincero.

Pero, de modo especial, tendrá la alegría y el arrojo de comunicar algo que ni el dinero, ni el poder, ni la belleza, ni la medicina, ni la ciencia, es capaz de dar: la verdad del Evangelio, la certeza de que Dios nos ama en Jesucristo.

El mundo necesita y pide, quizá sin saberlo, testigos de la bondad de Dios, mensajeros de una Buena noticia, heraldos de un Amor que arranca del Padre de los cielos y pone su tienda entre los hombres con la llegada del Hijo.

Hay que salir de las trincheras. No podemos guardar un tesoro que es para todo el mundo. Hay que poner la lámpara sobre el celemín, hay que dar a conocer a los hombres que el Amor es hermoso, que la Bondad existe, que las lágrimas pueden ser consoladas, que la muerte no es la última palabra de la historia humana.

Sabemos que el Sepulcro de Cristo está vacío. Percibimos su presencia continua, como Señor Resucitado, entre nosotros. Dar testimonio de su Cruz salvífica y victoriosa es una urgencia que todos debemos sentir en lo más profundo de nuestra identidad cristiana. Porque muchos hombres viven en tinieblas y sombras de muerte (cf. Lc 1,79). Porque muchos desean, profundamente, descubrir que son amados, reconocer que la salvación de Cristo también es para ellos.
02 de Noviembre: Día de los Fieles Difuntos

Cómo ayudar a los muertos
La mejor obra de caridad que podemos hacer es ayudar a una persona a bien morir, y ayudar a un alma que está en el purgatorio.
Autor: Padre Jorge Loring | Fuente: Catholic.net

Quiero informarles a ustedes de un par de cosas que yo descubrí en mis primeros años de jesuita, y que a lo largo de la vida me han llenado de consuelo apostólico. Por eso las conservo hasta hoy. Las practico hasta hoy. Y pienso seguir practicándolas.

Es el modo de ayudar a los moribundos, y el modo de ayudar a los difuntos: las dos partes que va a tener esta conferencia. Creo que la mejor obra de caridad que podemos hacer es ayudar a una persona a bien morir, y ayudar a un alma que está en el purgatorio, que no puede hacer nada por ella misma, pero que desde aquí le podemos ayudar muchísimo. Pues vamos a ver si digo algo de esto.

***

Primero: Ayudar a los moribundos.

Miren ustedes, evidentemente que los colegios son una gran obra. Y por eso la Iglesia defiende la enseñanza religiosa frente a todos esos que quieren barrer de España la enseñanza religiosa. Ella mantiene los colegios por encima de todo, porque es una obra fundamental en la educación católica. Esto es clarísimo.

También es clarísimo que muchas personas que han pasado por un colegio de religiosos, mantienen a lo largo de su vida esa formación que recibieron en el colegio de religiosos. Mantienen una fe. Mantienen un hogar cristiano, porque desde pequeños los educaron así. Por lo tanto, no hay duda la gran labor que realizan los colegios religiosos. Ahora bien, hay mucha gente que pasó por colegios religiosos y después se les olvida todo, lo tiran todo por la borda y orientan su vida por caminos totalmente distintos de todo lo que aprendieron en el colegio de religiosos. Esto es así. Y todos conocemos nombres de personas famosas que han seguido este segundo camino.

***

¿Qué quiero decir? Que los colegios son una gran cosa, y la Iglesia quiere que haya colegios y haya educación religiosa. Pero, hay un riesgo siempre. Estos niños, estos jóvenes, a quienes les dedicamos tanto tiempo, tanto esfuerzo, tanto sacrificio, tanto interés, ¿se van a mantener toda la vida en este camino? Quizás, si. Algunos, quizás no.

Pero, lo que yo hago con un moribundo, eso no se estropea ya. Si yo logro que un moribundo se arrepienta de sus pecados, pida perdón a Dios, muera en gracia y se salve, eso no se estropea ya. El interés que yo pongo por ayudar a un moribundo es la obra de caridad más eficaz y más apostólica de todas las que puedo hacer. Porque todas las demás personas a quienes yo procuro ayudar apostólicamente, quizás conserven todo lo que trabajo con ellas; pero no sé. No sé qué rumbo van a tomar a lo largo de su vida Ahora, lo que haga yo con un moribundo, ése es trabajo seguro. Si yo logro ayudar a un moribundo a que muera en gracia, es solución definitiva.

Eso ya no se estropea. Por eso es tan eficaz apostólicamente ayudar a bien morir a las personas. Es el mayor favor que yo puedo hacer a una persona. Lo va a disfrutar toda la eternidad. Esto puedo hacerlo de palabra con un familiar, o con un amigo a quien visito en su lecho de muerte. Pero también puedo ayudar a los moribundos de todo el mundo.

¿Cómo les ayudo a bien morir? Rezando por ellos. Pidiendo por ellos. Sencillo. Si la oración es eficaz, si la oración es infalible en algo, es cuando pido por un moribundo. Cristo en el Evangelio nos habla muchísimo de «Pedid y recibiréis», «Buscad y hallaréis»: de la fuerza de la oración. Cristo habla en el Evangelio incluso con frases hiperbólicas: «Pídele a esa higuera que se traslade al mar, y la higuera se trasladará al mar». La fuerza de la oración es impresionante.

Sólo hace falta una condición para que la oración sea eficaz: que yo pida lo que conviene; porque si yo pido lo que no conviene, Dios, naturalmente, no me hace caso. Como la madre de familia, que cuando el niño se echa a llorar porque quiere el cuchillo de cocina, la madre no le da el cuchillo de cocina, porque se va a cortar. Le da un sonajero, le da un juguete; pero no le da el cuchillo de cocina.

Si nosotros pedimos a Dios lo que no conviene, Dios no nos lo da. Nos dará otra cosa, pero no lo que pedimos. ¿Me conviene o no me conviene? Yo no sé, Dios sabrá. Yo pido que me toque la lotería: ¡a ver si me toca el gordo! A cuántas personas, a lo mejor, no les conviene que les toque el gordo! Puede ser su ruina espiritual. Yo pido la salud. En orden a la vida eterna, que es lo importante, a lo mejor gano más cielo con la enfermedad.

Ahora, lo que sí sé, es que si yo pido la conversión de un moribundo, eso conviene seguro. La condición indispensable es que yo pida una cosa buena. Esta condición se cumple si yo pido la conversión de un moribundo. Eficacia segura, infalibilidad segura. No hay más que una dificultad: que el otro quiera. Si el otro no quiere, no hay nada que hacer. Porque Dios no salva a nadie contra su voluntad. Dios no mete a la gente a empujones en el cielo. Hace falta que el otro quiera. Porque si el otro rechaza la gracia, nada.

Pero es evidente que si yo pido para un moribundo un aumento de gracia, ese moribundo recibe el aumento de gracia. Eso es infalible. Ahora, ese moribundo, ¿aceptará el aumento de gracia, o no lo aceptará? No sé. Quizás el otro rechace el aumento de gracia. Entonces no sirve. Pero como yo pido por todos los que van a morir hoy en el mundo, no todos van a rechazar la gracia recibida. Mañana pediré por los de mañana. Y pasado por los de pasado. Pero hoy, voy a pedir por todos los que van a morir hoy. Yo pido un aumento de gracia para todos los que van a morir hoy. Y Dios, seguro que les da ese aumento de gracia, porque pido una cosa buena.

Por lo tanto, gracias a mi oración, todos los que van a morir hoy, van a recibir un aumento de gracia. ¿Algunos la rechazarán? Pues quizás, sí. Pero, ¿y el que la aproveche? Alguno se aprovechará. ¿Cuántos? No sé. ¿Uno? ¿Cien? ¿Mil?. Alguno se aprovechará. Algunos de esos hombres iban a rechazar una gracia, que era suficiente, pero no era eficaz; no les bastaba. Pero al recibir esa nueva gracia que yo les consigo, piden perdón, se arrepientan, y se salvan. Y se han salvado gracias a mí. Gracias a la oración que yo he hecho por ellos Porque han correspondido a una gracia que no tenían.

Dios les había dado la gracia suficiente. Pero este aumento de gracia que yo he pedido para ellos, y que Dios no me la niega, hace que la gracia suficiente haya resultado eficaz. Si yo logro con mi oración de todos los días, un aumento de gracia, y algún moribundo cada día gracias a ese aumento de gracia pide perdón, se arrepiente y se salva, fijaos, ¡la cantidad de gente que se puede haber salvado gracias a mi oración!

***

Y, ¿qué oración hago para que se salven? ¿Cuándo hago esa oración? Yo la hago en la santa Misa. En el punto central de la Misa. En el momento de la consagración. En la elevación, cuando estoy elevando la Sagrada Forma, y cuando estoy elevando la sangre de Cristo en el cáliz, yo digo esto:

«Señor mío y Dios mío: que tu santa redención consiga mi salvación eterna y la de todos los que van a morir hoy. Amén».

«Señor mío y Dios mío» que es un acto de fe evangélico. Lo dijo Santo Tomás. Además es una devoción muy española y muy popular. Siempre nos han enseñado de pequeños que en la elevación digamos mirando a la Sagrada Forma y mirando al cáliz: «Señor mío y Dios mío». Después de este acto de fe tan bonito, tan español y tan evangélico «Señor mío y Dios mío», añado: «que tu santa redención» que se está repitiendo en la misa. El sacrificio de la misa es la repetición de la muerte de Cristo en la cruz.

Sigo: «...que tu santa redención consiga mi salvación eterna». Todos podemos tener un mal cuarto de hora. ¡Dios nos tenga de su mano! Hay que ser humildes y reconocer nuestra fragilidad. Tendría poca gracia que ayudemos a otros a morir, y nos condenemos nosotros: «triste cosa será, pero posible». Termino: «...que tu santa redención consiga mi salvación eterna y la de todos los que van a morir hoy Amén».

Esto lo digo todos los días en la Santa Misa, mientras tengo la Sagrada Forma en mis manos, y mientras tengo el cáliz. Dice San Alfonso María de Ligorio que quien pide su salvación, se salva. Por mi salvación y por la de los demás. Hoy por los de hoy, mañana por los de mañana y pasado por los de pasado.

Evidente, que mi oración conseguirá que alguno, que iba a morir en pecado, porque la gracia que tenía no le bastaba, con el aumento de gracia que yo le consigo pida perdón y se salve. Qué fenomenal obra de caridad con ese moribundo que se iba a condenar y gracias a mí se ha salvado. Y cuando él en el cielo sepa que se salvó gracias a mí, porque he pedido por él, y le he conseguido un aumento de gracia, ¡fijaos el ejército de amigos que tendremos en el cielo pidiendo a Dios e interesándose por nuestras cosas!

Por eso digo, qué eficaz obra de caridad, qué fenomenal obra de apostolado, pedir cada día por todos los que van a morir hoy. No hay duda que alguno se aprovechará de ese aumento de gracia que le hemos conseguido con nuestra oración.

***

Segundo: Ayudar a los difuntos.

Para ayudar a los difuntos la Iglesia tiene el tesoro de las indulgencias. Es un tesoro espiritual que tiene la Iglesia. A mí me da pena cuando veo católicos que menosprecian las indulgencias. Prescinden de las indulgencias. Como si no existieran. Es despreciar un capitalazo espiritual.

Yo digo una cosa: si la Iglesia legisla sobre las indulgencias, es porque son una realidad. La Iglesia no nos va a engañar. Cuando la Iglesia dispone, reforma y aplica las indulgencias, es porque esto es una realidad. No vamos a pensar que la Iglesia nos está engañando, y nos habla de una cosa que es pura imaginación. Y la Iglesia legisla sobre las indulgencias.

Acaba de hacer una reforma de las indulgencias. En esta reforma de las indulgencias que ha hecho la Iglesia, ha quitado aquello que decíamos antes: «Trescientos días de indulgencia», «Siete años de indulgencia». Aquello lo ha quitado porque se prestaba a confusiones. La gente se creía que esos trescientos días eran trescientos días de purgatorio. Realmente no era eso. Era otra cosa más complicada. Prescindo. No digo lo que había antes, que lo han reformado, sino lo que hay ahora.

***

Hoy la Iglesia ha dejado dos tipos de indulgencia: indulgencia parcial, indulgencia plenaria. Y nada más. ¿Qué es indulgencia parcial? Lo voy a explicar de modo que me entendáis, no con las palabras teológicas y técnicas.

Indulgencia parcial significa que la Iglesia me duplica mi mérito. Lo multiplica por dos. Si yo doy un beso a una medalla, ese beso vale según mi fervor. Si yo doy un beso muy frío, vale mucho menos que si doy un beso fervoroso. Entonces el valor de mi beso a la medalla, a la estampa, al crucifijo, a la Virgen, el valor de mi beso en orden a la vida eterna, depende de mi fervor. Si este objeto está indulgenciado con indulgencia parcial, se merece el doble. El fervor que yo pongo, se multiplica por dos. Ésa es la indulgencia parcial.

¿Y qué es indulgencia plenaria? Indulgencia plenaria es que suprime el purgatorio. Si la gana un moribundo no pasa por el purgatorio. Si la aplicamos a uno que está en el purgatorio, sale del purgatorio.

Primero, hay que decirlo, porque no todo el mundo lo sabe, el purgatorio es dogma de fe. La existencia del purgatorio es dogma de fe. La gente se cree que el purgatorio es lo mismo que el limbo. ¡No señor! El limbo no es dogma de fe y el purgatorio, sí. Está definido en los Concilios de Lyón y de Florencia.

San Pablo habla de que podemos ayudar a los difuntos. Pues si podemos ayudar a los difuntos, es a los del purgatorio. Los que están en el cielo, no necesitan ayuda. Y a los que están en el infierno, no les sirve de nada. Por lo tanto, si podemos ayudar a los difuntos, es a los que están en el purgatorio. El purgatorio es dogma de fe.

El alma que está en el purgatorio, sufre mucho; pero no le sirve a sí misma. No puede merecer para sí. El tiempo de mérito es la Tierra. En la vida terrena podemos merecer, para bien o para mal. Pero una vez que se acaba la vida, con la muerte, ya no se merece más. En el purgatorio, no se puede merecer. Pero nosotros podemos merecer para ellos. Les podemos aplicar una indulgencia plenaria. ¿Qué significa que yo gane para ellos una indulgencia plenaria? Que la saco del purgatorio.

Voy a explicar esto un poco más, en plan popular. Me gusta siempre buscar ejemplos que se entiendan. ¿Qué es eso de la indulgencia plenaria? Con la indulgencia plenaria se te quitan las cicatrices que dejaron en tu alma los pecados cometidos. Tú cometes un pecado mortal, y es una herida mortal. Esa herida mata tu alma. Si no te arrepientes, te condenas. Si te confiesas del pecado mortal, y se te cura la herida, ya no te condenas. Te han cerrado la herida, te han curado la herida; pero te han dejado una cicatriz. Los pecados perdonados dejan cicatrices, y de esas cicatrices te purificas en el purgatorio, antes de entrar en el cielo; porque en el cielo no puedes entrar con el rostro lleno de cicatrices. En el cielo hay que entrar presentable.

Os voy a contar una anécdota. Conozco yo a una señora, muy elegante. Tuvo un accidente de coche y se hizo una tremenda cicatriz en la cara, que la afeaba enormemente. Y yo no sé qué tratamiento de belleza, qué masaje eléctrico, yo no sé cómo se las arregló, que hoy no tiene cicatriz. Yo, porque lo sé, veo la cicatriz. Pero sólo le queda una leve línea. Se ha sometido a un tratamiento de belleza, y le han quitado la cicatriz. Y ahora ha recuperado la belleza que tenía antes.

Eso es el purgatorio: un tratamiento de belleza para el alma. Ese alma que está llena de cicatrices por todos los pecados mortales perdonados, pero que han dejado cicatrices. En el purgatorio, se purifican las cicatrices, se limpian las cicatrices, desaparecen las cicatrices. Y ya puedes entrar en el cielo presentable, que es cómo hay que entrar en el cielo.

***

Pues esta indulgencia plenaria, yo la puedo ganar o para mí, o para otro. ¿La puedo ganar para mí? Sí señor. Pero hay un problema. Para que yo gane una indulgencia plenaria para mí, tengo que tener total aborrecimiento de todo desorden. Porque si yo tengo un afecto desordenado, ya estoy mereciendo el purgatorio. Quizás, no infierno; pero por lo menos purgatorio. Porque tengo un afecto desordenado. Si yo tengo un afecto desordenado, no gano la indulgencia plenaria para mí.

Pero si yo aplico a otro una indulgencia plenaria, no importa que yo tenga un afecto desordenado. Si yo tengo un afecto desordenado, ya lo pagaré en el purgatorio. Pero, ¿qué culpa tiene el otro? Yo puedo ganar una indulgencia plenaria y aplicársela a otro. Es mucho más fácil ganar la indulgencia plenaria para otro, que para uno mismo. Para uno mismo es mucho más difícil. Pero para otro, facilísimo. Basta con hacer la obra indulgenciada y poner las condiciones.

En la reforma de indulgencias han quitado las indulgencias plenarias diarias, que había muchas, y han dejado cuatro. Nada más que cuatro. Que son: rezar el rosario en común o delante del Sagrario; media hora de oración delante del Santísimo; media hora de lectura de Biblia; y hacer el Vía-Crucis. Cualquiera de estas cuatro cosas tiene indulgencia plenaria cada día.

Una de las reformas es que sólo se puede ganar una indulgencia plenaria al día. Antes había las «Toties quoties» como la Porciúncula: que podías ganar un montón de indulgencias plenarias en un día. Ahora no. La Iglesia ha decidido dejar una sola plenaria al día. El Vía-Crucis, que es lo que yo hago todos los días, es rapidísimo de hacer. Yo no sé si tardo cinco minutos. No tardo más. En el Vía-Crucis no hay que pararse en las catorce estaciones. Ni rezar una cosa en cada estación. Basta recorrer las estaciones pensando en la Pasión. Y en una capilla pequeña, como la que tenemos los jesuitas en nuestras casas, la capilla la recorro en cinco minutos. En cinco minutos recorro, meditando en la Pasión, las estaciones del Vía-Crucis. Muy sencillo. Y gano la indulgencia plenaria.

Hacer la obra indulgenciada y después, ¿qué condiciones? Pues hay que confesar los ocho días antes o los ocho días después. Si confieso cada quince días, vale. Una comunión por cada indulgencia plenaria. Si comulgo todos los días, vale. Hay que rezar algo por el Papa. Un padrenuestro por las intenciones del Papa, que lo rezamos siempre, después del rosario o después del Vía-Crucis.

Fijaos que las condiciones no pueden ser más sencillas. Si yo todos los días hago un acto que tenga indulgencia plenaria, yo puedo sacar un alma del purgatorio cada día. Fijaos si esto no es fenomenal. Basta que me preocupe de rezar el rosario delante del Santísimo o en común; media hora de oración delante del Santísimo, que lo hacen montones de personas; leer la Biblia durante media hora o el Vía-Crucis. Con que te preocupes un poquitín, puedes sacar del purgatorio un alma al día.

Fijaos si esto no es una obra de caridad impresionante. Y después lo que significa tener en el cielo ese ejército de amigos que saben que tú los sacaste del purgatorio. Fíjate cómo estarán pidiendo a Dios por tus necesidades. Esto que digo, de preocuparse de las almas del purgatorio, me parece interesantísimo, por lo que tiene de caridad. Podemos aplicarla a un ser querido; pero también podemos dejarla en manos de Dios y de la Virgen para que las apliquen a las almas más necesitadas del purgatorio.

***

Hay una cosa que se llama « El voto de ánimas» que lo llaman «acto heroico de caridad». Yo, sinceramente, pienso que de heroicidad nada.

¿En qué consiste el voto de ánimas? No es voto, se llama así, pero no obliga bajo pecado. Y puede uno rectificarlo cuando quiera. Pero se llama «voto de ánimas». ¿Qué significa el voto de ánimas? Significa que yo renuncio a todos los méritos renunciables, porque hay méritos que son irrenunciables. En mis buenas obras, yo tengo méritos que son intransferibles. Pero hay otros méritos que yo puedo renunciar. Pues yo renuncio a todos los méritos que yo pueda renunciar, y los pongo en manos del Señor y de la Virgen, para que ellos los distribuyan entre las almas del purgatorio más necesitadas. Que ellos distribuyan como quieran los méritos míos.

Se llama «acto heroico de caridad», por lo que yo renuncio en favor de las almas del purgatorio. Pero yo digo: esto de heroico nada. Porque si dice Cristo: «Los misericordiosos alcanzarán misericordia», y si por hacer yo este acto de misericordia, después voy a tener la misericordia de Dios para conmigo, ¿qué más quiero? Soy yo el que salgo ganando, haciendo un acto de misericordia. Porque Dios después tendrá misericordia conmigo.

Si yo renuncio a ese tesoro espiritual mío, que he ganado con mis buenas obras, si con esa pequeña renuncia de mis pobres obras, logro ayudar a tantas almas que suban a la gloria, y después se interesan por mí, decidme si no es fenomenal tener en el cielo ese ejército de amigos míos, que saben que yo les ayudé a entrar en la gloria. Lo que se van a preocupar por mí.

Por eso decía el Padre Eduardo Fernández Regatillo, S.I., que era un teólogo de gran notoriedad: «Muchas personas de gran categoría espiritual y teológica, han hecho el voto de ánimas». Basta que un día en la misa se haga este ofrecimiento: «Señor, te ofrezco todo lo que yo pueda renunciar, en beneficio de las almas del purgatorio». ¡Los misericordiosos alcanzarán misericordia!

A ver si os animáis a ayudar a los moribundos y a las almas del purgatorio. Que vosotros saldréis ganando. Y ellos también. Muchas gracias.


N.B.: Esta conferencia está disponible en DISCO COMPACTO (CD) y en vídeo.
Todos los sistemas.
Pedidos a la EDITORIAL SPIRITUIS MEDIA-Apartado 2564-11080.Cádiz. (España)
Correo electrónico (e-mail): spiritusmedia@telefonica.net
Una tarde ante el Sagrario

Afuera todo es gran agitación, ruido de tráfico y ajetreo, de velocidad, de impaciencia... ruido de vida. .. y la Vida está aquí.


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Autor: Ma Esther de Ariño | Fuente: Catholic.net

Una tarde ante el Sagrario

Cuando las personas tienen mucho que pensar, mucho que caminar, mucho que correr... andan ahí, Señor, ahí afuera. Desde aquí se oye el clamor del mundo. Ruido de coches, motocicletas, ruido de gran tráfico y ajetreo, de velocidad, de impaciencia. Hace mucho calor. Afuera todo es gran agitación, ruido de vida...y la Vida está aquí. En esta soledad, en este silencio, en esta semipenumbra, en esta quietud...

La nave desierta... Mármol, vitrales, imágenes... nada tiene vida, todo es materia muerta, solo hay algo que tiembla, que se mueve, que parpadea... es la lámpara roja del Sagrario. Está señalando que en ese silencio, en esa quietud, en esa gran paz está Dios. Un Dios que siendo el Rey de todo lo creado, está oculto tras unas cortinillas y una pequeña puerta. Silenciosa y humilde espera. Entrega y sumisa esperanza de un Dios que es todo amor. Mansedumbre infinita, paciencia de siglos... Locura de amor de un Dios enamorado de sus criaturas. Sólo a un Dios que muere por amor se le podía haber ocurrido semejante entrega.

Ahí estás, Señor, encerrado en todos los Sagrarios del mundo, desde los de oro y piedras preciosas, en las imponentes y majestuosas catedrales hasta los más humildes y simples de madera, en las iglesias perdidas de las sierras y en las casi legendarias misiones. Ahí te quedaste, Señor, paciente y sumiso, esperando. Porque los enamorados no pueden dejar a quien aman y tu te ibas a la Casa del Padre Celestial, a tu verdadero Reino con tu Madre, con los Santos, con los Ángeles... y nosotros aquí, solos, tropezando, cayendo perdiendo el CAMINO..., teniendo cada vez más lejano, más borroso, el recuerdo de tu paso por la tierra.

Pero no, te quedaste aquí, dando todo por nada; esperando, siempre esperando en tu gran locura de amor; para que sepamos que no te fuiste, que estás aquí, para ser nuestro alimento, carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre; para compartir nuestra alegría, para acompañarnos en nuestra soledad y nuestras penas.

¡Supremo amor de todos los amores que no pudo dejar solo al corazón del hombre porque sabía que tarde o temprano el corazón del hombre lo buscaría, lo necesitaría, lo llamaría... Y Él, sin pérdida de tiempo le daría la respuesta de amor:

- Aquí estoy, siempre me quedé contigo...nunca me fui, siempre te estoy esperando