El virreinato de Lima frente a las juntas de Quito (1809-1810)


Plaza de la Independencia de Quito
(foto de Juan Luis Orrego)

El mes pasado, los ecuatorianos iniciaron los festejos por el Bicentenario de su Independencia. El punto de partida es el establecimiento de las primeras junta de gobierno en Quito que terminarían con la declaración de su independencia. ¿Qué hizo el gobierno de Lima, presidido por el virrey Abascal, ante esta amenaza separatista? A continuación, daremos algunas pistas.

Al momento de estallar la crisis monárquica en España, desatada por la invasión francesa en 1808, el Virreinato de Lima era gobernado por el virrey José Fernando de Abascal, futuro Marqués de la Concordia, quien a lo largo de su prolongado mandato (1806-1816) demostró una gran habilidad política y militar. Convirtió al Perú en la excepción de la América andina ahuyentando cualquier intento autonomista o independentista dentro y fuera de su jurisdicción. Como veremos, con su enérgico carácter y con la ayuda económica de la elite limeña hizo extender su influencia hacia todos sus vecinos, como fue el caso de Quito.

¿Cómo era el Virreinato peruano cuando se desató el movimiento de las juntas en la América hispana? Para empezar, contaba con un enorme territorio, que terminaría ampliándose aún más cuando, en 1810, se reincorporó el Alto Perú, hoy Bolivia. Contaba con poco más de un millón de habitantes. Los indios eran más de la mitad, un 58%; los mestizos el 22%; y los negros, en su mayoría esclavos, el 4% de la población; la gente de “color libre” también bordeaba el 4%. Los españoles, tanto peninsulares como americanos, eran poco más del 12% y vivían básicamente en la costa y en algunas ciudades de la sierra como Arequipa, Cuzco o Huamanga. Lima tenía unos 64 mil habitantes. Eran pocos si consideramos que la ciudad de México contaba con 130 mil, pero más que Santiago de Chile con 10 mil y Buenos Aires con 40 mil. La capital de los virreyes era la sede no sólo de la alta burocracia sino también de la clase alta. En Lima se otorgaron 411 títulos nobiliarios durante el periodo indiano, una cifra seguida de lejos por los 234 que se otorgaron en Cuba y Santo Domingo, y por los 170 concedidos en la Nueva España. En la ciudad residió, sin exageración alguna, la elite virreinal más numerosa e importante de Hispanoamérica.

Si desagregamos su población en razas, tenemos que en Lima vivían 18 mil españoles (más peninsulares que criollos), 13 mil esclavos y 10 mil habitantes de “color libre”; el resto eran indios que habitaban en un barrio llamado “El Cercado”. Pero el color de la piel no era el único criterio de diferenciación social. Existían profundas divisiones de orden social y económico. Es cierto que la clase alta era inevitablemente blanca pero, por ejemplo, no todos los indios eran culturalmente indios. Si un indio se aseaba, se cortaba sus cabellos, se ponía una camisa blanca y tenía un oficio útil, podía pasar por cholo. Los mestizos no eran un grupo social compacto dado que según su educación, trabajo y modo de vida, podían aproximarse a los blancos o a los indios. Los mulatos y otras castas sufrían incluso una discriminación peor que la de los mestizos: se les prohibía vestir como blancos, vivir en distritos blancos, casarse con blancas, y tenían sus propias iglesias y cementerios. Pero ni siquiera le gente de color estaba rígidamente clasificada según su raza: su progreso económico podía asegurarles una situación de “blancos”. Se trataba de una población en plena transición.

La clase alta, cuyo poder y prestigio le venía por su posesión de haciendas, títulos nobiliarios, cargos públicos o empresas comerciales, se aferró siempre a sus privilegios. Una institución, el Tribunal del Consulado, la representaba. Era natural que pretendiera no perder el poder que ejercían sobre un vasto territorio como el del Virreinato peruano. La Monarquía española le garantizaba ese poder por lo que no veía la necesidad de la independencia. Además, sentía temor ante una eventual sublevación popular que amenazara su dominio, como cuando se levantó Túpac Amaru en 1780. La presencia del ejército realista le garantizaba el orden social.

Por ello, muy pocos aristócratas tuvieron sentimientos separatistas. Los criollos más ilustrados demandaban una reforma para hacer menos intolerante el gobierno de los Borbones. El resto estaba, monolíticamente, en favor de la Corona, tal como lo demostraron los cuantiosos préstamos que otorgaron los miembros del Tribunal del Consulado a los virreyes para combatir cualquier intento separatista o subversivo.

Fue en este contexto en el que actuó el virrey Fernando de Abascal, quien se convirtió en el más fuerte aliado de la causa realista en América del Sur. Durante los difíciles años que le tocó gobernar desplegó toda su fuerza ideológica y militar para evitar el descalabro del Imperio español no sólo en el territorio del Virreinato peruano sino también en el Alto Perú, Chile y Quito.

¿Cuáles fueron los recursos con los que contaba Lima para afrontar la guerra contra los insurrectos? Cuando llegó Abascal la economía peruana estaba lejos de ser crítica. Es cierto que había una depresión agrícola, sobre todo en la costa, que se arrastraba del siglo XVIII, pero la minería y el comercio pasaban por un relativo auge. Si bien las reformas borbónicas afectaron los intereses de los comerciantes limeños, ellos todavía controlaban los mercados del Perú, el Alto Perú, y, en cierta medida, los de Santiago y Quito. La minería, por su parte, se había recuperado gracias al descubrimiento de nuevas minas de plata como Cerro de Pasco.

Pero este panorama empezó a desplomarse cuando se desató la crisis en España. Abascal tuvo que financiar la guerra a través de una política sistemática de impuestos de emergencia cuando los gastos empezaban a doblar los ingresos. Otra medida para financiar el déficit fue recurrir al crédito de los gremios, como el de los comerciantes del Tribunal del Consulado. El manejo económico se hizo con criterios de emergencia y perduró hasta 1821, año en que el general San Martín entró a Lima para proclamar la independencia. Entre 1804 y 1816, por ejemplo, los comerciantes de Lima habían invertido unos 7 millones de pesos en la defensa de “su” Virreinato. En medio de estos ajetreos no hubo tiempo ni visión para encarar otras tareas productivas.

La política contrarrevolucionaria de Abascal y de la elite limeña contra la junta de Quito.- Cuando comenzó su mandato, en 1806, Abascal jamás pudo imaginarse la crisis de autoridad que azotaría la Península. En Lima quiso convertirse en el modelo del mandatario ilustrado. Mandó construir en al ciudad el nuevo Cementerio General, el Jardín Botánico y el Colegio de Medicina de San Fernando; su proyecto cultural también incluía el periodismo con la publicación de una revista de estudios científicos y culturales.

Todo se frustró cuando llegó la noticia, en 1808, del secuestro de Fernando VII y la invasión de la península por las tropas de Napoleón. Ante las dramáticas noticias, el nuevo Virrey abandonó sus afanes ilustrados y se concentró en los temas políticos y militares. En el ámbito político usó la prensa, las tertulias, el teatro y los cafés para sembrar en la población el respaldo al monarca cautivo y la defensa de la monarquía española. Esta retórica fidelista también debía trasladarse también al ámbito militar para sofocar cualquier brote revolucionario. Exhibiendo un sólido liderazgo consiguió los fondos para financiar la represión interna y aplastar a las juntas que se habían formado en la América andina, como fue el caso de la Junta de Quito.

A Lima llegaron con alarma las noticias de la “revolución quiteña” del 9 de agosto de 1809, cuando un grupo de patriotas organizó la Junta Soberana de Quito presidida por Juan Pío Montúfar. Los acontecimientos posteriores, amparados en lo que venía ocurriendo en España, revelaban las razones de fondo de este movimiento juntista con indudable arraigo popular, y que tenían que ver con los recortes de jurisdicción territorial que había sufrido la Audiencia de Quito sobre sus provincias más periféricas, que comenzaron a ser gobernadas cada vez más directamente desde Lima o Bogotá, las capitales virreinales más cercanas. Ese fue el caso, por ejemplo, de la actual provincia de Esmeraldas, cuyo gobierno, por lo menos en la práctica, fue segregando de Quito entre 1764 y 1807 y ejercido desde Bogotá a través de Popayán. Algo similar sucedió a partir de 1802 con la región de Maynas, que comprendía ambas márgenes del río Amazonas. La Real Cédula del 15 de julio de 1802 creó el Obispado y la Comandancia General de Maynas y los hizo depender de las autoridades religiosas y militares de Lima; asimismo, por la Real Orden de 7 de julio de 1803, el gobierno militar y político y los asuntos comerciales de Guayaquil y su provincia pasaron a depender también de Lima. En este contexto, la autoridad de Quito sobre la Costa y gran parte del Oriente quedó muy debilitada. Las elites quiteñas no se resignaban ante tal situación y su proyecto mayor era recuperar todos sus territorios y reafirmar su autoridad en todas sus provincias, algo que el gobierno de Madrid se negaba a transigir utilizando el poder de Abascal para ahogar tales pretensiones.

El Virrey de Lima cumplió sus objetivos frente rebeldes quiteños y tomar esa región bajo su mando. En 1809, mientras Guayaquil imponía un bloqueo, dispuso una expedición militar de 400 soldados que avanzó desde la costa y desde Cuenca instalándose en el territorio de la Audiencia de Quito y se desató la represión. Más de 80 rebeldes fueron detenidos y se repuso en sus cargos a los antiguos funcionarios. Hubo destrucción de muchas haciendas y la ciudad fue saqueada. Luego, cuando el 2 de agosto de 1810, un grupo de patriotas intentó liberar a los prisioneros, las fuerzas realistas, en un verdadero, “gobierno del terror”, masacraron a más de 60 patriotas.

A pesar de esta ocupación, los “insurrectos” insistieron en sus propósitos y el 22 de septiembre de 1810 se formó una nueva junta estallando una segunda revolución con un mayor apoyo popular. Ahora las tropas de Abascal tuvieron que retirarse, incluso pidiendo perdón. Fue una retirada estratégica pues cuando en 1812 el congreso revolucionario promulgó la Constitución del Estado Libre de Quito, fue demasiado para Lima y su virrey. Abascal envió un poderoso ejército de 2 mil soldados que se impuso en la acción de San Miguel. Este ejército pudo así ingresar a Quito el 4 de noviembre de 1813, fortaleciendo luego a las fuerzas realistas de Guayaquil, Cuenca y Popayán. El sueño independentista había terminado.

Balance y efectos de la política del Virreinato de Lima.- Abascal se retiró del Perú en 1816. Su gobierno, aparentemente, había sido exitoso. Sin embargo, a pesar de su autoritarismo y de sus recelos frente a las Cortes de Cádiz, la cultura y la política en el Perú se vieron inundadas por el pensamiento liberal. La libertad de imprenta permitió la difusión de periódicos que insistieron en la igualdad de criollos y peninsulares para ocupar los cargos públicos y enfilaron sus ataques contra la arbitrariedad de las autoridades españolas. Estas nuevas ideas hicieron posible la posterior independencia del Perú entre 1821 y 1824. DE otro lado, la estrategia que lideró Abascal fue también la “revancha” del Virreinato peruano frente a los golpes que recibió como consecuencia de la aplicación de las Reformas Borbónicas, en el siglo XVIII, que le amputaron territorios y afectaron el monopolio del Callao con la apertura de otros puertos en América del Sur al comercio con España. La crisis desatada en España fue aprovechada por la elite limeña, en consonancia con Abascal, de recuperar su poder en la América andina.

BIBLIOGRAFÍA REFERENCIAL

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Comentarios

  1. Elena Burga escribió:

    Sr. Juan Luis Orrego:
    Por favor, le agradeceria me explique brevemente a quiénes se les llama en su artículo personas de "color libre"?
    Gracias

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