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Uno.

Hedía. Toda la calle había amanecido llena de neblina. Nadie salía, se escuchó un par de puertas azotar. No llovía. El suelo hedía. Cada esquina era un remolino, y del aire salía un sabor a muerto, a soledad, a angustia. La pierna me dolía más que de costumbre. Despidiéndome con un beso, eché a Judas a la mente. Seguí mis pasos. Eran poco más de las cinco. Mi hígado reventaba. Hedía.

Lloré pasadas las cinco. Caminé un par de cuadras. cuando se hizo de noche, la voz me faltaba. Tosí mucho, el frío engarrotaba mi garganta. Regresé a casa sin manos. El frío era fuerte. Seguí tosiendo, dejé de sentir mis pies a más de medio camino. Leí algo de Ribeyro, pero lo dejé a tientas. El olor se levantaba como fuego por las calles. Hedía por doquier.

Abrí la puerta. La llave giró rápida. Iba a la cocina por un vaso de agua cuando decidí dormir pronto, pues sería un día largo.

Llegué a cama y nunca había deseado morir, pero esta noche lo deseé. Así que me temo, me temo a mí misma. Pero deseé estar muerta, lo deseé con el dolor más impune y la lágrima más triste. Con la impotencia, rabia, soledad, con la negación más abyecta.

F. sonreiría y me diría lo viejo que está; B. escupiría su indiferencia algunas cuadras y se enfundaría en conversaciones extensas sobre su trabajo; J. me enseñaría todos sus artefactos (los de más brillo). No sé, miles de letras más, todas seguían el mismo rumbo.

Hiede. No reconozco dónde es que estoy. La noche hiede estéril.

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