Terremotos en Lima: 1746


Lima en su esplendor barroco a finales del siglo XVII; esta fue la ciudad que prácticamente desapareció tras el terrible sismo de 1746

La noche del viernes 28 de octubre de aquel año, durante 3 minutos, la naturaleza volvió a ensañarse con Lima; ahora, la devastación fue casi total. Al día siguiente, el cuadro era de terror: los inmuebles derrumbados y los cadáveres demostraban las proporciones del cataclismo. De los 12,200 inmuebles apenas quedaron en pie unas 20 viviendas, aunque bien maltratadas. Los desaparecidos eran 6 mil (el 10% de la población). Y estas cifras no cuentan el callao que, prácticamente, se lo tragó el mar por un tsunami.

Aquí el análisis del historiador Guillermo Lohmann Villena: “Como en 1687, desde la catedral hasta el último edificio rindieron torres y bóvedas, perdiéndose definitivamente retablos, cuadros y altares, incluyéndose el palacio virreinal. El arco del puente se vino a tierra con la estatua ecuestre de Felipe V y las murallas quedaron hendidas en muchos baluartes. En el hospital de Santa Ana se desplomó la techumbre y 70 infelices que no pudieron abandonar sus lechos perecieron bajo los cascotes. Ante la amenaza de una epidemia, se recogieron los muertos para darles sepultura en largas zanjas que se abrieron en las plazas. El precio de los artículos de primera necesidad llegó a cuadruplicarse, y los usureros se hacían con alhajas de oro, plata y piedras preciosas a precios tan irrisorios, que sus dueños apenas podían comer un mes con el valor de las que vendidas en otra coyuntura menos angustiosa, les hubiera permitido subsistir un año”.

La tragedia también se ahondó porque se presentaron inusuales vientos fuertes y aguaceros que azotaron a una población que se encontraba a la intemperie. Así, 2 mil personas murieron a por afecciones bronquiales, disentería y enfermedades gastrointestinales. Por esto fuera poco, en los campos aledaños, enjambres de sabandijas destruyeron los sembríos. Por otro lado, la noticia del cataclismo corrió por el mundo, pues las descripciones que se levantaron en Lima fueron reimpresas en México y en Madrid; asimismo, fueron traducidas al inglés en Inglaterra y en sus colonias americanas, al italiano y al portugués.

¿Y las autoridades limeñas? Todos los testimonios coinciden en reconocer los esfuerzos que tuvo que hacer el virrey de entonces, el Conde de Superunda, para levantar la ciudad. Aquí algunas de sus medidas:

a. Obligó a los vecinos a desalojar el casco urbano, con el fin de prevenir nuevas víctimas por la caída de edificios y difusión de epidemias
b. Ordenó que se reconstruyeran, lo más rápido posible, las panaderías y los molinos de trigo; que se habilitasen las fuentes, servicios de agua y desagües; y que de las comarcas cercanas se envíen ganado, víveres y materiales de construcción, regulando el precio de los mismos y de los jornales.
c. Hubo durísimas sanciones para los saqueadores y a los desmanes de los esclavos o del resto de la plebe.

En respuesta a su titánica labor, la Corona premió al virrey con el condado de Superunda, que viene de super unda y significa “sobre las olas”.

Para iniciar la reconstrucción de la ciudad, se presentaron varios problemas:

1. Hubo la idea de trasladar la ciudad a otro espacio y trazarse un nuevo plan urbano, contemplando la idea de construir calles más anchas para disminuir la desgracia en caso de futuros sismos; también se planteó la idea de redondear las esquinas, como en Palermo después del terremoto de 1692.
2. La nueva ciudad sería levantada en la zona que se extendía desde las faldas del cerro San Bartolomé hasta la hacienda El Pino. Sin embargo, el Cabildo opinó que la idea era hermosa pero impracticable.
3. Ante esta imposibilidad, los ingenieros recomendaron que se derribasen de inmediato las plantas superiores aún erguidas y que la altura de las paredes sobre la vía pública no superasen los 4 metros, salvo las de los conventos; los muros bajos, en previsión de los ladrones, podían fabricarse de adobe o ladrillo, y de quincha para los superiores; las fachadas debían ser de tijera, sin miradores, balcones o cualquier saliente, para que las viviendas sean “refugio y no sepulcro” de sus ocupantes.
4. Finalmente, las torres de los templos debían rebajarse hasta una altura máxima de 8 metros y medio, con los cuerpos superiores de madera.

Huelga decir que las mejores joyas arquitectónicas de Lima se desintegraron; asimismo, tanto los edificios reconstruidos como los nuevos perdieron la elegancia y boato que mostraban los desaparecidos. En el futuro, como lección del siniestro, se empleo a gran escala el adobe, la quincha y los materiales ligeros, en reemplazo de la piedra, el ladrillo y los “materiales nobles”. De las obras monumentales anteriores al sismo, ¿qué quedó? El puente de piedra sobre el Rímac, los portales de la época del Conde de la Moncloa (1693), la iglesia de la Compañía de Jesús y algunas casonas solariegas, como las de las familias Aliaga, Goyeneche, marqueses de Valleumbroso (Casa Pilatos) y marqueses de Torre Tagle. En síntesis, la ciudad se recuperó, aunque más simple y sobria que la de antes; quizá, una de las nuevas casonas que rompió esa austeridad fue la quinta de presa y su delicado estilo rococó. Tiempo después, durante los años del gobierno del virrey Amat, hubo un nuevo impulso por recuperar la urbe, con la construcción de la nueva plaza de toros y la alameda que conducía a ella (1766), el Paseo de Aguas y su plaza delantera (1770-76), la construcción de la iglesia de las Nazarenas y la restauración de la torre de Santo Domingo.

En esa época, la explicación sobre los orígenes de los desastres naturales eran más bien religiosos que de corte científico. Según un trabajo de la historiadora Scarlet O’Phelan, se llegó a plantear que el terremoto de 1746 se había producido por cuatro grandes ofensas en que habían caído los limeños:

1. Las injusticias que cometían contra los pobres
2. Las prácticas ilícitas de la codicia y la usura
3. El torpísimo pecado de la lujuria
4. La vanidad de las mujeres con sus escandalosos vestidos

En efecto, la iglesia sugirió que la moda francesa femenina de pronunciados escotes, mangas cada vez más cortas y faldas a la altura del tobillo, habían provocado la ira divina, materializada en el movimiento telúrico. La insinuante moda francesa había sido adoptada por las clases altas, pero también por los sectores populares.

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Comentarios

  1. Gabriel Cordears escribió:

    Muy interesante su artículo…Tal parece que las calamidades vienen en tiempos de tres minutos como los recientes terremotos en Ica y Chile. Lo que me sorprende son las luces que se vieron en aquellas noches. ¿Hay registros testimoniales de esas épocas de las extrañas luces antes o durante el sismo? Porque tengo noticia que ese terremoto que usted menciona sucedió pasadas las doce de la noche y también hubo luna llena.
    Un abrazo cordial.

  2. anonimo escribió:

    me gusta la informacion pero deberian areglar un poco pero no por la informacion sino por er orden y tambien deberian agregar imagenes.

  3. diana escribió:

    interesante…estot asiendo tesis sobre los terremotos encontre archivos del terremoto de lima en Cusco…es muy interesante .

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